enero 12, 2026

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#4 Tiempos

Un equilibrio roto y un golpe desde el más allá | Carlos López Medrano

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LUCES DE VARIEDAD.

Andrés Manuel López Obrador tuvo un gesto de pragmatismo luego de ser electo como presidente. Su gobierno, dijo, no apostaría a dinámicas persecutorias. “No es mi fuerte la venganza”, aseguró, “no creo que sea bueno para el país el que nos empantanemos en estar persiguiendo a presuntos corruptos”. En campaña habló incluso de perdón. Para evitar mayores turbulencias, se ponía un punto final a una era traumática en la historia del país. Un borrón y cuenta nueva a partir del que, ahora sí, ya no permitirían las canalladas de antes. El problema de esta polémica postura es que entraba en conflicto irresoluble con una cuestión existencial del proyecto que le llevó a Palacio Nacional: el enfrentamiento contra quienes abusaron de su posición en el sector público durante décadas, un antagonismo gracias al que se entiende su popularidad.

Atacar tan solo las corruptelas del punto B al punto C, implicaba dejar impune el espectro que partía del punto A, lo cual restaba fibra al discurso. Acaso por ello, y también ante los exiguos resultados en los primeros dos años de su gobierno, decaídos y criticados debido a crisis y fracasos en varios ejes, no quedó más que apelar a esa última baza, la más poderosa quizá, que implicaba de atacar frontalmente a las administraciones que le antecedieron. Un recurso para sacar en caso de emergencia. Un salvavidas político. La gran justificación a su permanencia.

La detención Emilio Lozoya llevó la cruzada al punto más radical. El exdirector de Pemex soltó denuncias al por mayor y amagó con videos que salpicarían a parte medular de quienes estuvieron al mando en los sexenios anteriores. El material, si se gestionaba cuidadosamente, se antojaba como el arma definitiva para demoler a corto y mediano plazo a la ya de por sí maltrecha oposición partidista. Con mayor o menor grado de separación, tales declaraciones, fueran honestas o no, anulaban a los competidores a golpe de titulares en medios. PAN, PRD, PRI e incluso formaciones embrionarias como México Libre se verían seriamente vulneradas a ojos de la ciudadanía. Todo iba bien para el gobierno, hasta que lo fue un poco menos. Un giro inesperado hizo trastabillar a lo que parecía infalible.

El caso Lozoya seguirá afectando a los involucrados, desde luego. Nadie sensato metería las manos al fuego por ninguno de los protagonistas de semejante telenovela. Pero entonces surgió una respuesta que posiblemente el proyecto de López Obrador no anticipaba. Un contrataque, dispuesto en los mismos términos (videoescándalos), proveniente de una parte del espectro político que tras meses de desfallecimiento terminó por dar señales de vida. No queda claro exactamente quién está detrás de las filtraciones. En ello probablemente hubo, en parte, fuego amigo, pero también otra influencia, un coletazo del viejo régimen, uno que se niega a morir.

La divulgación de videos que exponen al hermano del presidente en acciones presuntamente violatorias de la ley electoral pega de lleno en una parte sensible de la actual administración. Si ya antes había señalamientos a prácticas cuestionables de funcionarios de primer nivel (que podían personalizarse y por tanto no manchar el resto del organigrama), esta vez la sombra se extiende al ámbito familiar del líder y también a las prácticas de Morena en su persecución del éxito, maniobras indisociables de la estructura.

Aunque sacar conclusiones sería apresurado, lo anterior se antoja como el inicio de una lucha entre un bando establecido y uno difuso, de varios cuerpos y cabezas. Da la impresión de que el equilibrio se ha roto y que, de ser así, el marcador final no dejará un ganador en términos absolutos, sino que habrá pérdidas para todos los bandos involucrados, salvo que el gobierno federal decida bajar la velocidad y tranquilizar la balanza. O si es que los otros se quedan sin pólvora. Un revés del duelo callejero será el debilitamiento de la mediación institucional que pasa a segundo plano en pos de los ataques directos, el lanzamiento de lodo, el sálvese quien pueda. Un deterioro de acuerdo entre facciones, tan necesario, al menos mínimamente, para una sana vida democrática. Que no se confunda esto con una reivindicación de la impunidad. Cualquier mal manejo debe ser castigado según las disposiciones de la ley; priorizar el espectáculo, eso sí, trae efectos secundarios indeseables.

