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El caso Pirsig | Columna de Juan Jesús Priego

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Un día a un tal Robert Pirsig se le ocurrió escribir un libro; bien, lo escribió, y después le puso un título bastante extraño: Zen and the Art of Motorcycle Maintenance; en español, algo así como Zen y el arte de mantener la motocicleta. ¿El arte de mantener la motocicleta? ¿Y hay que escribir un libro para eso? ¡Cualquiera puede mantener una motocicleta, con tal de que no tenga saltado un hueso en su columna vertebral! «¡Qué libros más inútiles se escriben hoy!», pensaron incluso los amigos de Robert Pirsig al ver el manuscrito; mas la verdad es que… Pero vayamos por partes. 

A primera vista, el libro no era más que la crónica de un viaje que el autor, un hombre que en su juventud había sufrido largos tratamientos a base de descargas eléctricas para curarse de una enfermedad cerebral, realizó con su hijo adolescente por las tierras de Minnesota. En el fondo, el libro era una invitación a la perseverancia, al coraje y a mantenerse en la motocicleta a pesar de los obstáculos del camino y de los propios desánimos.

Pirsig ofreció su obra a una editorial, que se la rechazó inmediatamente, y luego a otra, que también se la rechazó, y luego a otra y a otra más, que sin pensarlo dos veces se la rechazaron; al cabo de seis años el pobre Robert Pirsig había ofrecido su libro a 121 editoriales, ninguna de las cuales había mostrado por él ni el más ligero interés. ¡Era como para caerse de la motocicleta y no levantarse nunca jamás!

Las editoriales estaban por entonces (y lo están todavía hoy, por desgracia) ocupadísimas publicando bestsellers, libros-basura, literatura de desecho. Mary Higgins Clark sí que puede hacer contratos de hasta 35 millones de dólares por una de sus novelas; a Stephen King sí que le pueden pagar hasta 10 millones por cada uno de sus libros, pues lo que no haga la calidad lo hará sin duda la publicidad, y la inversión será recuperada tarde o temprano. Pero, ¿a quién en su sano juicio podría interesarle un tal Robert Pirsig, autor no conocido más que en su casa? 

«Dinero, señor Pirsig, dinero. Si su libro no hace dinero, su libro no vale nada», le dijeron una y otra vez a nuestro pobre autor. «En vez de escribir sobre cómo mantenerse en la motocicleta, escriba sobre cómo mantenerse en el ciberespacio y verá cómo vende. Invente un complot marciano, imagínese a un vampiro bueno y escriba sobre él todo lo que pueda: ¿por qué no una saga en tres o más volúmenes? Los vampiros están hoy muy de moda, sobre todo si son guapos y se muestran civilizados; o, si no, cuente la historia del inventor de algún virus peligrosísimo; en fin, algo así de interesante, y no solo le publicaremos su libro, sino que además le daremos muchos millones». 

¡Ciento veintiún ofrecimientos cortésmente rechazados! Yo a la tercera o cuarta vez habría mandado mi libro por un tubo. No así Robert Pirsig, que lo volvió a ofrecer una vez más, ahora la número 122. Y admírese usted: por fin una editorial se decidió a publicarlo, aunque con serias dudas de haber obrado con acierto. Decimoquinta obra de misericordia: publicar al desconocido. El editor dio a Pirsig un cheque por 3,000 miserables dólares (cuando casi por la misma época James Clavell recibía adelantos de 5 millones para animarse a escribir) y se sentó a ver cómo su dinero se iba al fondo del mar…

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