enero 26, 2023

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#4 Tiempos

Cinco hombres | Columna de Los Coliseinos

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La catedral de la lucha libre

 

Hoy estrenamos columna: la del mejor analista de la lucha libre mexicana. Los Coliseinos lleva años escribiendo de lucha libre, con mucho prestigio en blogs, foros y redes sociales. La Orquesta se enorgullece de poder sumarlo a sus filas.

 

Atlantis

Su carrera es tan longeva que vio cómo todos los valores que representa pasaron de elogiarse a ser cuestionados. Leal, institucional, hombre de una sola empresa. Todo lo que odia el “millenial” y que asocia, injustamente, con alguien sumiso, sin vida, sin aspiraciones.

Tras salir avante de la guerra entre los iconos de las dos empresas líderes de los ochentas y tras un breve paso como rudo parecía que ya no había lugar a reinventarse. ¿Qué otra cosa podría hacer quien ya lo había ganado todo? La soledad era su destino.

La soledad de un hombre que se dio tiempo para salvar de la crisis a su empresa y ponerla en los primeros planos durante tres años consecutivos. Protagonista de la rivalidad más apasionante de la década, el verdugo del líder de su empresa y del futuro de la misma.

Cuando la mayoría de sus contemporáneos ya lucían tonos sepia, Atlantis seguía vigente, él no es vintage, fue protagonista de la presente década. Venció al tiempo, al guerrero y a su sombra, se quedó solo, muy solo, se separó de todos. No se lo perdonan.

Alberto del Río

Alberto no creía en nada de lo que la lucha libre mexicana consideraba sagrado pero sí tenía un credo, la preparación. Lo suyo no eran los dogmas, ni los misterios, ni las tradiciones. Alberto fue un profanador, el hombre que rompió el molde.

Alberto cuestionó al credo y su eficacia, se despojó de los dogmas, se atrevió a ser blasfemo y en el camino encontró el éxito. El único mexicano que durante esta década realmente alcanzó la cima dentro la empresa más importante del mundo. Es de la élite.

Técnicamente intachable, audaz, disciplin ado y esmerado. Lo suyo no era irreverencia, lo suyo era blasfemia, cimbrar todo lo que la lucha considera sacro. Fue tal su éxito que se convirtió en paradigma. Ironías de la vida, el profanador terminó convirtiéndose en un predicador.

Pentagón Jr

Ningún otro luchador entendió al mundo globalizado como él lo hizo. No concibe fronteras, para él la lucha libre es una misma. Mientras otros buscaron redefinir a la lucha libre desde adentro, él no tuvo empacho en aceptar una definición que venía de fuera.

Pertenece a una generación que cree en un lenguaje universal, un esperanto de lances y castigos. Su éxito radica en su capacidad para complacer a diferentes públicos. Antepone lo espectacular sobre lo creíble, la virtud de lo inverosímil. Vender y comprar no son términos suyos.

Hecho a la medida de una generación dispuesta a ser bombardeada por más imágenes de las que pueden digerir. Es viral. Si su idioma no fracasa en donde lo han hecho todas las lenguas que pretendieron ser universales, podría convertirse en el paciente cero.

Rush

Hijo del rechazo, producto de la frustración, es ira contenida. Mientras otros buscan la popularidad, él la desprecia. Si Alberto y Penta cambiaron para complacer, Rush desistió de hacerlo. Cuestionó al sistema desde adentro.

Llevado al límite, rechazado por complaciente, un sobreviviente. En donde otros se hubieran hundido él encontró su inspiración. Rompió esquemas en el CMLL, desafió su estilo y formas, superó sus trabas y su sistema de castas e incluso se dio tiempo para crear la propia.

Rompió una racha en donde nadie obtenía el respeto total mientras permaneciera en el CMLL. De ese tamaño es su tesón. Sus triunfos no se miden con títulos, se miden con las barreras que rompió. Entre los jóvenes, es el más clásico en tiempos en donde serlo es un acto de rebeldía.

