#Si SostenidoMosaico de plumas

¡Gracias, Bong Joon-ho! | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

Todo en el cine es falso y, sin embargo, real

Fernando Solórzano- Misterios de la Sala Oscura 

Bong Joon-ho es una de esas personas sin importar lo lejanas que son a nuestra persona inspiran confianza y ternura. Ver su rostro genera una sensación de inocencia y su físico unas ganas inmensas de abrazarlo. Bong Joo-ho no me conoce y las posibilidades que lo ha son casi tan improbables como que el Atlas sea campeón, pero no importa, a Bong Joo-ho, le debo varias cosas, incluido mi matrimonio. Por eso al escuchar su nombre como mejor director una sonrisa irradió mi rostro, y aún más. cuando Parasite (2019) ganó — contra todo pronóstico nacionalista norteamericano— el Óscar a mejor película.

A Bong Joon-ho lo conocí en la Cineteca Alameda con su largometraje Snowpiercer (2013), protagonizada por Chris Evans, razón por la cual elegí el largometraje como mi primera cita — ahora marido—, pensé que si no salía bien, al menos tendría el consuelo de ver por dos horas la carita hermosa de Capitán América. Por suerte, mi cita no fue un fracaso, sin duda, por la narrativa de Bong Joo pues exponía en un futuro distópico la diferencia de clases sociales y la sobreexplotación de recursos naturales. Su tesis, el dinero es el poder más grande que existe, pero Bong Joo-ho daba una manera idealista y congruente de vencerlo, nosotros, los pobres. Demostrando así que, la unión hace la fuerza. 

Tenía 20 años y por vez primera sentía que el cine cambiaba mi pensamiento sobre mí y el mundo que me rodeaba. Sacudió mi butaca y mi mente, su tesis retumbó en mi cabeza por varias semanas Snowpierce fue un punto y aparte en la concepción que tenía sobre el cine. Lo anterior, permitió que mi date y yo tuviéramos material para muchas charlas donde cavilábamos y cuestionábamos, no sólo la propuesta visual, sino social del director coreano. Casi estoy segura de no haber elegido Snowpiercer como primera cita, el día de hoy escribiría desde la casa de mis padres, pues no habría quedado enamorada del cerebro de mi compañero, pues sus conclusiones sobre el largometraje me expusieron que no todos los hombres prefieren el cine de Michael Bay o la saga de Rápidos y Furiosos. Sin embargo, lo más importante es que Bong Joo me enseñaba que el cine puede ser más que entretenimiento.

Tesis que fue reforzada con su producción para Netflix Okja (2017), envuelta en una polémica por querer participar en los Óscar, al ser estrenada en el servicio de streaming y no en un cinema, me hizo saber de ella. Una noche, par de años después nos sentamos con unos taquitos al pastor frente al televisor. Y ahí estaba de nuevo la marca del director coreano, con una historia tierna, pero muy cruel de la supercerdo Okta que es criada en una buena familia para ser devorada. La película no sólo es un homenaje a la amistad entre niños y animales. Un retrato realista de la industria alimenticia y ganadera. Millones de animales son torturados para nuestro consumo mientras somos manipulados por las grandes trasnacionales para su beneficio. Y no es que no supiera dichas prácticas, es que nadie me lo había explicado con peras y manzanas como lo hizo Bong Joo-ho.  La escena donde los papás supercerdos intentan salvar a su cría del terrible destino es posiblemente una de mis favoritas en la historia del cine, pues pocas veces la crueldad y la salvación se logran equilibrar sin caer en el melodrama.

Esos taquitos fueron los últimos por un buen tiempo, pues me plantee si de verdad era necesario tanta carne en mi dieta, o al menos si existía la posibilidad de reducir el consumo en pro de la lucha contra la tortura en los animales para el consumo humano.

Cinco años, y un matrimonio, después de Snowpiercer, asistí a ver Parasite, para ese momento ya había sido estrenada en diversos festivales y la crítica la nombraba como la mejor del año. Por ende, mis expectativas eran altísimas, pues no sólo el referente de los críticos ya conocía su trabajo. Entré con miedo a la sala, lo más probable era que no fuera tan buena como decía y el tráiler no ayudaba disipar mi ansiedad, pues no decía mucho.

Lo que vi no me defraudó, en cambio, aumentó mi admiración por el trabajo del director coreano. Pocos filmes logran ir de menor a mayor en la transmisión de emociones; cada escena estaba tan bien puesta que la verisimilitud pasaba a segundo término cuando Bong Joo-ho colocaba elementos tan opuestos en un mismo cuadro. Como sus anteriores producciones, la película entretenía como debe ser el buen cine (no aquel que pretende serlo y sólo gusta de los esnobs de cine) y, además lograba transmitir un problema social de una manera hilarante y con toques de slasher. Parasite me dejó un buen sabor de boca y la duda sobre mi aroma que aún no logro responder.

Así, Bong Joo-ho me mostró que el cine puede ser arte, pero también una forma para denunciar y modificar nuestra realidad sin dejar de lado el propósito de entretener. Para todos aquellos que decidimos dedicarnos a las artes, puede asegurar que lo hicimos creyendo que a través de este podíamos hacer menos miserable el mundo que nos rodea.  El premiado director ha comprobado que no estábamos tan equivocados. Por esto y por muchas cosas más, ¡gracias, Bong Joo-ho!

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