abril 18, 2021

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#Si Sostenido

Baba Yaga: Terror Of The Dark Forest (2020) | Columna de G. Carregha

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Baba Yaga

Criticaciones

 

El suicidio está sobrevalorado. Lo que antes era un arte es, ahora, algo menos que un punto argumental de poca monta en la existencia de cualquier persona en el universo.

En lo que viene llamándose “hoy”, la vida vale aún menos que cuando José Alfredo Jiménez descubrió el hilo negro del bodrio de existir en forma de canción. Lejos quedaron los días en los que morir significaba algo. Es un mero recuerdo del mundo antiguo en el que, incluso, se podía apostar la vida en un juego de ruleta rusa para evocar las memorias de la buena época de Vietnam. 

Ahora, no somos más que numeritos en un sitio web encargado de recordarnos lo frágil que es la vida. Las muertes diarias se proyectan en forma de contadores, como si se estuviera averiguando el número de chupadas necesarias para llegar al centro de una Tutsi Pop.

Jugarse la vida se ha convertido en una actividad de recreo. Algo tan inútil como el honor o las causas que son más grandes que uno mismo no son suficientes para que alguien se atreva a apostar algo de tan poco valor monetario como la vida. El mazacote de gente actual, aquella que representa el futuro de la nación, prefiere jugarse la vida por algo más comercial, más insulso, más duradero. Algo como una película de terror rusa doblada al inglés con subtítulos en español proyectada en un cine mexicano en mitad del supuesto pico de la pandemia, por ejemplo.

SINÓPSIS: Una malévola madeja de hilo rojo intenta comer niños en su tranquila cabaña en el bosque, lo cual lograría de no ser por esos chicos entrometidos y su estúpido vagabundo.

“El acto de ir al cine durante esta época de la historia humana es una acción en igual partes valiente y estúpida. Es un grito de guerra que anuncia, sin tapujos, que apoyar a la industria del entretenimiento es más valioso para algunos que la vida misma. Es irrisoria la idea de que alguien quiera exponerse ante el apocalipsis microscópico a la puerta de su hogar sólo para ver una película que podría descargarse en línea en un segundo. Quizás, y aplicando una corriente de pensamiento meramente teorética, podría comprenderse esta falta de amor para con uno mismo si existiera la promesa de ser parte de lo que los tráilers llaman “el evento cinematográfico del año” – es decir, la última producción del director de moda, el punto final de una saga cinematográfica que inició hace una década o lo que sea que haya sido CATS. Fuera de estas opciones, es justo decir que, ir al cine durante este periodo, es una de las decisiones más idiotas que alguien podría tomar.”

Reí al leer para mis adentros estas líneas que escribiera dentro de los comentarios de algún grupo de discusión de Facebook hacía apenas dos días. En aquel lejano entonces, me sentaba en un trono de superioridad moral en vez de en la silla de la sala de cine en la que estaba en ese momento, esperando impacientemente que comenzara la función de Baba Yaga, una película que no sabía que existía hasta hacía media hora. Las risas apagadas que soltaba desde la garganta empezaron a inflar y desinflar el interior de mi cubrebocas, llenándolo de manchas de saliva que se alcanzaban a ver desde afuera, cosa que llamó la atención de mi vecina a dos sillas de distancia. Me miraba con lo que, asumo, era una parte de curiosidad y dos de asco, más me fue difícil interpretar su expresión sin poder ver su boca.

“No, nada”, le dije, “aquí riéndome de cómo pensaba hace dos días que los que vienen al cine a mitad de la pandemia son unos subnormales.”

La vecina, tras enseñarme su ceño fruncido, decidió recorrerse otras tres sillas hacia la derecha con tal de mantener una sana distancia entre el desprecio que ahora sentía por mí y mi persona. Si existiera el Lysol psicológico, me imagino hubiera intentado lobotomizarme con él en ese momento.

