abril 17, 2026

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Los Recuerdos | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

El sol se apagó como un fuego de artificio que llevara ya mucho tiempo consumiéndose. La mujer entrecerró los ojos durante unos segundos y luego volvió a abrirlos. Sí, él seguía allí, a un lado suyo: todavía respiraba…

Se preguntó qué estaría pensando en ese momento su marido. Desde el día de la embolia no había vuelto a hablar, ni a abrir los ojos; desde hacía seis meses él no hacía otra cosa que tomar aire y expulsarlo en silencio: a eso se reducían sus relaciones con el universo. Siguió con la mirada en suspenso los movimientos de su pecho y acarició largamente su mano derecha.

Desde la terraza, la ciudad le pareció como un inmenso árbol de navidad a causa de las luces que en la distancia se encendían y se apagaban. ¿Por qué había pedido a su hijo que la ayudara a sacar al padre a la terraza? Pensó, de pronto, que no debió haberlo hecho, pues la temperatura empezaba a descender y el aire a enfriarse. Quería estar sola con él, como cuando eran novios, eso era todo. Las palabras no eran necesarias. Él estaba aún allí: ¿era necesario pedir más? Desdobló una frazada y cubrió con ella el cuerpo del enfermo hasta los pies, y mientras lo arropaba contempló su rostro: un rostro que hacía cuarenta años había sido hermoso y que, para ella, aún seguía siéndolo. «Mis hijos, pensó, no se sobrecogen de emoción cuando lo ven porque ahora está pálido, y además sólo es para ellos el rostro de su padre. Si lo hubieran conocido en otro tiempo, en los tiempos de su juventud»…

«Uno no ve envejecer a las personas que ama», escribió Simone de Beauvoir en una de sus mejores novelas: Todos los hombres son mortales. Y así es. Los años no pasan por las personas que amamos verdaderamente. Para esta mujer, el hombre que respiraba en el diván era el mismo por el que ella suspiró toda su vida; el mismo al que besó mil veces antes de que llegara esta tarde que ahora se rompía en pedazos: el mismo al que acariciaba, cuando era joven, a través de las fotografías que ella guardó siempre en un álbum dedicado sólo a él. ¿Qué había cambiado desde entonces? Nada. Para ella, él sería siempre el muchacho alto y espigado que un día le declaró su amor a través de una ventana cuyos barrotes le impedían hacer nada más, el joven que aquella misma tarde la hizo llorar en el momento en que le entregaba un ramo de rosas. Era el mismo, el mismo: lo único que cambiaba era que los años habían pasado y ahora él estaba enfermo. Volvió a acariciarle la mano y se la besó.

Su hijo solía decirle: “¡Qué paciencia tienes con él, mamá!” Pero ella no alcanzaba a comprender el sentido de tales palabras. ¿Por qué hablar de paciencia si a ella no le costaba nada hacer lo que hacía? ¿Paciencia de qué, o por qué? Ella seguía amándolo y lo amaría hasta el final. Para ella, él seguía siendo un muchacho. No, uno no ve envejecer a las personas que ama.

Una vez, en el hospital, durante las horas más desesperantes de la crisis, se preguntó qué haría si su marido muriera.

Es verdad que trató de no pensar, pero la pregunta volvía a su conciencia una y otra vez. ¿Se casaría otra vez? O, expresada con otras palabras: ¿podría vivir sin él?

No, no podría. Con otro nombre no la ligaba ningún recuerdo digno de conservarse, y son los recuerdos el fundamento del amor. ¿Qué nos une a las personas que no nos recuerdan nada

? «¿Qué me importa un paisaje que no han podido reflejar unos ojos amados? El horizonte es más dulce si guarda aún la caricia de miradas extintas», escribió François Mauriac (1885-1970) en un bello libro de marcados tonos autobiográficos. Para que dos seres se amen es necesario un pasado común, una geografía compartida: que ambos recuerden las horas y los lugares en que estuvieron juntos.

