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El insomnio de Kafka | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

Cada noche ensayamos nuestra muerte. Dormir es morir un poco. «¿Está muerto?», recuerdo que pregunté una vez a mi padre cuando vi que cuatro hombres cargaban por la calle a un hombre inconsciente. 

-No, sólo está borracho. Más bien duerme. 

Así que sólo dormía. 

-¿Pero es que cuando uno duerme no siente nada?, volví a preguntar, intrigado. Por toda respuesta obtuve esta otra pregunta: 

-Y tú, ¿qué es lo que sientes cuando te llevo a tu cama cada vez que te quedas dormido en la mía? 

-Nada.

-Pues es lo mismo. 

Desde entonces supe que entre el sueño y la muerte había una cierta semejanza, algo así como una secreta afinidad.

«La niña no está muerta, sólo duerme», dijo Jesús al ver tendida a la hija de Jairo, y los que lo escucharon hablar así se doblaban de la risa. 

La muerte es sueño, el sueño es muerte. Dormir, como morir, es entregarse al olvido y permitir que los otros nos traigan y nos lleven a su gusto: tal es la razón por la que a la hora de cerrar los ojos a la luz del día uno se aparta, casi se esconde, pues estar dormido –como estar muerto- significa ponerse a merced de los demás. 

Dormir es cerrar los ojos y abrir las manos, esas mismas manos con las que nos aferrábamos a las personas y a las cosas, y ser libres otra vez. Sí, un hombre dormido es lo que más se parece a un hombre muerto.

Escribió Julien Green (1900-1998) en una de las páginas de su Diario [anotación del 24 de julio de 1960]: «Me pregunto si una de las causas del insomnio no será un excesivo temor a la muerte… Hacia los cuarenta o los cincuenta años, el hombre empieza a desconfiar del sueño, ese anonadamiento de la voluntad y de la conciencia». Dado que dormir es en cierto modo morirse, aunque solo sea por unas cuantas horas, el insomnio sería algo así como un recurso para defenderse de ella.  

Por su parte, Franz Kafka (1883-1924) declaró un día de 1920 por las calles de Praga a Gustave Janouch: «El sueño es una visita amistosa de la muerte… Quizá el insomnio sea una especie de miedo a tal visita».

¿El insomnio es pues siempre deliberado, siempre defensivo? ¿Quién lo sabe? «A mi edad el sueño atrae la atención de la muerte –dice el protagonista de Nudo de víboras, la novela de François Mauriac (1885-1970)-, y es preciso no parecer muerto. Mientras permanezco de pie, parece como si ella no pudiese venir». Y, sin embargo, lo cierto es que Dios prescribió a nuestra naturaleza una ración diaria de sueño, es decir, de muerte. A Dios le gusta el sueño de los hombres, le gusta el hombre que duerme y se abandona: nos lo dijo a través de un profeta que era también un  poeta, el francés Charles Péguy (1873-1914):

 

No me gusta el hombre que no duerme

y que arde en su cama de preocupación y de fiebre…

Me gusta el que se abandona en mis brazos

como el bebé que se ríe

y que no se ocupa de nada

y ve el mundo a través de los ojos de su madre…

Me han dicho que hay hombres 

que trabajan bien y duermen mal,

que no duermen nada.

¡Qué falta de confianza en mí!

Eso es casi más grave que si trabajasen mal

y durmiesen bien,

porque la pereza 

es un pecado más pequeño que la inquietud,

que la desesperación

y que la falta de confianza en mí…

 

Pero si esto es como decíamos, si la noche con su oscuridad, su olvido y su silencio es un símbolo de la muerte, ¿por qué el amanecer con su claridad y su frescura no podría ser el símbolo de la resurrección? Si morimos todas las noches, resucitamos cada mañana. «¿Podemos evitar que la vida vuelva a empezar cada mañana?», pregunta Raymond Fosca a Régine en Todos los hombres son mortales. Pero no, no podemos evitarlo.  

Resucitar cada mañana, estrenar la vida todos los días. Ésta es, me parece, la única solución al problema del tedio, del cansancio, de la rutina. Pero, ¿cómo se hace?, ¿cómo se procede para conseguir este milagro? Una nota de Edith Stein (1891-1942), la santa abatida por los nazis, podría ser aquí de gran ayuda. ¿Quieres que cada día sea una novedad? Entonces, escucha: «Cuando llega la noche y una mirada atrás nos muestra que no hemos terminado casi nada de lo que nos habíamos propuesto, que muchas cosas hacen brotar en nosotros un sentimiento de vergüenza y dolor, deberíamos tomar todo ello y ponerlo en las manos de Dios y confiárselo. Así, podemos fiarnos de Él, descansar verdaderamente y comenzar el nuevo día como si empezásemos una nueva vida». 

«Me muero cada noche para resucitar cada mañana», dice la pequeña Blanche de la Force en Diálogos de carmelitas, la pieza teatral de Georges Bernanos. Sí, así debe de ser. Exactamente así, pensando que lo viejo ya pasó y lo nuevo está aún por comenzar. 

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