Es verdad que la presidencia tiene una ventaja sustantiva como lo es el manejo de un entramado de gobierno. En distintas oficinas y dependencias el presidente tiene a fieles mastines entregados a la causa que podrán presionar y lanzar mordidas intimidatorias desde sus respectivas esferas. No obstante, esta ventaja tiene puntos limítrofes, ya que, primero, levantará cuestionamientos (ya los hay) de una aplicación parcial de la justicia; y, segundo, cada uso de la carta Lozoya podría ser susceptible al contragolpe mediático que ponga en entredicho el espíritu de renovación moral que impulsa el gobierno. Este relato, que es uno de los principales sostenes de la presidencia, también es una debilidad en el sentido de que la pureza es difícil de sostener, no por lo que concierne al presidente de primera mano (que ha sido cuidadoso durante décadas en este tema), sino por quienes le rodean. Entre tantos subordinados, oficinas, acuerdos, parentela… siempre habrá alguna manzana podrida que estropee el cuento.

Tal es el peligro para el autoproclamado movimiento de regeneración, verse erosionado por una lucha a cara de perro que, por algo, en un principio se prefería soslayar. El presidente tendrá, sí, el recurso de lavarse las manos y pedir que cualquier eventualidad se solucione bajo los términos de la ley, una pulcritud que no confiere a las tropelías de sus adversarios, por cierto, a quienes utiliza para actos de proporciones circenses en conferencias que sustituyen a instancias especializadas que, junto a otras prácticas informales, transgreden el debido proceso. Además, a la postre será insuficiente, ya que eventualmente minará la retórica de un gobierno que prometió cambiar dinámicas enquistadas en la política. Si algún grupo logra instalar la idea de que los nuevos son iguales a los anteriores, el desgaste será inminente, aunque considero que sin la velocidad suficiente para un colapsar a Morena en 2021.

Por si fuera poco, el castigo a los propios colaboradores tiene un límite. Varios de ellos configuran parte básica de la cuadrilla por lo que no será fácil deslindarse de ellos o desecharlos, sin dificultades adicionales a la gobernanza. Tampoco hay proclividad a la aceptación del error. El relativismo aplicado a los yerros y claroscuros de figuras activas en el gobierno muestra que no hay una disposición estricta a eliminar los abusos de la clase dirigente del país siempre y cuando sean de parte decisiva del clan.

La lucha, pues, está abierta. Parece que la fuerza de los opositores fue subestimada y que, después de tanta deriva, estos últimos han encontrado una forma efectiva de socavar a la hegemonía actual, una que ha abierto demasiados frentes demasiado pronto, aunque obligada ante un contexto que no le ayuda con miras a las elecciones de medio término. La lucha contra los predecesores que es su gran reivindicación podría ser, paradójicamente, el inicio de un desgaste mayor. O puede que no, ya se verá en las elecciones, no tanto en las encuestas.

Después de la pequeña cisma que involucró a su hermano, el presidente manifestó que su misión continuará, pese a todo. Recurrió al enésimo paralelismo con referentes históricos a los que cada vez hay que meter con más calzador. Hay que decir que no está solo y él lo sabe. Tiene un respaldo considerable de la ciudadanía, una fracción de incondicionales que mantendrán firmes en su apoyo, sin importar los argumentos ni la evidencia que contradigan lo que finalmente es una creencia. Al contrario, cada golpe significará una nueva cimentación del dogma. Otros lo ven de un modo instrumental y tolerarán algunos pecados a cambio de la promesa de un bien mayor, como serían cambios de raíz en el entramado económico-social y la extirpación de lastres enquistados en el poder.

Lo que sí está en riesgo a nivel electoral son los apoyos dados en 2018 que se podrían categorizar como “coyunturales”, el hartazgo que constituyó una porción de los 30 millones de votos, cifra colosal que tiene algo de espejismo y que no equivale, como algunos creen, a un consenso, no al menos permanente. Una parte de ellos, imposibles de cuantificar, correspondieron no a incondicionales, sino a voto flotante que como vino se puede ir. La determinación de tales ciudadanos ante los hechos referidos medirá los alcances y límites de la actual administración, si bien las fuerzas que desafían a Morena perderán mientras estén dispersados.

#4 Tiempos

Los quehaceres de la providencia | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Por: Juan Jesús Priego

¿Ve usted, estimado señor, esta carpeta abultada? ¿La ve? Pues bien, déjeme decirle que contiene un manuscrito que he ofrecido ya, si las cuentas no me fallan, a una veintena de editoriales. He aquí lo triste, sin embargo: que, hasta ahora, todas me lo han rechazado o me han pedido tiempo para pensarlo mejor.

