mayo 20, 2026

Conecta con nosotros

Opinión

Del idealismo al conformismo digital: de cambiar el mundo a solo ser famosos | Artículo de Sayd Sauceda

Publicado hace

el

¿Qué sociedad construimos si nadie quiere cambiar nada, pero todos quieren ser vistos?

Por: Redacción

Las generaciones de 20 años no piensan ni actúan como las de 30. No lo digo desde la soberbia de suponer que una es mejor que la otra. Lo digo desde la observación: hay un momento exacto en el que se dejó de querer cambiar el mundo. En el que el afán de encajar todos en el mismo molde —sin cuestionar, sin incomodar, sin criterio propio— ganó la partida.

No todas las personas de 30 son revolucionarias. Pero solía sentirse más el impulso de exigencia hacia autoridades, empresas, estado, familia, amigos. Había un aire de inconformidad que hoy parece esfumado ¿Cuándo dejó de importar cambiar el mundo y empezó a importar solo ser visto?

Antes se hacían las cosas por hacerlas. No para grabar, no para tomar foto. Salías a buscar a tus amigos de casa en casa. Ibas a una reunión y apenas tomaban tres o cuatro fotos, y casi siempre salía todo el grupo. No había un sinfín de historias de “mira cómo voy vestido, mira qué tomo, mira con quién estoy, mira que tú no puedes porque no somos iguales”.

Salir era crear comunidad.

En el grupo siempre había un rockero, un skato, otro que pintaba, otro que cantaba y le gustaba la banda. Había diversidad. Eran las personas que vivían cerca de tu casa, no tanto sus gustos o preferencias. Y juntos, sin saberlo, querían cambiar el mundo.

Yo nunca tuve Metroflog. Prefería salir a jugar o ponerme un disco en mi Play chipeado de diez pesos. Pero recuerdo la primera vez que alguien en redes fue “famoso”. Una niña en secundaria dijo: “Mi hermana ya llegó a 100 likes”. Me dieron ganas de que dijeran eso de mí.

Ahí, sin saberlo, empezó el cambio.

Pero si tuviera que señalar un momento histórico concreto, diría que fue entre 2006 y 2010, con la llegada masiva de Facebook en español y después la creación de YouTube (2005), Twitter (2006) y el primer iPhone (2007). Ahí pasamos de ser usuarios a ser producto. La cultura dejó de ser algo que se vivía en la calle para volverse algo que se mostraba en una pantalla. El “like” sustituyó al abrazo. La fama digital se volvió más deseable que el talento real.

En algún punto pasamos de sentir orgullo por una pecera de Facebook con un Tikki que prendía los ojos, a hablar más con una inteligencia artificial que con nuestros padres. Y lo juzgo desde los 30, pero me pregunto: ¿pensaba lo mismo de mi la generación pasada, los llamados “boomers”?

Hoy todos quieren ser famosos, pero no todos quieren tener talento. El talento es opcional. Cualquier persona puede hacer, hablar y aprender lo que sea. Pero hay tantas posibilidades que resulta abrumador. Y muchos deciden: mejor me quedo con lo que ya sé.

¿Dónde quedó esa juventud que no se deja vencer por algo tan absurdo como los likes? Ni siquiera es atención: son números. ¿En qué momento 100 likes se volvieron pocos? ¿Por qué ser relevantes? ¿Para qué?

Las personas ya no piensan, ya no cuestionan. Simplemente son. A veces ni actúan: son y ya. Y luego no entienden por qué se sienten vacíos, si viven por encima de una pantalla. ¿Cuántas horas puedes perder en TikTok? He visto personas de todas las edades que no pueden tener una conversación de diez minutos sin agarrar el teléfono.

No quiero ser esa persona que dice “en mis tiempos”. Pero es preocupante que a nadie le importe a dónde van las generaciones. Antes te enseñaban Office en la primaria. Hoy los jóvenes no saben ni para qué sirve Excel. Están tan saturados con ser famosos, con pertenecer, que no ven más allá.

Entiendo que hoy se puede vivir de las redes. Pero no entiendo por qué no se puede ser más que eso.

Me pregunto: ¿dejamos de querer cambiar el mundo porque nos convencieron de que no se puede, o porque es más fácil encajar?

Y lanzo la pregunta al periodismo: ¿está contribuyendo a este molde o puede romperlo?

No es que las nuevas generaciones sean peores. Es que crecieron en un sistema que premia la vitrina sobre el taller, la pose sobre la obra, la fama instantánea sobre el talento construido. Cambiar el mundo ya no vende. Encajar, sí.

