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Sonic The Hedgehog (2020) | Columna de G. Carregha

Criticaciones

 

2020 marca la primera – y espero única – vez que siento la obligación moral de ver una película en el cine. Llevaba meses cargando un gigantesco pedrusco emocional sobre mis hombros y la única forma de sacármelo de encima era asistiendo a una proyección comercial en particular. Todo esto en el entendido no de que deseaba apoyar a una causa o asociación en particular, mucho menos ampliar las arcas monetarias de alguna persona o empresa para que sepan que creo que las decisiones que tomaron son las correctas. Al contrario, este guijarro descomunal fue depositado sobre mi cuerpo por mi propia mano. Era un poco de culpa. Es decir, mi obligación moral se podría resumir como “creo que yo ayudé a que esto sucediera y vengo a expiar mi pecado con estos 72 pesos. No, sin combo, muchas gracias, el puro boleto.”

Fue en abril del año pasado que Paramount Pictures y Jeff Fowler decidieron sincerarse ante el mundo aceptando que desconocen cómo funciona la psique humana o a qué se refiere la gente cuando dice “agradable a los ojos”. Entre sonrisas de orgullo por un trabajo bien hecho, nos entregaron una pesadilla computarizada color azul a la que ellos consideraban una tierna representación de un erizo que lleva casi 30 años incrustado en el paraje cultural global. Durante los poco más de dos minutos que duraba el clip inicial, buscaron encariñarnos con una creación digital similar a un cosplayer del Kemonito que intentó fabricarse su disfraz sin tener referencias a la mano. Era como si se estuvieran burlando de los fanáticos de Sonic y su insistencia en crear personajes originales basados en el universo de sus videojuegos de la forma más burda – y costosa – posible.

Como si el ataque visual no hubiera sido lo suficientemente lacerante, los seres detrás de esta película decidieron encajar a su ente del inframundo dentro de un guion que seguía al pie de la letra todos y cada uno de los plot points establecidos por las películas noventeras para niños que se podían ver cada domingo por la tarde en Azteca 7. “En cines este noviembre”, decía el clip al final. No era una broma. No era un tráiler hecho por fans. Era una producción seria. Los productores ejecutivos no solo habían atacado a todo ser humano con ojos sin provocación alguna, sino que, además, tenían el descaro de invitarnos a pagarles por su esfuerzo. 

Y se hubieran salido con la suya de no ser por esos muchachos entrometidos y sus tweets. Ni bien fue publicado el anuncio, el internet explotó en burlas y quejas. “Yo sé que no es su obligación hacer cine de calidad para toda la familia, pero mire lo que nos están dando” y una larga lista de etcéteras. Incluso Yuji Naka, quien treinta años atrás hubiera creado el concepto de un erizo que corre rápido, no pudo mantener su opinión de su lado del teclado y exclamó su asco a través de los cables de fibra óptica que mantienen al mundo funcionando.

Esta es la parte en la que acepto haber sido parte de este contingente de negatividad. Aquel fatídico día de abril caí en la instantánea tentación de atacar mis propios sentidos al ponerle play al tráiler. Una vez que había apaleado a mis sentidos, me tomé la molestia de escribir un artículo burlándome del mismo para un sitio web australiano. Al final del texto me puse mi piel de buen samaritano y recomendé a la gente no solo no asistir al cine a verla, sino evitarse la molestia de ver el tráiler. Ninguna de las dos acciones, creía yo, eran necesarias, sobre todo si la persona en cuestión buscaba ser feliz en algún punto de su futuro cercano. 

Y, sin embargo, a menos de una semana de su estreno en cartelera, me encontraba de pie frente a un estudiante de preparatoria, su sonrisa tan falsa como la mía, vestido con uniforme de empleado de cine para entregarle mi dinero a cambio del pedazo de papel no reciclable que me permitiría acceder a una proyección de dicha película.

“En español, ¿verdad?”

“No, en inglés, por favor”.

“¿En serio? Tiene subtítulos, ¿eh? Hay gente que dice que les distraen mucho”.

“¿Más que la voz de Luisito Comunica forzándose por actuar como un personaje de Rocket Power?”

“Me han dicho que no hace un mal trabajo como actor de doblaje”.

“Y yo le pedí dos boletos para la película en inglés, no su opinión, muchas gracias”.

Sonic The Hedgehog fue arrojada en salas de cine de todo el país justo el día que celebramos los aniversarios luctuosos de San Valentín Elizalde y de los personajes de la familia Cowco (que en paz descansen y que su muerte continúe siendo redituable para las grandes empresas, amén). Y, aunque la idea de ver cómo despanzurraban a otro ícono de los videojuegos en un intento más de Hollywood por hacernos creer que los 90’s fueron una época que merece ser recordada se escuchaba tentadora, tenía mejores cosas que hacer en aquella tan especial fecha – como pasar casi tres horas buscando a un gato extraviado alrededor de la cuadra o dormirme exageradamente temprano porque el neoliberalismo me obliga a trabajar los sábados por la mañana para que, cuando el Inegi pregunte, les pueda decir que estoy sólo un poquito por encima de la línea que divide a los pobres de los pobres extremos.

Pero, ¿cómo es que alguien sin corazón como yo logró tener un súbito cambio de conciencia? ¿Por qué de pronto me interesaba apoyar a una película de la cual me quejé ampliamente durante semanas? Una película, por cierto, basada en un personaje que nunca me ha interesado a lo largo de mi vida. ¿Qué pasó en los diez meses entre que Paramount nos enseñó que las cosas pueden ser siempre mucho peor de lo que imaginamos y el día que finalmente me aplasté en un cine a consumirla a través de los ojos? Fácil. Me di cuenta que yo era parte del problema.

Como cualquiera que use Twitter para enterarse de los chismes de la farándula del internet sabe, el torrente de reacciones negativas ante el diseño inicial del personaje hizo que el estudio cambiara su plan de acción. En vez de lanzar la película cuando prometieron, se decidió aplazar su estreno tres meses y así poder forzar a los animadores a trabajar sobretiempo y bajo presión – con una paga no conforme al esfuerzo y estrés invertidos – para rediseñar a Sonic en algo que en verdad se pudiera observar sin sentir un agujero en el estómago. Subsecuentemente, hubo que reanimarlo y reinsertarlo en todas las escenas en donde aparecía el personaje que comparte su nombre con el de la película. ¿Paramount se había dado cuenta de su error? A juzgar por el hecho de que aún creen en la utilidad de la esclavitud moderna, no. Simplemente ya no aguantaban los correos de odio, los tags en redes sociales con injurias o los artículos negativos en sitios web australianos enfocados a la cultura pop. En otras palabras, el internet bulleó tanto y tan duro a un grupo de creativos profesionales que lograron hacerles pedir perdón por tener una visión particular y obligarles a hacer lo que nosotros queríamos que hicieran.

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