mayo 20, 2026

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#4 Tiempos

Spiro, Spero | Columna de Juan Jesús Priego

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«Es bastante grave, pero si pasa de hoy, creo que se salva», dice el médico en voz baja a un marido atribulado en Sábado de gloria, el hermoso relato de Mario Benedetti, el escritor uruguayo recientemente desaparecido. Su esposa está pasando por una crisis agudísima; casi se podría decir que agoniza, pero, si pasa de hoy, se salva: así lo ha dicho el doctor.

Pues bien, lo mismo ocurre con el desesperado.

La desesperación es la falsa creencia de que todas las puertas están cerradas y que continuarán así por toda la eternidad ¿Qué es el presente para él sino una prolongación monótona de lo que ya ha sucedido en el pasado? ¿Y qué el futuro, sino un mero calco de lo que ya pasó? ¡Todo es igual, siempre igual! «¿Cómo soportar vivir todavía un segundo? Y, sin embargo, no sucederá nada, porque nada sucede nunca y porque nada más puede llegar para mí»: he aquí lo que se dice a sí misma Thérèse Desqueyroux en El fin de la noche, la sobrecogedora novela de François Mauriac. ¿Y sus palabras no reflejan bastante bien la manera de expresarse del que ha perdido la esperanza? «Lo que fue, eso será: no hay nada nuevo bajo el sol».

Para decirlo ya, desesperar es renunciar al futuro para quedarse anclado en un presente del que no es posible abrigar demasiadas esperanzas. Suicidarse no es sólo matarse uno a sí mismo, como dice la obvia definición; suicidarse es, ante todo, ya no esperar a mañana. ¡Si el desesperado hubiese pasado de hoy, seguro que se salvaba!

Los estados de ánimo son pasajeros, y las circunstancias en las que nos encontramos, también. ¿Quién nos puede asegurar que el problema que hoy tanto nos preocupa no se resolverá hoy mismo por la noche o mañana al amanecer? ¿Quién puede conocer el futuro o imaginar lo imprevisto? No bromeaba, pues, el humorista español Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) cuando dijo en una de sus Máximas mínimas que «el suicidio es la exasperación de la impaciencia».

Antes de morir, Macbeth, el héroe de una de las tragedias de William Shakespeare (1564-1616), dice en tono valeroso: «Hasta que el bosque de Birnam llegue a Dunsinane y yo esté frente a ti, a ti, que no naciste de mujer, intentaré todavía mi última posibilidad».

Tres brujas, las mismas que habían profetizado a Macbeth que llegaría a ser rey, le profetizaron después que no moriría sino hasta cuando «el gran bosque de Birnam «subiera marchando para combatirle en la alta colina de Dunsinane». Un extraño oráculo (como todos los oráculos, por lo demás) que Macbeth no supo interpretar sino hasta el momento en que se cumplía.

Desde la colina de Dunsinane (donde se emplazaba su castillo), Macbeth vio venir un día hacia él las tropas de Macduff, el enemigo que ansiaba aniquilarlo. Entonces lo comprende todo: la hora de morir está cercana. «¡Sopla, viento! –dice-; ¡ven, naufragio! Suena la campana de alarma. Pero moriremos al menos con la armadura puesta».

Antes de morir, Macbeth va a luchar, intentando sacar partido de la única posibilidad que le queda. No se tirará al vacío, ni se cortará las venas, ni perderá tiempo imprecando contra los dioses. ¿Por qué derrotarse a sí mismo antes de medir sus fuerzas? «Si no queda más remedio que luchar, luchemos», parece decir en un momento de serena valentía.

El filósofo judío Emmanuel Lévinas (1906-1995) interpreta así las últimas palabras de este hombre ya casi moribundo: «Hay siempre, antes de la muerte, una última posibilidad que el héroe tratará de aferrar. Héroe es aquel que alcanza a ver siempre una última posibilidad; es el hombre que, a pesar de todo, se obstina en encontrar posibilidades».

El héroe no se da por derrotado antes de comenzar la lucha; es posible que el combate sea feroz y que hasta resulte vencido en él; sí, es posible que así sea, pero no por eso aceptará pertenecer a la raza de aquellos que, según el decir de Emmanuel Mounier (1905-1950), «se quitan la vida para no tener que morir».

