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#Entrevista | La historia de una víctima de Eduardo Córdova, el sacerdote pederasta
“Esos eventos eran horribles, me causaban ira y asco, pero no encontraba cómo ponerles un alto, encima intenté convencerme de que eran una prueba de dios”
Por: Luis Moreno
La Orquesta empredió desde hace cuatro años una investigación sobre el caso de Eduardo Córdova Bautista, el sacerdote acusado de cometer abusos sexuales contra decenas de niños en San Luis Potosí, durante al menos tres décadas distintas. De ese trabajo resultó el libro Eduardo Córdova: Los pecados de una ciudad, el cual será presentado antes de que termine el 2022. En días anteriores, Córdova cumplió ocho años de ser un prófugo de la justicia, por lo que consideramos oportuno publicar varios adelantos del material final. Aquí, en exclusiva, el primero de ellos.
(Entrevista realizada el 3 de septiembre de 2018 en San Luis Potosí. Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las víctimas).
La red de complicidad y poder que los sacerdotes pederastas tejen sobre su entorno, les provee del único elemento que garantiza la impunidad: el silencio. En casa de la familia de Mateo, una de las dos únicas personas que en el 2014 se atrevió a denunciar de manera penal a Eduardo Córdova, el silencio reinó durante mucho tiempo. El silencio fue dueño de Mateo durante los tres años que Córdova abusó de él (del 2000 al 2003). Durante más de una década, su familia enmudeció para decirle a las autoridades sobre el comportamiento del ex sacerdote.
La familia está dispuesta a que el silencio nunca más gobierne sus vidas. Su voz es la que generó que hoy Eduardo tenga una orden de aprehensión, sin embargo, el remordimiento, el coraje y la culpa, mantiene un hielo parcial en sus relaciones familiares.
«Aunque pasan muchos coches, hay horas en donde la casa es silenciosa», comentó Lucia, madre de Mateo, mientras yo aguardaba en su sala.
Mateo apareció, convalecía de una lesión en la pierna. Tiene cerca de 35 años, su amabilidad contrasta con lo rápido que uno percibe su deseo de pasar desapercibido, como una sombra que no rompe el orden.
Tras el protocolo para presentarnos, su madre percibió que la entrevista estaba por comenzar y se excusó: «los dejo, voy comprar algunas cosas». La casa quedó en silencio como lo pronosticó Lucía. Solo estábamos Mateo y yo. Él soltó una frase que sirvió como preludio para medir la dimensión de la historia que vendría: «A mí mamá todavía le cuesta mucho trabajo. Nunca hemos hablado abiertamente de esto. Somos una familia cerrada. Temas de sexualidad o íntimos no se hablan. Sobre el abuso, sé que a mi mamá le pesa, a mí también. Solo he sido completamente abierto en terapia y en ocasiones como esta entrevista».
Media hora antes, entrevisté por teléfono a Lucía, al concluir nuestra conversación ella me invitó a visitar su hogar para platicar con Mateo. Nunca antes nos habíamos visto, pero me trataron con familiaridad y confianza (como lo rescata la frase anterior de Mateo), como si pensaran que contarme su historia los acerca a estar mejor.
Pregunté a Mateo sobre su relación con la iglesia, y se describió como una persona que creció en valores católicos, pero los abusos a los que los sometió Eduardo Córdova lo hicieron dudar de su fe, pues nunca llegó la respuesta que le pedía a dios: «Fueron momentos muy fuertes en los que yo, con mi educación religiosa, oraba y pedía que eso acabara. Ocurría todo lo contrario, porque los abusos se incrementaron».
Mateo tenía 16 años en el 2000. Por entonces fue invitado a trabajar como ayudante de Eduardo Córdova. Aceptó. Sus labores eran variadas ya que iban desde ejercer como monaguillo, hasta atender cuestiones de intendencia.
Tres semanas después de su llegada, Córdova comenzó el despliegue del método para “preparar” a sus futuras víctimas:
«En la iglesia había varias secciones, una de ellas era la casa parroquial, ahí estaba el despacho del padre. Era un sitio apartado, tenía ventanas que daban a la calle pero siempre estaban cerradas, los vidrios eran rugosos y las cortinas gruesas.