«Olvídelo, tenemos mucho trabajo», me han dicho unas. «Su obra es realmente prodigiosa y llena de interés, y no dudamos que hasta revolucionará el saber en más de un campo, pero por ahora no podemos publicársela», me han dicho otras. Y las demás ni siquiera se han tomado el trabajo de responderme. De modo que aquí me tiene usted, con mi eterna carpeta amarilla bajo el brazo.

¿Me creerá usted si le digo que ha habido días en que he decidido ponerme en huelga de brazos caídos y dejar de escribir? ¿Para qué seguir haciéndolo, estimado señor, para qué? En esos días de los que le hablo veo todo con tanta amargura que hasta el mismo sol me parece negro. ¿Es menester tomarse en serio un trabajo que a nadie le importa, salvo a este pobre servidor de usted? 

Una casa, por ejemplo, es esperada por quienes la mandaron construir, y mientras ésta va levantándose poco a poco, el arquitecto es animado a seguir adelante y a no desfallecer; lo mismo le sucede al médico y al industrial; pero, dígame, ¿quién echa de menos un libro que aún no ha sido escrito? Entonces tomo al respecto serias resoluciones, diciéndome a mí mismo: «¡Ya no más! ¡Ya no más!». 

Y arrojo la pluma al cesto de la basura y estrujo con ira el pedazo de papel. Pero al día siguiente todo vuelve a comenzar, como si en realidad nada hubiese sucedido la tarde anterior. Por si quiere usted saberlo, con la escritura no hay manera.

Escribir, ¿para qué escribir? He aquí, como se dice, la pregunta de los sesenta y cuatro mil. Sin embargo, hoy he cambiado de parecer; hoy mis hombros están mucho más relajados y casi diría que la vida me parece hermosa. ¿Y sabe usted por qué? 

Porque he leído una carta que ha provocado en mí una especie de giro copernicano, si me permite hablar de este modo. ¿Cree usted, acaso, que se trata de la carta de un editor en la que me anuncia que mi manuscrito ha sido por fin aceptado? ¡Nada de eso! A la que me refiero es a una carta que Hermann Hesse escribió a una amiga suya en 1928. ¡Ya lo ve usted, hace mucho tiempo! 

Y, no obstante eso, vea lo que este genio dice allí a su lejana corresponsal: «Querida amiga: ¿de modo que está vagando de nuevo por esas regiones de Salerno y Nápoles y de momento se ha tomado un descanso en Positano? Hay allí muchos alemanes y para usted este hecho debe tener evidentemente la ventaja de la comunicación verbal. Sin embargo, creo que podría entenderse y convivir mucho mejor con las criaturas meridionales, con los pescadores y los viñadores, que con esos artistas e intelectuales que…».

¿Me pregunta usted qué tiene que ver esto con lo que le decía hace un momento? Nada, es verdad; se trata, por ahora, de un mero preámbulo. Pero escuche lo que sigue: «Sí, y si deposita sus cartas en esos viejos y oxidados buzones, colocados entre las piedras, y luego se entera de que desde hace años y años ya no son usados ni vaciados y que desde tiempos inmemoriales no existen llaves para abrirlos, no se afane, querida amiga que, dentro de algunos decenios, encontrarán sus cartas y las exhumarán como a las ruinas de Pompeya. 

Volarán como mariposas, liberadas de la crisálida, y algún profesor interesado en realizar una compilación y un editor se harán famosos y adquirirán fortuna a través de estas cartas. Muy pronto, todos serán de la opinión unánime de que a partir de Bettina Brentano jamás fueron escritas cartas semejantes».

¡Éste es el párrafo que finalmente me ha abierto los ojos, estimado señor!

Después de leerlo, me he dicho a mí mismo: «Amigo, tú preocúpate en escribir tus cartas, es decir, en hacer lo que te toca; haz lo que sabes que es tu deber y luego deja lo demás a la suerte, o, mejor, a los quehaceres de la Providencia. 

Dios sabrá cuándo es necesario que tus escritos sean conocidos, si es que alguna vez es necesario que lo sean; acaso hoy no serían comprendidos ni mucho menos apreciados. Escribe; no dejes de hacerlo, pues eso y sólo eso es lo que depende de ti, que lo demás ya no te toca». 

¿No es consolador este pensamiento, señor? ¡Sí que lo es! Uno hace lo suyo, y lo hace lo mejor que puede; pero lo que no puede, es decir, lo que ya no depende de él, lo pone en las manos de Dios para que Él haga con la obra lo que quiera: para decirlo ya, un poco así como esas cartas que, ocultas en un buzón olvidado, alguien, algún día, rescatará. 

