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Sobre la extinción de las palabras | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

Yo pienso muchas veces, cuando escribo, qué quedará dentro de 20 o 30 años de esas palabras. Probablemente nada, tampoco importa. Pero qué maravilla estar tantos siglos en cartel como Platón, Aristóteles o don Miguel de Cervantes. Leerlos mucho tiempo después y deslumbrarte con ellos. 

Emilio Lledó, Lecturas Sumergidas)

Un nuevo ciclo escolar comienza y con ello la incorporación de una nueva generación a la educación media superior. Confieso que rara la vez imparto clases a los chicos de nuevo ingreso. Pero siempre hay una excepción a la regla. Mis nuevos estudiantes nacieron entre el 2003 y 2004, si bien es cierto que diez años no son muchos cuando de una relación sentimental se trata (José José, Madonna y Ashton Kutcher son ejemplo), sí lo son cuando hablamos de ver el mundo. Así me lo hicieron saber mis alumnos de tan sólo quince años. En clase de lectura, decidí explicar la evolución de la lengua con el ejemplo canónico para quienes nacimos en los noventa: chat/chatear. Durante mis tres años de experiencia docente había funcionado, pero ¡oh, sorpresa! Los nuevos estudiantes desconocían la palabra y aún más los sitios de chat como LatinChat. 

Me pareció inconcebible, sé que Tinder, Facebook e Instagram han sustituido la manera de ligar, pero al menos,  la acción de intercambiar mensajes electrónicos a través de internet para establecer una conversación entre dos o varias personas  debía seguir siendo vigente. Error, los más jóvenes han sustituido la palabra chatear por mensajear sin importar el canal por donde se envíen los mensajes. Ni siquiera la palabra whatsapear forma parte de su jerga. En su opinión sólo sus padres o la gente mayor la usa. Pero, la cosa no termina ahí, también desconocían los cibercafés. De hecho, les pareció algo muy exótico “ir al ciber para chatear”. Más de uno hizo bromas sobre la nueva palabra adquirida al salir de clase, dejándome anonadada por la efímera vida de las palabras.

En este 2019, la RAE eliminó del diccionario casi tres mil palabras por su falta de uso en los últimos cien años, entre las palabras que pasaron al cementerio de la lengua se encuentran: escritorzuelo (despectivo de escritor), cocotriz (el cocodrilo hembra), transbisnieto (anterior de tataranieto), demoñejo (persona que le gusta el vino añejo), zato (pedazo o mendrugo de pan), zorruela (de zorra), por mencionar algunos vocablos que han sido jubilados por los hablantes. La jubilación de términos también trae consigo la afiliación de nuevas palabras al diccionario como: selfi, viral, sororidad, meme y baipasear.

Una vez más la lengua nos recuerda que está viva, que se expande, se viste, se desviste, se cambia, se mueve, se transforma, se camuflajea, se metamorfasea. La lengua no se detiene por divisiones geográficas; migra y cruza muros, camina por el desierto, se aclimata y nada por el Río Bravo, se sube a la bestia o toma un avión. Brinca el charco y se toma un zumo con pajilla en Madrid. Se traslada en los medios digitales, pierde caracteres en TQM, HP, CHTPM, pero  no se detiene porque si lo hace, muere. Su única parada es el papel donde se establece para después viajar en el tiempo a través de sus lector. 

Como hablantes sólo nos queda usar, decir, escribir, aquellas palabras que queremos preservar. Además, tendremos que aceptar que mamarre o perreo no sólo forman parte de nuestra vida, sino también de nuestra lengua.

1 REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.2 en línea]. <https://dle.rae.es> [03 de agosto de 2019].

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