julio 13, 2024

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Sonic The Hedgehog (2020) | Columna de G. Carregha

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Sonic

Criticaciones

 

2020 marca la primera – y espero única – vez que siento la obligación moral de ver una película en el cine. Llevaba meses cargando un gigantesco pedrusco emocional sobre mis hombros y la única forma de sacármelo de encima era asistiendo a una proyección comercial en particular. Todo esto en el entendido no de que deseaba apoyar a una causa o asociación en particular, mucho menos ampliar las arcas monetarias de alguna persona o empresa para que sepan que creo que las decisiones que tomaron son las correctas. Al contrario, este guijarro descomunal fue depositado sobre mi cuerpo por mi propia mano. Era un poco de culpa. Es decir, mi obligación moral se podría resumir como “creo que yo ayudé a que esto sucediera y vengo a expiar mi pecado con estos 72 pesos. No, sin combo, muchas gracias, el puro boleto.”

Fue en abril del año pasado que Paramount Pictures y Jeff Fowler decidieron sincerarse ante el mundo aceptando que desconocen cómo funciona la psique humana o a qué se refiere la gente cuando dice “agradable a los ojos”. Entre sonrisas de orgullo por un trabajo bien hecho, nos entregaron una pesadilla computarizada color azul a la que ellos consideraban una tierna representación de un erizo que lleva casi 30 años incrustado en el paraje cultural global. Durante los poco más de dos minutos que duraba el clip inicial, buscaron encariñarnos con una creación digital similar a un cosplayer del Kemonito que intentó fabricarse su disfraz sin tener referencias a la mano. Era como si se estuvieran burlando de los fanáticos de Sonic y su insistencia en crear personajes originales basados en el universo de sus videojuegos de la forma más burda – y costosa – posible.

Como si el ataque visual no hubiera sido lo suficientemente lacerante, los seres detrás de esta película decidieron encajar a su ente del inframundo dentro de un guion que seguía al pie de la letra todos y cada uno de los plot points establecidos por las películas noventeras para niños que se podían ver cada domingo por la tarde en Azteca 7. “En cines este noviembre”, decía el clip al final. No era una broma. No era un tráiler hecho por fans. Era una producción seria. Los productores ejecutivos no solo habían atacado a todo ser humano con ojos sin provocación alguna, sino que, además, tenían el descaro de invitarnos a pagarles por su esfuerzo. 

Y se hubieran salido con la suya de no ser por esos muchachos entrometidos y sus tweets. Ni bien fue publicado el anuncio, el internet explotó en burlas y quejas. “Yo sé que no es su obligación hacer cine de calidad para toda la familia, pero mire lo que nos están dando” y una larga lista de etcéteras. Incluso Yuji Naka, quien treinta años atrás hubiera creado el concepto de un erizo que corre rápido, no pudo mantener su opinión de su lado del teclado y exclamó su asco a través de los cables de fibra óptica que mantienen al mundo funcionando.

Esta es la parte en la que acepto haber sido parte de este contingente de negatividad. Aquel fatídico día de abril caí en la instantánea tentación de atacar mis propios sentidos al ponerle play al tráiler. Una vez que había apaleado a mis sentidos, me tomé la molestia de escribir un artículo burlándome del mismo para un sitio web australiano. Al final del texto me puse mi piel de buen samaritano y recomendé a la gente no solo no asistir al cine a verla, sino evitarse la molestia de ver el tráiler. Ninguna de las dos acciones, creía yo, eran necesarias, sobre todo si la persona en cuestión buscaba ser feliz en algún punto de su futuro cercano. 

Y, sin embargo, a menos de una semana de su estreno en cartelera, me encontraba de pie frente a un estudiante de preparatoria, su sonrisa tan falsa como la mía, vestido con uniforme de empleado de cine para entregarle mi dinero a cambio del pedazo de papel no reciclable que me permitiría acceder a una proyección de dicha película.

“En español, ¿verdad?”

“No, en inglés, por favor”.

“¿En serio? Tiene subtítulos, ¿eh? Hay gente que dice que les distraen mucho”.

“¿Más que la voz de Luisito Comunica forzándose por actuar como un personaje de Rocket Power?”

