#Si SostenidoColumna de Guillermo Carregha

Baba Yaga: Terror Of The Dark Forest (2020) | Columna de G. Carregha

Criticaciones

 

El suicidio está sobrevalorado. Lo que antes era un arte es, ahora, algo menos que un punto argumental de poca monta en la existencia de cualquier persona en el universo.

En lo que viene llamándose “hoy”, la vida vale aún menos que cuando José Alfredo Jiménez descubrió el hilo negro del bodrio de existir en forma de canción. Lejos quedaron los días en los que morir significaba algo. Es un mero recuerdo del mundo antiguo en el que, incluso, se podía apostar la vida en un juego de ruleta rusa para evocar las memorias de la buena época de Vietnam. 

Ahora, no somos más que numeritos en un sitio web encargado de recordarnos lo frágil que es la vida. Las muertes diarias se proyectan en forma de contadores, como si se estuviera averiguando el número de chupadas necesarias para llegar al centro de una Tutsi Pop.

Jugarse la vida se ha convertido en una actividad de recreo. Algo tan inútil como el honor o las causas que son más grandes que uno mismo no son suficientes para que alguien se atreva a apostar algo de tan poco valor monetario como la vida. El mazacote de gente actual, aquella que representa el futuro de la nación, prefiere jugarse la vida por algo más comercial, más insulso, más duradero. Algo como una película de terror rusa doblada al inglés con subtítulos en español proyectada en un cine mexicano en mitad del supuesto pico de la pandemia, por ejemplo.

SINÓPSIS: Una malévola madeja de hilo rojo intenta comer niños en su tranquila cabaña en el bosque, lo cual lograría de no ser por esos chicos entrometidos y su estúpido vagabundo.

“El acto de ir al cine durante esta época de la historia humana es una acción en igual partes valiente y estúpida. Es un grito de guerra que anuncia, sin tapujos, que apoyar a la industria del entretenimiento es más valioso para algunos que la vida misma. Es irrisoria la idea de que alguien quiera exponerse ante el apocalipsis microscópico a la puerta de su hogar sólo para ver una película que podría descargarse en línea en un segundo. Quizás, y aplicando una corriente de pensamiento meramente teorética, podría comprenderse esta falta de amor para con uno mismo si existiera la promesa de ser parte de lo que los tráilers llaman “el evento cinematográfico del año” – es decir, la última producción del director de moda, el punto final de una saga cinematográfica que inició hace una década o lo que sea que haya sido CATS. Fuera de estas opciones, es justo decir que, ir al cine durante este periodo, es una de las decisiones más idiotas que alguien podría tomar.”

Reí al leer para mis adentros estas líneas que escribiera dentro de los comentarios de algún grupo de discusión de Facebook hacía apenas dos días. En aquel lejano entonces, me sentaba en un trono de superioridad moral en vez de en la silla de la sala de cine en la que estaba en ese momento, esperando impacientemente que comenzara la función de Baba Yaga, una película que no sabía que existía hasta hacía media hora. Las risas apagadas que soltaba desde la garganta empezaron a inflar y desinflar el interior de mi cubrebocas, llenándolo de manchas de saliva que se alcanzaban a ver desde afuera, cosa que llamó la atención de mi vecina a dos sillas de distancia. Me miraba con lo que, asumo, era una parte de curiosidad y dos de asco, más me fue difícil interpretar su expresión sin poder ver su boca.

“No, nada”, le dije, “aquí riéndome de cómo pensaba hace dos días que los que vienen al cine a mitad de la pandemia son unos subnormales.”

La vecina, tras enseñarme su ceño fruncido, decidió recorrerse otras tres sillas hacia la derecha con tal de mantener una sana distancia entre el desprecio que ahora sentía por mí y mi persona. Si existiera el Lysol psicológico, me imagino hubiera intentado lobotomizarme con él en ese momento.

