#Si SostenidoLetras minúsculas

Niños prodigio | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

Según dicen, Manolete, el torero, de niño era miedosísimo; y Charles Lindbergh, el primero en atravesar el Atlántico en un avión, de pequeño le tenía pavor a las alturas. Zola, con todo y haber sido uno de los más grandes novelistas de su tiempo, sacó cero en literatura cuando era un triste bachiller. ¿Y qué decir de Cézanne? Que hoy sus pinturas sólo podrían ser compradas por Bill Gates o por algún petrolero de la Arabia lejana, pero que cuando empezaba a pintar sus primeros cuadros fue expulsado de la Académie des Beaux-Arts por hacerlo pésimamente mal.

Singrid Undset y Pearl S. Buck, ambas novelistas, las dos galardonadas con el Premio Nobel de Literatura (1928 y 1938 respectivamente), fueron expulsadas de la escuela por su bajo aprovechamiento. A Marcel Proust, el autor del relato monumental En busca del tiempo perdido y orgullo indiscutible de las letras francesas, las cosas no le fueron mejor en cuanto al juicio que de él tenían sus profesores. Uno de ellos, por ejemplo, renunció a seguirle dando lecciones privadas porque el pequeño Marcel era un caso perdido.

¿Cómo es que todos estos seres, verdaderas calamidades infantiles, llegaron a ser lo que fueron?

Para James Hillman, un importante psicólogo de nuestro tiempo, la cosa se explica fácilmente. Según él, todo hombre, al llegar a este mundo, trae consigo una misión especial que debe realizar y que ya intuye desde las más tempranas etapas de su existencia. ¿Pero qué sucede entonces? Que casi todos, por miedo a la grandeza de su destino, tienden a rehusarse, mostrándose torpes precisamente en aquello en lo que mejor están dotados. Manolete, según Hillman, intuía que su vida iba a transcurrir entre estocadas y toros de lidia, y por eso, a la menos provocación del viento, corría a ocultarse entre las faldas de su madre. Charles Lindbergh presentía que su destino iba a ser el de acabar convertido en un peatón del aire, y para huir a su sino evitaba incluso los árboles de cierta altura. Zola se imaginaba ya la cantidad de novelas que debería escribir y algo en él (¿acaso su mano, tal vez su brazo?) se negaba a hacer tratos con los libros, la tinta y los lapiceros.

El gran error de muchos psicólogos de hoy, dice Hillman, es que no ven en la infancia más que la cuna de nuestros traumas actuales, cuando lo que tendrían que hacer, más bien, es leer en ella los signos del genius que ya a esa edad temprana empieza a entrever la grandeza (y también las dificultades) de su singular destino.

Hace tiempo le comentaba con entusiasmo a un amigo mío psicólogo la teoría de Hillman. Como él no la conocía, me pidió prestado el libro en el que yo la había leído (versión italiana: 100 anni di psicoterapia e il mondo va sempre peggio). Al día siguiente me lo devolvió diciéndome que todo aquello era muy bonito y muy sentimental, sí, pero muy poco científico y, para decirlo en breve, de muy poco valor.

Yo protestaba, diciéndole:

-¿Te imaginas lo que pasaría si los padres de familia, si los educadores, los maestros, los psicólogos; si, en fin, todos aquellos que tienen que vérselas con la niñez leyeran en esta clave las pequeñas o grandes deficiencias que encuentran en sus hijos, en sus alumnos y en sus pacientes? ¡En vez de ver a meros tartamudos verían entonces a futuros oradores que en la hora presente necesitan de su ayuda para vencerse a sí mismos y decidirse a hacer frente a su futuro! ¡Ah, si en vez de centrarse en sus problemas de aprendizaje vieran a en ellos a intelectuales en potencia!… En todo caso, los ayudarían mucho más con su aplauso que con su censura, más con su apoyo que con su reticencia, ¿no lo crees? Además, espero que estemos de acuerdo en esto: Dios no crea seres de primera y de segunda, como suele decirse. Y si somos criaturas suyas (y lo somos en verdad), cada uno ha sido dotado con algo grande y especial. Dios sería muy injusto si a unos pocos les diera todo: belleza, salud, inteligencia, riqueza, y a los demás sólo una bonita cantidad de defectos y traumas. Pero si Dios es justo (como lo creemos), entonces esos seres por los que nadie apuesta esconden en su interior un gran tesoro. El problema está en saber descubrirlo. Pues bien, Hillman sugiere que nos pongamos a buscarlo precisamente allí donde todos los indicios exteriores nos dicen que no está».

Todo esto recuerdo haberle dicho a mi amigo, pero creo que no lo convencí. Sin embargo, yo sigo pensado: ¿cómo Dios va a darles a unos todo y a otros nada? Si así fuera, Dios sería muy injusto y entonces lo mejor sería no rezarle ni tener con Él ningún tipo de trato. ¿Para qué, si no nunca podríamos estar seguros de la sinceridad de su amor? ¡Ah, pensar mal de Dios es una ofensa tan grande como renegar de su existencia!

Pero terminemos ya.

En un reciente encuentro acerca de Los jóvenes y la violencia al que tuve la fortuna de asistir, un famoso psicólogo italiano, Domenico Volpi, declaró irguiendo el cuello y acomodándose la corbata:

-Señores, espántense ustedes: más de un tercio de los niños que llegan a nuestros consultorios son unos superdotados. -Y añadió, para que todos lo escucháramos bien y no nos quedaran dudas a este respecto-: «Y, por regla general, cuanto más difíciles son estos niños, mucho más dotados están».

Lo que prueba que la teoría de Hillman, después de todo, no es tan absurda ni tan anticientífica como parece, pese a los rechazos viscerales de mi amigo.

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