#Si SostenidoColumna de Guillermo Carregha

Annabelle (2014) | Columna de G. Carregha

Criticaciones

 

El sol se escondió en el horizonte de concreto para dar paso a la era conocida como “el fin de semana”. Había comenzado otra noche de viernes que se sentía como tarde de lunes dentro de esta eterna cuarentena en la que nos tiene hundido el pánico mundial. El ajetreo de las calles siendo utilizadas por autos y peatones como si no estuviéramos a punto del colapso humano se colaba por cada rincón del departamento. Sólo el sonido de nuestros cerebros apaciguando la ansiedad a marchas forzadas aderezaba los silencios esporádicos.

Seguíamos enjaulados por voluntad propia. Hacía meses que habíamos firmado un contrato de Sana Distancia™ con las autoridades locales, donde prometíamos no volver a salir al mundo exterior so pena de cárcel preventiva. Desde el exterior habían echado candado a nuestra puerta principal. Hasta tres veces por semana se paseaba por la cuadra una patrulla federal para asegurarse que el candado no hubiese sido comprometido. En fin, éramos un par de periquitos del amor encerrados en una jaula de 2×2, incapaces de volar, incapaces de saber en qué mes o año estábamos realmente.

Del mundo exterior sabíamos poco. La única información que se alcanzaba a filtrar hasta nuestros ojos eran los noticieros de Javier Alatorre y los memes en nuestros perfiles de Facebook. Y, asumiendo que nuestras fuentes de información fueran de fiar, podíamos estar seguros de una sola cosa: el apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina. En cosa de días un ejército de ángeles y dioses bajarían a juzgar a todo ser humano aún con vida, llevándolos al instante, ya fuera al cielo o al infierno, dependiendo de la suma de todas las acciones realizadas a lo largo de sus vidas. Nueva Zelanda fue la primera en desaparecer, después, Tlaxcala. Bueno, eso y que la muñeca Annabelle se había escapado del museo de los Warren. De cierta manera, ambas noticias parecían ser dos caras del mismo pronóstico.

“¿Te imaginas que se nos apareciera aquí, en la casa?”, preguntó Astrid, su cara hundida en la pantalla de su celular como si quisiera fusionarse con ella.

“¿La muñeca?”, pregunté yo con un dejo de ironía en cada sílaba.

“Obvio”, me contestó. “¿No has oído de todas las personas que han muerto de maneras inexplicables después de tocarla? ¡Imagínate que podamos ser los siguientes!”

“¿Te emociona la idea de morir a manos de una muñeca poseída?”

“Claro que no”, mintió, sus mejillas enrojecidas, su mirada perdida en el horizonte opuesto a mi cara.

“Mira, para que eso pasara, en primer lugar, todo este asunto de la muñeca diabólica tendría que ser cierto”, aseguré. Astrid se limitó a bufar directo hacia su pantalla de celular para hacerme notar cuán infeliz le hacía que no le siguiera el juego. “Además”, proseguí, “la muñeca de trapo esa tendría que romper la cadena que nos pusieron los estatales en la puerta. Es un objeto físico, no es como si pudiera atravesar paredes o algo así”.

Pensaba decir más al respecto, pero fui interrumpido por el ensordecedor sonido de una mesa pesada siendo arrastrada por el suelo. Se escuchó como si aquel mueble se hubiera movido a dos metros de nosotros, en el mismo interior de nuestro departamento. Esto no solo era imposible, pues en ese instante estábamos sentados en la única mesa que la pobreza millenial nos ha permitido adquirir, sino que éramos los únicos dos seres vivos en el lugar.

“¿Oíste eso?”, pregunté en voz alta con la esperanza de que Astrid contestara con un sencillo ‘¿oír qué?’

“¡Sí!”, gritó Astrid emocionada. “¡¿Crees que sea ella?!”

“Espero que no”, comencé, pero un portazo que hizo retumbar la estructura del edificio se dejó escuchar por lo largo y ancho del departamento, cimbrando incluso al zigzag de huesos al que llamo mi espina dorsal.

“Astrid”, susurré, “creo que estamos en peligro.”

“¿De verdad?”, respondió, su excitación sintiéndose cada vez más evidente con cada respiración pesada que emanaba de su ser.