»Yo trabajaba en unas impresiones que me habían pedido. Cuando casi terminaba, Eduardo se acercó desde atrás de mí, recargó mi cabeza en su hombro y empezó a decirme que me veía muy inquieto y disperso, decía que tenía que tranquilizarme. Tocaba mi frente, hombros y cabello. Me sentí muy incómodo, pero las palabras que utilizó me hicieron pensar que de algún modo intentaba ayudarme. Busqué un pretexto para cortar el momento, dije algo como “ah, ya salieron las hojas”. Córdova se fue y yo seguí en la oficina.
»Después de ese día algo se rompió. Comenzó a acercarse más: repetía lo de la cabeza en su hombro, me tocaba una y otra vez con el mismo discurso, “estás intranquilo, estás disperso… “. Luego noté que hacía lo mismo con otros compañeros. También tronaba el cuello y la espalda como quiropráctico. Algunos incluso lo buscaban para ello. Yo nunca tuve ganas acercarme así a él, no me gustaba».
Córdova atacaba el autoestima con insultos verbales, en los que resaltaba la indefensión, ignorancia e inutilidad del chico al que agredía, esto en contraparte a los acercamientos físicos que enmascaraba de ayuda terapéutica.
La experiencia que cambiaría la vida de Mateo llegó casi un año después de empezar a laborar en la parroquia de Nuestra Señora de la Anunciación: Eduardo Córdova tenía un viaje a la Ciudad de México para atender sus responsabilidades como apoderado legal de la iglesia potosina ante la Secretaría de Gobernación y la Arquidiócesis Primada de México. Lo invitó bajo el pretexto de que no le gustaba viajar solo.
«Acepté porque antes había ido a la ciudad con un amigo que me llevó a las plazas, a dar la vuelta, yo tenía esa idea sobre el DF. Los viajes con Córdova no eran nada parecidos a eso, se trataban de llegar al hotel e ir a la oficina del Arzobispado donde él tenía que ver sus asuntos, eran horas interminables.
»El trayecto del autobús de esa primera vez fue algo muy fuerte. Empezó con la línea de siempre “relaja tu mente, vas muy estresado, descansa”. Me tocaba la cabeza, hombros, estómago. Después comenzó a bajar. Para ese entonces los acercamientos eran muy usuales y yo los permitía porque trataba de buscarles un sentido espiritual.
»Córdova hablaba y hablaba, en cierto punto sentí su mano en mis genitales. Él seguía con lo de la mente en blanco, de relajarse, de no pensar en nada. Esta parte verbal servía para distraer. Estaba muy nervioso y asustado. No supe qué hacer, me quedé callado, pasmado, las piernas me temblaban y sudaban. El padre repetía una y otra vez que no enfocara energía en esa parte del cuerpo, decía que desaprovechamos fuerza por concentrarnos en los genitales. De golpe, él cortó el acercamiento, dijo que yo me quedara en el asiento y él se pasó al de atrás “para descansar mejor”.
»Llegamos a la ciudad, tomamos un taxi al hotel, nos cambiamos y fuimos a la oficina de la Arquidiócesis. Fue un día muy cansado, traté de entender por qué me había hecho eso. Yo pensaba que Eduardo Córdova no era una mala persona, que me quería ayudar. Busqué darle un sentido positivo a las cosas. Traté de no verlo como algo malo».
Mateo me narró que esa noche en hotel, Córdova rompió otra barrera en sus agresiones. Se quedó en ropa interior, sirvió un par de tragos de whisky derecho para “celebrar” lo que había pasado en el autobús. Brindó porque Mateo había dado “un gran paso”, ya que encontró el punto para dominar su mente y emociones.
El chico se negó a beber y Córdova insistió. Después de acabar con las bebidas:
«Se metió semi desnudo en mi cama. No intentó nada, solo estuvo ahí».
Eduardo y Mateo pasaron una noche más en la ciudad, durante la cual no volvió a haber insinuaciones ni tocamientos, incluso en el autobús de regreso a San Luis Potosí viajaron en asientos separados. Ese fue el primero de cinco viajes a los que el joven asistió.
Tras las primeras visita a la Ciudad de México, Córdova cambió su estrategia: disminuyó los tocamientos fuera de San Luis, a cambio comenzó a invitar a varios niños y jóvenes a dormir en la parroquia, sobre todo en las temporadas de mayor movimiento religioso (pascua, fiestas decembrinas, retiros juveniles…), con la justificación de comenzar temprano las actividades.
«La primera vez, me pidió quedarme en su cuarto. Mientras yo me bañaba, él entraba y salía. Después dijo que debíamos dormir sin ropa, ahí se empezó a acercar, me obligó a tocar sus genitales, él me tocaba a mí.
