Opinión
Del idealismo al conformismo digital: de cambiar el mundo a solo ser famosos | Artículo de Sayd Sauceda
¿Qué sociedad construimos si nadie quiere cambiar nada, pero todos quieren ser vistos?
Por: Redacción
Las generaciones de 20 años no piensan ni actúan como las de 30. No lo digo desde la soberbia de suponer que una es mejor que la otra. Lo digo desde la observación: hay un momento exacto en el que se dejó de querer cambiar el mundo. En el que el afán de encajar todos en el mismo molde —sin cuestionar, sin incomodar, sin criterio propio— ganó la partida.
No todas las personas de 30 son revolucionarias. Pero solía sentirse más el impulso de exigencia hacia autoridades, empresas, estado, familia, amigos. Había un aire de inconformidad que hoy parece esfumado ¿Cuándo dejó de importar cambiar el mundo y empezó a importar solo ser visto?
Antes se hacían las cosas por hacerlas. No para grabar, no para tomar foto. Salías a buscar a tus amigos de casa en casa. Ibas a una reunión y apenas tomaban tres o cuatro fotos, y casi siempre salía todo el grupo. No había un sinfín de historias de “mira cómo voy vestido, mira qué tomo, mira con quién estoy, mira que tú no puedes porque no somos iguales”.
Salir era crear comunidad. En el grupo siempre había un rockero, un skato, otro que pintaba, otro que cantaba y le gustaba la banda. Había diversidad. Eran las personas que vivían cerca de tu casa, no tanto sus gustos o preferencias. Y juntos, sin saberlo, querían cambiar el mundo.
Yo nunca tuve Metroflog. Prefería salir a jugar o ponerme un disco en mi Play chipeado de diez pesos. Pero recuerdo la primera vez que alguien en redes fue “famoso”. Una niña en secundaria dijo: “Mi hermana ya llegó a 100 likes”. Me dieron ganas de que dijeran eso de mí.
Ahí, sin saberlo, empezó el cambio.
Pero si tuviera que señalar un momento histórico concreto, diría que fue entre 2006 y 2010, con la llegada masiva de Facebook en español y después la creación de YouTube (2005), Twitter (2006) y el primer iPhone (2007). Ahí pasamos de ser usuarios a ser producto. La cultura dejó de ser algo que se vivía en la calle para volverse algo que se mostraba en una pantalla. El “like” sustituyó al abrazo. La fama digital se volvió más deseable que el talento real.
En algún punto pasamos de sentir orgullo por una pecera de Facebook con un Tikki que prendía los ojos, a hablar más con una inteligencia artificial que con nuestros padres. Y lo juzgo desde los 30, pero me pregunto: ¿pensaba lo mismo de mi la generación pasada, los llamados “boomers”?
Hoy todos quieren ser famosos, pero no todos quieren tener talento. El talento es opcional. Cualquier persona puede hacer, hablar y aprender lo que sea. Pero hay tantas posibilidades que resulta abrumador. Y muchos deciden: mejor me quedo con lo que ya sé.
¿Dónde quedó esa juventud que no se deja vencer por algo tan absurdo como los likes? Ni siquiera es atención: son números. ¿En qué momento 100 likes se volvieron pocos? ¿Por qué ser relevantes? ¿Para qué?
Las personas ya no piensan, ya no cuestionan. Simplemente son. A veces ni actúan: son y ya. Y luego no entienden por qué se sienten vacíos, si viven por encima de una pantalla. ¿Cuántas horas puedes perder en TikTok? He visto personas de todas las edades que no pueden tener una conversación de diez minutos sin agarrar el teléfono.
No quiero ser esa persona que dice “en mis tiempos”. Pero es preocupante que a nadie le importe a dónde van las generaciones. Antes te enseñaban Office en la primaria. Hoy los jóvenes no saben ni para qué sirve Excel. Están tan saturados con ser famosos, con pertenecer, que no ven más allá.
Entiendo que hoy se puede vivir de las redes. Pero no entiendo por qué no se puede ser más que eso.
Me pregunto: ¿dejamos de querer cambiar el mundo porque nos convencieron de que no se puede, o porque es más fácil encajar?
Y lanzo la pregunta al periodismo: ¿está contribuyendo a este molde o puede romperlo?
No es que las nuevas generaciones sean peores. Es que crecieron en un sistema que premia la vitrina sobre el taller, la pose sobre la obra, la fama instantánea sobre el talento construido. Cambiar el mundo ya no vende. Encajar, sí.