“Me han dicho que no hace un mal trabajo como actor de doblaje”.

“Y yo le pedí dos boletos para la película en inglés, no su opinión, muchas gracias”.

Sonic The Hedgehog fue arrojada en salas de cine de todo el país justo el día que celebramos los aniversarios luctuosos de San Valentín Elizalde y de los personajes de la familia Cowco (que en paz descansen y que su muerte continúe siendo redituable para las grandes empresas, amén). Y, aunque la idea de ver cómo despanzurraban a otro ícono de los videojuegos en un intento más de Hollywood por hacernos creer que los 90’s fueron una época que merece ser recordada se escuchaba tentadora, tenía mejores cosas que hacer en aquella tan especial fecha – como pasar casi tres horas buscando a un gato extraviado alrededor de la cuadra o dormirme exageradamente temprano porque el neoliberalismo me obliga a trabajar los sábados por la mañana para que, cuando el Inegi pregunte, les pueda decir que estoy sólo un poquito por encima de la línea que divide a los pobres de los pobres extremos.

Pero, ¿cómo es que alguien sin corazón como yo logró tener un súbito cambio de conciencia? ¿Por qué de pronto me interesaba apoyar a una película de la cual me quejé ampliamente durante semanas? Una película, por cierto, basada en un personaje que nunca me ha interesado a lo largo de mi vida. ¿Qué pasó en los diez meses entre que Paramount nos enseñó que las cosas pueden ser siempre mucho peor de lo que imaginamos y el día que finalmente me aplasté en un cine a consumirla a través de los ojos? Fácil. Me di cuenta que yo era parte del problema.

Como cualquiera que use Twitter para enterarse de los chismes de la farándula del internet sabe, el torrente de reacciones negativas ante el diseño inicial del personaje hizo que el estudio cambiara su plan de acción. En vez de lanzar la película cuando prometieron, se decidió aplazar su estreno tres meses y así poder forzar a los animadores a trabajar sobretiempo y bajo presión – con una paga no conforme al esfuerzo y estrés invertidos – para rediseñar a Sonic en algo que en verdad se pudiera observar sin sentir un agujero en el estómago. Subsecuentemente, hubo que reanimarlo y reinsertarlo en todas las escenas en donde aparecía el personaje que comparte su nombre con el de la película. ¿Paramount se había dado cuenta de su error? A juzgar por el hecho de que aún creen en la utilidad de la esclavitud moderna, no. Simplemente ya no aguantaban los correos de odio, los tags en redes sociales con injurias o los artículos negativos en sitios web australianos enfocados a la cultura pop. En otras palabras, el internet bulleó tanto y tan duro a un grupo de creativos profesionales que lograron hacerles pedir perdón por tener una visión particular y obligarles a hacer lo que nosotros queríamos que hicieran.

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#4 Tiempos

Votar entre la razón y la emoción | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Eso me dijo mi papá:

-Mira Leontino, que lo que guardas en la cabeza no sea lo mismo que guardas en el corazón.

Como muchas cosas que me dijo, no le puse suficiente atención, pero ahora ese mensaje ha logrado escarbar entre todos los recuerdos y salir a flote otra vez.

Interesante: la frase de mi papá tiene razón, pero también tiene emoción. Hace uso de dos recursos -muy humanos- a la vez y los junta y los enreda torciéndolos, pero nunca dejan de ser razón por un lado y emoción por el otro. La frase significa además que la razón tiene su lugar en el cuerpo, sus formas, sus métodos y la emoción los suyos propios. Esto viene muy a cuento con la época de elecciones en la que nos encontramos.

Como una especie de vicio raro, leo con pulsión desmedida todas las columnas de opinión que mi escaso tiempo me permite. Leí, por ejemplo, la columna de mi amigo Octavio Mendoza (Astrolabio) que trata acerca de las complejas motivaciones del votante: a la mera hora, ahí escondido detrás de una cortina de plástico, el elector tacha la opción que durante meses dijo que no iba a elegir. Si un votante hace eso, no pasa nada, es como una gota de agua rebelde que lucha contra las olas del mar. La cosa se pone buena, cuando esto mismo no lo hace uno sino 5 millones de votantes. Entonces, las alarmas se encienden, los encuestadores se arrancan los pelos y se desatan los programas de opinión, que a mí me encantan, tratando de explicar lo que antes parecía imposible.

