#4 Tiempos
El activismo a la backstreet boy | Colaboración de Carlos López Medrano
Una panda de sujetos se agolpa afuera de las instalaciones de TV Azteca San Luis Potosí. Es fin de semana en época de cuarentena. No hay nadie ahí. Pero los radical chic creen que es buena idea clausurar un lugar que está cerrado.
No se emocionen. La clausura consistió en colocar un par de mantas con cintas y clavitos que pudieron ser más productivos como sostén de un calendario en la cocina. Según ellos, se trataba de un acto simbólico, palabra con la que a menudo se reviste a cuestiones que no sirven de nada salvo para la autocomplacencia y estimular a la tropa.
Fuera de eso poco más. Ya no hablemos del nulo eco que aquello tendrá en Ricardo Salinas Pliego, quien, se supone, ha motivado la revuelta. El performance a lo sumo causará fastidio en algún empleado local que tardará unos segundos en retirar esos mensajes de animadversión que no le correspondían. Pero bueno, así es lo simbólico: cualquier cosa.
Lo anterior pasaría a la irrelevancia si no fuera por lo chusco. Y porque todo quedó registrado audiovisualmente por estos X-Men de la política, los salvadores del pueblo. Los iluminados que no creen que el público tenga el mismo criterio que ellos tienen para identificar la basura. Por eso los protegen. Son patriotas.
Cerca del final del metraje, el cabecillla del levantamiento, David Reyes Medrano, pregunta al camarógrafo “¿Ya se vio esa madre?”. Parece intrascendente, pero es la frase más lúcida de todo el video.
En efecto, aquello es una madre, una nimiedad. Lo importante es lo otro: la imagen, lucir ante cámara, la superficialidad. Revestir de palabrería lo que no da para más. En eso ha acabado el activismo, más en la imagen que en la sustancia. Centrado en la foto, el video, que los demás vean lo comprometidos que somos, si no se ve… ¿para qué salir de la cama? La estampa importa y es lo que domina en la arenga.
En realidad, es difícil que ese tipo de causas sean tomadas en serio por alguien medianamente sensato. Como las boy bands, son consumidas por un público adolescente, tan idealista como ingenuo. Además, a estos herederos de Menudo la coyuntura les tomó fuera de tiempo: ya están pasados de tueste, aunque sigan con el infantilismo tanto discursivo como de vestimenta.
David y sus acompañantes se saltan las indicaciones que en días previos había dado un erudito: el propio David. El intrépido abogado había salido a las calles, bocina y micrófono en mano, a sermonear a los transeúntes para que mantuvieran la sana distancia y atendieran a las medidas de precaución ante el coronavirus. Aunque razón no faltaba a sus palabras, el motor era otro. La arrogancia de quien cree saber lo que otros no saben y la arrogancia de creer que alguien le hará caso a las prédicas de un desconocido. Más hubiera valido que se pusiera a cantar alguna pieza acorde a lo suyo, “Show Me the Meaning of Being Lonely” de los Backstreet Boys, por ejemplo. También había cámaras aquella vez. De qué sirve ser un samaritano si no se ganan likes en redes sociales. Es la autopromoción; muy respetable, aunque incluso para ello hay que ser honestos.
Si David es una mezcla de Kevin y AJ, otro Backstreet Boy que estuvo en la clausura, un tal Luis Alberto Suárez Castillo, es Brian pasado por Pyongyang. Luis es conocido por su entrega ante regímenes liberticidas a los que revindica en redes sociales sin ningún empacho , a sabiendas de las limitaciones de su público, uno que sucumbe ante la verborrea. Un cursi que compra un boleto para la (no) rifa del avión presidencial argumentando que se trata de un acto simbólico (sí, también. Todo es simbólico ya: usted que lee esto probablemente esté haciendo un acto simbólico sin darse cuenta) que “involucra que se eleve el nivel de discusión”. Semejante son las tribulaciones del conjunto, profundidad nickelodeon.
La razón del descontento tiene que ver con las desafortunadas declaraciones que un conductor de noticias hizo horas antes desde la Ciudad de México. La invitación de Javier Alatorre de no hacer caso a las autoridades de salud respecto al COVID-19 fueron la excusa ideal para que la boy band arremetiera contra dos de sus enemigos predilectos: el sector privado y el periodismo no alineado a la causa.
Los chicos de la calle de atrás son abiertamente deudores y admiradores de movimientos caracterizados, entre otras barbaridades, por su inquina a la disidencia y a los medios y empresas que no puedan controlar. Vale la pena mencionar esta farsa porque es una patética expresión de un sentimiento cada vez más extendido en algunos sectores: la demonización de la clase empresarial y del periodismo que no abone al oficialismo.
TV Azteca y Salinas Pliego son más bien lamentables. Mucho, muy. Se han aprovechado de su cercanía con los gobiernos en turno para sobresalir pese a un contenido de baja calidad. Pero pretender silenciar en automático a cualquier voz nauseabunda o que actúe en contra de la versión del gobierno sienta un peligroso precedente. A una idea errónea se le debe combatir con una idea mejor, una idea correcta. O en casos extremos con un debido proceso. No con la supresión irreflexiva de la plataforma (su ansiado exprópiese). Deberían saberlo ellos, tan rebeldes e incisivos contra gobiernos alejados de su ideología.