Mientras pensaba en lo ridícula que se había visto la mujer, las luces de la sala se apagaron por completo. El ambiente se llenó del sonido de un proyector digital al que no le han sacudido el polvo por tres meses. Entre la penumbra alumbrada simplemente por anuncios de la cadena de cines mostrándonos a sus empleados cubiertos en plástico de pies a cabeza como si aquello fuera una imagen alentadora, miré hacia mi alrededor. Éramos, aproximadamente, doce personas las que decidimos asistir a las 8 de la noche de un martes al cine para ver una película de terror

Me sentí agradecido pues, debido al continuo trote del jinete del apocalipsis de la peste 3.0, la experiencia de ir al cine de pronto había subido de categoría. Aún si la sala hubiera estado a su capacidad máxima legal, no había manera jurídica de justificar ante PROFECO la presencia de más de 38 personas allí. Por primera vez en muchos años me sentí con el privilegio de poder disfrutar una ida al cine sin pensar en cuán probable sería que conociera de primera mano el olor de un sobaco ajeno empapado o me meciera al ritmo de las patadas del vecino de atrás en contra de mi respaldo. La perfección estaba, finalmente, llegando a las salas de cine.

A pesar de mi falta de interés previo por la película, sonreí tan amplio como el resorte de mi cubrebocas lo permitía. Me acomodé sobre mi asiento y suspiré contento. Y, así, la primera escena de la película apareció en pantalla. Una versión más cuadrada de Freddy Highmore estaba parado en una calle abandonada y oscura. Del lado opuesto, una niña de cabello oscuro caminaba hacía él envuelta en el sonido de unos tacones moviéndose dentro del cuarto con más eco de la civilización humana, una imagen sonora en completa asincronía con los zapatos de alumna de secundaria que llevaba puestos, su respectiva suela plana incluida.

“Como que algo no cuadra, ¿no?”, le comenté a la vecina lejana sin siquiera dignarme a voltearla a ver. “¡Shhhhh!”, me contestó, en lo que pude identificar como una clara sílaba de apoyo.

Los dos personajes iniciaron un diálogo para interrumpirme. La extrañeza que sentía no hizo más que aumentar. No sólo las voces no parecían ir a tono con la forma física de los seres humanos en pantalla, sino que tampoco había algún tipo de sincronización con sus labios. Una bandera roja salto de inmediato en mi cerebro. Posiblemente, quise imaginar, siendo esta una producción de horror, se había decidido jugar con el sonido como una manera de agregarle una pizca de paranormalidad sonora a la producción. Eso, como descubrí segundos más tarde, fue nada más que ilusiones vanas de mi parte.

Lo que en realidad sucedía se llamaba avaricia –o tacañería, dependiendo cómo se le quiere ver. Algún ejecutivo de Cinépolis, en su prisa por rellenar la cartelera endémica de su empresa, descubrió que era más barato comprar los derechos de proyección de una película doblada en Estados Unidos que los de su versión original. Y, a juzgar por la calidad de actores de doblaje contratados, cualquier oído podría notar en seguida cuán baratos estaban esos derechos.

Mucho me he quejado a lo largo de mi exacerbadamente larga existencia acerca de cómo me harta que, aún en pleno siglo XXI, la única manera de ver ciertas películas o series en este país es con las voces de latinos pegadas por encima del audio original. Peor aún si estas voces le pertenecen a alguna luminaria del YouTube latino o a los vagabundos desempleados que contrataron para doblar FRIENDS cuando pasaba por televisión abierta. Pero la molestia que me causa escuchar que Bruce Willis, Jim Carrey y Gokú tienen exactamente la misma voz no se compara en absoluto con el desastre que es el doblaje estadounidense. La industria del doblaje del país vecino, si por sus resultados la medimos, debe estar compuesta por individuos con micrófonos de calidad élite asistiendo a tantas conferencias padre-maestro como puedan hallar a lo largo y ancho de los Estados Unidos para, sin previo aviso, encargarle a uno de los guardianes legales ahí presentes que lea el guión que le acaban de poner frente a la cara. Una sola toma para minimizar gastos. Se lee el punto final y se cierra la toma. ¡A la sala de edición!