Sí, efectivamente, las masas actúan caprichosamente. No razonan. Solo actúan motivadas por sentimientos básicos como el odio, el miedo, el rencor, la venganza o el gusto. Eso motivó a millones de personas a votar hace seis años y sentimientos similares moverán a millones de personas a votar este domingo.

Por otro lado, si lo pensamos bien (lo razonamos) ¿de qué sirve ir a votar? Alguien va a ganar de todos modos y quien gane no hará que el mundo, el país, el Estado, el municipio cambien. Todos sabemos que las campañas se hacen de puras promesas que ni siquiera se piensan cumplir. Como un signo más del apocalipsis, la calidad de los candidatos de todos los partidos empeora cada elección y se nos presentan cada vez más incultos, cínicos y simplones y si seguimos pensando así, no solo se nos quitarán las ganas de votar sino de vivir.

Ambas situaciones que he presentado aquí: votar motivado por el rencor y no salir a votar porque “no sirve para nada”, significan hacer de tripas corazón, o sea poner la pasión en la cabeza y la razón en el corazón y así todo se descompone.

Para que la democracia funcione se requiere que la motivación de votar sea algo que está por encima de nuestros intereses personales: nuestros hijos, nuestra comunidad, nuestro entorno. Salir a votar no puede ser un asunto de la razón, menos aún de las razones personales, sino de la pasión ciudadana, del amor por la patria, por la matria, por la familia. El resultado aquí no es lo que importa, sino nuestra obligación a participar.

¿Por quién votamos? Aquí debe entrar la razón desapasionada. Votar por rencor o votar por conveniencia personal no sirve para elegir al mejor gobernante. Lo que se requiere, en ese momento justo de estar a solas con nuestra boleta y el crayón en la mano es razonar fría y calculadoramente el sentido de nuestro voto.

Es el corazón quien levanta del sillón al elector, lo saca de la comodidad de su casa y lo lleva a la casilla. Ya estando en la mampara, la razón toma la mano del votante y lo hace elegir si no la mejor, la menos mala de las opciones que tenemos. Después de que le marcan el dedo con la famosísima tinta indeleble (por cierto, invento mexicano) queda en el votante, una extraña satisfacción de haber cumplido de la mejor manera posible.

Yo creo que vamos bien, si tomamos en cuenta que la democracia se tarda unos 400 años en dar resultados.

Querida culta lectora de La Orquesta, que tenga felices votaciones este domingo

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#4 Tiempos

¿Existe la ciencia neoliberal? | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Una polarización creciente se ha cernido sobre el mundo y ha generado una guerra de trincheras por todas partes, que si la derecha, que si los conservadores, que si los musulmanes, que si metemos a la cárcel a los que le caen gordos a la tía Tatis, etcétera. Las multitudes se abalanzan a opinar. Usted no, por supuesto, estimada y culta lectora de La Orquesta. Usted y yo no caemos en esa trampa de la opinión sin ton ni son que nos polariza. Sin embargo, quisiera ofrecerle el humilde punto de vista de un antropólogo acerca de la polémica sobre ciencia e ideología. El nuevo CONACYT con H (CONAHCYT) ha acusado a sus antecesores de practicar una ciencia neoliberal y muchos científicos afirman que tal cosa no puede existir, pues la ciencia no tiene ideología.

Una de las grandes fortalezas de la ciencia —virtud que nunca se le ha visto a un diputado— es que es capaz de reconocer sus errores. La ciencia constantemente se inmola a sí misma sobre sus antecedentes. Es capaz de decirse y desdecirse. Esta virtud se basa en un principio de objetividad. La ciencia es capaz de desapasionarse. Es decir, puede reconocer un resultado, aunque este no sea el esperado o resulte adverso a las emociones, afectos o creencias de sus investigadores. Aquí se puede recordar al gran Lineo, quien empeñado en demostrar que en la naturaleza había un orden establecido por Dios, diseñó una clasificación de plantas que terminó por sentar las bases de la teoría evolutiva.

