junio 20, 2021

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#Si Sostenido

Sinceridad | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

Aunque la sinceridad tiene muchos enemigos, en este lugar, por razones de espacio, me limitaré a mencionar los tres más peligrosos.

 El primero de ellos es la opacidad o falta de transparencia. Cuando, por ejemplo, dice usted algo en voz alta, o cuando se ve en el deber de expresar una opinión respecto a un determinado asunto, ¿qué preferiría: que su interlocutor le muestre abiertamente su desaprobación o que se guarde sus impresiones y las diga después en otro momento y a otras personas, es decir, en su ausencia? La gente que sólo ve y calla tiene siempre algo de temible; son como los tigres, que no se sabe nunca cuándo saltarán sobre su presa. Hace muchos, muchos años, conocí de cerca un ejemplar de esta especie, y puedo decir que fue una de las experiencias más amargas de mi vida: sus ojos te seguían adondequiera que ibas, pero sus labios callaban. ¿Qué era lo que éste pensaba de mí? Nunca llegué a saberlo, y aún hoy mismo no lo sé, porque aunque sus ojos me siguen mirando, sus labios permanecen sellados. Sin transparencia las relaciones se vuelven demasiado recelosas, demasiado precavidas: se convierten en algo parecido al juego de un niño que se sabe observado por su preceptor a través de los cristales. «Vamos, juega, por mí no te detengas», le dice. Pero el niño sabe que todo lo que haga será conocido después por sus padres o tutores, y se contiene. Hace como que juega, pero en realidad actúa. (A este fenómeno  mediante el cual el observador se engaña creyendo que el observado nada sospecha de sus observaciones, los psicólogos sociales han dado el nombre -ignoro por qué razón- de efecto Hawthorne).

Otro enemigo de la sinceridad es la adulación. El adulador no es opaco, no se calla, pero dice más de lo que siente. «¡Oh, no cabe duda que es usted una persona de excepción! ¡Como usted no hay dos en todo el planeta!». Que no haya dos como nosotros en todo el planeta es cosa de sobra conocida, y para enunciar este lugar común no es preciso armar tanto jaleo; después de todo, tampoco como nuestro interlocutor hay dos en todo el planeta y uno no dice nada: ¿de dónde acá, pues, tales transportes? Entonces, casi por instinto, empezamos a hacernos preguntas del tipo: «¿Qué querrá de mí este señor?». En el tono del adulador hay siempre algo que induce a la sospecha y mueve a tomar las debidas precauciones. Recuerdo el caso de una niña que le decía a su padre calvo cada vez que quería obtener algo de él: «Papá: ¿te está saliendo pelo o estoy viendo visiones?» El padre esperaba que no se tratara de visiones, evidentemente, y una vez que se ponía en el estado de ánimo en el que la niña  lo quería, era fácil pedirle cualquier cosa. Todos los aduladores se comportan de la misma manera. No es que vean visiones: es que quieren otra cosa, y nosotros, en el fondo, lo sabemos.

Pero hay una tercera forma de atentar contra la sinceridad, y es, como ya hemos dicho en páginas anteriores, darla en dosis excesivas (propinarla más que darla). Se trata de la sinceridad del que dice: «Yo digo siempre lo que pienso», aunque, a decir verdad, nunca diga lo que piensa, sino lo que se le ocurrió en un determinado instante. Decir lo que se piensa sólo es posible cuando se le ha dado vueltas y más vueltas a un asunto y se tiene ya una opinión fundada sobre él, cosa que, por lo demás, raramente sucede. El sincero excesivo no dice nunca lo que piensa, sino más bien lo que no pensó, lo que no tuvo tiempo de pensar. Y, bien, lo dice; no se detiene ante nada: todas sus ocurrencias encuentran inmediatamente salida, pésele a quien le pese. Sus pensamientos son como un pus del que quiere liberarse para terminar de una vez con la gran infección que lleva dentro. «Usted disculpará pero yo soy así de franco. ¿Qué le vamos a hacer?».

No obstante, la sinceridad impone ciertas condiciones: la primera de ellas es que no debe ser inoportuna. A este respecto escribió Romano Guardini: «Hay personas veraces por naturaleza. Son demasiadas limpias para poder mentir, demasiado de acuerdo consigo mismas; pero a veces se debe decir: demasiado orgullosas. Esto, en principio, es espléndido; pero una persona así está en peligro de decir cosas en momentos en que no vienen a cuento, de herir a otros o de perjudicarlos. Una verdad dicha en mal momento o de mala manera puede también confundir a una persona de tal modo que le costará trabajo enderezarse otra vez. Esta veracidad no sería viva, sino unilateral, perjudicial e incluso destructora».