Desde esta perspectiva es posible afirmar que los hombres y las mujeres que se debaten entre la vida y la muerte en alguna cama de hospital son verdaderos héroes, pues están intentado la única posibilidad que les queda; acaso mueran, pero, en todo caso, morirán con la armadura puesta; tal vez la lanza de la enfermedad los deje finalmente sin aliento, pero no exhalarán el último suspiro sin antes haber luchado. Respirar es para ellos sinónimo de esperar.

«Mientras la rama no esté cortada del árbol, se justifica la esperanza», decía a menudo Baal Shem Tov (1698-1760), un gran maestro judío de la Europa oriental. Aun cuando alguien se encontrara solo y perdido en algún bloque de hielo del polo sur, siempre puede esperar que pasé por ahí un barco y lo rescate en el último momento; mientras no llegue la muerte, siempre habrá una última posibilidad. Héroe no es el que vence siempre, sino el que siempre espera.

Mientras escribo estas palabras veo salir a mi vecino por la puerta de enfrente. Siempre está de mal humor, y cuando lo saludo apenas me responde. Sin embargo, por su cara podría juzgar que ha sufrido mucho, y además desde que yo recuerdo vive solo. ¿Será que lo ha abandonado su mujer? Algo de esto oí hace algún tiempo, pero no hice mucho caso. Ahora lo saludaré con más entusiasmo que antes: tal vez sea un héroe de esos que hablo aquí. Pues, ¿acaso se ha suicidado? No, y la prueba está en que desde aquí puedo verlo con su rostro desencajado de siempre. ¡No se ha suicidado! Por lo tanto, es probable que esté jugando con la última carta que le queda… ¡Bendito señor de enfrente! Y yo que lo juzgaba con tanta severidad…

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El Cronopio

El formador de humanistas, Villaseñor Tejeda | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Hace setenta y un años iniciaban las actividades académicas de la extinta Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desaparecida ignominiosamente por motivos políticos en 1962. La UASLP caía en un largo periodo de oscurantismo del que costó salir, en la década de los ochenta, con el esfuerzo de la planta académica que comenzó su formación en la propia UASLP y que redondeara esa formación en universidades e instituciones de vanguardia a nivel mundial.

Sesenta años después se restablecían en la UASLP estudios humanísticos y sociales. Los primeros tiempos de aquella Facultad de Humanidades fueron brillantes y una pléyade de profesores figuraron en el claustro académico de la UASLP, muchos de los cuales han caído en el olvido y que hemos estado recordando en esta columna, tanto a profesores como profesoras que aparecen en el libro Damas de Potosí, perfiles publicados en La Orquesta.

En cuanto a la licenciatura de filosofía, activa en la actualidad en la UASLP, que cumple once años de ser reactivada, pues esta carrera era una de las carreras que existían en aquella Facultad de Humanidades, requiere conocer sus antecedentes y principalmente los profesores que le dieron vida en la década de los cincuenta y principios de los sesenta.

Uno de esos profesores fue José Villaseñor Tejeda, que impartió cátedra en la Facultad de Humanidades potosina de enero de 1958 a agosto de 1962, año y mes en que fue cerrada. A decir de Josefina de Ávila Cervantes, estudiante y profesora de la mencionada Facultad y de quien hemos tratado en esta columna, “el profesor Villaseñor fue el eje silencioso del cual partían y al cual volvían maestros y alumnos”.

En ese lustro de trabajo en la UASLP por formar maestros en filosofía y en letras escribiría su Introducción a la Filosofía, su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura y sus ensayos sobre Sócrates, Freud, Proust, Dostoievski, el humanismo y otros temas que fueron publicados en la Revista de la Facultad de Hum anidades, en Letras Potosinas y en Vitral, revista del Instituto de Cultura Superior, así como escritos inéditos consistentes en investigaciones filosóficas, ensayos sobre arte: pintura, cine, literatura.

