#4 TiemposColumna de Dalia García

Día cero | Columna de Dalia García

Divertimentos

La mejor forma de evitar el peligro es acostándose en la cama, debajo de dos o tres cobijas. Todo el día; siempre y cuando exista la certeza de que las puertas y ventanas están aseguradas. De ese modo será imposible toparse con algún conductor imprudente, o con un miserable carterista, acosador o ratero. Aunque claro, quizá sea posible morir en la comodidad de una cama a causa de un derrumbe del techo de la casa; o por un corto circuito en la central eléctrica, pero tales circunstancias son poco probables.

Por lo tanto, la perfecta ejecución del verbo ‘descansar’ implica pasar uno o dos días debajo de las cobijas, destinando tiempo a aquello que dejamos de hacer cuando somos “adultos”, “gente responsable”: mirar el techo de la habitación por más de dos o tres horas continuas, por ejemplo; pensar en nada, luego cerrar los ojos y no preocuparse por la comida; no leer, no ver televisión, no textear, no barrer, no trapear, no lavar el coche, no hacer ejercicio, no ordenar el armario, no viajar, no hacer nada de lo que normalmente hacemos cuando estamos de vacaciones. Se trata de un lujo al que casi nunca tiene acceso la clase media, un lujo que realmente debe disfrutarse porque tal momento pasará rápido; llegará la hora de levantarse de la cama para ir al baño, por ejemplo, o para ir a la tienda por papel de baño, o para preparar la comida, o para abrir la puerta, o para apagarle a los frijoles: el caso es que todo el universo conspirará para que uno se levante de la cama y haga algo “productivo”.

Pronto habrá que volver a la calle, pese a la propia voluntad. Nuevamente el instinto de supervivencia tendrá que enfrentarse a la hostilidad de la ciudad: más insegura que nunca, con gente que anda como loca, con gente grosera y cochina, con gente malnacida y malintencionada. Porque sí, eso es parte de la rutina: de la casa al trabajo-del trabajo a la casa. En cualquier lado se escuchan voces hablando del peligro al que estamos expuestos diariamente, “pero eso es en todo el mundo”, dicen, y es sencillo resignarse porque ni modo de no hacerlo.

Así que cuando lleguen las próximas vacaciones, sugiero no pararnos de la cama, olvidar que existimos para que otros existan; olvidarnos hasta de las plantitas, que no se morirán porque no pasaremos más de un día, a lo mucho, en ese estado de desentendimiento del mundo: no se tolera más de eso, uno también se cansa de no hacer nada.

¿Vacaciones? A eso las reduzco: a dejar de ser productivos, ¿por cuánto tiempo les gusta?, ¿24 horas? El mundo no necesitará nada de nosotros en ese tiempo.

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