Otra exigencia de la sinceridad, sobre todo cuando se dispone a hablar de las personas –y ya no sólo de la historia anónima o de las noticias del día- es la reflexión, pues debe ponerse a pensar acerca de si lo que va a decir es algo que el otro pueda cambiar o no. Si sí puede, bienvenida la crítica; pero si no, ¿para qué hacerla? Hay un mar de diferencia entre que critiquen nuestros hábitos alimenticios a que critiquen el tamaño de nuestro mentón, por ejemplo. Nuestros hábitos alimenticios pueden ser corregidos con la ayuda de un especialista y de una larga paciencia, pero mucho me temo que con algunas partes de nuestro cuerpo no podamos hacer lo mismo. ¿Quién, por más que se preocupe –decía Jesús-, podrá añadirle un palmo a su estatura? Digámoslo de una vez: la verdadera sinceridad debe saber detenerse y callarse ante eso que a falta de otra palabra llamamos simplemente destino. Los demás pueden criticar nuestra propensión al tabaco, y no pasa nada (quiero decir: ni nos enojamos, ni dejamos de fumar); pero si nos dicen que nuestra voz es desagradable por chillona, allí arderá Troya, como se dice, y si no arde Troya por lo menos quedaremos muy heridos. Porque nuestros hábitos de vida podemos cambiarlos, pero no el timbre de la voz. Para esto somos impotentes.

Decía Epicteto, el sabio estoico, que sólo existen dos tipos de cosas: las que dependen de nosotros y las que no dependen de nosotros. Pues bien, la sinceridad sólo debe tener que vérselas con las cosas del primer grupo, es decir, con aquellas que dependen de la libertad, porque cuando se atreve a tocar despectivamente a las del segundo, al punto se convierte en burla.

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Demasiadas mujeres | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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A veces traes a una, dos o tres personas en la cabeza y estás demasiado cansado que no cabe otra más. Y a veces traes a quince y no has llenado todavía y tienes demasiada energía para gastar en otras diez mil personas más, pero al final del día no encontraste a nadie.

Compré sobres de colores para enviar cartas tristes a mis amigos, puede que también a algunas muchachas, ¿por qué no enviar cartas tristes a las mujeres? Las mujeres entienden todo pero hay cosas que no les hacen gracia y entonces se hacen las estúpidas y terminan por reducirte a un pobre estúpido mediante el hiriente conducto de la lástima.

Los textos sagrados no mencionan que Jesucristo follaba como un loco. Se tiraba a todas las mujeres, no por ser divino sino por ser humano. Luego se paseaba por los pueblos, brincando en pelotas, agitando un abanico para secarse el sudor y demás fluidos.

No te descuides, prepara un buen montón de mentiras para que las cosas no se pongan peor de lo habitual. Corre y cuéntales diez o doce mentiras más. Joseph Campbell le encontró mil caras al héroe y todo el mundo lo respeta. Encuentra mil mentiras qué contar y nadie va a decirte nada.

Luego, cuando todo esto mejore, nos inventaremos un saludo marcial para saludar a nuestro Ejército. Leeremos la biblia como se debe, guiados por un pastor yonqui con sida, preparado, con la claridad suficiente que ninguno de nosotros tendremos.

Ella me dijo: “te amo en tu condición de estar loco”, pero cuando llegó el momento de conocer a su madre, la locura se había ido, y ella dejó de quererme para siempre.

Me encanta el olor a alcohol en el aliento de las chicas, es un perfume único que dice muchas cosas a la vez, todas buenas, pero demasiadas como para explicarlas con palabras. Por lo demás, los padres de la chica con aliento a alcohol no estarán muy de acuerdo conmigo, es por eso que no son invitados a las noches de fiesta junto con sus hijas.

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#Crónica | No fue tu culpa, no fue el alcohol … ¿abuso sexual o violación?

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No se trata de quien es víctima y quien victimario; porque si preguntas a las mujeres, ¿quiénes han sido sufrido violencia en alguna de sus formas?, te sorprendería el resultado

Por: Itzel Márquez

Texto ganador del segundo lugar en el Premio Estatal de Periodismo 2021 dentro de la categoría de Crónica.

Este año, La Orquesta ha sido honrada con 4 galardones del Premio Estatal de Periodismo, para celebrarlo, publicaremos de nueva cuenta esos trabajos que fueron reconocidos por nuestros y nuestras colegas del medio. Esperamos que los disfruten.

