noviembre 3, 2026

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#4 Tiempos

Dar y recibir | Columna de Juan Jesús Priego

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Leo en el Diario de Léon Bloy (31 de mayo de 1895) este episodio que me hace bajar la cabeza y enmudecer de emoción:

«Horrible miseria…No hace mucho, Veronique, mi hija, viéndome muy triste, se acerca a mí, me coge por el cuello y, con extrema ternura, me dice: “Papito querido, no llores, yo te daré algo”. Y la pobre niña busca, entre sus juguetes, algo que ofrecerme… ¿Hay algo más desgarrador que la compasión del que no tiene nada y quiere, sin embargo, dar algo?».

Las mejores páginas acerca de la pobreza que existen en el mundo acaso hayan sido escritas por Léon Bloy, ese mendigo que nunca se resignó a serlo y para quien ser pobre era el peor de los pecados. «La pobreza –escribió una vez- es el más enorme de los crímenes y el único que ninguna circunstancia sabría atenuar a los ojos de un juez equitativo… El oprobio de la miseria es absolutamente indefendible porque es, en el fondo, la única deshonra y el único pecado. Es una culpa tan desmesurada que Dios Nuestro Señor la ha escogido como suya cuando se ha hecho hombre para asumirlo todo».

¿Pecado la pobreza? Sí, porque nos impide dar, y no dar es un mal, es el único mal de que puede ser acusado un hombre. El pobre, a causa de su pobreza, es egoísta y, si se descuida, puede llegar incluso a convertirse en criminal.

«La pobreza voluntaria –escribe Bloy en El desesperado, otro de sus libros- es aún un lujo y, en consecuencia, no es la verdadera pobreza que todo hombre aborrece. Ciertamente, se puede llegar a ser pobre, pero a condición de que la voluntad no intervenga en ello. La pobreza verdadera es involuntaria y su esencia consiste en no poder ser deseada.

El cristianismo ha realizado el mayor milagro ayudando a los hombres a soportarla con la promesa de compensaciones infinitas. Pero si no hay estas compensaciones, ¡al diablo todo!».

Si alguien habló de lo inhumano que es ser pobre, ése fue sin duda Léon Bloy (1846-1917), el padre espiritual de Jacques Maritain y de muchos otros católicos ilustres de principios del siglo XX.

Eterno fustigador de un cristianismo hecho a la medida de los poderosos, despiadado en su cólera, feroz en sus invectivas, nadie se apiadó nunca de él y tuvo que vivir la vida literalmente mendigando. «¡Malhaya el que no ha mendigado! –escribió un día para tratar de consolarse-. No hay nada más grande que mendigar. Dios mendiga, los ángeles mendigan. Los reyes, los profetas y los santos mendigan. Los muertos mendigan. Todo lo que está en la Gloria y en la Luz mendiga. ¿Por qué no querrán que yo me enorgullezca de haber sido un mendigo, y, sobre todo, un mendigo ingrato?».

Ni sus libros, ni sus panfletos, ni sus artículos lo sacaron nunca de pobre, pese a que era leído con avidez tanto por sus amigos como por sus enemigos: por los primeros, para admirar el radicalismo extremado de su fe, y por los segundos para tener algo que comentar en su próxima reunión.

Un gran estudioso de la literatura dijo hace poco que Léon Bloy fue el único escritor de su tiempo que utilizó casi todas las palabras contenidas en el diccionario; por lo tanto, que había sido el escritor estilísticamente más rico de su generación.

¡Claro, claro, lo creemos! Cuando no se tiene miedo de ofender, cuando no se quiere ya halagar, es natural que el lenguaje sea más libre, más desenfadado y más desenvuelto. ¡Cuando se ha renunciado incluso a la autocensura, es natural que se utilicen todas las palabras! Pero prosigamos.

Tardes enteras se le iban a Bloy tocando puertas en busca de 20 francos que le permitieran dar de comer a su hija y a su mujer. Y una tarde en que había tocado en vano innumerables timbres y ventanas, llegó a su casa llorando y se sentó, vencido, en un sillón. Su hija Veronique lo vio, sintió una enorme pena por ese profeta que clamaba en el desierto, se puso a rebuscar entre sus pocos juguetes y le tendió uno con su manecita derecha. No sabemos qué juguete era porque Bloy no nos lo dice, pero aquel gesto de la niña lo resucitó.

La hija no tenía dinero, pero tenía unos cuantos juguetes, acaso tomados de la basura, y eso fue lo que le dio. Porque, sí, el hombre, todo hombre, necesita también alguna vez recibir y no sólo dar.

Una concepción demasiado espiritualista del amor nos ha hecho creer que siempre es mejor dar que recibir. Pero no. A veces lo contrario es lo mejor. El que siempre da y nunca recibe acaba casi siempre cansándose. Tal es el motivo por el que Anselm Grün, un famoso autor de libros espirituales, dice a la hora de hablar de la amistad que uno de sus mayores enemigos es el exceso de favores. «Hay personas –escribe- que regalan muchas cosas a sus amigos. Esto lleva a que el amigo sienta que el otro quiere comprar la amistad. Puede, es cierto, reprimir este sentimiento, pero en seguida el sentimiento reprimido se transforma en agresividad y finalmente conduce al endurecimiento. Y un corazón endurecido no puede sentir la amistad».

Cuando da sin recibir nunca nada a cambio, el donador se siente tratado injustamente o incluso explotado, y entonces se apodera de él una desgana de vivir de la que nada ni nadie lo podrá curar después. Que esto es de veras así, lo ha dicho también el Papa Benedicto XVI en una de sus encíclicas (Dios es amor): «El hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir» (n. 7).
Por eso, cuando Léon Bloy vio venir a su hija con aquel juguete inservible entre las manos no pudo menos de esbozar una sonrisa. ¡Ella sabía, esta pobre niña había comprendido el misterio de la vida!

¡Recibir, recibir aunque no sea más que una vez en la vida, aunque no sea más que una palabra afectuosa o un objeto sin valor! Son estos pequeños gestos, inútiles en apariencia, los que nos libran de esa caída en la nada que llamamos desesperación.

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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