#4 TiemposDesde mi clóset

El cuerpo que habitamos | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

 

La encarnación de la corporalidad ha sido un tema ampliamente discutido por propias y extraños. Esta encarnación implica la asunción de la identidad primigenia de la que el relato darwiniano ha buscado privilegiar: el ser reproductivo protector de la especie. Y es que hacer referencia del cuerpo como un agente fundamental para la consecución del dominio terrestre, ha permitido a la ciencia privilegiar la fecundación como hito de la vida humana.

La asignación sexual, en tanto ritual discursivo de la sociedad contemporánea, facilita la apropiación de características que determinan el devenir del ser. Luego de la notificación fisiológica de la hembra humana, que indica un embarazo, se activa un mecanismo genérico en pos de la colocación del cuasi feto en el estrado apropiado para sí.

Con base en una premisa anatómica, la ciencia médica indaga sobre la cualidad del feto respecto a su posición en el mundo. Esta posición le permitirá continuar con el ciclo de la vida de la especie. Por tanto, la reproductividad, recrea un primer escenario en la persona. Le sujeta dentro de una posibilidad biológica fortuita, lo que le constriñe a un par de posibilidades.

Al socializar, la cría humana desarrolla una serie de estrategias que le permiten pertenecer. Con base en la asignación dada, la crianza facilita la apropiación de la identidad de género, la cual es autónoma al designo propio de la ciencia médica. Una mujer, un hombre, no lo son por el hecho de tener tales o cuales genitales, aprenden a serlo en relación con los estereotipos y roles sociales que aprehenden desde la gestación y hasta la primera infancia.

La percepción subjetivizada del género, se encuentra en una constante lucha con el contexto, que de manera establece una correspondencia normativa entre el sexo de asignación y el género. Así pues, un macho de la especie tendría que ser hombre en estricto sentido, y viceversa. Cualquier combinación distinta es considerada una incongruencia e incluso una patología para la medicina ortodoxa.

Lo consecuente a la asunción de la identidad de género es el desarrollo de roles de sexo que faciliten la socialización del sujeto encarnado. Es decir, el cuerpo produce performatividad que contribuye a la comunicación del propio ser. Cuando Michael, protagonista de Tomboy (2011), observa a otros niños jugar fútbol, escupir y arrojar en cuerpo, se encuentra en una suerte de trance didáctico que le permitirá incorporar posteriormente habitus corporales. Los cuales fortalecen la percepción subjetiva de ser hombre, en un espacio masculino, como lo es un solar futbolero.

Es así que, es posible afirmar sobre la importancia de reconfigurar la asignación sexual con la identidad de género, así como su relación con los roles sociales de sexo. Ya que, de acuerdo a la normatividad vigente, existen cuerpos habitados por identidades incongruentes. Tal es el caso de las personas trans, a las que se les ha hecho creer que el cuerpo que habitan en esencia no les pertenece. Ha sido prestado, más aún, ha sido impuesto por un sistema de poder que controla las corporalidades y las relaciones entre estos.

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