Y sus recuerdos sólo se referían a él. En su pasado no había habido ningún otro hombre. Sólo él. De modo que volver a casarse sería para ella como traicionarse a sí misma. «Cualquier otro hombre, se dijo, sería para mí un desconocido, un extraño».

Amor es destino. Llegados a una cierta altura de la vida, las personas recién conocidas ya no impresionan nuestro negativo interior. Funcionamos, por decirlo así, como cámaras fotográficas ya averiadas. El flash puede seguir lanzando sus flechas de luz, el botón puede hacer el ruido de siempre, pero la película está llena y no cabe ya ninguna foto más. ¡Que se me entienda! No es que despreciemos a los recién llegados, ni tampoco que no reconozcamos sus virtudes: es que llegaron demasiado tarde a nuestra vida. A éstos podemos tenerles cariño, o estimación, o simpatía, pero siempre volveremos –porque los preferimos- a los rostros que dieron sentido a nuestro pasado. En realidad no pertenecemos más que a estos seres, por más que se hayan ido o ya estén muertos.

La mujer se inclinó sobre su marido y lo besó en la frente. Éste no dijo nada. Respirar, respirar: por el momento, lo único necesario era sólo esto. Quizá en el fondo de sí mismo él hablaba con ella y le daba las gracias. Tal vez le decía a su manera, con su lenguaje de silencio: «Bésame otra vez. No te vayas». Pero ella ya no volvió a besarlo y se alejó por unos instantes para pedirle a su hijo que la ayudara a meter el diván: ella se encargaría de su marido. «Nadie –se dijo a sí misma mientras lo cargaba- lo tratará con más cariño que yo: ni siquiera su hijo». Y, para disculparse con éste, dijo todavía en voz alta: -Si yo pudiera sola con tu padre y con el diván, ten por seguro que no te molestaría, de modo que no te enfades. Pero el muchacho estaba ya enfadado y metió el diván a regañadientes, como hacía casi todo en la vida.

Un día más había pasado. ¿Mañana su esposo aún estaría aquí? Pidió a Dios que se lo dejara todavía un poco más. A pesar de todo, seguía necesitándolo…

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La cebolla de Dostoyevski | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego 

Leí Los hermanos Karamazov cuando era joven, lo cual fue muy bueno y también muy malo. Muy bueno porque cuando un muchacho de veinte años lee una novela como ésta sin dejarla a la mitad, quiere decir que en el futuro ningún libro, por voluminoso o difícil que sea, logrará espantarlo; y muy malo también, porque a esta edad uno no comprende obras filosóficamente tan complejas más que a medias.

Sea como sea, algunas frases se me quedaron en la memoria tras aquella lectura juvenil. Y justamente buscaba una de éstas la semana pasada para citarla en uno de mis artículos cuando, de pronto, al abrir el libro, me encontré con esta historia bellísima. ¿Cómo es que ni siquiera la recordaba? ¡No, no había leído “Los hermanos Karamazov” con la seriedad debida! La prueba estaba en esta historia olvidada. Hela aquí; la cuenta Grushenka a Aliosha Karamazov, y creo que también a Rakitin, un seminarista mediocre y grisáceo que está siempre al lado de aquél sin que uno sepa muy bien por qué razón. En fin, todo comienza cuando dice Grushenka:

-“Por mala que me consideres, yo también he intentado una obra buena, yo también he dado una cebolla. ¡Perdóname, Aliosha! –dice la mujer con risa nerviosa-. Permíteme referirte la leyenda que Matriona, la cocinera, me contaba cuando yo era niña…

“Érase una vez una mala mujer que murió sin dejar vestigio de una sola virtud. Se la llevaron los demonios y la echaron al lago de fuego. Su ángel de la guarda se devanaba los sesos para descubrir en ella una sola virtud que ofrecer ante Dios en su defensa. De pronto se acordó y dijo al Señor:

“- Una vez arrancó de su huerto una cebolla y se la dio a una mendiga.

