enero 19, 2026

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#4 Tiempos

Un café tomado en Viena | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Tanta devoción profesamos al café que rara vez nos detenemos a pensar en la dificultad de un trago perfecto. En pocas ocasiones se alcanza, si somos honestos, y menos aún cuando se prepara con artilugios rudimentarios a merced del pulso, con medidas al tanteo. Siempre algo queda fuera de lugar: demasiado ácido, excesivamente amargo o con un dulzor que lo estropea.

El mayor rival es la temperatura. Al principio, quema los labios, el paladar, la garganta misma; es imbebible y uno se resigna a esperar. La tregua dura lo justo hasta que la tibieza gana la partida sin piedad, despojando a la infusión de su primer y tierno esplendor. Quisiéramos volver atrás unos segundos, recuperar ese instante en que el equilibrio aún era posible. Ya será la próxima vez…

Tener un café perfecto es muy difícil y qué más da, igualmente se le disfruta y adora. Disposición similar habría que tener con las relaciones humanas. Olvidar la manía de lo impoluto y entender que la convivencia diaria está llena de sinsabores, demoras y alguna caricia a destiempo. Igualmente regresaremos por esos instantes que iluminan la piel.

El café es un resorte que reanima. Sylvia Plath lo sabía bien, como comentaba en sus diarios. Se encomendaba a la cafeína para escribir libros en las mañanas. Le servía para rememorar, en la embriaguez de la vela, los días pasados en compañía, la variedad de destinos cruzados en las calles, frutas compradas en algún mercado.

El brebaje obscuro dispone la oportunidad de un nuevo comienzo ante una hoja en blanco. Reenfocar media existencia mientras básicamente se hace nada. El primer café del día se ha de tomar a solas, ya vendrá el tiempo de convivencia en el que entra esa segunda o tercera dosis que fluye con menos vibraciones, más como agua corriente, sin el témpano del trago inicial echado entre la modorra.

La digitalización del mundo moderno ha privado a muchos niños de una escena crucial, quizá modeladora de la prosperidad y de una conducta ejemplar desde los primeros años: bajar a la cocina y ver a un adulto que desayuna, hojea el periódico y toma café. El aroma de la bebida entremezclado con el del papel, el pan tostado y los huevos revueltos con mantequilla tejía una asidera a la costumbre: saber que el éxito, acaso, consistía en llegar a ese punto.

Ser estudiado, formar una familia y, pese a las ocupaciones, reservarse unos minutos al día para leer una crónica. Poco de ello queda. Las prisas son la norma, el tráfico impone desayunos fugaces, fragmentados. Una barrita de granola en solitario. Es posible que la ausencia de aquella escena haya condenado a las últimas generaciones, que, sin el magisterio familiar, acaban trastornadas por compañeros que en la escuela echan doritos nacho a sus emparedados de salchicha.

El café, desde luego, tiene algo de formativo. Stefan Zweig aprendía con las lecturas del colegio en sus días de bachillerato, libros robados de la biblioteca de los que echaba mano para salvarse en las clases aburridas que no le causaban el menor interé

s. Permanecer ante el pupitre debía de ser, para un muchacho inquieto, algo semejante a estar en la cama de un hospital o a cumplir condena en una celda.

Los profesores, con sus voces monocordes y sus lecciones reseñadas en harapos, tenían difícil competencia frente a la verdadera maestra de toda una generación: la propia Viena, una ciudad que a finales del siglo XIX hervía de expresiones culturales. Galerías, conciertos, estrenos teatrales; un coctel que enriquecía las mentes de un país que, como pocos, concentró una densidad inusitada de pensadores, economistas, músicos y escritores de primera línea. La instrucción escolar influía, sí, pero con menor tino. Como recordaría el autor de Carta de una desconocida, acudir a la Ópera, asistir a una representación de Lohengrin, era lo que en verdad marcaba la diferencia.

Y, entre todo, la mayor educación, la mejor academia, estaba en el café, en las cafeterías. Zweig mencionaba en sus memorias que el café vienés no era solo un establecimiento donde se servía bebida caliente, sino una institución, un club intelectual. Bastaban unas monedas para pagar el café y asegurarse una mesa: a cambio se abría un abanico de posibilidades. Las charlas con los amigos, con otros parroquianos, con el propio camarero, permitían aprender de buenas a primeras sobre historia, política y literatura, y todo bajo un esquema excepcional: individuos de alta formación mezclados en el entusiasmo de la conversación, una fiebre contagiosa que aceleraba la dispersión del conocimiento. El boca a boca, el intercambio de las mejores publicaciones de otras latitudes. Lo último llegado de Londres, París o Roma. Mentes brillantes coincidían en tugurios que eran, en realidad, gimnasios de la inteligencia. El grano tostado actuaba como su esteroide.