Mientras pensaba en lo ridícula que se había visto la mujer, las luces de la sala se apagaron por completo. El ambiente se llenó del sonido de un proyector digital al que no le han sacudido el polvo por tres meses. Entre la penumbra alumbrada simplemente por anuncios de la cadena de cines mostrándonos a sus empleados cubiertos en plástico de pies a cabeza como si aquello fuera una imagen alentadora, miré hacia mi alrededor. Éramos, aproximadamente, doce personas las que decidimos asistir a las 8 de la noche de un martes al cine para ver una película de terror

Me sentí agradecido pues, debido al continuo trote del jinete del apocalipsis de la peste 3.0, la experiencia de ir al cine de pronto había subido de categoría. Aún si la sala hubiera estado a su capacidad máxima legal, no había manera jurídica de justificar ante PROFECO la presencia de más de 38 personas allí. Por primera vez en muchos años me sentí con el privilegio de poder disfrutar una ida al cine sin pensar en cuán probable sería que conociera de primera mano el olor de un sobaco ajeno empapado o me meciera al ritmo de las patadas del vecino de atrás en contra de mi respaldo. La perfección estaba, finalmente, llegando a las salas de cine.

A pesar de mi falta de interés previo por la película, sonreí tan amplio como el resorte de mi cubrebocas lo permitía. Me acomodé sobre mi asiento y suspiré contento. Y, así, la primera escena de la película apareció en pantalla. Una versión más cuadrada de Freddy Highmore estaba parado en una calle abandonada y oscura. Del lado opuesto, una niña de cabello oscuro caminaba hacía él envuelta en el sonido de unos tacones moviéndose dentro del cuarto con más eco de la civilización humana, una imagen sonora en completa asincronía con los zapatos de alumna de secundaria que llevaba puestos, su respectiva suela plana incluida.

“Como que algo no cuadra, ¿no?”, le comenté a la vecina lejana sin siquiera dignarme a voltearla a ver. “¡Shhhhh!”, me contestó, en lo que pude identificar como una clara sílaba de apoyo.

Los dos personajes iniciaron un diálogo para interrumpirme. La extrañeza que sentía no hizo más que aumentar. No sólo las voces no parecían ir a tono con la forma física de los seres humanos en pantalla, sino que tampoco había algún tipo de sincronización con sus labios. Una bandera roja salto de inmediato en mi cerebro. Posiblemente, quise imaginar, siendo esta una producción de horror, se había decidido jugar con el sonido como una manera de agregarle una pizca de paranormalidad sonora a la producción. Eso, como descubrí segundos más tarde, fue nada más que ilusiones vanas de mi parte.

Lo que en realidad sucedía se llamaba avaricia –o tacañería, dependiendo cómo se le quiere ver. Algún ejecutivo de Cinépolis, en su prisa por rellenar la cartelera endémica de su empresa, descubrió que era más barato comprar los derechos de proyección de una película doblada en Estados Unidos que los de su versión original. Y, a juzgar por la calidad de actores de doblaje contratados, cualquier oído podría notar en seguida cuán baratos estaban esos derechos.

Mucho me he quejado a lo largo de mi exacerbadamente larga existencia acerca de cómo me harta que, aún en pleno siglo XXI, la única manera de ver ciertas películas o series en este país es con las voces de latinos pegadas por encima del audio original. Peor aún si estas voces le pertenecen a alguna luminaria del YouTube latino o a los vagabundos desempleados que contrataron para doblar FRIENDS cuando pasaba por televisión abierta. Pero la molestia que me causa escuchar que Bruce Willis, Jim Carrey y Gokú tienen exactamente la misma voz no se compara en absoluto con el desastre que es el doblaje estadounidense. La industria del doblaje del país vecino, si por sus resultados la medimos, debe estar compuesta por individuos con micrófonos de calidad élite asistiendo a tantas conferencias padre-maestro como puedan hallar a lo largo y ancho de los Estados Unidos para, sin previo aviso, encargarle a uno de los guardianes legales ahí presentes que lea el guión que le acaban de poner frente a la cara. Una sola toma para minimizar gastos. Se lee el punto final y se cierra la toma. ¡A la sala de edición!