Pero aún estamos a tiempo de incomodar, de dejar de ver la pantalla y volver a ver a los ojos.
¿Qué sociedad construimos si nadie quiere cambiar nada, pero todos quieren ser vistos?
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Opinión
Medio tiempo: Amor en tiempos de Geopolítica y futbol | Reflexión de J.C. Haro
La final del mundial dejó mucho de qué hablar, pero yo no soy tan futbolero y prefiero que todos menos yo hablen del partido. Aunque sí me parece importante dar mi punto de vista sobre otra cosa: el show de medio tiempo.
Creo que primeramente comparto el sentir de muchos mexicanos sobre la gringadota que fue hacer un show de medio tiempo en el mundial de fútbol, un deporte que es de todas las naciones menos de Estados Unidos.
El show de medio tiempo es una tradición profundamente arraigada en el alma deportiva estadounidense desde siempre, siendo un evento realizado en cada Super Bowl de fútbol americano, que con el tiempo pasó de ser algo secundario, a ser incluso más esperado que el propio partido a nivel mundial.
Claro que esto se debe al alcance mediático que tienen realmente ambos deportes, y creo que es algo que le cala particularmente al ego de Donald Trump, tan solo la idea de que algo tan masivo como el fútbol sea inherentemente ‘no americano’ es demasiado para el pobre señor, y por supuesto que quiso meter mano para que al final todo se tratara de los gringos en más de una ocasión durante el torneo.
Al final de cuentas, el evento se realizó, y honestamente, yo me atrevería a decir que se sintió muy controlado, muy estéril, muy desesperado por darle al mundo una imagen bonita de lo que es Estados Unidos. Artistas de todos los países se reunieron para dar este show que concluye con un mensaje de amor, con niños de todas las razas del mundo cantando al unísono con fuegos artificiales y una enorme pancarta con la palabra “love”.
Y solo me puedo preguntar ¿en serio alguien se cree esto? Y sé que la respuesta es que sí.
Pero claro que Estados Unidos es una nación del amor, si nos permitió usar sus tierras para nuestra fiesta, cambió la pintura de sus canchas y cambió los postes de gol para poner porterías. ¡Deberíamos estar agradecidos! Claro, solo no se acuerden de que hace 4 meses, una escuela fue bombardeada en Palestina con armamento estadounidense.
No se acuerden que Trump es acérrimo amigo de personajes como Benjamin Netanyahu o Jeffrey Epstein. No se acuerden del promotor de discursos de odio convertido en mártir y su esposa transformada en celebridad. No se acuerden del hecho de que el nombre ‘Donald Trump’ es dicho más veces en los archivos de Epstein que el nombre ‘Harry Potter’ en la saga homónima de ocho libros.
Y no investiguemos más sobre el juicio que enfrenta el pobre señor por la maldita y egoísta víctima de abuso sexual que lo demanda por el mínimo acto de haberla violentado, y no investiguemos más sobre el reciente estudio de la ONU que expone drones francotiradores del ejército estadounidense que a pocos días de la final del mundial mató a un bebé palestino que estaba siendo amamantado (neutralizaron a un terrorista en potencia), no investiguemos más sobre el armamento que vende Estados Unidos a Israel, y no investiguemos más sobre el frágil acuerdo de paz con Irán que Trump rompió, tan solo unos pocos días después de advertirle a Irán que, de no cumplir con lo acordado, vería la furia de los ‘americanos’.
Olvidémonos de los dos hombres latinos asesinados a balazos en Estados Unidos por ICE, y ni se les ocurra pensar en todos los reportes que surgieron de varias casas latinas que fueron asaltadas por ICE durante la final mientras nadie miraba, porque eso es propaganda woke.
Olvídense de todo lo malo y todo lo atroz que ha hecho aquella honorable nación del ‘soccer’, porque, el 19 de julio de 2026, por unos minutos, se leyó la palabra “love” en el MetLife Stadium.

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Letras minúsculas
Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
-¿Qué me decía usted? –pregunté al anciano mientras éste luchaba, sudando y todo, por coger con firmeza el hilo de nuestra conversación.
-Ah, sí, le estaba diciendo que uno de mis hijos, el menor de todos, ha tomado para conmigo o respecto a mí, como prefiera usted decir, una actitud bastante extraña. Ya no me saluda cuando llega a casa, ni me dice adiós cuando se va. De la noche a la mañana, según parece, le ha dado por pensar…
Y otra vez el teléfono. El anciano se me quedó mirando como a la expectativa, se encogió de hombros, esbozó una sonrisa que quería ser de comprensión –aunque no llegó a tanto: sólo quiso serlo- y se ovilló en la silla como un derrotado.