Frente a ello, la venerada actualidad, ofrece el ensimismamiento de audífonos y cafeterías de entrada por salida, videoconferencias para revisar el avance de las métricas. Un reel me ha dicho que las mentes millonarias no hacen sobremesa, Afuera espera lo belicón, el bellekaeo. Veamos cómo van las cripto o los mejores momentos de una conferencia dedicada a pelear con no sé quién.

Lo difícil del café es dar con el trago perfecto. Más aún, recuperar el mundo de ayer.

 

Contacto

Correo: yomiss@gmail.com

Twitter: @Bigmaud 

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#4 Tiempos

“Ya cállate, tenías razón” | Apuntes de Jorge Saldaña

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¡Ah culto público! Buen día y compañeros espero de bienestar:

Luego de unos días por aquí y por allá, regreso dichoso de hablarles. ¿Andan en grillas? Se pasan siendo tan temprano de enero.

Empezaré por el señor gobernador Gallardo que bien sabe, es mi bendición y maldición enterarme de todo: una llamada lo hizo decidir. No, no va la Ley gobernadora y qué bueno. ¿Y para qué? Diría Napoleón con José José. 

Lo dije en privado y en público y eso me queda de satisfacción. La señora y senadora Ruth le puede ganar a todos y a todas. Esa ley iba a causarle nada más oposición en todos los niveles por su percepción de “imposicón” (Ese CEEPAC de veras…jajaja)

Qué bueno que lo pensaron bien y ¿pues cómo no? si llamada fue clara: ganas ahorita o te gano después. Punto.

Morena local como sea (Dicen que el gobernador Gallardo hasta un Ron Potosí mandó a Gabino Morales).

Lo que sí hay que pensar es en no confiar mucho los Verdes de los de yate. Esos lo usan y ya. (Los yates).

Para el 2027 se abren de nuevo todas las posibilidades y ¿qué mejor? 

Si alguien no lo pensó pues yo tampoco: el que tenga la estructura gallardista va a ganar, y solo hay una condición: no abrir los cajones.

El color es lo de menos. El triángulo dorado que se llama Soledad, capital (ahí si con Ruth porque no son casualidad las fotos de Galindo y Ricardo ni los 800 millones para la capital) Pozos y Villa de Reyes, no son cualquier cosa.

¿Todo cambia? Sí. Todo. Pero no tanto. El Gallardismo junto a Morena solo tiene un hombre y nombre para la gubernatura (luego se los digo pero empieza con Juan)

Mujeres tienen varias cartas: desde mi tía Leonor, hasta la maestra Lola.

Oposiciones pues Galindo y ya. (Con el que prefiere entenderse que con otros y otras) y si me apuran pues con el que haga contraste, entendimiento y punto.

¿Y la familia? Bien gracias. Don Ricardo feliz de que su nuera sea alcaldesa…y ya.

En estos días y como para cambiar de temas, y para no ser el “ya cállate, tenías razón” pues deje les cuento mejor de crayolas.

Yo no tuve tiempo de colores, pero Holbox y León me enseñaron en tonos de grises y nada más. Por algo se empieza. Los arcoíris luego.

¿La uni? Que weba… es la única rectoría con pensamiento de pobreza en años. (Hasta Mario García, al que Marcelo le abonaba hasta casi en 31 de diciembre, hizo “El Bicentenario)

Hace poco hablé sobre las “Las dos promesas” y son las siguientes: Fabian no quiere 846 millones, le prometieron 84 mitad y mitad para la próxima rectora si es que se deja ganar. (No la menciono porque me da una flojera enorme responder sus solicitudes de réplica).

El rector pues tiene “vicerrectoras”,”vicerrectores”, sabelotodos y sabelotodas a su alrededor. ¿Para qué necesita más? Suerte. Perdiendo 86, con 189 menos y un amparo en contra para que los estudiantes no paguen, ojalá no le haya tocado además poner los tamales.

Seguro tomarán la mejor decisión. Igual que Ricardo mañana. (Hoy)

¿INTERAPAS? Feliz. No hay cosa mejor que le pueda pasar que Soledad se vaya y Pozos también. ¿A quien le van a echar la culpa ahora?

Yo mientras, si usted me lo permite o no, “voyatrair” el pelo suelto.

Hasta la próxima. (Ha que por cierto, que que la próxima puede ser desde la Pila, pero mire que me van a caer de maravilla 30 días de escribirle a lápiz y papel una iniciativa que traigo sobre que los y las jueces también tomen en cuenta la voz del afectado en las órdenes de restricción cuando se compruebe que el caballero jamás buscó a la dama)

Yo soy Jorge Saldaña.