Parece estar de moda denunciarla, pero la violencia sexual siempre ha estado ahí, como un testigo silencioso, normalizado y tan interiorizado socialmente, pero el “me too”, tantas famosas alzando la voz y el constante “si tocan a una respondemos todas”, nos han dado el valor de no callarnos más. Porque si en una habitación llena de personas piden que levanten la mano las mujeres que han sufrido violencia en alguna de sus formas, te sorprenderá el resultado.

Esta historia viene del 23 de julio de 2017, comienza como muchas otras, no era un día en el que se esperara mayor sobresalto: Julieta trabajaba en una cafetería desde algunos meses atrás y como era costumbre, ese sábado había decidido ir de fiesta con sus compañeros. Al término de la jornada laboral, pasaron por ella a su casa, tenían todo listo: comida y algo de alcohol. Ese día la fiesta sería en una de las casas de Beto, lejos de la ciudad para poder acampar y hacer una fogata.

Cerca de la medianoche, todos llegaron al lugar, escuchaban música, asaron malvaviscos y bebían un poco de cerveza. Al cabo de un rato, el anfitrión comentó que había un cementerio y una cancha de básquetbol cerca del lugar y propuso ir a caminar hacia esos lugares, a lo cual todos accedieron, un tanto porque el alcohol comenzaba hacer estragos en el organismo de los presentes y otro más para buscar aventura.

Todo marchaba bien, caminaron hacia ambos lugares sin más contratiempo; no obstante, al regresar de la cancha de básquetbol, Julieta comenzó a sentirse mareada, tropezó y Pablo la ayudó a continuar de regreso. Al llegar a la casa, comenzaron los shots de ese amargo licor, el tequila; uno, dos, tres, cinco… Julieta perdió la cuenta al grado de perder la conciencia, Pablo le insistió que se recostara un momento en la habitación para que se sintiera mejor, ella accedió, él la acompañó, cerró la puerta y la fiesta continuó.

Momentos borrosos y pocos recuerdos fueron lo que siguió en la mente de Julieta, cerró los ojos un momento y al instante siguiente tenía el busto descubierto y el pantalón desabrochado, de un lado de la cama estaba Beto y del otro Manuel, su hermano, una silla atrancaba la puerta para que nadie pudiera entrar. Ella quedó en shock sin saber qué había pasado, cerró los ojos otro instante y después vio entrar a Pablo, quien le dio un puñetazo a Beto en la cara, él solo dijo: “es mi vieja, ella me dijo que quería”.

Julieta sin saber qué hacer y al escuchar los gritos de todos, se vistió, luego se levantó de la cama y salió de la habitación, le pidió a Ana que buscara su celular, fueron por él al camino, subieron las cosas al automóvil mientras intentaban separar a Beto y a Pablo, él estaba furioso por lo que Beto (había o no hecho).

Condujeron a casa de Ana, todos decían que Julieta no podía volver así con sus papás. Fueron a casa de Ana, nadie sabía qué decirle a Julieta, Ana solo murmuró: “duerme, te sentirás mejor en un rato”; así fue y tras dos horas, Julieta despertó, dijo que quería ir a su casa, nadie se opuso. Comenzó a caminar, una calle tras otra, sabía a dónde dirigirse, pero en su mente no era ella.

Al llegar, sus padres le preguntaron cómo le había ido, ella solo dijo “bien”, sin más atención, se bañó y continuó con lo planeado para ese día.

Al pasar el tiempo, tal como cuando comienza a amanecer en el horizonte después de una larga oscuridad, los recuerdos volvían a Julieta: detalles de lo ocurrido ese sábado 23 de julio, pero tenía que seguir trabajando en la cafetería en donde Beto era su compañero, un día como si nada hubiera ocurrido, él se acercó y le dijo: “oye, estuve pensando en lo que pasó el sábado y solo quiero decirte perdón”, ella ni siquiera lo volteó a ver.

Cansada de tener que convivir con Beto, Julieta le contó a la encargada de la cafetería. Julieta nunca la había visto tan enojada, con la dueña no ocurrió lo mismo, ella solo dijo que no podía hacer mucho, porque “había ocurrido fuera del horario laboral”; Julieta solo pidió que no tuviera que volver a trabajar con él.

Una semana después decidió que era momento de hablarlo con sus padres, esa noche al salir del trabajo y llegar a casa, ella estaba tan nerviosa, lo único que pensaba era lo mucho que la iban a regañar, sus papás le dijeron: “tuviste que haber tomado menos, para poder defenderte”, se sentía llena de rabia. Su padre le sugirió que acudieran a dependencias locales para denunciar y que tomara terapia psicológica, después de muchas lágrimas y algunos abrazos, ella aceptó.