Lo burdo de la boy band parece corresponder a una negación de la madurez. Los Back Street Boys sentaron cabeza antes de que las arrugas les ganaran la batalla. Luego regresaron, pero ya bajo otro cariz. A estos combatientes, en cambio, la sofisticación les queda grande. No asumen la realidad. Quizás se crean próximos a Gramsci y Althusser cuando están más cerca de Nick Carter y Luisito Comunica (guardando las proporciones). Que le avisen a Víctor, el mánager, un viejo lobo de mar que andaba por ahí. Ya es hora de sentar cabeza. Nobody knows what the famous groupies know.
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El Cronopio
Juan José Ortega, director cinematográfico matehualense | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En las primeras décadas del siglo XX un buen número de potosinos van a la Ciudad de México a continuar su formación y su desarrollo profesional. La mayoría sobresalen en las actividades que se realizan, como lo muestra la nutrida membresía de la Academia Potosina de Ciencias y Artes formada por potosinos que radican en la Ciudad de México, donde la mayoría ocupan puestos de importancia en la vida cultural mexicana. Entre estos personajes se encuentra el camelense Juan José Ortega García que destacaría en la industria cinematográfica en la época de oro del cine nacional a la que se incorpora en la década de los treinta siendo otro de los potosinos pioneros en el cine mexicano.
Juan José Ortega García nació en Matehuala, San Luis Potosí, el 27 de octubre de 1904, donde inicia su educación primaria la que tuvo que suspender, para proseguirla de manera autodidacta, para contribuir al sostenimiento de su familia. La familia se traslada a San Luis Potosí y continúa su formación autodidacta, entre ellos el oficio de mecanografía, lo que le conduciría a iniciarse en el periodismo en 1925 colaborando en el periódico Acción de San Luis Potosí, del que sería su subdirector en 1928 y, director en 1932 del periódico potosino Vanguardia. Fundó en el Bajío un par de periódicos: el Diario del Centro en Aguascalientes y El Globo en León, Guanajuato. Colaboró como corresponsal en los periódicos Excélsior y El Universal.

Al llegar a la Ciudad de México para integrarse a la Comisión de Irrigación en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas inicia su carrera en el cine dirigiendo documentales oficiales, Irrigación en México y Gigantes de Piedra. Al dirigir estos largometrajes comprendió que su carrera sería el cine y se adentra dirigiendo su primera película en 1939, Sendas del Destino, donde actúa, entre otros, Eduardo Arozamena, en una trama que se desarrolla en la presa La Angostura en Sonora, reminiscencia de sus primeros largometrajes, la cual fue financiada de su propio peculio y con aportación de la Comisión Nacional de Irrigación, donde laboraba Ortega García.
Sendas del Destino sería su ópera prima de, al menos 42 películas que dirigió
, realizando también coproducciones internacionales, con Cuba, Venezuela, Colombia y Perú. Entre las películas que dirigió se encuentran: La mujer legítima en 1945, con Isabela Corona; La insaciable de 1947, con María Antonieta Pons, con un guion escrito por el propio Juan José Ortega incursionando así en el guionismo; Cuando el alba llegue, en 1950, con Meche Barba; Lodo y armiño, de 1951, con Armando Calvo; Cuentan de una mujer, en 1958, con Marga López; En carne propia, de 1961, con Joaquín Cordero; Pacto de sangre, en 1966, con Manuel López Ochoa, entre otras.Entre los melodramas, género preferido de Juan José Ortega, filmados en Cuba se encuentran: la comedia musical filmada en 1953 en La Habana, intitulada Me gustan Todas con Adalberto Martínez Resortes; en 1954 las cintas, Frente al pecado de ayer y Yo no creo en los hombres, protagonizadas por Sarita Montiel; en 1956 dirige No me olvides nunca, con actuaciones de Luis Aguilar, Rosita Fornés y Olga Guillot.
En la década de los sesenta dirige la serie de películas tipo westerns de Leonardo Moncada, serie de cinco películas estelarizadas por Joaquín Cordero, basadas en una serie radiofónica cubana. En esa década Ortega comienza a dedicarse a la distribución de películas creando la distribuidora Compañía Cinematográfica Mexicana y Productora Mexicana de Películas. Es propietario también de Producción Fílmica de México y Películas y Videos Internacionales, todo ello en los ochenta.
Recibió varios reconocimientos a su carrera cinematográfica, como productor, director, guionista y distribuidor actividades que siguió después del periodismo, donde sería también pionero en el periodismo potosino del siglo XX. Juan José Ortega García murió en la Ciudad de México el 27 de diciembre de 1996.
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Acento Ajeno
La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés
ACENTO AJENO
Por: Haniel Valdés Velázquez
Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.
Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.
En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.
Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?
Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.
Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.
Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.
La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades
ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.
El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.
Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.
Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.
La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.
Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.
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El Cronopio
Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.
Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.
Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.
Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.
Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.
A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.
También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.
Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.
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