José Villaseñor Tejeda murió joven, a los cuarenta años, el 23 de diciembre de 1968 en la Ciudad de México a donde fue a laborar al Instituto de Cultura Superior después del cierre de la Facultad de Humanidades. En ese Instituto reestructuró el curso filosofía de la religión que había iniciado en la UASLP. 

Villaseñor comenzó sus estudios de filosofía en el Seminario Conciliar de México y para 1947 pasó a la Universidad Nacional Autónoma de México donde terminó sus estudios de maestría en filosofía. Al terminar, ingresó como profesor a la Universidad de Guanajuato donde laboró por un poco tiempo al renunciar en protesta por el despido de un grupo de compañeros de trabajo tratados injustamente por las autoridades escolares.

Su compañera de aventura académica en la UASLP, la mencionada Josefina de Ávila lo retrata en un comentario de recuerdo: “La contrapartida de su historia -la que ofrece tan poco a aquellos que esperan todo de los hechos-, fue (usando términos suyos), su intrahistoria. Para quienes no traducen su propia existencia como un activismo urgente y aceptan, por el contrario, que la aventura del espíritu no puede ser corrida con la esperanza de una respuesta concreta y tranquilizadora sino con la pura actitud contemplativa, encontrarán en su obra una invitación a detenerse ante el misterio develable que envuelve y penetra esto que llamamos el Universo”.

El recuerdo de quienes contribuyeron al desarrollo de nuestras instituciones y, participaron en la formación de la juventud potosina y profesionales que contribuyen al desarrollo social es imprescindible en una institución que se jacta de ser representativa de la educación superior en el país; pero más importante es darles vida manteniendo su obra en difusión.

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Acento Ajeno

Educar en el siglo veintiuno es un acto de fe, no solo de vocación | Columna de Haniel Valdés Velázquez

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

¿Te has fijado que en las escuelas hay muchas maestras y maestros veinteañeros o apenas llegados a sus treintas? Hay mucha gente joven llevando en sus hombros el futuro de este país.

Muchos recién egresados de las universidades están eligiendo el magisterio como forma de vida, muchos viven hoy de formar nuevas generaciones, de enseñar lo que pocos años antes aprendieron. Y creo que no lo ven solo como un trabajo, lo ven ya, quizás inconscientemente, como su misión de vida.

Las redes sociales se han llenado de nuevos maestros que comparten sus experiencias, sus historias frente a un aula, y están construyendo una forma distinta de educar, una de cercanía, de compañerismo, de ser uno más de sus alumnos, porque sí, educan, enseñan, pero también aprenden y crecen en el proceso.

Las escuelas son hoy, más que nunca, una bonita convergencia de generaciones, maestros experimentados, con años frente al pizarrón, alumnos muy jóvenes y que apenas comienzan ese largo camino que es el crecer, y noveles maestros, más cerca en edad de sus alumnos que de sus compañeros de profesión, que inician su vida laboral en la más noble de las tareas, educar.

A veces sin apoyo institucional, con un Mario Delgado como secretario de Educación Pública al que le falta la educación y el sentido común, con directivos a distintos niveles, que se preocupan más por las ganancias o los días libres que por el objetivo principal de los centros educativos, los maestros siguen firmes en su convicción de que sin su trabajo no existirían los demás, no habría mañana.

Educar, en pleno siglo veintiuno, en este mundo en el que vivimos, no solo es un acto de valentía, es un acto de fe, de esperanza, de profundo amor. ¿Cómo no creer en ustedes, que hoy entregan tanto?

No felicito a los maestros hoy, eso ya lo han hecho todos, mejor les pido disculpas, por las veces que fui del grupito de atrás que había que separar, por las tareas sin hacer, hasta por los padres incomprensivos que no supieron ver que su hijos no eran los angelitos que ellos pensaban. 

Mejor les agradezco, sé que su labor no la hacen esperando la felicitación del único día del año que parece nos acordáramos de ustedes, les agradezco por seguir, por levantarse en las mañanas y salir dispuestos a cambiar vidas, a formar personas de bien, por no pensar en las carencias y solo ver oportunidades de crecimiento en cada alma que llega a sus clases.

A ustedes maestros, gracias, que no se les acaben nunca la experiencia, la creatividad, el amor y sobre todo, que no se les acabe nunca las ganas de construir futuro.