-Sí –dije a quien me llamaba esta vez-. ¡Hombre, qué pena! Lo comprendo, pero no traigo conmigo mi agenda. Lo que pasa es que la dejé ayer en mi otra chamarra y aún no he podido ir por ella. ¿Podría hablarme más tarde? ¿Qué tan tarde? Déjeme ver. ¿Podría marcarme nuevamente a eso de las diez? ¡No, qué va a ser tarde! A esa hora apenas estoy llegando a casa. Bien, espero su llamada. Hasta entonces.
Miré al anciano como diciéndole: “Puede continuar usted, señor”. Pero no dije nada, sino que únicamente lo miré. Éste se incorporó en la silla, trazó con la mano sobre el borde de mi escritorio una figura incomprensible (era evidente que no recordaba en qué punto de la conversación nos habíamos quedado) y dijo por fin:
-Entonces mi mujer tomó la decisión de dormir en camas separadas. ¿Por qué razón? Hasta ahora no ha querido decírmelo. Además, jura por Dios que ni siquiera me lo dirá. ¿Qué debo pensar de todo esto? No lo sé. La única palabra que me viene a la mente es ésta: conspiración.
-No, no –dije yo-. Todavía no llegábamos allí, si esto es lo que seguía. Se había quedado usted en que su hijo el menor estaba tomando con respecto a usted actitudes un tanto extrañas…
-Ah, sí –dijo el anciano-. Extrañas, claro. Como por ejemp lo no avisar a dónde va ni de dónde viene. De la noche a la mañana se ha puesto a decir, figúrese usted, que yo no cuidé bien de él cuando era niño
. ¿Que no me preocupé por él? ¿Quién, entonces, le pagó las colegiaturas, la ropa que se ponía, la comida y los estudios? ¿Quién?No me va usted a creer, lector, seguro que no me va a creer, pero justo en ese momento empezó a sonar otra vez el teléfono, mi pequeño, caro, odioso y portátil teléfono celular. Miré a mi interlocutor, pero no ya como diciéndole: “Puede usted continuar, señor”, sino como preguntándole: “¿Contesto o no contesto?”. Durante unos segundos dudé. ¡Dios mío, qué dilema! Tomé el teléfono en mi mano derecha sin saber todavía qué hacer con él.
-Sí, soy yo (Dios mío, qué respuestas más tontas da uno por teléfono: si yo no soy yo, ¿quién más podría ser?). A sus órdenes. Comprendo, claro, pero aún no sé cómo voy a andar ese día y no tengo a la mano mi agenda para saber lo, pero si me habla usted a eso de las diez y media, yo le digo si puedo o no. No, no, lo que pasa es que ahora estoy ocupado con una persona. No importa: si no puede hablarme a las diez y media, puede perfectamente hacerlo a las once. ¡No, qué va! Está usted hablando con el noctámbulo más incorregible del planeta. No se preocupe; si puedo, lo haré con mucho gusto. ¡Hasta luego!
Cuando colgué, ya no me atreví a mirar al anciano. ¡Era demasiado penoso verlo a la cara! ¿Y qué cree usted? Que antes de que lo viera a la cara el teléfono volvió a sonar una vez más. Y como esto ya era demasiado, lentamente, con parsimonia, con sadismo, lo apagué. ¿Por qué no me había atrevido antes a realizar este saludable ritual? ¡No más llamadas telefónicas, al menos por ahora!
¿Qué tienen los pitidos del teléfono que nos hacen ponernos enseguida al aparato? ¿Qué es lo que nos impulsa a contestar con tanta rapidez? ¿De qué magia se valen para ponernos tan nerviosos cuando suenan? He aquí un tema de obligada meditación. ¿Por qué cuando estamos ocupados con una persona sentimos que una llamada telefónica es más urgente e interesante que todo lo que esta persona pudiera decirnos? ¿De qué noche de los tiempos nos viene esa sensación? “Algo grave está pasando”, nos decimos a nosotros mismos, y somos capaces de hacer a un lado a quien esté enfrente con tal de que esa llamada no se pierda.
