abril 17, 2021

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Annabelle (2014) | Columna de G. Carregha

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Criticaciones

 

El sol se escondió en el horizonte de concreto para dar paso a la era conocida como “el fin de semana”. Había comenzado otra noche de viernes que se sentía como tarde de lunes dentro de esta eterna cuarentena en la que nos tiene hundido el pánico mundial. El ajetreo de las calles siendo utilizadas por autos y peatones como si no estuviéramos a punto del colapso humano se colaba por cada rincón del departamento. Sólo el sonido de nuestros cerebros apaciguando la ansiedad a marchas forzadas aderezaba los silencios esporádicos.

Seguíamos enjaulados por voluntad propia. Hacía meses que habíamos firmado un contrato de Sana Distancia™ con las autoridades locales, donde prometíamos no volver a salir al mundo exterior so pena de cárcel preventiva. Desde el exterior habían echado candado a nuestra puerta principal. Hasta tres veces por semana se paseaba por la cuadra una patrulla federal para asegurarse que el candado no hubiese sido comprometido. En fin, éramos un par de periquitos del amor encerrados en una jaula de 2×2, incapaces de volar, incapaces de saber en qué mes o año estábamos realmente.

Del mundo exterior sabíamos poco. La única información que se alcanzaba a filtrar hasta nuestros ojos eran los noticieros de Javier Alatorre y los memes en nuestros perfiles de Facebook. Y, asumiendo que nuestras fuentes de información fueran de fiar, podíamos estar seguros de una sola cosa: el apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina. En cosa de días un ejército de ángeles y dioses bajarían a juzgar a todo ser humano aún con vida, llevándolos al instante, ya fuera al cielo o al infierno, dependiendo de la suma de todas las acciones realizadas a lo largo de sus vidas. Nueva Zelanda fue la primera en desaparecer, después, Tlaxcala. Bueno, eso y que la muñeca Annabelle se había escapado del museo de los Warren. De cierta manera, ambas noticias parecían ser dos caras del mismo pronóstico.

“¿Te imaginas que se nos apareciera aquí, en la casa?”, preguntó Astrid, su cara hundida en la pantalla de su celular como si quisiera fusionarse con ella.

“¿La muñeca?”, pregunté yo con un dejo de ironía en cada sílaba.

“Obvio”, me contestó. “¿No has oído de todas las personas que han muerto de maneras inexplicables después de tocarla? ¡Imagínate que podamos ser los siguientes!”

“¿Te emociona la idea de morir a manos de una muñeca poseída?”

“Claro que no”, mintió, sus mejillas enrojecidas, su mirada perdida en el horizonte opuesto a mi cara.

“Mira, para que eso pasara, en primer lugar, todo este asunto de la muñeca diabólica tendría que ser cierto”, aseguré. Astrid se limitó a bufar directo hacia su pantalla de celular para hacerme notar cuán infeliz le hacía que no le siguiera el juego. “Además”, proseguí, “la muñeca de trapo esa tendría que romper la cadena que nos pusieron los estatales en la puerta. Es un objeto físico, no es como si pudiera atravesar paredes o algo así”.

Pensaba decir más al respecto, pero fui interrumpido por el ensordecedor sonido de una mesa pesada siendo arrastrada por el suelo. Se escuchó como si aquel mueble se hubiera movido a dos metros de nosotros, en el mismo interior de nuestro departamento. Esto no solo era imposible, pues en ese instante estábamos sentados en la única mesa que la pobreza millenial nos ha permitido adquirir, sino que éramos los únicos dos seres vivos en el lugar.

“¿Oíste eso?”, pregunté en voz alta con la esperanza de que Astrid contestara con un sencillo ‘¿oír qué?’

“¡Sí!”, gritó Astrid emocionada. “¡¿Crees que sea ella?!”

“Espero que no”, comencé, pero un portazo que hizo retumbar la estructura del edificio se dejó escuchar por lo largo y ancho del departamento, cimbrando incluso al zigzag de huesos al que llamo mi espina dorsal.

“Astrid”, susurré, “creo que estamos en peligro.”

“¿De verdad?”, respondió, su excitación sintiéndose cada vez más evidente con cada respiración pesada que emanaba de su ser.