 

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#4 Tiempos

La sabiduría de los antiguos | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Imagínese que llega usted al consultorio de un médico de reconocido prestigio y que éste, en vez de medirle la presión o de auscultarle el pecho, le preguntara: «¿Y cómo andan, estimado señor, sus relaciones con Dios? ¿No estará, por casualidad, enemistado con él?». Usted, sin duda, no sabría qué responder, y hasta es probable que dijera en su interior algo como esto: «¡Doctor entrometido! ¿Quién se cree que es? ¿Por qué debo confesarle cómo andan mis relaciones con Dios? ¿A él que le importa si creo en Dios o no creo? ¡Además, yo no he venido para que me confiese, sino para que me cure de este dolor de cabeza que no se me quita con nada!». 

Pues bien, según Robert Burton (véase, si no, su Anatomía de la melancolía, obra publicada por primera vez en 1621), tales son las primeras preguntas que todo médico digno de este nombre debería formular a sus pacientes. Extraño, ¿no? Pues no, ya que para él, como para muchos otros médicos de la antigüedad, la salud corporal estaba tan ligada a la salud del alma y del espíritu que, sin esta, aquella era simplemente imposible.

«Un francés sacrílego que intentó apoderarse de la imagen de San Juan, labrada en plata, que se encontraba en Birgburge –escribe Burton en su libro-, fue acometido súbitamente de rabia y empezó a arrancar pedazos de su propia carne. Según Girardo de Cambray, un señor de Rhadnos que por haber ido de caza regresó a altas horas de la noche y alojó sus sabuesos en la iglesia de San Avan, al despertar a la madrugada siguiente halló que los perros estaban atacados de hidrofobia y él mismo quedó repentinamente ciego… Tales relatos de poetas y escritores eclesiásticos parecen fabulosos, pero lo cierto es que existe el Dios vengador y son nuestros pecados los que atraen las enfermedades sobre nosotros». 

¿Es ésta una mentalidad que habría que considerar superada? ¿Es cierto que, como dice Burton, son nuestros pecados los que atraen las enfermedades sobre nosotros? En verdad, tales narraciones nos parecen realmente fabulosas, si no es que hasta inverosímiles; tomadas al pie de la letra, no dudo que hagan reír a más de uno, como me han hecho reír a mí. Sin embargo, para que se vea que lo que dice Burton no es, después de todo, tan descabellado, me permitiré contar a mi manera dos historias que me tocó ver de muy cerca. 

Un hombre empezó a sentir repentinos ataques de pánico. El primero de estos ataques hizo su aparición mientras cruzaba una gran avenida llena de autos que se movían en todas direcciones. Iba a mitad de la calle cuando, de pronto, sintió que las piernas ya no le respondían y que estaba a punto de desmayarse. ¡Aire, le faltaba aire: se asfixiaba! «Dios mío –gimió al llegar como pudo a la otra orilla-. ¿Qué me pasa». 

Por supuesto que tan pronto como pudo fue a consultar a un especialista. Éste le recetó una buena dosis de ansiolíticos que, por lo demás, no consiguieron que se sintiera mejor. «¡Estoy por morirme! –gritaba a su mujer-. ¡Estoy malo de los pulmones, quizá hasta tenga cáncer! ¿Por qué, si no, me falta tanto el aire?». 

Cuando me buscó para platicar conmigo, durante nuestra conversación salió a relucir, como de pasada, un dato que yo consideré de suma importancia: mi visitante, aprovechando diariamente las ausencias de su esposa, se internaba en el ciberespacio y mantenía una relación erótica, aunque virtual, con una mujer de la que ni siquiera podía estar seguro que no fuera otro hombre. 

Lo peor –me dijo- es que hasta había proporcionado a esa desconocida –o desconocido, quién lo sabe- una gran cantidad de datos personales, como por ejemplo su teléfono, su domicilio, etcétera. ¡Se sentía morir de pena! ¿Y si por culpa de este desliz que al principio él creyó inofensivo una banda de malhechores hacía algo a su esposa y a sus hijos? ¿Y si?…

-¿Y le platicó todo esto a su psicólogo? –le pregunté.

-Sí, pero no le dio importancia. Dijo que se trataba, en todo caso, de una relación que podía estar yo necesitando, de un escape inofensivo e inocente que no tenía por qué hacerme tanto daño; en fin, que no exagerara…

-Pues yo creo, con todo respeto, que allí justamente está el origen de su mal. ¿Por qué no hace usted un pequeño sacrificio y deja de una vez por todas esa relación culpable? ¿Por qué no suspende por un tiempo sus visitas a Internet?

