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Soberbia | Columna de Juan Jesús Priego

PALABRAS minúsculas

 

La soberbia, dice el dominico Melchor Cano (1509-1560) en su Tratado de la victoria de sí mismo, es «el apetito desordenado de la propia excelencia». El soberbio quiere ser siempre el primero en todo. Cuando toma la palabra (acaso el verbo arrebatar y no tomar sea en su caso el más apropiado), no hace otra cosa que referirse a lo único de lo que vale la pena hablar en este mundo: él mismo. Apenas su interlocutor abre la boca, el soberbio lo interrumpe para decir: «Eso no es nada. Yo…». Ni lo deja hablar ni toma en serio nada de lo que dice. Y si por alguna extraña razón lo deja pronunciar más de dos frases seguidas, el soberbio no lo escucha, pues se encuentra pensando en lo que replicará a continuación.

Sus diálogos no son en el fondo más que monólogos alguna vez interrumpidos. Así como todos los caminos llevan a Roma, así todas sus conversaciones llevan a él. Al final, los demás lo escuchan por pura compasión si no es que por obligación, pero, en todo caso, nunca por gusto. Como el pez, este infortunado muere siempre por su propia boca.

La soberbia, decía Casiano, es el más sutil de los vicios capitales, y es por esto: «A unos –explica- insufló el orgullo porque son pacientes y sufridos en el trabajo; a otros, porque son prontos en la obediencia; a aquéllos, porque superan en humildad a los demás. Tienta a éste por su ciencia, a aquél por sus lecturas, a un tercero por la duración prolongada de sus vigilias… En suma, los otros vicios se oponen claramente a las virtudes contrarias y hacen la guerra frente a frente y cara a cara. Por eso contamos con mayor facilidad para vencerlas, así como para ponernos en guardia contra ellas. Pero ésta se desliza insensiblemente y se confunde con las virtudes» (Instituciones XI, 6-8).

El soberbio es siempre el más inteligente, el más astuto y el menos ordinario de los seres que se mueven por las autopistas del planeta. Si alguna vez habla de su «pobre persona», lo hace únicamente para fingir una humildad que no posee, para suscitar una simpatía que en el fondo le será siempre negada.

«-¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡He aquí la visita de un admirador! –dijo el vanidoso agitando su sombrero cuando vio llegar al Principito. (El Principito buscaba un amigo y lo que encontró fue un hombre que sólo quería aplausos).
»-Buenos días –dijo el Principito-. Tienes un sombrero extraño.
»-Es para saludar –respondió el vanidoso-. Es para saludar cuando me aclaman… Golpea tus manos una contra la otra.
»El Principito golpeó sus manos una contra la otra. El vanidoso saludó humildemente, levantando su sombrero.
»-¿Verdaderamente me admiras mucho? –preguntó el vanidoso.
»-¿Qué significa admirar?
»-Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más hermoso, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta.
»-¡Pero tú estás solo en tu planeta!
»-Dame ese gusto. ¡Admírame, no obstante!
»-Te admiro –dijo el Principito. Y se fue».

¿Quién podía estarse allí toda la vida aplaudiendo? Si el vanidoso se hubiera olvidado de sí mismo aunque sólo fuera por un día, o por unas cuantas horas, otro habría sido el final de la historia: el Principito lo recordaría después con ternura y acaso también con frecuencia. Pero el hombre no quería amigos, sino sólo adoradores. Y el Principito se fue. Y el vanidoso se quedó solo: como siempre acaba sucediendo con los de su raza.

Aparte de llevar a la soledad y a la mentira, la soberbia lleva también a la envidia y a la ira. «¿Cómo es que este hombre insignificante ha llegado a ser mi superior? ¡No es posible, me rebelo ante semejante injusticia!», dice el envidioso casi al punto de la histeria. Le es difícil aceptar que otro que no sea él haya podido llegar a semejantes alturas. Después de tales reflexiones se deja llevar como un niño por los raíles de la maledicencia y el bisbiseo. «¿A qué no saben ustedes cómo discurre la vida privada de nuestro querido jefe? Pues bien, déjenme decirles algo de lo que acabo de enterarme…». Es la única manera que tiene de vengarse de él por ser tan afortunado.

Pero pensemos en esto: antes de que el soberbio llegara a este mundo, la gente se las arreglaba bastante bien para vivir sin él; cuando se vaya, igual de bien se las arreglará: he aquí una verdad que haría muy bien en tomar en cuenta. Existe la muerte, ese «lecho donde todos tienen que acostarse», que decía Sófocles. ¿Y no es verdad que morir significa de alguna manera ser olvidados? Pues bien, ¿quién se acordará de nuestro personaje al cabo de diez, veinte o cincuenta años? Todas sus palabras se habrán ido con el viento, y de su fisonomía, por muy bella que haya sido, no quedará sino un recuerdo bastante borroso e impreciso. Contra soberbia, humildad, decían los antiguos catecismos. La palabra humildad viene de humus, que significa polvo. Hombre humilde no es el que se pasa la vida mirando al suelo, sino el que sabe que está hecho de polvo y que al polvo volverá: que en esta vida no es más que un peregrino al que un día u otro le será revocado el exilio y tendrá que volver a la casa de la que una vez salió. Entonces, por lo menos aquí, será como uno de esos soldados que lucharon en la guerra de Troya al que ya nadie recuerda, y de ese yo que tan sublime parecía nadie hablará más. Nadie. Todos lo habrán olvidado. Es una lástima, sí, pero ¿qué le vamos a hacer si así es la vida?

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