Por eso, la ciencia es capaz de observar objetivamente toda clase de fenómenos y por eso se dice con toda razón que los intereses científicos son ajenos a cualquier ideología.

Sin embargo, la ciencia no solo observa objetivamente átomos, moléculas, células, planetas o microbios. También observa seres humanos, lo cual significa dejar de lado el microscopio y usar el espejo para vernos a nosotros mismos. Las ciencias sociales observan no solo a otros seres humanos, sino a seres humanos que observan a otros seres humanos y esto genera una reflexión muy compleja.

Los colegas físicos, químicos o astrónomos están acostumbrados a una observación directa de los fenómenos que estudian. Los científicos sociales estamos habituados a considerarnos a nosotros mismos en la observación. Esto produce dos visiones científicas de la misma ciencia. Una que supone a la ciencia como una tarea objetiva, neutra y desinteresada y otra que cobra conciencia de cómo los intereses humanos guían a la investigación científica. Entonces para responder a la pregunta ¿existe la ciencia neoliberal? La respuesta llana es sí, sí existe. Hay intereses neoliberales fortaleciendo intencionalmente a ciertos temas científicos. Aun más: hay científicos con intenciones neoliberales practicando ciencia objetiva. Disculpe culta lectora de La Orquesta que dejé abandonado el tema de qué significa ser neoliberal para otra Voluta.

A pesar de la eficacia del método científico y su asombrosa capacidad para darnos conocimientos objetivos, hay suficiente evidencia de que las ideologías de los estados nacionales, las religiones y los intereses económicos juegan un papel fundamental en la llamada ciencia de frontera. La película de Oppenheimer visualiza cómo es que los políticos (y las situaciones históricas por las que atraviesan) manipulan y controlan los avances científicos. Se puede afirmar que el interés científico por la física cuántica no proviene de un interés neutral, sino absolutamente político. No puede existir tal interés inocente o neutro por la ciencia, pues los intereses científicos son dirigidos por intenciones económicas y militares. Una vez reconocida la injerencia de otros aspectos no científicos en la ciencia, habrá que decir que no sólo se trata de acusar al capitalismo o al neoliberalismo como manipuladores del interés científico, sino que también el comunismo, el BRICS y el alter mundo dirige a sus científicos con los mismos intereses económicos y militares.

Las universidades, los centros de investigación, los laboratorios y hasta las bibliotecas responden a los intereses ideológicos de los estados. Abundan los ejemplos: la relación entre las agencias espaciales y los consejos de seguridad, los avances biomédicos, la inteligencia artificial, etcétera.

En otras palabras, la trinchera de discusión que en México se ha abierto intenta responder la pregunta, la ciencia mexicana ¿a quién debe responder? ¿A la sociedad? ¿Al Estado? ¿A sí misma? Si es el Estado quién financia las becas y las estancias de investigación ¿no debe ser entonces quien regule y quien determine los intereses a investigar? Si la ciencia es útil, ¿no debiera dirigirse sus investigaciones al servicio de la sociedad? Pero ¿en verdad la ciencia debe ser útil o debe promoverse la libertad de investigación con independencia de su utilidad? No lo sé.

Por un lado, está la ingenuidad, creer o querer creer que es posible una ciencia desinteresada y desvinculada de los intereses nacionales o globales; por otro, está el terrible pragmatismo que pone a la ciencia como una sirviente del Estado y peor, la constricción a todo espíritu creativo que desee investigar algo y que no responda a los parámetros de la caprichosa sociedad que la mantiene.

En mi opinión, de antropólogo, pero que no necesariamente coincide con mis colegas de profesión y formando parte del fenómeno del que me quejaba al principio, montando el caballo loco de la opinomanía, pienso que la solución es que nuestro sistema mexicano de investigación científica debiera ser lo suficientemente abierto para que coexistamos tanto aquellos investigadores que colaboran entusiastamente en los intereses que atañen al estado mexicano (y que logren por fin la vacuna Patria y los respiradores Écahtl), pero también aquellos que trabajan para intereses corporativos o empresariales y quienes hacemos ciencia artesanal (la cual explicaré en otra ocasión).