“Dios le contestó al ángel:

“- Pues toma esa cebolla, busca a esa mujer en el lago de fuego y échasela para que se agarre de ella, y si de este modo consigues tirarla hasta la orilla, entrará en el paraíso; pero si se partiese la cebolla, se hundiría de nuevo entre las llamas.

“El ángel buscó a la mujer y le tendió la cebolla.

“-Toma –le dijo-: agárrate de ella e intenta subir.

“Y la mujer empezó a tirar de ella con precaución; ya estaba casi fuera del infierno cuando los demás pecadores, viendo cómo era sacada del lago en llamas, se asieron de sus ropas, queriendo aprovechar también éstos ese momento de buena suerte. Pero la mujer, que era muy mala, les daba fuertes puntapiés, y gritaba:

“- ¡La cebolla es mía, no vuestra! ¡Es a mí a quien salvan y no a vosotros!

“Pero al pronunciar estas palabras se partió la cebolla y la mujer volvió a caer en el lago, donde arde todavía. El ángel se fue llorando”.

Y así acaba la historia. ¡Ah, es tan buena que no quiso Dostoievsky dejar de endilgársela al lector poniéndola en boca de cualquiera de los personajes de la novela, el que fuera, con tal de que no quedara sin contarse!

He aquí las conclusiones que se pueden sacar de ella:

  1. Nos salvamos únicamente por lo que hemos dado. ¡Si esta mujer terrible hubiera regalado a la mendiga una cosa mucho más sólida, o quizá tres cebollas en vez de una sola, ahora estaría salvada! Pero, tristemente, no le dio más que una, y ésta ya casi podrida…De ahora en adelante, cuando dé alguna cosa, me preguntaré: “¿Es lo suficientemente sólida y fuerte para asirme de ella cuando mi ángel de la guarda, Dios no lo quiera, me tenga que sacar del lugar de castigo, es decir, del lago de fuego?…

Pero otras interpretaciones son también son válidas:

  1. Pese a ser sólo una hortaliza, es decir, una cosa sumamente frágil cuando se tira de ella, la cebolla no se habría roto si la mujer no se hubiese puesto a patalear como lo hizo buscando quitarse de encima a los demás condenados. De haber aceptado llevárselos consigo, sacándolos del infierno, habría realizado, en el último momento, una obra buena, gracias a la cual se habría salvado con toda seguridad. Pero ya sabemos lo que esta envidiosa hizo y lo que sucedió después.
  2. El valor de las pequeñas cosas es infinito. Si no se quedará sin recompensa un solo vaso de agua que hayamos dado con generosidad (Cf. Mateo 10,42) en nombre del Señor, ¿por qué va a quedarse sin premio una cebolla?

Pero, ultimadamente, ¿por qué hemos de sacar conclusiones si Grushenka no las sacó? Ella, una vez contada la historia, pasó a otra cosa, como diciendo: “Que cada uno saque de ella lo que más le convenga, lo que le inspire su conciencia; en fin, lo que quiera”.

¡Sí –me digo-, la mujer, con esos movimientos bruscos que hizo lo echó todo a perder! ¡Un gesto de solidaridad, uno solo, habría sido suficiente para escapar al castigo!

“He aquí que mi ángel me tira esta cebolla como un lazo. Agárrense de mí y tratemos de salir de aquí todos juntos, hermanos”. ¡Ah, con decir esto hubiera bastado! Y, no sé, tal vez el infierno hasta hubiera quedado vacío. ¡Lo que vale un gesto pequeño delante de Dios!

Pero no, nadie se salvará sin haber dado algo a alguien en esta vida, aunque este algo sea algo tan barato, tan pequeño e insignificante como una frágil cebolla…

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El moribundo y la taza de café | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

¿Desde cuándo he perdido las palabras? Yo hablo, pero ellos no me escuchan; mi voz ya no los alcanza. ¿Es esto la muerte: escuchar sin responder, palabras que quedan sin respuesta? ¡Ah, la muralla de mis dientes no deja escapar nada!