»Estos comportamientos se volvieron cada vez más frecuentes. Córdova buscaba motivos para que yo me quedara a dormir.
»Al principio solo era yo, después organizó eventos juveniles en donde algunos compañeros dábamos retiros y Eduardo nos invitaba a pasar la noche en la iglesia, unos en su cuarto y otros en la habitación que estaba al lado.
»Decía que lo que él hacía era enseñarme a controlar mi cuerpo: controlar mis erecciones, controlar las eyaculaciones, controlar la mente. Preguntaba si yo me masturbaba y comentaba que eso era desperdiciar mi vida, desperdiciar la semilla que dios me había dado. Insistía en que eso debería dejarlo para cuando tuviera una pareja».
La idea religiosa de que el padre Eduardo Córdova trataba de ayudarlo, hizo que Mateo soportara en silencio. «No sé cómo explicarlo, esos eventos eran horribles, me causaban nervios, estrés, ira y asco, no encontraba la forma de ponerle un alto, encima intenté convencerme de que me iban a servir para algo, que eran una prueba de dios».
Los depredadores sexuales suelen sofisticar sus métodos para conseguir nuevas víctimas y procuran ampliar los círculos de influencia sobre ellas. Una de las formas más censurables para esto consiste en utilizar a chicos que ya han violentado. Ese fue el caso de Mateo, quien invitó a José, uno de sus mejores amigos, a trabajar a la parroquia de El Paseo.
«José llegó a la iglesia cuando le pedí que me cubriera durante unos días en los que necesitaba faltar. Como él no tenía trabajo, aceptó. Córdova lo ofreció quedarse de planta en la iglesia. A él también lo invitó una vez a la Ciudad de México, cuando volvieron me contó que le había ocurrido algo muy parecido a lo mío. Él me abrió los ojos, hizo que viera que no estaba bien. Aun así, ambos seguimos».
Es difícil comprender por qué una víctima se queda al lado de su victimario, con Mateo la explicación reside en su religiosidad y el deseo de no afectar a su familia:
«Eran muy cercanos a la iglesia, tenían mucho respeto por Eduardo Córdova, incluso cariño, hacían cosas por él que tenían valor sentimental: le daban obsequios, hablaban bien de su persona, de verdad sentían aprecio. Yo no quería romper esa tela.
»Tardé mucho tiempo en entender que Córdova abusaba de mí. Las últimas veces que pasó me sentí impotente, en mi cabeza decía que tenía que dejar de pasar, no encontraba el valor de hacer algo.
»José fue el primero que decidió dejar la iglesia. Un día llegó muy contento a decirme “hoy es el día, ya no más”. Entró a la oficina del padre y renunció. Creo que había platicado algo con su familia. Él me decía que me saliera, no me presionaba, entendía que no era tan fácil».
Mateo optó por reducir al mínimo su contacto con el sacerdote sin abandonar su trabajo en la iglesia, fue hasta la última ocasión en que lo invitó a la Ciudad de México cuando por fin logró quebrantar el ciclo:
«El padre Córdova quería que lo acompañara a un viaje, yo me negué, así que él buscó a mi familia para que me convencieran. Acepté, fui a mi casa, tomé una mochila vacía. Corrí con José, él no estaba, su mamá me invitó a pasar. Sentados en su sala preguntó si quería esperarlo, ahí empecé a llorar y le conté todo. Fue la primera vez que hablé del tema con un adulto.
»José ya le había platicado lo que ocurría en la iglesia. Después llegó su hermana y entre las dos intentaron consolarme. Entró mi amigo y pasamos a su cuarto. Me dejaron quedarme. Yo no había avisado en mi casa, así que al día siguiente me fui. Cuando volví, mi mamá estaba llorando. Solo le dije que no quería regresar a la iglesia».
Mateo tuvo que volver una última vez a la iglesia. –Mi familia me ordenó ir a entregar las llaves que todavía tenía. No quería enfrentarme con Córdova. La familia de José me sugirió que lo interceptara cuando hubiera más personas. Me acerqué en una ocasión mientras el padre hablaba con un grupo de albañiles que construían un salón. Le entregué y me fui.
