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El quinto mundo | Columna de Juan Jesús Priego

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Cuatro son las estaciones del año (primavera, verano, otoño e invierno); cuatro los elementos de que está hecho el universo (agua, aire, tierra y fuego); cuatro los confines de la tierra (norte, sur, este y oeste), cuatro los temperamentos que detectó Hipócrates (sanguíneo, melancólico, colérico y flemático) y cuatro los mundos de que hablan los economistas (los que ya sabemos). Oficialmente no existe un quinto mundo. Pero sólo oficialmente. Porque el quinto mundo existe y es el que habitan aquellos que, al no poder correr al ritmo en que avanza todo a su alrededor, han sido condenados a quedarse atrás en un estado de total marginación. Son las tortugas en el país de los Aquiles, los adoradores del pasado en la iglesia del tiempo real, los torpes en la sociedad de los ágiles, los inflexibles de la sociedad flexible, es decir, los ancianos. ¡Qué hostil y enemigo se les ha vuelto el mundo! ¡Y qué complicado! Véalos usted tratando de maniobrar un ipod, de contestar un e-mail o, ya por lo menos, de hacerlos que cambien su vieja agenda de piel por una electrónica.

Me dijo una vez uno de ellos:

-¿Sabe? Quiero irme ya. Esto no ha sido hecho para que yo lo entienda. Ayer uno de mis nietos se burló de mí porque no lograba encender la computadora familiar. No seas tonto, abuelo, me dijo. ¿Cómo permitir que un niño me hable de este modo? Y mi hija, que lo escuchaba, se limitó a festejar la precocidad del muchacho con una sonrisa.

Por lo general, los ancianos no saben moverse en el ciberespacio e ignoran qué sea la realidad virtual; los teléfonos celulares los irritan y desconfían de la honradez de los cajeros automáticos; la moderna urbanística los deja sin aliento (pues es vertical y está hecha de muchos pisos y escaleras), y de los complicados controles remotos sólo conocen un botón: el rojo. Como dijo un sociólogo al hablar del walkman, «incluso introducir el casete y encender el aparato puede causar problemas si no se tiene una mentalidad tecnológica». Y los ancianos, claro está, carecen de esta mentalidad. El mundo de los artefactos digitales les es perfectamente desconocido y no tienen mapas para orientarse en él. «Ya no pertenezco a esta época –confesó un día su anciana madre a la doctora Elisabeth Kübler-Ross-. No sé utilizar un microondas, no encuentro el botón para cambiar el canal del televisor, no sé utilizar tarjetas en lugar de llaves y todas mis amistades han muerto. El tiempo ha avanzado, pero yo me he quedado atrás».

Sí, los ancianos siempre se quedan atrás. Y es por eso por lo que las empresas del capitalismo flexible no los quieren. ¡Se adaptan con tanta dificultad a las novedades tecnológicas, si es que llegan a adaptarse alguna vez! Están llenos de conocimientos viejos, y si aprenden cosas nuevas luego ya no quieren olvidarlas para ponerse al día. Además, según el economista Albert O. Hirschman, los trabajadores con muchos años de experiencia suelen ser más críticos con la dirigencia que los jóvenes y llegan a tener un poder de voz que los altos mandos simplemente no pueden soportar. El anciano, por haberle dado la vida a la empresa, se cree dotado de ciertos derechos con respecto a ella, pero en la nueva economía nadie tiene derecho a tener derechos.

Los valores más cotizados en la sociedad global son la fuerza, la flexibilidad y el rendimiento: valores estos que definitivamente no pueden ofrecerles los ancianos. En cuanto la curva del vigor empieza a declinar y los hábitos mentales a estandarizarse, las personas dejan de ser interesantes para esta economía que llamamos global para evitarnos la pena de llamarla selvática. Decía hace poco un joven trabajador del mundo publicitario a la socióloga Katherine Newman: «En este mundo, después de los treinta años eres hombre muerto. La edad mata». Pero esto no solo sucede en el mundo publicitario, sino en todos los mundos donde el dinero es dios: si se echa un ojo a los anuncios que ofrecen trabajo, se comprobará sin ninguna dificultad que las edades exigidas por los amos de las empresas son cada vez menores. «En la actualidad –ha dicho alguien- los ricos se hacen a los 35 años y los sabios a los 40».  ¿Y después de esta edad, qué? Después de esta edad –sugieren los dueños de la tierra- lo mejor que puede hacer un hombre sensato es morirse de una vez.

El mundo corre a velocidad supersónica, pero los ancianos no pueden correr; por lo tanto, se quedan. Pontificó hace poco Kevin Kelly, director de Wired, una de las más difundidas revistas del mundo digital: «Fuera de Internet no hay salvación. Quien rechaza la Gracia que viene del ciberespacio gemirá en las tinieblas por toda la eternidad». Tal es el nuevo dogma. No hay salvación para los analfabetos electrónicos, no hay lugar para ellos en la ciberciudad.

Pero un día los que hoy somos jóvenes seremos viejos y habremos perdido el dominio de la última invención; nos darán miedo los teléfonos biológicos, perderemos la paciencia picando aquí y allá en los controles remotos y se nos alterará el ritmo cardíaco con el clima de los ascensores supersónicos. Los niños, entonces, nos apuntarán con el dedo y se reirán de nosotros a causa de lo poco diestros que nos habremos vuelto para manejar los últimos cachivaches de la civilización. Nos dirán como a aquel anciano que lloraba: No seas tonto, abuelo. Habremos pasado a formar parte del terrible quinto mundo: del país que no soporta a los lentos. Y, puesto que este mundo sin corazón salió de nuestras manos –es una creación vergonzosamente nuestra-, justo es que un día nos vayamos a vivir a él. ¡Y claro que nos iremos, no faltaba más! Y si no lo hacemos de buen grado, serán los jóvenes quienes se encarguen de echarnos a la fuerza. 

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