El hombre siguió mi consejo y al cabo de unas semanas estaba mucho mejor. ¡Ahora sí le hacían bien los ansiolíticos, qué casualidad!

Otro caso. A un hombre que había abandonado a su esposa y a sus dos hijas por irse a vivir con otra mujer le fue diagnosticada una depresión severa. Como al hombre del ejemplo anterior, también a éste le fueron recetadas grandes dosis de antidepresivos con el mismo deprimente resultado. 

-¿Qué me pasa? –preguntaba el hombre.

-A mí, que no soy psicólogo, sino sacerdote, la cosa me parece muy clara: usted ha dejado a su mujer y a sus hijas abandonadas a su suerte, y esto, aunque a usted le cueste reconocerlo, es algo que le afecta enormemente. ¿Por qué no les pide perdón y vuelve con ellas? 

Así lo hizo, y debo decir que sólo hasta entonces los antidepresivos pudieron hacer lo suyo… 

¡Los problemas espirituales  no se curan con pastillas! «Por esta razón –sigue diciendo Burton en su Anatomía de la melancolía- Hipócrates quiere que el médico averigüe cuidadosamente si la enfermedad proviene de una causa sobrenatural y divina o sigue una evolución natural… Paracelso opina que las enfermedades del espíritu deben ser curadas espiritualmente y no por otro medio. En tal caso los tratamientos ordinarios son de poco provecho. 

¡Ah, no debemos desafiar las potencias supremas! Los médicos y los remedios pueden resultar del todo ineficaces y debemos confiarlos al gran poder de Dios, reconocer nuestras faltas e implorar su misericordia». 

¿Eran los médicos de la antigüedad tan ingenuos como a menudo se piensa? Yo termino ya, pues he agotado mi espacio; en todo caso, júzguelo el lector.

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#4 Tiempos

Dos partidos, tres puntos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Buen inicio de San Luis en el torneo, un triunfo sobresaliente de visita ante América y una derrota a pesar de un buen partido en casa frente a Tigres. Tres puntos que dejan tranquila a la afición por ahora.

Pero vamos por partes.

El torneo arrancó con dos jornadas apresuradas, en la primera San Luis recibió a Tigres y cayó 1-2, un parado de 4-3-3 que sorprendió a lo mostrado en el torneo anterior, jugando con Benjamín Galindo (recién llegado) como uno de los centrales acompañado por el brasileño Bambu, dejando a Eduardo Águila en la banca, con Roman y Sanabria por los costados, en el centro Macías, García, Salles-Lamonge, adelante con la nueva incorporación de Duarte por izquierda, quien evitó el sacrificio a Juanma y que por cierto, tuvo buenos momentos sobre todo en el primer tiempo, por derecha, Galdames que dejó dudas y seguramente no se quedará de titular en ese puesto a lo largo del torneo y en el centro el siempre confiable Joao Pedro.

Con esa alineación el equipo se vio bien en la primera parte, donde debió tomar ventaja pero ni Joao ni Salles-Lamonge pudieron concretar las claras que tuvieron frente al marco. Para la segunda mitad, Tigres cumplió y con dos buenos goles terminó llevándose los puntos, pero dejando un buen partido para los potosinos.

El juego de media semana fue distinto. Línea de 5, regresando Águila a la titularidad así como Pérez Bouquet, con ambos para dejar un 5-4-1 un tanto engañoso que se puede desdoblar a un 3-4-3

en ofensiva, algo que ya habíamos visto el torneo anterior y que desgraciadamente no dio buenos resultados, sobre todo en los últimos minutos. Afortunadamente ante América, el resultado se dio y se ganó de visitante. Buen funcionamiento y una variante mostrada respecto al primer partido, cosa que no era muy común en el torneo anterior, donde casi nunca había posibilidad de maniobra.

En resumen, a pesar de que sigo pensando que San Luis no será contendiente a los primeros ocho lugares que estarán en la liguilla, estos dos partidos dan buena cara de lo que puede presentar el equipo a lo largo del torneo, un juego con plantel limitado pero con variantes según el rival. Al menos Abascal ya puede echar mano de ciertos planteamientos que le den amplitud de juego, cosa que hacía falta el torneo anterior.

Aún quedan dudas como algún delantero por derecha o saber si en algún momento se atreverá a jugar con dos centros delanteros tomando en cuenta la llegada de Flores y Muñoz, o solo serán cambios por Joao. En fin, cosas que solo Abascal nos mostrará con el tiempo, pero hoy, el profe, sigue teniendo mi confianza.

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