A la hermana de Mateo le pareció que detrás de la salida de su hermano yacía otra cosa. Después de algunas semanas de hacer su propia indagatoria entre los niños y jóvenes que trabajaban en la iglesia, estaba lista para confrontar las versiones:
«Ella me pidió hablar, sentí las piernas frías, sabía que algo venía. –Te voy a hacer dos preguntas y quiero que me las contestes con la verdad. Se rumora que el padre Córdova toca a los niños. ¿A ti te pasó eso? ¿Por eso dejaste la iglesia?. –Respondí que sí a las dos. Fue un shock, quería saber qué sabía, cómo se enteró».
Después de la revelación, la familia Mateo comenzó un proceso de casi una década para que Eduardo Córdova fuera sancionado, primero de forma directa con la iglesia y finalmente, en el 2014, con las autoridades judiciales.
La Orquesta: ¿Por qué interpusiste una denuncia penal 10 años después de lo ocurrido?
Mateo: En lo personal, no quería hacer nada, no sabía qué opciones tenía. Para mi familia fue difícil porque entendíamos el poder de Córdova, un poder religioso, jurídico y social, nos imponía mucho. Al decirle a mis papás, lo primero que buscaron fue ayudarme. Luego los vecinos comenzaron a reunirse y se acercaron al Arzobispado para exigirle que lo quitaran de su cargo y que se le atendiera clínicamente. Al no ver resultados creció el ruido. Después de todo ese tiempo José y yo presentamos la denuncia.
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Aunque dos personas han denunciado los abusos de Eduardo Córdova en la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, es probable que haya decenas de víctimas. Mateo al menos conoce de dos amigos más. –Estoy seguro porque lo hemos platicado. También apuntó que, gracias a la terapia y al tiempo, él y su familia han sanado parcialmente. Hoy es padre de familia y tiene una pareja que conoce la peor temporada de su vida. No obstante, Eduardo dejó en él una marca imposible de borrar, aunque no lo odia, –él no puede reintegrarse a la sociedad, pero sé que requiere de atención profesional. Antes de ir a terapia muchas veces pensé que me hubiera gustado que alguien hiciera el favor de matarlo. Ahora solo siento coraje, sé que aunque me vendió un discurso de que trataba de ayudarme, era muy consciente del abuso que cometía. Nunca hizo nada que me hiciera pensar que sentía un poco de culpa.
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Ocho años de silencio institucional y expedientes contra maestros en SLP
Entre 2017 y 2025, la Fiscalía de San Luis Potosí documentó al menos ocho procesos penales contra personal con funciones docentes por delitos sexuales contra menores, repartidos en al menos cinco municipios
Por: Haniel Valdés Velázquez
En octubre de 2019, un hombre identificado como David “N” era profesor de inglés en un preescolar de Matlapa. Ahí, según la Fiscalía General del Estado (FGESLP), violó a un niño de identidad reservada. El caso avanzó durante cuatro años hasta que, el 2 de diciembre de 2023, un juez lo declaró penalmente responsable de violación específica agravada y lo sentenció a 14 años y seis meses de prisión. La Fiscalía señaló entonces que el sentenciado enfrentaba más carpetas de investigación pendientes, sin precisar cuántas ni de qué naturaleza.
Es, hasta ahora, el desenlace judicial más contundente que se puede documentar en San Luis Potosí sobre personal educativo señalado de violencia sexual contra un menor. Pero no es un caso aislado ni reciente: es, más bien, el más antiguo y el que más tardó en resolverse de una lista que la propia Fiscalía ha hecho pública, boletín por boletín, durante casi una década.
En ese mismo municipio, Matlapa, pero en un caso distinto, un profesor de educación física identificado como Víctor “N”, de 35 años, fue detenido el 27 de diciembre de 2021 —tres años y nueve meses después de los hechos, ocurridos en marzo de 2018— acusado de violar a un alumno de un jardín de niños y de amenazarlo para que no lo contara. A diferencia del caso de David “N”, no hay en varias fuentes revisadas una sentencia posterior confirmada para Víctor “N”: lo último documentado es su detención y el inicio del proceso penal.
En Aquismón, un profesor de primaria identificado como Herminio “N”, de 41 años, fue detenido el 3 de enero de 2021 y vinculado a proceso el 11 de enero de ese año, acusado de manosear reiteradamente a una alumna cuando la niña se acercaba a su escritorio a que le revisara la tarea. Los hechos habían ocurrido en 2017 y 2018, es decir, entre tres y cuatro años antes de que el caso llegara a un juez.