Cuando están en torno mío, apretujándose en las orillas de mi cama, hablan despacio y se dicen entre ellos: “No reacciona”. Y me palpan la frente y observan el termómetro y se inclinan sobre mí para decirme al oído dulces palabras que nunca escuché en otro tiempo: palabras que siempre eché de menos. Por lo demás, no hay necesidad de que se inclinen tanto: yo los oigo perfectamente y lo entiendo todo.

Ayer, por ejemplo, usted se mostró muy pesimista, y hoy creo que lo está todavía más, pues acaba de decir en un tono muy grave y muy afectado y muy solemne que había que caer en la cuenta de que la medicina no era aún todopoderosa; que, dada la situación en que me encontraba y las complicaciones que se habían presentado…, etcétera. Está bien, doctor: acepto con resignación que la medicina no sea aún todopoderosa, pero ¿lo será algún día, alguna vez?

Además, no se debería usted apenar demasiado, doctor: yo nunca he desconfiado de sus remedios –que, dicho sea de paso, no han remediado nada-, ni de su competencia profesional. ¡Dios me libre de dudar de usted! Lo único que en realidad quiero decirle es que no debe preocuparse más de lo debido. ¿Y por qué no? Trataré de explicárselo de la mejor manera. Mire, doctor, yo no sé lo que me pasa, pero usted sí lo sabe, y a esto que me pasa usted lo llama morirse. Si esto es así, doctor, déjeme decirle entonces que morir es bien sencillo. ¿Puede imaginarse que hasta me siento relajado? Yo siempre sufrí de insomnios, pero ahora el sueño llega como un amigo: de repente y sin avisar. ¡Qué bien!

Yo creía que, en trances como éste, los moribundos ponían los ojos en blanco, sacaban la lengua, gemían como endemoniados y se ponían a recitar frases definitivas o, ya por lo menos, inolvidables. Pero no; por lo menos yo, no siento nada de esto; quiero decir, ni creo que esté bizqueando, ni creo que a partir de ahora me ponga a hacer estas cosas que tan ridículas me han parecido siempre. ¿Por qué nadie me había dicho antes que morir era algo así como dormirse?

Pero no es de esto de lo que quiero hablarle. ¿Doctor? ¿Me escucha usted, doctor? De lo que quiero hablarle, más bien, es de otra cosa. De la melancolía que siento, de la tristeza que me da, de la envidia que me invade cuando pienso en lo mucho que echaré de menos la luz de este sol que apenas alcanzo a presentir  a través de las cortinas en esta alcoba climatizada. ¿Cree que no echaré de menos el sol? Sí, y también el frío de la noche, ese vientecillo polar que me hacía meterme en la cama recordando los buenos tiempos en que era niño y mi madre me arropaba.

¡Y luego las calles! ¡Qué espectáculo! Luces que se prenden y se apagan, voces que gritan, niños que silban, autos que corren

. ¡Qué carnaval de rostros es una calle! ¡Rostros de todos los colores, alegres, grises, simpáticos, furibundos, luminosos, cetrinos, bellos, únicos! Quizá lo que más echaré de menos serán los rostros. ¡Qué novedad, qué prodigio! Ninguno parecido a otro, un milagro cada uno. Caminar por una amplia avenida es haber visto miles de milagros que gesticulaban, saludaban o miraban distraídos…

Pero no lo quiero abrumar con mi discurso, doctor. Únicamente he querido decirle que echaré de menos muchas cosas, muchas voces. También, por supuesto, extrañaré mis libros. Ya no podré tocarlos, ni acariciarles la portada, ni ponerles marcas. ¡Ah, doctor, morir no es duro por lo que viene después, sino por lo que se deja!

¿Usted cree, por ejemplo, que no echaré de menos el ruido del mar, la voz de mis amigos, la taza de café?