“¡YA LLEGARON LAS FRÍAS!”, gritó un sujeto desde el piso inferior. “¡AHORA NOMÁS NOS FALTAN LAS PUTAS!”, concluyó, un gallo emanando de su garganta al momento de mencionar a las mujeres de la vida galante. A esto le siguió un aullido de hombre lobo de bajo presupuesto digno de película estudiantil mexicana. Otra macana de aullidos de igual calidad le siguió. Una serie de portazos se dejó escuchar en lo que un tropel de pisadas se arrastraba por el suelo, empujando todo mueble a su paso en respuesta a los anuncios.

“Ah”, exclamó Astrid. “Creo que ya rentaron el piso de abajo.”

Fue entonces cuando una serie de gruñidos y gemidos dignos de una marabunta de hombres heterosexuales de entre dieciocho y veintiún años intentando confirmar su hombría a través de chistes misóginos se mezcló con el oxígeno del aire que respirábamos. La testosterona excesiva mezclada con colonia barata a tropel se alcanzaba a oler aún a pesar del pesado ambiente de aburrimiento y desesperación en el que nos habíamos estado cociendo desde abril. Más, la desesperación sexual emanando de los cuerpos de aquellos individuos era más poderosa que cualquier otra cosa. Lo único que cortaba el ambiente de testosterona era un ardid de gruñidos tan heterosexuales como fingidos.

“¿Y si ponemos la de Annabelle a ver si, no sé, la invocamos y mata a los vecinos o algo?”, preguntó Astrid, por primera vez en todo el día alejando el celular de su cara para poder enfocar otra parte del universo ajeno a esa pantalla; en este caso, la ventana que nos permitía acceder visualmente al área de la fiesta.

“No creo que funcione”, dije, “pero no puede hacernos daño intentarlo…”

Enseguida entramos a Netflix y encontramos el título. A pesar de presionar el botón de play apenas ubicar el póster de la película, tuvimos que esperar cuarenta y cinco minutos para poder verla. Sin importar cuan alto pusiéramos el volumen, o cuan selladas estuvieran las ventanas del departamento, lo único que podíamos escuchar era el juego de “¿quién es el más probable que…?” que se había armado en la fiesta del piso inferior. Por supuesto, todas las preguntas eran de índole sexual y, por supuesto, cada mención a un acto sexual o de los genitales hacía reír como chimpancés en celo al contingente de adolescentes adultos a cuatro metros debajo de nuestros pies.

Sólo nos quedó suspirar, largo y tendido, por casi una hora. La aparición esporádica de memes referentes al escape de la muñeca en nuestros celulares no hacía más que incrementar el hype autogenerado por nosotros mismos.

SINÓPSIS: Un productor de Hollywood vio la cantidad de dinero generada por la película The Conjuring, y decidió entrar a un generador de historias en línea para expandir los primeros cinco minutos de la película original y quedarse con más dinero de adolescentes deseosos de ser espantados en el cine.

En ningún momento de los últimos seis años había sentido la necesidad de ver qué se escondía detrás del poster de la película Annabelle. No me causaba curiosidad el seguir las aventuras de la parte menos interesante de The Conjuring, un segmento de apenas cinco minutos que servía únicamente para explicar el tipo de casos en los que solían involucrarse los Carlos Trejo estadounidenses durante sus años activos. Jamás sentí que, de no visionar esta película, la historia de la familia Perron quedaría inconclusa en mi corazón. Annabelle poseía, para mí, el mismo peso que la maestría sacada de la manga instaurada por mi universidad en un intento vano de llamar la atención de la gente y mantenerse “relevante” en su área. Aunque, en su defensa, ver Annabelle cuesta menos, dura menos, y tiene la misma injerencia en el futuro laboral que el título de maestro en innovación comunicativa para las organizaciones.

Sin embargo, a pesar de haber evitado pasivamente por años a Annabelle, durante cada minuto de la película no dejaba de sentir que ya la había visto. Las escenas presentadas en pantalla seguían una lógica marcada por mi mente como algo que ya conocía, como un plan preestablecido que venía integrado con mi software de pretensión, como un aburridísimo déjà vu audiovisual. Cada “y después va a pasar esto” que me decía internamente mi crítico de cine interior se cumplía con todos y cada uno de los detalles generados por mi subconsciente en el tiempo y forma esperados. Incluso era capaz de predecir los excesos de volumen innecesarios y jump scares con casi perfecta exactitud, cual metrónomo de bodrios cinematográficos.