LA Park

Tapia supo construir un universo en donde él es el único que tiene dignidad, el único que defiende la esencia de la lucha libre, el hombre contra el que todos conspiran. Enemigos ficticios y reales, falsamente perseguido, no importa. Su versión es convincente.

Encontró un estilo de lucha que le es útil en cualquier arena, de hecho, no necesita de una lona ni de cuerdas para llevarlo a cabo, no miente cuando dice que él lucha igual en todos lados. Su poder es su capacidad de persuasión, su facilidad para ser el centro de atención.

Tiene el encanto de los falsos profetas, de algún modo nos convenció a todos de que su historia es cierta y que su estilo es incuestionable. No es el mejor pero actúa como si lo fuera, lo tratan como si lo fuera y lo recordamos como si lo fuera, él es su propio credo.

Creó un mito -algo irreprochable en la lucha libre-, creyó en su mito, nos convenció del mismo, creó una duda razonable y ahora hasta tiene feligreses. Para ser el mejor hay que actuar como tal. Tapia es ejemplo de ello.

Este texto fue publicado originalmente en www.twitter.com/loscoliseinos

@LosColiseinos

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#4 Tiempos

Apología del silencio | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Los antiguos, estimado señor –y créame usted que he tardado lo mío en reconocerlo- no eran precisamente unos idiotas. Ellos sabían cosas que nosotros hemos olvidado o que acaso ni siquiera nos interesa ya saber. Pienso, por ejemplo, en lo que enseñaban acerca del silencio.

Recuerdo haber leído en alguna parte que los miembros de cierta tribu africana decían esto a sus hijos para inculcarles desde su más tierna infancia el precioso arte de saber callarse: “Dios os ha dado dos orejas y una boca para que escuchéis lo doble y habléis la mitad”. ¿No es una enseñanza realmente admirable, estimado señor, lo que se dice una enseñanza de vanguardia? Hoy todos se sienten con derecho a hablar o, como dirían los italianos, a dire la sua. ¿Con qué resultado? Con el de que no se cree más en el poder de la palabra. ¿Ha visto usted cómo se desgañitan los panelistas de los talk shows en la televisión? Todos hablan, pero ninguno escucha; todos alegan, pero nadie hace caso al otro. ¡Una vergonzosa orgía de voces de la que no es posible sacar nunca nada en claro!

En cambio, como le digo a usted, los antiguos sabían que existe eso que podría llamarse una retórica del silencio. De los monjes medievales, que eran maestros en el difícil arte de hablar sin palabras, dijo Fray Antonio Pastor en una obra suya de 1661 que “son almas limpias que tienen la lengua hacia dentro, pues saben lo que calla el decir y lo que dice el callar”. ¡Qué frase más elocuente! ¿O no le parece a usted que lo es, estimado señor?

Permítame decirle que durante mucho tiempo mantuve la costumbre de decir siempre lo que pensaba. ¡Y cuánta pena me vino de este malhadado hábito, de este vicio nefando para la paz de los espíritus! Ora se enojaba este conmigo, ora se disgustaba aquel, ora dejaba de dirigirme la palabra el de más allá. ¡Cuántos enemigos me gané acausa de mi imprudente sinceridad! ¡Y cuántos amigos perdí por atreverme a decir lo que debía mantener en secreto! Para decirlo de una vez, tiraba mis verdades al primero que pasaba como arrojan monedas los padrinos al final de un bautizo. Hoy he comprendido que con el silencio podemos decir exactamente las mismas cosas que el hablador -y más cosas todavía-, pero sin la desventaja de parecer demasiado crueles. ¿Qué necesidad tenemos de correr la suerte de los peces? Estas criaturas acuáticas, estimado señor, como usted lo sabe bien, mueren siempre por su propia boca…

¡Qué majestuoso y qué solemne me parece ahora el hombre que sabe callar! Uno lo respeta como a la esfinge, conocedora de todos los secretos. ¡Ah, señor, este que así procede dice más con la boca cerrada que los vocingleros con todos sus discursos!