Y aquí es donde digo: Dios tiene que hablarnos muy dulcemente para que aceptemos morirnos; tiene que llamarnos a su casa con muy buenos modales para que prefiramos irnos con Él, pues no es fácil dejar a la deriva y como abandonado todo lo que amamos.

¡Qué envidia siento por los que se quedan en este pobre mundo lleno de injusticia y de belleza! Irán al mar, se bañarán en él, y cerca de ellos rugirán las olas. Y cuando haga frío –ese frío que tanto he amado- se encerrarán en la cocina contándose historias anodinas al amor de la lumbre. Y se mirarán a los ojos, y se dirán que se quieren, y se hablarán por teléfono sólo para demostrarse que no se olvidan.

¿Sabe usted, doctor? Hay unos versos que me gustan mucho, y me gustaría recitárselos ahora, a modo de despedida; los escribió Carl Sandburg (1878-1967), el poeta estadounidense, hace ya muchos años, y dicen así:

 

¡Golpea los barrotes!

Lanza un grito

y sal, si puedes.

Sal al encuentro del mar,

de la luna, de la casa,

de la taza de café.

 

Quizá la Felicidad, doctor, no sea más que la suma de estas modestas felicidades que la vida nos da todos los días. El mar, la luna, la casa, la contemplación fugaz del rostro amado, la llamada que esperabas y acaba por llegar, es decir, el cariño correspondido.

Y ahora, doctor, si me lo permite, cerraré los ojos, y también los oídos. ¿Me escucha todavía? A juzgar por los gritos y el tumulto que escucho alrededor de mi cama debe estar pasándome algo realmente muy grave

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El pobre Señor Goliadkin | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Jacobo Petrovich Goliadkin era consejero titular en aquellos tiempos gloriosos en que los consejeros titulares eran vistos por todo el mundo, y sobre todo en Rusia, con cierta admiración. Por ejemplo, a nadie hubiera permitido este calvo y honesto burócrata un tuteo imprudente o una falta a las reglas de la cortesía. Las distancias, como quiera que sea, debían ser siempre respetadas.  Digamos, pues, que Jacobo Petrovich Goliadkin, más que caminar por la vida, flotaba, y que aunque no era rico tampoco lo pasaba tan mal. Claro, ¿cuándo se ha visto que los que viven del erario público esperen con aprensión la llegada del casero o el recibo de la luz? Pues bien, nuestro consejero titular había vivido del Estado desde muy joven, de modo que, en cierto sentido, podía decir con el salmista que nada le faltaba. Y en tal mundo de ensueño habría transcurrido la existencia de este irreprochable funcionario si no hubiera sucedido algo que… pero vayamos por partes.

Un día, Jacobo Petrovich Goliadkin, habiendo salido de la oficina y tomado una de las calles de San Petersburgo, vio a lo lejos a un hombre que se parecía mucho a él. Viéndolo más de cerca, llegó incluso a admitir que se le parecía demasiado, y esto, como podrá imaginar el avispado lector, no le hizo maldita la gracia. ¿Cómo es que había en la ciudad un hombre que era algo así como su doble? Por más que puso a trabajar su cerebro (cosa en la que, a decir verdad, no son muy duchos los consejeros titulares) llegó a la conclusión de que no tenía hermanos gemelos, ni nada por el estilo, de manera que la existencia de aquel desvergonzado individuo lo sacó de sus casillas. ¡Qué broma más pesada le había jugado la naturaleza!

¡Dios mío!, se quejaba el señor Goliadkin, ¿de modo que también la naturaleza se había puesto contra él? ¿Y si el doble, por llamarlo así, cometía más de un destrozo público haciéndose pasar por él? No, no quería ni pensar en semejante eventualidad: se moriría de la pena. ¿Qué iban a pensar de él sus conocidos y compañeros? ¿Y si aquel diablo entraba, por ejemplo, a la casa de su jefe y decía cosas indecentes a la hija de éste, esa hermosa señorita de la que ni siquiera se atrevía a pronunciar el nombre? Todos pensarían, entonces, que había sido él, Jacobo Petrovich Goliadkin el autor de tales indecencias. Al pensar en estas cosas, nuestro funcionario se secaba el sudor de la frente, hablaba solo y hasta quiso ponerse a buscar por la ciudad a ese energúmeno que, aprovechándose de su cara, podía hacer cuanto le viniera en gana y sin pagar por ello las consecuencias.