“Quizá la hubiera llegado a ver de reojo en alguna reunión social”, pensé, sabiendo perfectamente que a lo que menos me invitan en este mundo es a reuniones sociales.

Igual y la estaba viendo alguna pareja sentimental un día que le fui a visitar y, sabiéndome mejor que una película de este tipo, decidí ignorarla viendo memes en mi celular”, me propuse, sin recordar una situación similar en los últimos veinte años de mi existencia, en donde ignorara una película en la televisión.

“¿Se las habré puesto a mis alumnos cuando daba clases de análisis de cine y TV para mantenerlos callados un día que no tenía ganas de enseñar?”, indagué en soliloquio mental sabiéndome casi incapaz de gastar una clase de universidad en algo tan frívolo como Annabelle.

“O, tal vez”, concluí, “esta película sigue tan al pie de la letra los tropos de las películas de terror que es más genérica que el queso barato.”

Fuera como fuera, nos estábamos llevando un chasco colectivo aquel viernes por la noche. Lo que en un principio imaginamos sería una versión extendida de la clásica historia de “nuestra muñeca se movió ¡y no había nadie en el departamento!” que decenas de YouTubers han logrado con muchísimo menos presupuesto – y mejores actuaciones –, resultó ser una genérica historia de cultos satánicos setenteros. En resumidas cuentas, estábamos ante la presencia de un cuasi-remake digno del Hallmark Channel de los ochentas de Rosemary’s Baby, pero con dos o tres efectos de un supuesto demonio rondando alrededor del inmueble. Era una película de terror psicológico que quería ser algo, quería resaltar por su propia mano, pero que, de vez en cuando, recordaba que estaba contractualmente obligada a mostrar la imagen de un esperpento de porcelana para ser considerada parte de un universo cinematográfico para conseguir presupuesto. De haberse eliminado la existencia de la muñeca Annabelle, la película podría haberse mantenido sobre sus propios pies como un bodrio predecible de calificación mediocre, pero original.

Siendo incapaces de ser absorbidos por la historia en pantalla por razones tanto inherentes a su bajo nivel de producción como por factores externos, Astrid y yo nos vimos desaprovechando nuestro viernes por la noche observando una versión pobre de “¿qué tal que Charles Manson si hubiera invocado a un demonio?” pero con sonidos de peda adolescente y malos chistes de doble sentido de fondo.

Muy a pesar de cuán predecible puede ser Annabelle, la película misma se rinde a menos de la mitad de su duración. Llega un punto en que, incluso ella misma, quiere acabarse de una vez para hacer algo mejor con su vida. Por ejemplo, de pronto, y sin explicación aparente, nos encontramos con una mujer que, espantada por ver a su muñeca recubierta de sangre de suicida, pide a gritos que se deshagan de ella porque le aterra. Quince minutos después, al ver a la muñeca reaparecer mágicamente en su nuevo hogar, decide que mejor no, que mejor si la quiere, que a fin de cuentas es suya. A esto se le sigue un personaje cuya existencia entera, su forma de hablar, su trasfondo y conocimientos específicos a la trama, parecen predecirle como el ardid final del demonio para llevar a cabo sus planes de robar niños en los setentas. Pues que dice el productor ejecutivo que no, que es más bonito que al final resulte ser bondad honesta y pura que salva el día porque Diosito así lo quiso.

La saga de The Conjuring es una basada en la existencia de los demonios, pero, también, es una que está obligada a concluir todas sus historias con un literal Deus Ex Machina que deja a la audiencia sintiéndose insatisfecha, pero sabiendo que la religión es siempre la respuesta a tus problemas.

Por nuestra parte, al no haber sido capaces de invocar a Annabelle con su película, Astrid y yo decidimos inspirarnos en ella para apaciguar la fiesta en el departamento de debajo de una vez por todas. Si cerrar las ventanas o poner una película de terror a todo volumen no funcionaba, las canciones de alabanza de Martín Valverde a volúmenes profanos serían el arma perfecta para la retaliación.

Increíblemente funcionó. Cual demonios inventados, los borrachos al sur de nuestros pies decidieron cerrar sus ventanas abiertas, ahogarse en su propio hedor a cerveza barata y cigarros, con tal de dejar de escuchar canciones religiosas.

El universo de The Conjuring no estaba tan equivocado después de todo.

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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