Pero aún estamos a tiempo de incomodar, de dejar de ver la pantalla y volver a ver a los ojos.

¿Qué sociedad construimos si nadie quiere cambiar nada, pero todos quieren ser vistos?

También lee: La cebolla de Dostoyevski | Columna de Juan Jesús Priego

El Cronopio

El formador de humanistas, Villaseñor Tejeda | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Publicado hace

el

EL CRONOPIO

Hace setenta y un años iniciaban las actividades académicas de la extinta Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desaparecida ignominiosamente por motivos políticos en 1962. La UASLP caía en un largo periodo de oscurantismo del que costó salir, en la década de los ochenta, con el esfuerzo de la planta académica que comenzó su formación en la propia UASLP y que redondeara esa formación en universidades e instituciones de vanguardia a nivel mundial.

Sesenta años después se restablecían en la UASLP estudios humanísticos y sociales. Los primeros tiempos de aquella Facultad de Humanidades fueron brillantes y una pléyade de profesores figuraron en el claustro académico de la UASLP, muchos de los cuales han caído en el olvido y que hemos estado recordando en esta columna, tanto a profesores como profesoras que aparecen en el libro Damas de Potosí, perfiles publicados en La Orquesta.

En cuanto a la licenciatura de filosofía, activa en la actualidad en la UASLP, que cumple once años de ser reactivada, pues esta carrera era una de las carreras que existían en aquella Facultad de Humanidades, requiere conocer sus antecedentes y principalmente los profesores que le dieron vida en la década de los cincuenta y principios de los sesenta.

Uno de esos profesores fue José Villaseñor Tejeda, que impartió cátedra en la Facultad de Humanidades potosina de enero de 1958 a agosto de 1962, año y mes en que fue cerrada. A decir de Josefina de Ávila Cervantes, estudiante y profesora de la mencionada Facultad y de quien hemos tratado en esta columna, “el profesor Villaseñor fue el eje silencioso del cual partían y al cual volvían maestros y alumnos”.

En ese lustro de trabajo en la UASLP por formar maestros en filosofía y en letras escribiría su Introducción a la Filosofía, su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura y sus ensayos sobre Sócrates, Freud, Proust, Dostoievski, el humanismo y otros temas que fueron publicados en la Revista de la Facultad de Hum anidades, en Letras Potosinas y en Vitral, revista del Instituto de Cultura Superior, así como escritos inéditos consistentes en investigaciones filosóficas, ensayos sobre arte: pintura, cine, literatura.

José Villaseñor Tejeda murió joven, a los cuarenta años, el 23 de diciembre de 1968 en la Ciudad de México a donde fue a laborar al Instituto de Cultura Superior después del cierre de la Facultad de Humanidades. En ese Instituto reestructuró el curso filosofía de la religión que había iniciado en la UASLP. 

Villaseñor comenzó sus estudios de filosofía en el Seminario Conciliar de México y para 1947 pasó a la Universidad Nacional Autónoma de México donde terminó sus estudios de maestría en filosofía. Al terminar, ingresó como profesor a la Universidad de Guanajuato donde laboró por un poco tiempo al renunciar en protesta por el despido de un grupo de compañeros de trabajo tratados injustamente por las autoridades escolares.

Su compañera de aventura académica en la UASLP, la mencionada Josefina de Ávila lo retrata en un comentario de recuerdo: “La contrapartida de su historia -la que ofrece tan poco a aquellos que esperan todo de los hechos-, fue (usando términos suyos), su intrahistoria. Para quienes no traducen su propia existencia como un activismo urgente y aceptan, por el contrario, que la aventura del espíritu no puede ser corrida con la esperanza de una respuesta concreta y tranquilizadora sino con la pura actitud contemplativa, encontrarán en su obra una invitación a detenerse ante el misterio develable que envuelve y penetra esto que llamamos el Universo”.

El recuerdo de quienes contribuyeron al desarrollo de nuestras instituciones y, participaron en la formación de la juventud potosina y profesionales que contribuyen al desarrollo social es imprescindible en una institución que se jacta de ser representativa de la educación superior en el país; pero más importante es darles vida manteniendo su obra en difusión.

También lee: Filosofa Paula Gómez Alonzo y el papel de las mujeres en la cultura | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Continuar leyendo

Letras minúsculas

Robots Joviales | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego

La señorita acababa de perder a su madre, de modo que aquel día se mostraba aún un tanto pensativa y silenciosa. Su madre… ¡Cómo había sufrido en la vida! Durante muchos años había estado enferma y, pese a todo, nunca se quedó en la cama compadeciéndose a sí misma ni quejándose de la vida. El desayuno siempre estuvo listo, la casa siempre estuvo limpia: la enfermedad no le impidió jamás cumplir con sus deberes.