“¡YA LLEGARON LAS FRÍAS!”, gritó un sujeto desde el piso inferior. “¡AHORA NOMÁS NOS FALTAN LAS PUTAS!”, concluyó, un gallo emanando de su garganta al momento de mencionar a las mujeres de la vida galante. A esto le siguió un aullido de hombre lobo de bajo presupuesto digno de película estudiantil mexicana. Otra macana de aullidos de igual calidad le siguió. Una serie de portazos se dejó escuchar en lo que un tropel de pisadas se arrastraba por el suelo, empujando todo mueble a su paso en respuesta a los anuncios.

“Ah”, exclamó Astrid. “Creo que ya rentaron el piso de abajo.”

Fue entonces cuando una serie de gruñidos y gemidos dignos de una marabunta de hombres heterosexuales de entre dieciocho y veintiún años intentando confirmar su hombría a través de chistes misóginos se mezcló con el oxígeno del aire que respirábamos. La testosterona excesiva mezclada con colonia barata a tropel se alcanzaba a oler aún a pesar del pesado ambiente de aburrimiento y desesperación en el que nos habíamos estado cociendo desde abril. Más, la desesperación sexual emanando de los cuerpos de aquellos individuos era más poderosa que cualquier otra cosa. Lo único que cortaba el ambiente de testosterona era un ardid de gruñidos tan heterosexuales como fingidos.

“¿Y si ponemos la de Annabelle a ver si, no sé, la invocamos y mata a los vecinos o algo?”, preguntó Astrid, por primera vez en todo el día alejando el celular de su cara para poder enfocar otra parte del universo ajeno a esa pantalla; en este caso, la ventana que nos permitía acceder visualmente al área de la fiesta.

“No creo que funcione”, dije, “pero no puede hacernos daño intentarlo…”

Enseguida entramos a Netflix y encontramos el título. A pesar de presionar el botón de play apenas ubicar el póster de la película, tuvimos que esperar cuarenta y cinco minutos para poder verla. Sin importar cuan alto pusiéramos el volumen, o cuan selladas estuvieran las ventanas del departamento, lo único que podíamos escuchar era el juego de “¿quién es el más probable que…?” que se había armado en la fiesta del piso inferior. Por supuesto, todas las preguntas eran de índole sexual y, por supuesto, cada mención a un acto sexual o de los genitales hacía reír como chimpancés en celo al contingente de adolescentes adultos a cuatro metros debajo de nuestros pies.

Sólo nos quedó suspirar, largo y tendido, por casi una hora. La aparición esporádica de memes referentes al escape de la muñeca en nuestros celulares no hacía más que incrementar el hype autogenerado por nosotros mismos.

SINÓPSIS: Un productor de Hollywood vio la cantidad de dinero generada por la película The Conjuring, y decidió entrar a un generador de historias en línea para expandir los primeros cinco minutos de la película original y quedarse con más dinero de adolescentes deseosos de ser espantados en el cine.

En ningún momento de los últimos seis años había sentido la necesidad de ver qué se escondía detrás del poster de la película Annabelle. No me causaba curiosidad el seguir las aventuras de la parte menos interesante de The Conjuring, un segmento de apenas cinco minutos que servía únicamente para explicar el tipo de casos en los que solían involucrarse los Carlos Trejo estadounidenses durante sus años activos. Jamás sentí que, de no visionar esta película, la historia de la familia Perron quedaría inconclusa en mi corazón. Annabelle poseía, para mí, el mismo peso que la maestría sacada de la manga instaurada por mi universidad en un intento vano de llamar la atención de la gente y mantenerse “relevante” en su área. Aunque, en su defensa, ver Annabelle cuesta menos, dura menos, y tiene la misma injerencia en el futuro laboral que el título de maestro en innovación comunicativa para las organizaciones.

Sin embargo, a pesar de haber evitado pasivamente por años a Annabelle, durante cada minuto de la película no dejaba de sentir que ya la había visto. Las escenas presentadas en pantalla seguían una lógica marcada por mi mente como algo que ya conocía, como un plan preestablecido que venía integrado con mi software de pretensión, como un aburridísimo déjà vu audiovisual. Cada “y después va a pasar esto” que me decía internamente mi crítico de cine interior se cumplía con todos y cada uno de los detalles generados por mi subconsciente en el tiempo y forma esperados. Incluso era capaz de predecir los excesos de volumen innecesarios y jump scares con casi perfecta exactitud, cual metrónomo de bodrios cinematográficos.