Seamos sinceros: nos quejamos demasiado, hablamos demasiado. ¿Y a quién conmovemos con nuestros gemidos? A nadie, señor, y acaso entre más nos quejemos menos nos compadecerán. Sí, tal vez nos escuchen, pero reprimiendo el bostezo y acaso preguntándose para sus adentros: “Y éste, ¿a qué hora va a cerrar el pico?”.

Mucho calla el decir; mucho dice el callar. ¿Aprenderemos alguna vez, estimado señor, el arte de guardar silencio? Cada día me resultan más claras estas palabras que Jesucristo dijo una vez a sus contemporáneos: “Nada hay oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse”. Así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que dijimos. ¿Cómo le hacen?, ¿qué viento misterioso les lleva nuestros susurros? Mire usted lo que decía ese sabio desengañado que escribió el libro del Eclesiastés (que, no hay que olvidarlo, es incluso Palabra de Dios): “Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso, pues un pajarillo del cielo le lleva la voz y un volátil le da a conocer tu palabra” (10, 20).

Sí, así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que murmuramos. ¿No es esto misterioso? Sí que lo es, señor, pero de que se enterará no hay la menor duda. ¡Y cuántas aflicciones nos vienen de estos diálogos que nosotros creíamos confidenciales, cuántos disgustos! Un refrán judío dice así: “Tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto”.

Llevo aquí –déjeme mostrárselo-, oculto en mi cartera, un billete en el que he escrito algunas máximas del abate Dinouart acerca del arte de callar que pienso leerle ahora; escuche usted: «”ólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”. “El hombre nunca es más dueño de sí que en el silencio: cuando habla parece, por así decir, derramarse y disiparse por el discurso, de forma que pertenece menos a sí mismo que a los demás”.

También quisiera leerle –si me lo permite usted- esto que transcribí hace poco en otro billete que aquí traigo: es sólo un pensamiento tomado de un libro famoso escrito por un cierto teólogo jesuita llamado Ladislaus Boros:

“Los hombres más fecundos y arrebatadores son siempre los más callados, aquellos que han aprendido a escuchar a Dios. A lo más íntimo de la existencia cristiana no se llega cuando se habla, sino cuando se calla”. ¿Se asombra usted, amigo? Pero permítame continuar: “Sin embargo, este estar callado hay que aprenderlo. Debemos alzarlo contra el interminable parloteo del mundo. Pero el ruido exterior es sólo una cara del problema, y quizá ni siquiera el peor. La otra cara es la agitación interior, el revuelo de los pensamientos, los temores y los deseos. Una vida bien ordenada ha de incluir el ejercicio de aprender a callar. Hay que empezar por cerrar la boca siempre que lo requiera el deber profesional. Pero esto es sólo el comienzo: deberíamos superar las ganas de abrir la boca. ¡Cuántas cosas superficiales decimos a lo largo del día, y cuántas tonterías!”.

¡Sí, sobre todo cuántas tonterías! ¡Y cuántas injusticias! Señor, recuérdelo: así hable usted con la pared, los demás siempre se enterarán. Medite en ello y saque todas las consecuencias pertinentes al caso. Es una verdad probada. Y si no me cree, mírese usted, por favor, en este espejo.

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#4 Tiempos

Inicia nueva temporada de La Ciencia en el Bar | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

El próximo miércoles 1 de febrero se realizará la primera charla del ciclo trigésimo quinto de La Ciencia en el Bar; charla a cargo del Dr. Armando Encinas, investigador de la División de Materiales Avanzados del Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica, IPICYT. La charla, dirigida al público en general lleva el título de: La Ley de Faraday Suena a Guitarra Eléctrica y se llevará a cabo en Las Bóvedas, Bar, localizada en la calle de Bolívar número 500 esquina con Madero, a las ocho de la noche, la entrada es libre. Al finalizar la chara y, a ritmo de guitarra eléctrica ameniza el grupo de rock conformado por científicos: Los Barbahanes.