-¿Encontró todo lo que buscaba? ¿Necesita tiempo aire para su teléfono? –preguntó la señorita mientras se esforzaba por no romper a llorar y sin levantar la cabeza. Tenía que hacer la pregunta en voz alta, y la hizo, pero sin demasiado entusiasmo. 

No escuchó la respuesta; en realidad, no le interesaba que los clientes hubieran encontrado o no lo que buscaban; había otras cosas mucho más importantes en qué pensar: «La enfermedad –se dijo a sí misma la señorita-, la enfermedad, cualquiera que ésta sea, es siempre absurda. ¿Es que no nos vamos a morir? Ya esto es suficiente, ya esto es incluso demasiado. ¿Es que no nos vamos a morir? ¡Y, por si esto fuera poco, antes de morirnos hemos de padecer muchos males! Hay quienes, como mi madre, no hicieron en la vida más que ir de una enfermedad a otra. ¡Pobres de nosotros! Si por lo menos pudiéramos vivir apaciblemente los años que preceden a la muerte. Pero aun esto nos ha sido negado».

Así pensaba la señorita cuando oyó que una voz enérgica y malhumorada le decía: 

Pues no, no he encontrado todo lo que buscaba. Busqué amabilidad y no la he encontrado; busqué con un poco de atención por parte del personal y ya ve usted con lo que me encuentro: con un trozo de hielo. ¿Qué clase de tienda es ésta? ¿Así se cuidan aquí las relaciones públicas? 

La señorita se encogió de hombros, cortó de un tirón el ticket que debía entregar y lo tendió, sin verlo, a la dama vociferante. 

-¡Qué educación! –gritó la mujer-. Aquí ni siquiera le sonríen a una, ni la saludan. Ahora mismo iré a quejarme a la gerencia. 

La señorita no se atrevió a seguir con la mirada los movimientos de la dama: ella seguía pensando en su madre, a la que ya no encontraría en casa cuando volviera a ella. «Sí –se decía-, ¿es que no nos vamos a morir? ¿Por qué, pues, este mar de sufrimiento?».

El gerente de la tienda llegó a la caja, pidió a la señorita que la acompañara a algún lugar y le dijo enérgicamente, para que todos lo oyeran, que así no se podía tratar a la clientela. 

-Mírese usted en un espejo –le dijo el gerente-. Tiene cara de drogada. ¿Es que no duerme usted por las noches?

Anoche no pude dormir. 

-Lo siento por usted. ¿Por qué no va con un médico para que la revise y le dé un sedante  o lo que sea? ¡Usted, así, no puede seguir viniendo! Causa lástima, ¿no lo entiende? Y nuestro personal no tiene que causar lástima.

La señorita no decía nada; se limitaba a escuchar. 

-Usted bien sabe que a los clientes hay que saludarlos y sonreírles. ¡Usted debe mostrarse feliz de pertenecer a esta gran empresa! ¡La felicidad de pertenecer a esta gran empresa debe vérs ele desde todos los ángulos!

También, por supuesto, desde el otro lado de la caja…

Esta semana ha muerto mi madre –cortó la señorita. No quería conmover, sino sólo informar. ¿Conmover a quién, o por qué? ¿A quién podría interesarle la muerte de su madre más que a ella?

-Lo lamento –dijo el gerente-. Todos lo lamentamos. Pero mientras esté usted en la caja, olvídese de su madre. Durante las ocho horas que esté aquí, tiene usted prohibido pensar en ella.

Prohibido pensar en ella. Mientras la señorita se secaba las lágrimas al contarme este incidente, yo pensaba en lo que el sociólogo norteamericano C. Wright Mills (1916-1962) había dicho en uno de sus libros, a saber: que hoy a los trabajadores se les pide que sean externamente robots joviales (cheerful robots), aunque por dentro estén sintiendo que se los lleva el diablo. Sí, dicen los modernos manuales de relaciones públicas, hay que sonreír, hay que dar palmadas en el hombro de los clientes, hay que hacerles sentir que están en el mejor de los mundos posibles y en el que, por lo tanto, no hay ni puede haber razones para llorar… 

Esa misma noche, al escribir este artículo, me puse a buscar el libro en el que había leído la afirmación de Mills y copié la cita entera, que ahora transcribo aquí: 

«De este modo la sonrisa, la mirada amable, el modo de andar, la voz y todas las cualidades externas que puedan hacer atractiva la personalidad del vendedor se convierten en objetos de manipulación encaminados a un fin. Se abusa de ellos en aras del lucro y dejan de ser una efusión originaria de la personalidad del hombre. Con esto los rasgos personales adquiridos, la sonrisa y la sencillez adquiridas deben convertirse realmente en una parte integrante del hombre, porque sólo así convencen, porque sólo así venden. De este modo el hombre se aparta de su propio ser y se apropia una personalidad extraña. El hombre se aparta de sí mismo, pero se aparta también del prójimo, porque se convierte en un objeto de manipulación, un objeto al que hay que saber calibrar acertadamente”.