En Ciudad Valles, un profesor jubilado identificado como J. Jesús “N”, de 58 años, fue vinculado a proceso el 25 de febrero de 2020 con prisión preventiva oficiosa. La Fiscalía documentó que la víctima, un niño de 14 años de una comunidad tének, había sido su alumno desde los 11 años, y que el hombre lo explotaba sexualmente desde entonces a cambio de dinero u objetos: no fue un episodio único, sino una relación de abuso sostenida durante al menos tres años antes de que un reporte al 911 —por la presencia de un adulto con un menor en un hotel de Ciudad Valles— destapara el caso.
En Rioverde, un maestro de 65 años fue detenido el 3 de noviembre de 2020, acusado de abusar sexualmente de una alumna de 13 años durante una clase de regularización. Es, de los ocho casos documentados, el único en el que no fue posible confirmar el nombre del imputado ni el estatus posterior del proceso. Rioverde tiene, además, al menos otros dos casos de personal docente señalado por delitos sexuales en años distintos —uno en 2019 y otro en diciembre de 2025—, que este medio no ha confirmado a fondo todavía y que representan, por sí solos, un hilo de reporteo propio.
En la capital, un docente identificado como José Manuel “N”, de 39 años, fue detenido el 2 de enero de 2022 —originalmente por hechos del 14 de diciembre de 2021— acusado de aprovechar unas clases de regularización a domicilio para tocar a una menor de edad.
El caso más reciente de este tipo documentado por la propia Fiscalía ocurrió en septiembre de 2025: un entrenador de fútbol identificado como Jesús Jaime “N” fue detenido en flagrancia, dentro de un vehículo estacionado cerca de una cancha de la colonia Valle del Potosí, en la capital, acusado de violar a una de sus jugadoras, de 12 años. El 13 de septiembre de 2025 fue vinculado a proceso por violación específica agravada, con prisión preventiva justificada.
Ocho procesos, cinco municipios, hechos que van de 2017 a 2025: no es un patrón nuevo ni exclusivo de este año. Es, más bien, una constante que la Fiscalía ha ido documentando boletín por boletín sin que, hasta ahora, ningún medio local —incluido este— la haya puesto junta.
Estos son solo los casos que se han viralizado o que han llegado al conocimiento público, muchos de ellos demorados o sin resolución legal, al menos verificable. ¿Pero cuántos hechos como estos no habrán quedado silenciados en el tiempo?
La ola de 2026
Los casos más recientes que ha cubierto este medio ocurrieron ya en instituciones concretas de educación media superior y superior, con nombre propio de por medio. En diciembre de 2025, una exalumna de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) denunció ante la FGESLP que un profesor de esa entidad académica, identificado como César Gabriel “N”, la había agredido con un cuchillo en un departamento donde ella se hospedaba temporalmente.
La UASLP se enteró del caso hasta enero de 2026 y no fue sino hasta el 10 de febrero —dos meses después de los hechos— que la Defensoría de los Derechos Universitarios separó al profesor de toda actividad frente a grupo , luego de que estudiantes tomaran las instalaciones del campus Pedregal en protesta. El 6 de marzo, la fiscal María Manuela García Cázares informó que un juez lo vinculó a proceso por violencia familiar y lesiones. La Fiscalía aclaró que la vinculación no implica sentencia y que el profesor presentó, a su vez, una denuncia contra la joven que sigue sin resolverse.
En octubre de 2024, el director del Colegio de Bachilleres de San Luis Potosí (Cobach) informó que tres profesores habían sido cesados en lo que iba del año por acoso; uno de ellos respondió con una demanda por despido injustificado, cuyo resultado nunca se hizo público. En mayo de 2025, una división interna en el Instituto Tecnológico de San Luis Potosí (ITSLP) salió a la luz por denuncias de abuso de autoridad y hostigamiento laboral; el caso fue turnado a la Fiscalía y al Tecnológico Nacional de México (TecNM), sin resolución conocida. Y en junio de 2026, La Orquesta documentó que una madre llevaba cuatro meses exigiendo, sin respuesta, que la Secretaría de Educación y la Fiscalía actuaran contra una maestra que golpeó a su hija, una niña con autismo, dentro de la escuela.
La cifra que cambió sin explicación
Ese patrón, construido caso por caso desde 2017, tiene un contrapunto en las declaraciones del propio gobierno estatal. El 22 de octubre de 2025, el entonces titular de la Secretaría de Educación de Gobierno del Estado (SEGE), Juan Carlos Torres Cedillo, informó que 11 docentes de distintas instituciones y regiones de San Luis Potosí habían sido cesados de manera definitiva por acoso, abuso sexual o discriminación, y que más de 30 adicionales habían enfrentado procesos administrativos con sanciones menores.