«Recuerdo –sigue diciendo Hesse-, por ejemplo, a cierto Knut Hamsun, que es hoy un anciano y goza de fama universal; los editores y las redacciones lo tienen en muy alta estima y sus libros se han reeditado varias veces. Ese mismo Hamsun fue un desesperado sin patria y en la época en que escribió sus libros más bellos y tiernos, andaba descalzo y andrajoso, y cuando nosotros, jóvenes rapaces entonces, abogamos por él y lo defendimos con fanatismo, cosechamos la risa de los demás o no nos escucharon». ¡Ese Hamsun del que habla Hermann Hesse es el mismo que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1920, según tengo entendido! 

Pero, ¿quién le hizo caso cuando era un joven escritor lleno de sueños? ¡El éxito, qué tarde llega siempre! Así que, a la luz de todo esto, permítame darle un consejo, señor; a usted que, como yo, no ve publicado casi nada de lo que escribe: nunca desespere, ni permita que se apoderen de su pobre corazón pensamientos descorazonadores. 

Usted haga lo que sabe que tiene que hacer –o sea, escribir, echando sus cartas al buzón herrumbroso- y, de ser posible, hágalo con ardor, con pasión, con elegancia y majestad, y luego pase a otra cosa. Eche la botella al mar, para que Dios, más tarde, la haga llegar a la playa, que es su destino.

De este modo las cosas se tornan mucho más sencillas y usted se salva de la desesperación. ¿No ve cuán sencillo es? Hágalo y verá los resultados. O quizá no los vea, pero esto en realidad no importa…

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#4 Tiempos

Hagamos cuentas | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Comienza el torneo de la Liga MX, un torneo previo a la Copa del Mundo es un torneo con reglas diferentes, este año la cosa es simple, solo los ocho mejores de la tabla general calificarán a la liguilla, lo cual reduce las posibilidades de jugar postemporada. Esta situación me hace pensar que San Luis tiene muy pocas chances de colarse entre esos equipos que pelearán por el título al final de la temporada regular. 

Pero en fin, como cada inicio, hagamos el ejercicio de pronosticar los puntos que puede llegar a hacer el cuadro potosino, jornada tras jornada. 

Jornada 1.- Tigres / derrota (0 puntos)

Jornada 2.- América / derrota (0 puntos) 

Jornada 3.- Tijuana / empate (1 punto) 

Jornada 4.- Chivas / empate (2 puntos) 

Jornada 5.- Necaxa / empate (3 puntos) 

Jornada 6.- Querétaro / victoria (6 puntos) 

Jornada 7.- Atlas / empate (7 puntos) 

Jornada 8.- Puebla / victoria (10 puntos) 

Jornada 9.- Mazatlán / victoria (13 puntos) 

Jornada 10.- Cruz Azul / derrota (13 puntos) 

Jornada 11.- Pachuca / empate (14 puntos) 

Jornada 12.- León / victoria (17 puntos) 

Jornada 13.- Monterrey / derrota (17 puntos) 

Jornada 14.- Toluca / derrota (17 puntos) 

Jornada 15.- Pumas / empate (18 puntos) 

Jornada 16.- Santos / victoria (21 puntos) 

Jornada 17.- Bravos / derrota (21 puntos) 

Según el presupuesto, 21 puntos tendrá San Luis al terminar la temporada regular

, una suma que le daría para culminar la competencia aproximadamente en el lugar 10 del torneo, mismo que lo estaría dejando fuera de los puestos de liguilla. 

Siendo realistas, la plantilla de San Luis es muy limitada, con buenos jugadores pero que no puede competir contra las grandes nóminas, es un plantel modesto con pocas incorporaciones y aunque en este torneo parece que tiene diferentes opciones, no aspira a grandes números para revertir por mucho lo sucedido en los torneos anteriores, el equipo humilde tiene que distinguirse por el trabajo y demostrar

Será un torneo complicado para San Luis, desesperante para la afición y de largo aliento para la prensa y dirigencia del equipo, ojalá que la suerte los apoye y el presupuesto aquí dicho se quede corto, que se sumen más de 21 puntos y se aspire a una calificación, ojalá las cosas mejoren y sea el despertar de una reconciliación con la afición, saquemos la calculadora, el rosario y suframos el bendito futbol mexicano, que al fin, es lo que hay.