Con esta charla reinician las sesiones presenciales, interrumpidas debido a la pandemia, y que continuaron de manera virtual recordando charlas de anteriores ciclos y que pueden consultarse por youtube en el canal de José Refugio Martínez Mendoza.

Las charlas de La Ciencia en el Bar se realizan una vez por mes, el último o primer miércoles del mes. Una oportunidad para convivir con la comunidad científica potosina y nacional y abrir un espacio de participación ciudadana. El programa de La Ciencia en el Bar se realiza desde hace diecisiete años.

Como parte de las actividades de difusión de la cultura científica que realizamos en San Luis Potosí, se inició en enero del 2006 el programa: La Ciencia en el Bar, tratando de diversificar los escenarios y actividades de nuestro programa de divulgación de la ciencia, el cual tiene como principal objetivo participar en la incorporación de la ciencia en la cultura general de la población.

La Ciencia en el Bar, complementa los escenarios de comunicación del programa de divulgación, con la ventaja que proporciona el ser desarrollado en un ambiente informal, de convivencia y relajado lo que a su vez posibilita la comunicación bidireccional e interdisciplinaria, en contraposición a eventos análogos de divulgación desarrollados en recintos formales, que de cierta forma imponen una barrera en el proceso de comunicación en sociedades como la nuestra. El programa La Ciencia en el Bar, trata de contribuir a enriquecer una cultura científica de la población, consiste en una serie de charlas que tratan de propiciar un diálogo entre el gran público y científicos de diferentes áreas.

La Ciencia en el Bar se establece como un lugar privilegiado de debate ciudadano en los temas de ciencia, y ha resultado ser, no sólo novedoso, sino que ha llamado la atención de los jóvenes estudiantes y del público en general quienes literalmente han abarrotado las diferentes sedes del evento. Es, además, la primera experiencia de este tipo en el país.

La Ciencia en el Bar es una oportunidad para que cada uno se haga su propia idea sobre temas científicos actuales en un lugar informal y de convivencia. En poco tiempo, la idea se extendió a otras partes del país y teniendo sus raíces en San Luis Potosí, se realiza en lugares como la ciudad de Xalapa, en la ciudad de Puebla, en León, Sinaloa, Nayarit, entre otros donde asumen nombres y derivaciones de La Ciencia en el Bar. Estos eventos nacen como consecuencia y, en estrecha relación, de la experiencia en San Luis Potosí.

Desde el punto de vista histórico y cultural La Ciencia en el Bar encierra otra característica y cobra especial importancia, pues sin proponérnoslo, se realiza en su mayor parte en el que fue, el primer laboratorio de física en San Luis Potosí en el siglo XIX; donde Francisco Javier Estrada trabajó e implementó un buen número de aparatos que llevaron a San Luis a un plano mundial, aunque sin el reconocimiento necesario.

El crear un escenario propicio para la participación ciudadana en temas científicos, facilitando el debate público, es uno de los retos que persigue el programa de La Ciencia en el Bar en San Luis Potosí.