Pero no: hoy ya no lo haré. Esta persona que está aquí, conmigo, este hombre cargado de años ha tenido que tomar un taxi para venir a encontrarme, y resulta que ni caso le hago para dedicarme a responder al primero que llama. El anciano se había tomado el trabajo de ponerse en camino, en tanto que aquella otra gente sólo se había limitado a marcar un número para obligarme a escucharla. ¡Qué sencillo y qué injusto al mismo tiempo! Cuando éste me vio apagar el teléfono, suspiró aliviado y sonrió dulcemente.
Ahora se sentía importante, único; ahora podía hablar con libertad y sin el temor de verse interrumpido. Desde entonces he tomado una seria resolución: dar prioridad a los que vienen en lugar de a los que simplemente llaman. Ya no me cohibirá ni me pondrá a temblar el pitido tramposo del teléfono; desde ahora lo tendré por lo que es: por una alarma que hacen sonar los que no se tomaron el trabajo de buscarme como se debe buscar realmente a las personas. Y, sobre todo, esto: que la presencia valga más y la sola voz menos, mucho menos. Siempre y cuando, claro está, no me estén hablando desde Hawaii…
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Columna de Nefrox
El padre de todos los clásicos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay rivalidades que nacen por geografía.
Otras por finales.
Y unas cuantas porque el tiempo se encargó de convertirlas en tradición.
Necaxa contra Atlante pertenece a ese último grupo. Mucho antes de que el futbol mexicano se llenara de etiquetas comerciales, de clásicos inventados y de rivalidades que duran lo que dura una buena campaña de marketing, estos dos equipos ya cargaban décadas enfrentándose. Compartieron ciudad, compartieron afición y compartieron una época en la que el futbol comenzaba a convertirse en una pasión nacional.
Hablar de Necaxa y Atlante es hablar de los cimientos del futbol mexicano.
Es hablar de Horacio Casarín, de los “Prietos”, de los “Electricistas”, de un tiempo donde las camisetas pesaban por su historia y no por la cantidad de patrocinadores que llevaban al frente.
Por eso este partido nunca será uno más. Aunque cambien las generaciones. Aunque cambien las sedes. Aunque ambos hayan recorrido caminos muy distintos.
El futbol, sin embargo, tiene una costumbre inevitable. No vive de la nostalgia, la respeta, pero no juega para ella.
Necaxa derrotó 2-1 al Atlante.
No fue un partido sencillo. Nunca lo son cuando enfrente hay un rival que entiende el significado del escudo que porta. Atlante compitió como compiten los equipos con historia: sin importar la categoría, sin importar el presupuesto y sin importar quién aparezca como favorito.
Pero esta vez el presente terminó imponiéndose.
Necaxa encontró los momentos justos para inclinar el partido y confirmar que atraviesa una etapa distinta. Una donde ya no solamente intenta recuperar el prestigio de otros tiempos, sino construir uno nuevo.
Atlante, en cambio, volvió a demostrar algo que siempre ha acompañado su historia.
Puede cambiar de ciudad.
Puede cambiar de división.
Puede cambiar de propietarios.
Pero nunca deja de competir.
Hay clubes que sobreviven gracias a los títulos. El Atlante sobrevive gracias a su identidad.
Y eso explica por qué cada vez que enfrenta al Necaxa, el partido adquiere un significado diferente.No importa la tabla. No importa el torneo. Hay recuerdos que siguen jugando aunque los protagonistas sean otros.
Quizá las nuevas generaciones no entiendan del todo por qué este partido sigue despertando tantas emociones.
Ellos crecieron con otros clásicos, con otras camisetas, con otras narrativas.
Pero basta revisar un poco la historia para comprender que antes de los reflectores, antes de las transmisiones internacionales y antes de los contratos millonarios, ya existían partidos como este.
Encuentros que ayudaron a construir la identidad del futbol mexicano.
El 2-1 quedará en las estadísticas.
Necaxa sumará una victoria más.
Atlante volverá a levantarse, como tantas veces lo ha hecho a lo largo de su historia.
Pero hay algo que el marcador no puede modificar.
Cada vez que estos dos equipos se encuentran, el futbol mexicano hace una pequeña pausa para recordar de dónde viene.
Porque algunos clásicos nacen por el presente.
Pero el Padre de Todos los Clásicos sigue vivo gracias a su pasado. Y mientras Necaxa y Atlante sigan encontrándose en una cancha, siempre habrá alguien dispuesto a recordar que, mucho antes de que existieran las grandes campañas publicitarias, ya había partidos capaces de contar la historia completa de nuestro futbol.
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