La señorita perdió el trabajo. Había defendido de tal manera su derecho a no sonreír al menos en esos momentos, que su defensa le costó cara. Y mientras yo casi lloro con ella, pienso en qué va a ser –y hacia dónde se encamina- una sociedad en la que por afán de dinero se le puede decir a alguien: “Sí, es triste lo que ha pasado. Todos lo lamentamos, pero mientras esté en la caja olvídese de su madre. Durante las ocho horas laborables tiene usted prohibido pensar en ella»…

También lee: Al salir de la tienda | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Acento Ajeno

Educar en el siglo veintiuno es un acto de fe, no solo de vocación | Columna de Haniel Valdés Velázquez

Publicado hace

el

ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

¿Te has fijado que en las escuelas hay muchas maestras y maestros veinteañeros o apenas llegados a sus treintas? Hay mucha gente joven llevando en sus hombros el futuro de este país.

Muchos recién egresados de las universidades están eligiendo el magisterio como forma de vida, muchos viven hoy de formar nuevas generaciones, de enseñar lo que pocos años antes aprendieron. Y creo que no lo ven solo como un trabajo, lo ven ya, quizás inconscientemente, como su misión de vida.

Las redes sociales se han llenado de nuevos maestros que comparten sus experiencias, sus historias frente a un aula, y están construyendo una forma distinta de educar, una de cercanía, de compañerismo, de ser uno más de sus alumnos, porque sí, educan, enseñan, pero también aprenden y crecen en el proceso.

Las escuelas son hoy, más que nunca, una bonita convergencia de generaciones, maestros experimentados, con años frente al pizarrón, alumnos muy jóvenes y que apenas comienzan ese largo camino que es el crecer, y noveles maestros, más cerca en edad de sus alumnos que de sus compañeros de profesión, que inician su vida laboral en la más noble de las tareas, educar.

A veces sin apoyo institucional, con un Mario Delgado como secretario de Educación Pública al que le falta la educación y el sentido común, con directivos a distintos niveles, que se preocupan más por las ganancias o los días libres que por el objetivo principal de los centros educativos, los maestros siguen firmes en su convicción de que sin su trabajo no existirían los demás, no habría mañana.

Educar, en pleno siglo veintiuno, en este mundo en el que vivimos, no solo es un acto de valentía, es un acto de fe, de esperanza, de profundo amor. ¿Cómo no creer en ustedes, que hoy entregan tanto?

No felicito a los maestros hoy, eso ya lo han hecho todos, mejor les pido disculpas, por las veces que fui del grupito de atrás que había que separar, por las tareas sin hacer, hasta por los padres incomprensivos que no supieron ver que su hijos no eran los angelitos que ellos pensaban. 

Mejor les agradezco, sé que su labor no la hacen esperando la felicitación del único día del año que parece nos acordáramos de ustedes, les agradezco por seguir, por levantarse en las mañanas y salir dispuestos a cambiar vidas, a formar personas de bien, por no pensar en las carencias y solo ver oportunidades de crecimiento en cada alma que llega a sus clases.

A ustedes maestros, gracias, que no se les acaben nunca la experiencia, la creatividad, el amor y sobre todo, que no se les acabe nunca las ganas de construir futuro.

También lee: Galindo alista proyecto para resolver problema de agua en el norte de la capital

Continuar leyendo

Opinión

Pautas y Redes de México S.A. de C.V.
Av Cuauhtemoc 643 B
Col. Las Aguilas CP 78260
San Luis Potosí, S.L.P.
Teléfono 444 2440971

EL EQUIPO:

Director General
Jorge Francisco Saldaña Hernández

Director Administrativo
Luis Antonio Martínez Rivera

Directora Editorial
Ana G. Silva

Periodistas

Diseño
Karlo Sayd Sauceda Ahumada

Productor
Fermin Saldaña Ocampo

 

 

 

Copyright ©, La Orquesta de Comunicaciones S.A. de C.V. Todos los Derechos Reservados