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1986: el año que marcó un antes y después para el Perro Aguayo | Columna de Los Coliseínos

La catedral de la lucha libre

 

Miembro de una brillante generación, promovido con altibajos, parecía rezagarse pero finalmente El Perro Aguayo fue el ganador indiscutible. El triunfo de la perseverancia.

Partamos de un punto, detrás de cada resultado, campeonato y máscara hay una intención: crear a una estrella. Por eso, no hay queja más absurda que aquella que reza «le regalan triunfos para inflarlo». Seleccionar, promover y consolidar, son tres puntos básicos de la promoción.

Leer un palmarés requiere de contextualizar. A simple vista, algunos parecen más impresionantes de lo que realmente son y viceversa. Se comete el error de leer los nombres de los perdedores sin tener en cuenta la edad, racha y lugar que tenían al momento de la derrota.

Si en el palmarés aparece un luchador famoso por su mala racha en luchas de apuestas, decimos «no le ganó a nadie», cuando es probable que el mérito del vencedor sea el de haber sido el primero en vencerlo, o bien, el haberle roto una buena racha.

Por el contrario, si aparecen varias máscaras de inmediato se le tilda de bueno, sin reparar en el hecho de que varias de estas máscaras eran defendidas por reenmascarados o por luchadores que casi toda su vida lucharon sin ella y que ya solo estiraban al máximo sus carreras.

El Perro Aguayo surge en una década en donde las personalidades teatrales, dignas de una película de horror o del cine fantástico, empiezan a ser reemplazadas por personalidades más naturales. Hombres duros y cínicos que podías encontrar en cualquier parte.

El Solitario, Sangre Chicana, El Faraón y El Perro Aguayo son un claro ejemplo de ello. La gente amaba sus desplantes y excesos, su estilo de vida, su crudeza y rebeldía. En este contexto se dio una competencia muy dura entre luchadores de altísimo nivel.

En su peso natural Aguayo tuvo una extraordinaria década de los setentas. Entre máscaras, campeonatos y defensas acumuló treinta importantes victorias. Sin embargo, tenía un problema: No podía con los grandes y cerró la década con una mala racha.

Ya en los ochentas, al subir de división bajó el número de campeonatos y defensas aunque, paradójicamente, en esta época obtiene y defiende al que probablemente fue su campeonato más importante.

En materia de apuestas tuvo una breve racha de éxitos, aunque nuevamente se encontró con el mismo problema visto en la década pasada: sus números con luchadores de mayor o similar jerarquía no eran nada buenos. Su competencia directa tenía un mejor balance

La impresionante racha del Perro Aguayo se gesta a partir del segundo lustro de la década de los ochentas (Solo cuatro derrotas en 33 luchas de apuestas), en concreto, su buena racha empieza a partir de 1986.

¿A qué se debió este cambio? La siguiente conclusión a varios les podrá parecer controvertida pero a la luz de la evidencia parece muy razonable. Aguayo perdió la carrera corta con su competencia pero les ganó la larga porque fue mucho más profesional que ellos.

No es coincidencia que el año del despegue definitivo del Perro Aguayo coincida con el de la muerte del Solitario. Dicha tragedia aceleró una competencia que, creo yo, Aguayo de todas formas iba a ganar porque fue más profesional que su competencia y no se lo comió el personaje.

Entonces así veo las cosas. Analizando altas y bajas, el cómo, el cuándo y el con quién. Aguayo perdió varias luchas importantes en su camino a la consagración. Ya como súper estrella, solo perdió dos de treinta y un luchas de ese tipo.

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