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El Cronopio

Filosofa Paula Gómez Alonzo y el papel de las mujeres en la cultura | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Con el propósito de preparar a las mujeres universitarias para que sirvan con mayor eficacia a los intereses de la colectividad, cooperando en esta forma al engrandecimiento de la Patria, se formó en la década de los cuarenta del siglo pasado la filial en San Luis Potosí de la organización Universitarias Mexicanas, situación ya tratada en esta columna.

Universitarias mexicanas en San Luis Potosí, reunía a las mujeres que estudiaban e impartían cátedra en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. La filial potosina tenía dos labores de fondo, una de aspecto cultural y, la otra de orden social; en el aspecto cultural se incluían charlas y conferencias sobre diferentes problemas de orden intelectual; la otra, de orden social que abordaba problemas como el de la miseria, la desnutrición infantil, entre otros. La desocupación, la prostitución y otros muchos, de los cuales hacen un minucioso estudio para luego presentarlos a las autoridades competentes y cooperar con ellos a su resolución.

Este movimiento nacional englobaba a un buen número de mujeres que se desempeñaban en el ámbito universitario y que contribuían al desarrollo del país en diversas áreas de estudio. Una de estas mujeres que colaboró con el grupo potosino y que visitó San Luis Potosí a dictar conferencias públicas fue la Doctora en Filosofía Paula Gómez Alonzo.

En 1953 dejaba la presidencia de la filial potosina de Universitarias Mexicanas, Rosario Oyarzun, ya tratada en esta columna, y se organizaron una serie de conferencias públicas, como era costumbre y como dictaban los objetivos de la agrupación femenina. Esa serie de conferencias estuvo marcada por los temas de filosofía, dándose cita en San Luis Potosí las escasas mujeres que realizaban filosofía en México y que se habían formado en la década de los veinte y treinta, como filósofas.

Paula Gómez Alonzo se considera la primera mujer en participar en la filosofía académica en México. Como es el caso de otras mujeres, realizó al menos un par de carreras para su formación, la del magisterio, como era común para ellas, y la carrera de filosofía, que cursó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta condición de caminar entre brechas en la formación y en el interés de estudio de las mujeres, hasta llegar a su objetivo de formación, lo subraya la propia Paula Gómez: “a las mujeres se les excluye de la educación, pero se les reprocha que no sean cultas”.

Paula Gómez nació en Etzatlán, Jalisco el 1 de noviembre de 1896. En 1932 recibió el grado de maestra en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

defendiendo la tesis: la cultura femenina; en 1951 recibe el grado de Doctora en Filosofía en la propia Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con la tesis: filosofía de la historia y ética.

Paula Gómez es una de las fundadoras del estudio de la filosofía en México, aunque poco o nada se le menciona en este sentido. En 1943, creó el curso de Historia de la Filosofía en México que se imparte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la que fue profesora de tiempo completo desde 1933 y en la que laboró por treinta y tres años; pero desde 1925 dictaba cátedra en la Escuela Nacional Preparatoria.

Impartió clase en todos los niveles educativos, además de su participación en actividades públicas de educación informal, como fue su participación en 1953 en San Luis Potosí y en actividades de dirección, al encargarse de 1930 a 1940 de la subdirección de la Escuela Secundaria número 8 y directora de la Escuela Normal Superior de 1947 a 1948.

Paula Gómez se convertiría en la primera mujer en recibir un Doctorado Honoris Causa, por su valiosa contribución al desarrollo de la educación y la filosofía en México. En 1962 la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se lo otorgó. Cuestión que es digna de mencionar, pues Paula Gómez, como otras de sus compañeras que hicieron filosofía en esa época, no suele mencionarse en la historia de la filosofía mexicana. Ya lo establecía Paula Gómez: “la diferencia entre los sexos es injusta, pues mientras la psicología del hombre parece separarse del especto físico, en la mujer se reduce a este”.

Paula Gómez Alonzo, que sentó las bases para la reflexión del papel de las mujeres en la cultura, murió en Coyoacán, en la Ciudad de México el 3 de noviembre de 1972.

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