Estoy convencido de que, en la tolerancia a la diversidad de posturas y en que, en nuestro país TODAS tengan una posible expresión y posibilidad pública, está la clave ¿y usted qué opina?

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#4 Tiempos

Xantolo 2023, viejos dilemas a nuevas tradiciones | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Hace un año me llamaron para una entrevista por MG Radio. Jesús Aguilar me preguntó acerca de la importancia cultural del Xantolo, sin embargo sus preguntas poco me permitieron responder lo que con sinceridad pienso. Por ello, un año más tarde, escribo esta columna, para preguntarme y responderme lo que considero que debe ser preguntado y respondido acerca del famoso Xantolo.

 

Pregunta número 1: ¿Qué es el Xantolo y por qué se le considera tradición de San Luis Potosí?

No existe una tradición de día de muertos que se llame Xantolo, al parecer el término proviene del latín sanctorum (Sancta Sanctorum) y el término refiere a los objetos más sagrados de los templos judíos, vaya a usted a saber qué enredos ocurrieron para que se confundiera al sanctorum con xantolo. Lo que sí, es que en las cabeceras municipales (que no son indígenas) se impuso este nombre para llamarle al festival que organiza el municipio cada año: concurso de altar de muertos, concurso de comparsas, etcétera. Puedo asegurar, estimada y culta lectora de La Orquesta, que la fiesta de las cabeceras municipales, poco tiene de semejanza con lo que ocurre en las comunidades indígenas.

 

Pregunta número 2 ¿Entonces el Xantolo es una falsa tradición? ¿Cómo podemos conocer la verdadera tradición del día de muertos?

Tampoco existen las tradiciones falsas, sino más bien existen las tradiciones inventadas. Es muy común que todo aquello que se presenta como “tradicional” sirve como discurso para legitimar al poder en turno. Los gobiernos parten de crear mitos fundacionales tales como “respetar las raíces” o “preservar las tradiciones” y de ahí a la creación de rituales públicos, como desfiles, procesiones, actos solemnes, etcétera. Todos esas festividades son rituales sin religión, generalmente huecas y vacías, pero efectivas. ¿No le parece raro que esos mismos jóvenes que rechazan todo legado cultural estén encantados en celebrar -según ellos- la tradición del xantolo?

 

Pregunta número 3: ¿Cómo se vive el día de muertos en las comunidades indígenas?

Primero, se vive en comunidad. Segundo, la idea principal es compartir con los difuntos tamales, dulces, chocolate o atole.

Las comparsas representan a los ancestros que vienen del otro mundo y llegan a la comunidad.

 

Ahora, le comparto la carta de una ciudadana que me escribió lo siguiente:

Estimado antrop. León García Lam

Quiero contarle lo que ocurre en mi colonia y saber qué opina usted: Mi vecina de junto pone un altar a la Santa Muerte y el día 2 de noviembre saca al esqueleto para organizarle mitote y jolgorio; lo mismo hace con San Juditas, baile con caguamas, mujeres borrachas y pleito. Yo pienso que todo esto está muy mal, porque esta señora confunde la devoción católica con algo parecido a la brujería o el satanismo. 

Yo pongo altar de muertos, tradicional, como se ponía en el rancho de mi abuelita. En una mesa pongo los retratos de los que ya se fueron, con velas, agua y ofrendas para que los difuntos coman y beban, pues tienen sed. Esa es mi creencia católica y pienso que es la que está bien porque es la más tradicional.

El problema es que frente a los domicilios de nosotras, vive una señora, muy seria y recatada que es hermana protestante y dice de nosotras dos, que adoramos al diablo y a la muerte. Yo por más que le explico que lo que yo hago es muy diferente de lo que mi vecina de al lado hace, ella dice que somos igualmente adoradoras de satanás.

¿Usted qué opina Antrop. Lam? ¿Cuál es la verdadera tradición?

 

Mi respuesta es que, de ahora en adelante, hay que llamarle a todo esto “Xantolo”.

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Opinión