Por un segundo consideré la idea de salir a quejarme de este hecho, pero me detuve casi de inmediato. Vale, me quejo, pero, ¿qué estaría buscando que sucediera? No iban a poder cambiar el audio de la película a media proyección, la tecnología para ello aún no llega a México. ¿Un reembolso, quizá? ¿En serio iba a salir a hablar con un ser humano encubierto por un tapabocas y mascarilla, que sólo le deja ver al mundo exterior un par de ojos cansados, para recuperar menos de 80 pesos? La pobreza acecha, pero la poca dignidad que me queda cuesta un poco más. Sólo un poco.

“Pues así la dejamos, ¿no?”, le comenté a la vecina como si ella hubiera podido escuchar mi diálogo interno. Con un movimiento de completo hartazgo acompañado de un bufido, la mujer a mi derecha se levantó de su asiento y caminó dos filas hacia atrás hasta encontrar un nuevo lugar todavía más lejos de mí. “Qué irresponsabilidad”, murmuré, “con todo esto de la pandemia y se cambia de lugar así de fácil, sin saber si desinfectaron la otra silla o no”. Acto seguido, me rasqué debajo de la nariz por encima de mi cubrebocas.

Dadas las circunstancias, pasé a apagar mi cerebro y tratar de entretener a mis ojos con la producción rusa frente a mí. Pero, mientras más avanzaba la película, más extrañeza se cernía sobre mi mente. Había algo raro con el flujo de la historia, como si, de pronto se presentaran plot points y conflictos interesantes que, dos escenas después, la película olvidaba resolver. Parecía que sólo se preocupara por mostrarnos imágenes impactantes que carecían de sentido común, evitando dar explicaciones de los por qués pues serían “demasiado aburridos para el público”.

Era como si, además de estar pésimamente doblada, nos estaban mostrando una versión que había sido recortada en aras de presentar un producto más comercial para exportar fuera de la madre patria. Los villanos se volvían héroes al inicio de la siguiente escena nada más porque el guión lo necesitaba, las apariciones desaparecían de la película pues ya no se requerían sus jump scares, se generaban conflictos mundiales a raíz de parpadeos; todo en meros segundos. Más de una vez sentí cómo la proyección se saltaba pedazos de diez minutos con información importante sólo para que la experiencia de ver cómo un grupo de niños que intentan vencer a un ente que come niños fuera, supuestamente, más fluida.

Yo puse mi vida en la línea y, a cambio, lo único que obtuve fue una copia rusa de IT que sólo alcanzó a robarse el sentido visual del director de fotografía y uno o dos rasgos de su premisa. 

Sin embargo, lo más hermoso de la experiencia de ir al cine a media pandemia fue el proceso de salida. Apenas comenzaron los créditos finales, las luces se encendieron y apareció un empleado del cine al frente de la sala. Detrás de él, se proyectó un video instructivo de cómo debíamos salir: en fila y por filas. Siguiendo el compás de las palabras leídas por el video instructivo, el sujeto anónimo imitaba fielmente los movimientos de las mejores azafatas de avión en el mundo para traducir el mensaje en lenguaje corporal. Fue un momento en igual parte intimidante y tierno.

Solo por estos pequeños segundos de mi vida, cuando una azafata del cine me indicó que era mi turno de abandonar la sala, agradezco haberme bajado de mi montaña de superioridad moral para ir al cine a mitad de un momento histórico. Apostar la vida a veces sí puede valer la pena.

“¿O no, señora?”, le pregunté a mi vecina de fila al verla caminar por el lobby unos minutos después. Una tos seca fue su única respuesta.

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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