abril 20, 2021

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Sonic The Hedgehog (2020) | Columna de G. Carregha

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Sonic

Criticaciones

 

2020 marca la primera – y espero única – vez que siento la obligación moral de ver una película en el cine. Llevaba meses cargando un gigantesco pedrusco emocional sobre mis hombros y la única forma de sacármelo de encima era asistiendo a una proyección comercial en particular. Todo esto en el entendido no de que deseaba apoyar a una causa o asociación en particular, mucho menos ampliar las arcas monetarias de alguna persona o empresa para que sepan que creo que las decisiones que tomaron son las correctas. Al contrario, este guijarro descomunal fue depositado sobre mi cuerpo por mi propia mano. Era un poco de culpa. Es decir, mi obligación moral se podría resumir como “creo que yo ayudé a que esto sucediera y vengo a expiar mi pecado con estos 72 pesos. No, sin combo, muchas gracias, el puro boleto.”

Fue en abril del año pasado que Paramount Pictures y Jeff Fowler decidieron sincerarse ante el mundo aceptando que desconocen cómo funciona la psique humana o a qué se refiere la gente cuando dice “agradable a los ojos”. Entre sonrisas de orgullo por un trabajo bien hecho, nos entregaron una pesadilla computarizada color azul a la que ellos consideraban una tierna representación de un erizo que lleva casi 30 años incrustado en el paraje cultural global. Durante los poco más de dos minutos que duraba el clip inicial, buscaron encariñarnos con una creación digital similar a un cosplayer del Kemonito que intentó fabricarse su disfraz sin tener referencias a la mano. Era como si se estuvieran burlando de los fanáticos de Sonic y su insistencia en crear personajes originales basados en el universo de sus videojuegos de la forma más burda – y costosa – posible.

Como si el ataque visual no hubiera sido lo suficientemente lacerante, los seres detrás de esta película decidieron encajar a su ente del inframundo dentro de un guion que seguía al pie de la letra todos y cada uno de los plot points establecidos por las películas noventeras para niños que se podían ver cada domingo por la tarde en Azteca 7. “En cines este noviembre”, decía el clip al final. No era una broma. No era un tráiler hecho por fans. Era una producción seria. Los productores ejecutivos no solo habían atacado a todo ser humano con ojos sin provocación alguna, sino que, además, tenían el descaro de invitarnos a pagarles por su esfuerzo. 

Y se hubieran salido con la suya de no ser por esos muchachos entrometidos y sus tweets. Ni bien fue publicado el anuncio, el internet explotó en burlas y quejas. “Yo sé que no es su obligación hacer cine de calidad para toda la familia, pero mire lo que nos están dando” y una larga lista de etcéteras. Incluso Yuji Naka, quien treinta años atrás hubiera creado el concepto de un erizo que corre rápido, no pudo mantener su opinión de su lado del teclado y exclamó su asco a través de los cables de fibra óptica que mantienen al mundo funcionando.

Esta es la parte en la que acepto haber sido parte de este contingente de negatividad. Aquel fatídico día de abril caí en la instantánea tentación de atacar mis propios sentidos al ponerle play al tráiler. Una vez que había apaleado a mis sentidos, me tomé la molestia de escribir un artículo burlándome del mismo para un sitio web australiano. Al final del texto me puse mi piel de buen samaritano y recomendé a la gente no solo no asistir al cine a verla, sino evitarse la molestia de ver el tráiler. Ninguna de las dos acciones, creía yo, eran necesarias, sobre todo si la persona en cuestión buscaba ser feliz en algún punto de su futuro cercano. 

Y, sin embargo, a menos de una semana de su estreno en cartelera, me encontraba de pie frente a un estudiante de preparatoria, su sonrisa tan falsa como la mía, vestido con uniforme de empleado de cine para entregarle mi dinero a cambio del pedazo de papel no reciclable que me permitiría acceder a una proyección de dicha película.

“En español, ¿verdad?”

“No, en inglés, por favor”.

“¿En serio? Tiene subtítulos, ¿eh? Hay gente que dice que les distraen mucho”.

“¿Más que la voz de Luisito Comunica forzándose por actuar como un personaje de Rocket Power?”

“Me han dicho que no hace un mal trabajo como actor de doblaje”.

“Y yo le pedí dos boletos para la película en inglés, no su opinión, muchas gracias”.

Sonic The Hedgehog fue arrojada en salas de cine de todo el país justo el día que celebramos los aniversarios luctuosos de San Valentín Elizalde y de los personajes de la familia Cowco (que en paz descansen y que su muerte continúe siendo redituable para las grandes empresas, amén). Y, aunque la idea de ver cómo despanzurraban a otro ícono de los videojuegos en un intento más de Hollywood por hacernos creer que los 90’s fueron una época que merece ser recordada se escuchaba tentadora, tenía mejores cosas que hacer en aquella tan especial fecha – como pasar casi tres horas buscando a un gato extraviado alrededor de la cuadra o dormirme exageradamente temprano porque el neoliberalismo me obliga a trabajar los sábados por la mañana para que, cuando el Inegi pregunte, les pueda decir que estoy sólo un poquito por encima de la línea que divide a los pobres de los pobres extremos.

Pero, ¿cómo es que alguien sin corazón como yo logró tener un súbito cambio de conciencia? ¿Por qué de pronto me interesaba apoyar a una película de la cual me quejé ampliamente durante semanas? Una película, por cierto, basada en un personaje que nunca me ha interesado a lo largo de mi vida. ¿Qué pasó en los diez meses entre que Paramount nos enseñó que las cosas pueden ser siempre mucho peor de lo que imaginamos y el día que finalmente me aplasté en un cine a consumirla a través de los ojos? Fácil. Me di cuenta que yo era parte del problema.

Como cualquiera que use Twitter para enterarse de los chismes de la farándula del internet sabe, el torrente de reacciones negativas ante el diseño inicial del personaje hizo que el estudio cambiara su plan de acción. En vez de lanzar la película cuando prometieron, se decidió aplazar su estreno tres meses y así poder forzar a los animadores a trabajar sobretiempo y bajo presión – con una paga no conforme al esfuerzo y estrés invertidos – para rediseñar a Sonic en algo que en verdad se pudiera observar sin sentir un agujero en el estómago. Subsecuentemente, hubo que reanimarlo y reinsertarlo en todas las escenas en donde aparecía el personaje que comparte su nombre con el de la película. ¿Paramount se había dado cuenta de su error? A juzgar por el hecho de que aún creen en la utilidad de la esclavitud moderna, no. Simplemente ya no aguantaban los correos de odio, los tags en redes sociales con injurias o los artículos negativos en sitios web australianos enfocados a la cultura pop. En otras palabras, el internet bulleó tanto y tan duro a un grupo de creativos profesionales que lograron hacerles pedir perdón por tener una visión particular y obligarles a hacer lo que nosotros queríamos que hicieran.

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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