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En defensa de la rutina | Columna de Dalia García

Divertimentos

 

A todos nos agrada transitar por caminos conocidos; hacerlo nos proporciona un poco de seguridad. Un trayecto, establecido por uno mismo, afirma nuestro lugar de origen: es la ruta que poseemos para salir de un lugar y volver a él.

La palabra ‘rutina’ es un préstamo tomado del francés routine; significa ruta, camino trillado. Durante mucho tiempo se ha desvirtuado a la rutina; sus detractores sostienen, entre otras cosas, que instala a las personas en una zona de confort, lo cual, a mi parecer, es una afirmación errónea: la rutina no es la causa de nada, se trata solo de un concepto, algo inanimado; en todo caso, son las personas las que hacen de ella una alberca con suficiente agua para permanecer adentro por mucho tiempo.  

Transitar el mismo camino, por un periodo largo de tiempo, no siempre es sinónimo de estancamiento; la prueba está en que cuando viajamos y exploramos lugares nuevos, con facilidad establecemos aquellos que nos gustan (influidos por diferentes factores que satisfacen nuestros intereses personales) y deseamos quedarnos ahí: visualizamos nuestra rutina en ese lugar.

Aun el camino más trillado, el que repetimos por años, revela sorpresas y situaciones diferentes cada vez que lo transitamos. Es algo parecido a lo que sucede en la literatura: cada lectura de una misma historia es distinta: revela detalles nuevos del argumento, de los personajes, de los recursos estilísticos, del contexto de la obra, de los temas. No por nada, los grandes escritores vuelven una y otra vez a sus libros predilectos, a sus clásicos. Cada interacción con el mismo libro es distinta porque nos apropiamos de él en circunstancias diferentes. En el caso de los trayectos conocidos, no por haberlos transitado una o dos veces, podemos afirmar, con toda seguridad, que los conocemos.

¿Por qué no es aburrido comer, trabajar, estudiar, tomar agua, ir al baño, recibir dinero, dormir, ver la casa limpia, salir a pasear, estar con la persona favorita? Estas también son rutinas, acciones repetidas que satisfacen a [casi] cualquiera; una prueba más de que la rutina no es el problema cada vez que tomamos prestado el cliché de querer ESCAPAR DE LA RUTINA.

Mis recientes vacaciones de invierno fueron eso, vacaciones vacaciones: no hice comida más que, a lo mucho, cinco días (me salvaron la cena de Navidad y la de Año Nuevo); en un mes, lavé ropa en una sola carga; tuve tiempo para hacer nada, para enfermarme y, gracias a eso, descansar más. Todas estas fueron actividades que salieron de mi rutina, y que sin duda disfruté; pero estar en San Luis Potosí y ver a mi familia con tanta frecuencia son cosas que, en esta etapa de mi vida, no forman parte de mi cotidianidad.

Nunca imaginé que extrañaría la rutina, ¡menos, que escribiría una diatriba a su favor! Lo que diré a continuación es mi descubrimiento filosófico más reciente: se siente muy cool volver a la rutina propia, al espacio propio. Limpiar la cocina, lavar la ropa, ordenar el refrigerador, ir al súper y, por supuesto, tomar mi escritorio, conforman la rutina a la que me gusta volver.

Sin momentos de ruptura, la rutina puede llegar a ser cansada, fastidiosa, pesada, aburrida, agrietante (si el adjetivo existiera), pero es una especie de patrimonio: algo que es solo tuyo; algo que estará disponible cuando regreses de las vacaciones; algo que puede salvarte de ti mismo en situaciones de extravío; algo que existe porque tú lo has construido. En la rutina convergen importantes rasgos de tu esencia: tu temperamento, tu personalidad, tu imaginación, tu esfuerzo, tu voluntad, tu capacidad de resiliencia, tu profesión, tu estilo…

La rutina es una estructura, la forma y el orden en el que realizamos las cosas. Las grandes empresas tienen de base una rutina: sus procesos de construcción son producto de la repetición. Una vez instituido un proceso, siempre existe la posibilidad de perfeccionarlo.

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