Pero ni siquiera fue necesario buscarlo, porque en los días que siguieron a aquel encuentro desgraciado, nuestro consejero titular se encontraba a cada paso con su doble. En la oficina, fuera de ella, en las plazas y en los tranvías, él estaba siempre allí. Una mañana, harto ya de verlo por doquier, Jacobo Petrovich Goliadkin se acercó a él, lo tomó por las solapas y le dijo: «¿Cómo se llama? ¿Podría decírmelo usted?». A lo que el doble respondió amablemente así: «Jacobo Petrovich Goliadkin, estimado señor». ¡Cómo! ¿De modo que hasta tenían el mismo nombre? ¿Y no era esto para volverse loco?

Desde entonces la vida de nuestro burócrata se convirtió literalmente en un infierno. Sobornaba ujieres, interrogaba policías, se acercaba sigilosamente a los guardianes nocturnos para hacerles las preguntas más extrañas. ¡Hasta se llegó pelear más de una vez con su otro yo a la vista de todos!

Pues bien, si usted ya lo pensó, déjeme decirle que no se ha equivocado: Jacobo Petrovich Goliadkin se había vuelto loco. En realidad, no había tal doble, y todo lo que veía y pensaba eran puros cuentos -¿engendros, se los llama?- de su imaginación. ¡Pobre señor Goliadkin! El que quiera conocer la historia completa de su vida, haría bien en leer El doble, la novela del escritor ruso Fedor Dostoievski (1821-1881).

Sin embargo, lo que me interesa, al menos por ahora, es reproducir la entrevista que nuestro funcionario tuvo con su médico de cabecera pocos días antes del colapso. Como el pobre señor Goliadkin ya no podía más, digamos que se atrevió a hacerle a su médico una breve visita, y que éste, tras revisarlo atentamente, le habló así:

«-Cambie su modo de vivir. A esto se reduce todo mi tratamiento. Las distracciones le convienen. Frecuente usted a sus amigos, viva en sociedad. Tampoco hay por qué ser amigo declarado de la bebida. Conviva con gente alegre».

El señor Golidkin no entendía. ¡Él sentía morirse y el doctor le hablaba de asistir a reuniones y cambiar de vida! «El señor Goliadkin se apresuró a manifestar que vivía igual a todo el mundo; que se distraía honestamente, como pudieran hacerlo los demás; que podía acudir a los teatros, pues disponía, como cualquier otra persona, con los medios suficientes para ello; que durante el día se hallaba ocupado en la oficina, como tantos otros funcionarios de la Administración, y que por las noches solía quedarse en casa.

»-Hum –respondió el doctor-. No, no es eso lo que quiero decir. Lo que deseo saber es si de veras le agradan a usted las diversiones, si le gusta pasar alegremente su tiempo… ¿Qué vida lleva? ¿Continúa usted con sus melancolías o, por el contrario, se ha vuelto ya optimista? En una palabra, es precisa una radical transformación de su vida. Usted, en cierto sentido, debe variar su carácter. Es necesario que busque usted distracciones. Debe hacer también alegres cosas. No debe encerrarse en su casa. ¡Eso es altamente nocivo para su salud!».

¡Ah, doctor, usted es un sabio, usted había anticipado la catástrofe! Yo también, como el señor Goliadkin, apenas tengo tiempo para visitar amigos, escuchar canciones o ir a caminar a los parques. ¡Todo es trabajo para mí! Hasta podría decir que he perdido el gusto por las fiestas. De modo que, como no quiero que me pase lo mismo que a aquel pobre consejero titular, he decidido a partir de hoy seguir su tratamiento.

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