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#4 Tiempos

SLP no es grande… pero su problema de transporte sí | Columna de Ana G Silva

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Corredor Humanitario

 

Ya no es molestia. Ya no es inconformidad. Es hartazgo puro.

Y no, no voy a buscar una palabra más bonita, porque no la hay para describir lo denigrante que resulta usar el transporte público en San Luis Potosí.

Los camiones potosinos son, sin exagerar, de los más caros del Bajío. Hoy el pasaje cuesta 12.50 pesos y, aun así, el servicio es lento, viejo, sucio, impredecible y profundamente irrespetuoso con el usuario.

En Guadalajara, una de las ciudades más importantes del país, el transporte cuesta 8 pesos. En Querétaro, sí, puede llegar a 12 pesos, pero ahí el transporte sí sirve: pasa seguido, es relativamente puntual y no te condena a perder media vida esperando.

Aquí no.

En San Luis Potosí hay personas que esperan 20, 40 minutos o hasta una hora para que pase un camión. Una hora. Solo para subir. Eso no es un “detalle operativo”. Eso es trato indigno.

Aquí mismo, los potosinos repiten que atravesar la ciudad en coche toma 15 o 20 minutos. Pero gracias a un sistema de transporte público miserable, ese mismo trayecto se convierte en una hora con veinte, de los cuales 60 minutos son solo de espera.

En la Ciudad de México, con tráfico brutal y distancias enormes, puedes tardar dos horas en un traslado, sí, pero no esperas. El metro, el pesero, la combi pasan cada 4 o 5 minutos. La ciudad será un caos, pero el transporte no te abandona.

Aquí el usuario espera como si pidiera limosna.

Y por si fuera poco, muchas rutas dejan de operar a las 8 de la noche. Entonces la pregunta es obligada: ¿qué diablos pasa con quienes salen a las 8, 9 o 10 de la noche de trabajar?

Antes, el transporte público funcionaba al menos hasta las 10:30 pm. Hoy ya no. ¿La solución? Que el usuario pague Uber o taxi. Y eso no es ocasional: Es diario, es de lunes a viernes, de lunes a sábado. Para quien gana el salario mínimo —o apenas un poco más— esto es un golpe directo a la cartera.

Y aun así, todavía se atreven… Margarito Terán, líder de los transportistas, dice que 12.50 pesos no les alcanza, que no les “presta” para dar un buen servicio y que necesitan subir el pasaje a 15 pesos (aunque de todos modos se la pelan, porque legalmente no pueden aumentar la tarifa más allá de lo que marca el Índice Nacional de Precios al Consumidor, INPC)

.

Seamos serios. La Secretaría de Comunicaciones y Transportes les ha señalado, año tras año, que circulan unidades con más de 10 años de antigüedad, algo que no debería permitirse en la zona metropolitana. Esto no empezó ayer. Pasó con Ricardo Gallardo, pasó con Juan Manuel Carreras y pasó antes.

Han sido omisos profesionales.

Prometen arreglar camiones. Prometen capacitar choferes. Prometen mejorar rutas. Y lo único constante es el mal servicio.

¿Quién no ha sufrido a un chofer grosero? ¿Quién no ha visto a uno hablando por teléfono, con la música a todo volumen, prepotente, echando carreritas con otro camión? ¿Quién no ha vivido eso de que se juntan dos unidades y una avanza a paso de tortuga, importándole poco o nada si el usuario lleva prisa?

Y luego está el clásico: acortar la ruta, aunque no sea su recorrido, porque “ya van tarde”. Y el usuario que se joda: se baja antes, camina, llega tarde, pierde tiempo y pierde dinero.

Eso no es transporte público. Eso es desprecio sistemático al usuario.

Por eso lo digo sin rodeos: si no pueden prestar un servicio digno, háganse a un lado.

Permitan que el Gobierno del Estado busque otra concesionaria que sí pueda, que sí quiera y que sí le alcance. Porque en otros estados ya quedó demostrado que con menos dinero se puede ofrecer un servicio muchísimo mejor.

Y ya ni siquiera es por el precio. Es por el tiempo robado, el maltrato, las unidades decrépitas, la falta total de respeto.

Basta de tratar al usuario como ciudadano de segunda.

Y ojalá —de verdad ojalá— que la secretaria Araceli Martínez Acosta se suba una semana, solo una, al transporte público para ir a trabajar. Que espere, que se desespere, que llegue tarde. A ver si así entiende la indignación diaria de miles de potosinos.

Porque el transporte público no es un favor. Es un derecho. Y en San Luis Potosí, hoy, ese derecho está secuestrado por la mediocridad.

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