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#4 Tiempos

Práctica de vuelo | Columna de Julián de la Canal

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No está a discusión la civilidad del sr. Guillermo Sheridan al denunciar el plagio de la tesis de la sra. Yasmín Esquivel, como tampoco su incivilidad en calidad de presunto aviador, pinchar aquí  y aquí. Si lo primero es loable, lo segundo imputable. La denuncia no ampara la impunidad, pero desde la impunidad reditúa la denuncia. No basta con subrayar que es escritor para justificar una plaza en una institución pública, como no basta con afirmar que la sra. Esquivel es magistrada para exculpar un plagio. La fingida polémica desafía razones de las respectivas defensas que en ningún caso se interesan en aportar verdad al asunto. En realidad, no existe debate: son hechos de naturaleza distinta, ambos reprobables en atención a la higiene social. La sra. Esquivel plagió su tesis de licenciatura por lo que se hace acreedora a sanciones ajustadas a la falta. Si el sr. Sheridan es aviador exige correctivos apegados al reglamento de la Universidad y del Sistema Nacional de Investigadores. Los efectos del affaire Sheridan son nocivos para UNAM y Conacyt porque el trato de favor demerita y agravia a la comunidad académica, a lo que agrega la complicidad de autoridades pasadas y presentes de las respectivas instituciones. Complejo entramado al servicio de un investigador quien compite con trampas y atajos en detrimento de colegas.

La entusiasta defensa del sr. Sheridan se ordena en torno a dos directrices preferentes: “buen escritor” y sentido del humor. Sus valedores argumentan con fervor que es “buen escritor”, olvidando de manera deliberada que también hay matemáticos o plomeros o empresarios o carteros que son buenos escritores y cumplen con sus obligaciones profesionales. El contrato del sr. Sheridan con la UNAM es en calidad de profesor-investigador, no de “buen escritor” aunque se agradece. Sorprende que entre sus fiadores no se incluyan académicos del centro al que está adscrito lo que se asume como acusación de parte. Estridente silencio que expone a consideración el aprecio que merece entre pares. No menos elocuente, la mudez de las autoridades del Instituto de Investigaciones Filológicas habilita doble conjetura: confesión de indecorosa arbitrariedad y reconocimiento del corrupto régimen de excepción. Tampoco lo exonera alegar sentido del humor, del que sin duda hace gala al proclamar apego estricto a la normatividad académica. Habitualmente limitado a la mofa de otros, su humor se reduce a parvedad o patología. Todavía ninguna institución académica contrata a alguien por su sentido del humor, aunque sea abreviado, sino por presunta competencia desplegada en cuatro áreas: clases y dirección de tesis, investigación, extensión, administración. Echar unas risas no se incluye dentro de la nomenclatura, pero se antoja que es atributo aquilatado en lo particular por la claque literaria. Adicta al jolgorio, irrumpe en defensa del humorista portátil apelando a su ingenio. El sr. Sheridan no ingresa de momento las quincenas por sus humoradas, sino presuntamente por cumplir con lo estipulado en protocolos legales, lo que a lo mejor no invita a risa, pero no deja de ser gracioso.

Confortablemente instalado en supuesta impunidad que manipula razones y evidencias, el sr. Sheridan objeta que sus exenciones laborales son aprobadas metódicamente por las autoridades del Instituto de Investigaciones Filológicas. Disimulan uno y otras la violación a los artículos 2 y 61 del Estatuto del Personal Académico, pinchar aquí. Todo indica que es objeto de gratuita deferencia que excede su condición de “buen escritor” puesto que tiene colegas que son “buenos escritores”, que sobrepasa su sentido del humor ya que compañeros lo exhiben más acusado; anomalía a la que permiten una acomodada existencia como “buen escritor” y humorista destacado, excusado de los rigores del oficio. Parece improcedente que se atribuya la defensa de una ética que transgrede a cada oportunidad a no ser que se considere ornato de una parafernalia kitsch. La UNAM se resiste a reparar en una situación abusiva consecuencia de prácticas corruptas que humilla a investigadores comprometidos con la institución, que la respetan en los hechos, que no maniobran a conveniencia. La ejemplaridad de la universidad responde solo a la presión a que la someten medios de comunicación. Las manoseadas integridad y honestidad se aplican en exclusiva a determinadas coyunturas. El deslucido prestigio opera como coartada para el trasiego de presupuestos. En descargo, atendiendo al retrato del mexicano pergeñado por el sr. Sheridan (“el mexicano es por lo general violento, fanático, corrupto, ladrón, caprichoso, temperamental”), su espíritu se expresa con codiciada propiedad como portavoz de la raza.

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