Por un segundo consideré la idea de salir a quejarme de este hecho, pero me detuve casi de inmediato. Vale, me quejo, pero, ¿qué estaría buscando que sucediera? No iban a poder cambiar el audio de la película a media proyección, la tecnología para ello aún no llega a México. ¿Un reembolso, quizá? ¿En serio iba a salir a hablar con un ser humano encubierto por un tapabocas y mascarilla, que sólo le deja ver al mundo exterior un par de ojos cansados, para recuperar menos de 80 pesos? La pobreza acecha, pero la poca dignidad que me queda cuesta un poco más. Sólo un poco.

“Pues así la dejamos, ¿no?”, le comenté a la vecina como si ella hubiera podido escuchar mi diálogo interno. Con un movimiento de completo hartazgo acompañado de un bufido, la mujer a mi derecha se levantó de su asiento y caminó dos filas hacia atrás hasta encontrar un nuevo lugar todavía más lejos de mí. “Qué irresponsabilidad”, murmuré, “con todo esto de la pandemia y se cambia de lugar así de fácil, sin saber si desinfectaron la otra silla o no”. Acto seguido, me rasqué debajo de la nariz por encima de mi cubrebocas.

Dadas las circunstancias, pasé a apagar mi cerebro y tratar de entretener a mis ojos con la producción rusa frente a mí. Pero, mientras más avanzaba la película, más extrañeza se cernía sobre mi mente. Había algo raro con el flujo de la historia, como si, de pronto se presentaran plot points y conflictos interesantes que, dos escenas después, la película olvidaba resolver. Parecía que sólo se preocupara por mostrarnos imágenes impactantes que carecían de sentido común, evitando dar explicaciones de los por qués pues serían “demasiado aburridos para el público”.

Era como si, además de estar pésimamente doblada, nos estaban mostrando una versión que había sido recortada en aras de presentar un producto más comercial para exportar fuera de la madre patria. Los villanos se volvían héroes al inicio de la siguiente escena nada más porque el guión lo necesitaba, las apariciones desaparecían de la película pues ya no se requerían sus jump scares, se generaban conflictos mundiales a raíz de parpadeos; todo en meros segundos. Más de una vez sentí cómo la proyección se saltaba pedazos de diez minutos con información importante sólo para que la experiencia de ver cómo un grupo de niños que intentan vencer a un ente que come niños fuera, supuestamente, más fluida.

Yo puse mi vida en la línea y, a cambio, lo único que obtuve fue una copia rusa de IT que sólo alcanzó a robarse el sentido visual del director de fotografía y uno o dos rasgos de su premisa. 

Sin embargo, lo más hermoso de la experiencia de ir al cine a media pandemia fue el proceso de salida. Apenas comenzaron los créditos finales, las luces se encendieron y apareció un empleado del cine al frente de la sala. Detrás de él, se proyectó un video instructivo de cómo debíamos salir: en fila y por filas. Siguiendo el compás de las palabras leídas por el video instructivo, el sujeto anónimo imitaba fielmente los movimientos de las mejores azafatas de avión en el mundo para traducir el mensaje en lenguaje corporal. Fue un momento en igual parte intimidante y tierno.

Solo por estos pequeños segundos de mi vida, cuando una azafata del cine me indicó que era mi turno de abandonar la sala, agradezco haberme bajado de mi montaña de superioridad moral para ir al cine a mitad de un momento histórico. Apostar la vida a veces sí puede valer la pena.

“¿O no, señora?”, le pregunté a mi vecina de fila al verla caminar por el lobby unos minutos después. Una tos seca fue su única respuesta.

También te puede interesar: Peyote | Columna de G. Carregha

Nota Anterior

Otra vez, SLP alcanzó un nuevo máximo de casos de covid: 180 contagios

Siguiente Nota

Dieron prisión preventiva a la madre de la bebé Mía en SLP