Cinco meses después, el 5 de marzo de 2026, el mismo funcionario informó que “alrededor de 40 trabajadores” de diversos niveles educativos habían sido separados de su cargo tras confirmarse su participación en casos de acoso y abuso sexual. Torres Cedillo no explicó, en ninguna de las dos ocasiones, si la segunda cifra incluye a los 11 docentes ya mencionados en octubre, si se trata de una revisión retroactiva de expedientes anteriores, o si refleja casos nuevos confirmados en ese periodo.
Ninguna de las dos cifras de la SEGE coincide, tampoco, con el número de casos que la propia Fiscalía ha hecho público en sus boletines: los ocho documentados aquí corresponden a personal masculino identificado con nombre reservado ante un juez, mientras que las cifras de la SEGE son agregados administrativos sin nombres ni fechas. Son, en los hechos, dos conteos distintos de un mismo problema que ninguna de las dos dependencias ha cruzado públicamente.
El sistema que no se ve
Todos los casos documentados hasta ahora, desde el maestro de Matlapa a los procesos de 2026, ocurrieron en instituciones públicas. No existe, en ninguna fuente oficial o periodística consultada, un solo caso registrado en una escuela privada de San Luis Potosí. Eso no significa que no ocurran: significa que, si ocurren, no hay un mecanismo público que los documente ni una autoridad que públicamente los reconozca.
El contexto general de la violencia sexual en el estado tampoco ayuda a dimensionar el problema específico en las aulas. De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), San Luis Potosí acumuló 965 víctimas de delitos contra la libertad y la seguridad sexual en el primer semestre de 2026, con junio como el mes más alto del año (185 víctimas). En el comparativo contra el mismo periodo de 2025, las carpetas de investigación por estos delitos bajaron 15.5% en general, aunque el hostigamiento sexual aumentó 75%. Ninguna de estas cifras distingue si el presunto agresor era personal educativo.
Ninguna de las dos cifras que ha dado la SEGE vino acompañada de un desglose público por año, nivel educativo, municipio o estatus judicial, y tampoco lo ha hecho la Fiscalía respecto al conjunto de los ocho casos que sí ha documentado en sus propios boletines a lo largo de casi una década.
Es información que ambas dependencias deberían ofrecer por iniciativa propia, sin que medios o padres de familia tengan que reconstruirla boletín por boletín, como se hizo para este trabajo: se trata de personal que trabajó con menores de edad en escuelas públicas, pagadas con presupuesto del estado. Mientras esa información no se transparente por voluntad propia, la pregunta de cuántos casos existen en total y cuántos de ellos seguirán sin respuesta.
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Gusano barrenador: de 1,500 a 80 casos bajo control con mosca estéril en SLP
La entidad registra 80 casos activos de gusano barrenador mientras despliega control con 100 millones de moscas estériles producidas en Chiapas
Por: Redacción
Jorge Luis Díaz Salinas, titular de Secretaría de Desarrollo Agropecuario y Recursos Hidráulicos (Sedarh), reportó que aunque históricamente se registraron más de mil 500 casos de gusano barrenador en la entidad, actualmente hay 80 casos activos en atención, una cifra significativamente menor después del tratamiento de los animales afectados.
Díaz Salinas aclaró una confusión común: “porque piensan que son mil 500 activos y no lo son. Ahorita hay como 80 activos”. Las regiones más afectadas fueron Guadalcázar y Ciudad del Maíz, aunque también se ha presentado la plaga en animales domésticos como perros y gatos en la zona metropolitana.
Para combatir la mosca del gusano barrenador, Sedarh trabaja con el programa nacional de control mediante moscas estériles. Una planta en Chiapas, inaugurada por la presidenta Claudia Sheinbaum
, produce 100 millones de moscas estériles por semana. “Ya la están tirando”, confirmó Díaz Salinas, indicando que el lanzamiento ya ha comenzado en varias regiones del estado.Las moscas estériles son identificables por su color: “son más verdes, o sea, ahí vienen las fotografías. Es una mosca más verde como fosforescente”, explicó el titular, señalando que la población debe evitar matar estas moscas para permitir que cumplan su función de control.
Instó a la ciudadanía a reportar cualquier caso a través de Cenacica o a la Sedarch para intensificar el lanzamiento de moscas en las regiones afectadas.
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