#Si SostenidoMosaico de plumas

El miedo a opinar | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

No publiques con facilidad lo que pienses, ni ejecutes cosa bien premiada primero. 

Debes ser afable, pero no vulgar.

 

De Polonio a su hijo Laertes, antes de marchar. Hamlet.

W. Shakespeare

 

La primera vez que tuve miedo por expresarme fue a los seis, cuando me equivoqué al contar y todos se burlaron. Me siento tonta, pero nadie me explicó la razón del resultado. Ese miedo se fue alimentando cuando mi lengua no podía pronunciar ciertos fonemas, cuando la señora de la cooperativa se río de mí por decir “aba”. Ese miedo de hablar formó parte de mí por muchos años hasta que logré aprender matemáticas y mi aparato fonológico se adecuó a la normativa del español. Pensé que la prueba estaba superada que podía hablar donde fuera sin miedo a ser tachada de tartamuda por medio de una computadora, pero no. El miedo a hablar se convirtió en miedo a opinar.

Si de algo estoy segura es que las redes sociales son un manifiesto de todos los aristas de las personas. Basta con revisar el perfil de cualquier persona para descubrir quién está detrás del monitor. Prueba de ello fue la inteligencia artificial de Microsoft: Tay.  Una IA que tuvo que ser desactivada en menos de un día por sus tuits xenófoba, malhablada y clasista. Tay era un programa informático capaz de sostener una conversación casual con jóvenes entre los 18 y 24 años. En un par de horas se volvió simpatizante de Hitler, proponiendo a más de uno que debería irse a un campo de concentración. Microsoft se disculpó, pero ¿por qué disculparse?  Si Tay sólo aprendió de nosotros, los usuarios. 

Tay fue desactivado, pero millones de usuarios siguen activos. De ahí que me da miedo dar mi opinión sobre cualquier cosa, no solo sobre los temas polémicos. Hay cosas tan simples como gustos personales que pueden desatar los mensajes de odio más grandes o emitir prejuicios sin conocer a la persona que emite la opinión. Por ejemplo, el otro día afirmé en Facebook que no me gustaba el aguacate. Recibí respuestas de apoyo, pero algunos más me dijeron que era una única y especial que quería atención, que de seguro me disfracé de Harley Queen. Solo era un gusto personal como decir que me gusta más el helado de chocolate que el de vainilla, pero fue suficiente para que alguien detrás de una pantalla me insultara.

Tengo miedo de recibir mensajes de odio, tengo de miedo de ser llamada fifí, prianista, vende patrias y que me corran de mi país por criticar al gobierno. Tengo miedo de ser llamada mojigata por querer tener hijos y una relación monógama. Tengo miedo que me llamen loca por defender a cientos mujeres que mueren por practicarse un aborto de manera ilegal. Tengo miedo de ser una delincuente por usar diamantina rosa en mi foto de perfil. Tengo miedo de compartir una fotografía de un verso que encontré mientas leía. Tengo miedo de expresar que me gusta la banda y ser llamada analfabeta. Tengo miedo de subir una fotografía con el vestido que más me gusta y piensen que estoy ofreciendo mi cuerpo al mejor postor. Tengo miedo de ser tachada de snob y pretenciosa por escribir una columna semanalmente que expresa mi opinión sobre la vida. Tengo miedo que he preferido quedar callada, no porque mi pensamiento no sea válido, pero mi paz mental es más importante que una discusión con una pantalla.

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