“Quizá la hubiera llegado a ver de reojo en alguna reunión social”, pensé, sabiendo perfectamente que a lo que menos me invitan en este mundo es a reuniones sociales.

Igual y la estaba viendo alguna pareja sentimental un día que le fui a visitar y, sabiéndome mejor que una película de este tipo, decidí ignorarla viendo memes en mi celular”, me propuse, sin recordar una situación similar en los últimos veinte años de mi existencia, en donde ignorara una película en la televisión.

“¿Se las habré puesto a mis alumnos cuando daba clases de análisis de cine y TV para mantenerlos callados un día que no tenía ganas de enseñar?”, indagué en soliloquio mental sabiéndome casi incapaz de gastar una clase de universidad en algo tan frívolo como Annabelle.

“O, tal vez”, concluí, “esta película sigue tan al pie de la letra los tropos de las películas de terror que es más genérica que el queso barato.”

Fuera como fuera, nos estábamos llevando un chasco colectivo aquel viernes por la noche. Lo que en un principio imaginamos sería una versión extendida de la clásica historia de “nuestra muñeca se movió ¡y no había nadie en el departamento!” que decenas de YouTubers han logrado con muchísimo menos presupuesto – y mejores actuaciones –, resultó ser una genérica historia de cultos satánicos setenteros. En resumidas cuentas, estábamos ante la presencia de un cuasi-remake digno del Hallmark Channel de los ochentas de Rosemary’s Baby, pero con dos o tres efectos de un supuesto demonio rondando alrededor del inmueble. Era una película de terror psicológico que quería ser algo, quería resaltar por su propia mano, pero que, de vez en cuando, recordaba que estaba contractualmente obligada a mostrar la imagen de un esperpento de porcelana para ser considerada parte de un universo cinematográfico para conseguir presupuesto. De haberse eliminado la existencia de la muñeca Annabelle, la película podría haberse mantenido sobre sus propios pies como un bodrio predecible de calificación mediocre, pero original.

Siendo incapaces de ser absorbidos por la historia en pantalla por razones tanto inherentes a su bajo nivel de producción como por factores externos, Astrid y yo nos vimos desaprovechando nuestro viernes por la noche observando una versión pobre de “¿qué tal que Charles Manson si hubiera invocado a un demonio?” pero con sonidos de peda adolescente y malos chistes de doble sentido de fondo.

Muy a pesar de cuán predecible puede ser Annabelle, la película misma se rinde a menos de la mitad de su duración. Llega un punto en que, incluso ella misma, quiere acabarse de una vez para hacer algo mejor con su vida. Por ejemplo, de pronto, y sin explicación aparente, nos encontramos con una mujer que, espantada por ver a su muñeca recubierta de sangre de suicida, pide a gritos que se deshagan de ella porque le aterra. Quince minutos después, al ver a la muñeca reaparecer mágicamente en su nuevo hogar, decide que mejor no, que mejor si la quiere, que a fin de cuentas es suya. A esto se le sigue un personaje cuya existencia entera, su forma de hablar, su trasfondo y conocimientos específicos a la trama, parecen predecirle como el ardid final del demonio para llevar a cabo sus planes de robar niños en los setentas. Pues que dice el productor ejecutivo que no, que es más bonito que al final resulte ser bondad honesta y pura que salva el día porque Diosito así lo quiso.

La saga de The Conjuring es una basada en la existencia de los demonios, pero, también, es una que está obligada a concluir todas sus historias con un literal Deus Ex Machina que deja a la audiencia sintiéndose insatisfecha, pero sabiendo que la religión es siempre la respuesta a tus problemas.

Por nuestra parte, al no haber sido capaces de invocar a Annabelle con su película, Astrid y yo decidimos inspirarnos en ella para apaciguar la fiesta en el departamento de debajo de una vez por todas. Si cerrar las ventanas o poner una película de terror a todo volumen no funcionaba, las canciones de alabanza de Martín Valverde a volúmenes profanos serían el arma perfecta para la retaliación.

Increíblemente funcionó. Cual demonios inventados, los borrachos al sur de nuestros pies decidieron cerrar sus ventanas abiertas, ahogarse en su propio hedor a cerveza barata y cigarros, con tal de dejar de escuchar canciones religiosas.

El universo de The Conjuring no estaba tan equivocado después de todo.

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