#Si SostenidoLetras minúsculas

Tamazunchale | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

Escribió Blaise Pascal (1623-1662), el gran pensador francés: «Veo los pavorosos espacios del universo y me veo también a mí mismo clavado en una esquina de esta vasta extensión, sin que sepa por qué me encuentro aquí en vez de en otra parte, ni por qué el poco tiempo que se me ha dado para vivir lo tenga que utilizar justamente ahora y no en otro momento de la eternidad que me ha precedido o que me seguirá».

Es verdad: ¿por qué? ¿Por qué nací en México, país del que no sabría la existencia de buscarla en los periódicos italianos, rusos o turcos? ¿Por qué nací en Tamazunchale, esa pequeña ciudad que aparece en una de las novelas de Ray Bradbury como sinónimo de lejanía? Antes de escribirla, el famoso escritor seguramente se puso a buscar en un mapamundi el nombre más raro e impronunciable de todos y, según se ve, ninguno le pareció más a propósito que éste. «Pasó todo el verano en México, finalizando sus estudios de literatura española, aprendiendo el idioma, viajando con humildes peones o en ómnibus, escribiendo cartas abrasadas desde Tamazunchale», dice un personaje de La muerte es un asunto solitario. ¡Qué emoción me produjo leer este párrafo! Pues bien, de allí soy yo. ¿Por qué? ¿Por qué fui hijo de estos padres, hermano de estos cuatro seres tan extraños como yo, sobrino de estos tíos y tías?, ¿por qué nací con este cuerpo y estos ojos, con estos complejos y estas cualidades? ¿Por qué no nací, por ejemplo, en la Constantinopla del siglo IV para haber conocido en persona a San Juan Crisóstomo? ¿Por qué no fui un esclavo en la Roma imperial o un pastor en las montañas de Judea? ¿Por qué, en cambio, tuve que nacer en un siglo casi moribundo, el vigésimo de la era cristiana? ¿Por qué se me dio conocer la televisión, el teléfono, el cd ROM, el xbox, el iPod y el Internet? ¿Por qué no nací en los tiempos de los trágicos griegos o mientras se construían las pirámides de Egipto? ¿Por qué soy este que soy y no otro que nació en la lejana Tasmania hace diez mil quinientos años?

¡Misterio! ¡No lo sé! Pero todo esto pudo ser; mejor dicho, todos estos pude ser. Si la historia, como dijo un personaje de Shakespeare, fuese el cuento contado por un idiota, quizá habría más de una razón para no estar conforme con mi suerte y gritarle al destino: «¿Por qué tengo que ser este que soy?». Pero sé que la historia la gobierna Dios y que todo lo que se encuentra en torno a mí ha sido elegido por Él con delicadeza y sumo cuidado.

Él ha querido que yo fuera. Y que fuera este que soy. Me quiso en este rincón llamado San Luis Potosí –del que habla también Erskine Caldwell, el novelista, en un libro autobiográfico- y en este tiempo concreto que se designa con el número 2011. Quiere que ame este lugar y este tiempo no porque sean los mejores del mundo o de la historia, sino porque son los míos. Son mi situación. Estoy situado, pero también sitiado. Vivir es estar en permanente estado de sitio, no poder rebasar ciertas fronteras ni traspasar determinados límites. No se puede ser al mismo tiempo gordo y flaco, rubio y moreno, alto y chaparro, uno y el infinito. Se es siempre uno por vez y solo una vez.

El Dios que me quiso, quiso también que de los seis mil quinientos millones de seres que pueblan el planeta conociera solo a unos cuantos, a estos que comparten conmigo, según el decir de Pascal, este pedazo de mundo y este momento de la eternidad. Es más, ¿no será que he nacido en este momento y en este lugar sólo para encontrarme con estos pocos seres que amo, seres que, por lo demás, también pudieron existir en otra latitud y en otra era?

Cuando me toca asistir en calidad de sacerdote al matrimonio religioso de alguna pareja, me gusta hacerles a los jóvenes contrayentes algunas preguntas: «Imagínense –les digo- lo que hubiera pasado de haber nacido uno de ustedes, por ejemplo, en Kazajstán. ¿Cómo se habrían conocido?». Cuando escuchan esto, los jóvenes casi siempre se voltean a ver el uno al otro con ojos desorbitados. «Pero no vayamos tan lejos: supongamos que los dos hubieran nacido donde lo hicieron, pero uno hoy y el otro hace doscientos años». Entonces vuelven a mirarse con el mismo sentimiento de terror teñido de angustia. «Bien, ya que no fue así, den gracias a Dios por el hecho de que hayan podido encontrarse, pues todo encuentro es un don del cielo, es decir, un milagro. Agradezcan a Dios de todo corazón el que los haya hecho nacer en el lugar y en el tiempo que eran necesarios para que el encuentro entre ustedes dos pudiera producirse». Un milagro de coincidencias: eso y no otra cosa es el amor.

Una canción cantada por medio mundo dice así:

 

Soy vecino de este mundo por un rato

y hoy coincide que también tú estás aquí.

Coincidencias tan extrañas de la vida:

tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio

y coincidir…

 

 ¡Tanta gente, además! ¿Cómo es que hemos coincidido? Y, sobre todo, ¿para qué? Para que los ame todo lo que pueda y no me habitúe nunca a su presencia. Cuando reconozco que todos ellos pudieron haber nacido en otro lugar y en otro siglo, los veo con estupor: como un regalo que ciertamente no merezco pero que debo aprender a agradecer.     

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