Al día siguiente su padre la acompañó, pero en el Ministerio Público, Julieta recibió comentarios como “te van a preguntar todo muy puntual y si no te acuerdas, mejor ni te desgastes”, o “si no recuerdas lo que pasó y no hay testigos, no podrás hacer nada”, ahí vio que legalmente no podría hacer nada, así que solo accedió a tomar terapia psicológica. Ese día, al llegar al trabajo, ella le contó a Ana todo lo que le habían dicho al querer tomar acciones legales, su amiga trató de consolarla: “tranquila, ya hicimos memoria todos y no pasó nada, también lo platicamos con Beto”; Julieta sintió de nuevo una rabia inmensa y solo se quedó callada.

Se fue de viaje una semana, la psicóloga le dijo que tenía que estar lejos para no pensar, para no ver a Beto y para meditar lo que decidiría, casi al regreso vio su horario de trabajo de la siguiente semana con tal sorpresa que, tendría que compartir horario con Beto tres días, ahí decidió que no quería seguir en ese lugar. A su regreso, renunció, la dueña solo dijo que no quería que se fuera, pero que no podía hacer nada; tiempo después, Julieta se enteró que habían ascendido a Beto y ahora era gerente del lugar.

Tal vez las ideas en la mente de Julieta nunca estén del todo claras, tal vez aunque hayan pasado cuatro años siempre será una herida abierta y tal vez Julieta no es real, tal vez su nombre es Itzel Márquez, una víctima más de violencia sexual que no encontró apoyo en la ley, pero que ha seguido con su vida y no, no se trata de quién es víctima y quién victimario, se trata de concientizar, se trata de que NUNCA MÁS UNA MUJER TENGA QUE SUFRIR VIOLENCIA SEXUAL.

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Crucigrama | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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Las instrucciones en el altavoz sonaron inútiles. ¿De qué sirve tener el cinturón de seguridad bien puesto a diez mil metros de altura? Moriríamos igual. Los protocolos guardan el orden, pero el orden no guarda certezas.

Fueron llamados pájaros de acero. Ahora ofrecen un falso wifi que nunca conecta, sólo promete que el avión sea de primera, y a su vez sugiere un vuelo seguro que nadie puede notar a las primeras.

Los protocolos, por inútiles que parezcan, guardan el orden de las cosas, unas tienen su sitio y las otras tienen su otro buen sitio. Tienen, ambas, prohibido salirse de sus lugares. Respetan el tiempo. Se siguen instrucciones, se obedecen las órdenes. Por lo demás, son los cielos los que se encargan de los nubarrones, turbulencias y caídas.

Nunca he conocido a ninguna asistente de vuelo, es decir, conocer a fondo, a pelo, hasta el hueso. Tampoco he conocido a nadie que conozca a una, ni de lejos a alguien que diga que ha conversado más de diez segundos con ellas.

Casi todas las azafatas son hermosas y viven en el cielo. Son como ángeles, por eso quienes habitamos en piso firme no las conocemos nunca.

La primera vez que una de estas criaturas me miró a los ojos, me sentí especial, como si ella quisiera que fuéramos algo más que pasajero y ángel. El hechizo debe ser el mismo para todos. Aquella era una asistente de una buena aerolínea, nada barata.

También he viajado en aerolíneas malas y sus azafatas son menos amables, y en vez de entregar sonrisas muestran sus culos, culos gordos, feos, desmedidos. Si eres pequeño puede que la señora del culo enorme te asuste, si eres mayor puede que te la ponga dura. Y si el vuelo tiene más de dos horas no habrá de otra que machacártela en los cielos, dentro de un baño donde la mierda no termina de irse del todo. El cielo no es justo con las aerolíneas baratas. Palabra de dios, ley de los cielos.

Confías en los ángeles cuando te dicen que un absurdo cinturón pegado al asiento te asegura la vida durante el viaje. Al bajar del avión te das cuenta que nada de eso era real y que los ángeles han desaparecido en cuanto la compuerta se cierra.

Me pone mal saber que las cosas se mueven mientras duermo. Ojalá al irse uno a dormir todo lo demás se fuera también a dormir con uno. Le haría un espacio en mi cama a todas las cosas con tal de que me permitieran dormir en paz.

Leonard Cohen le canta una canción a Lorca en secreto. Antes de despedirse del mundo, Pavese dijo: “El consuelo de una visión consiste en creer en ella, no en que sea real”. Por lo demás, el tiempo es una forma de experiencia limitada. Es como entrar y salir del cine, como subir y bajar de un avión, elevarse y descender del cielo. Todo cambia dentro, nada cambia afuera.

El viejo juego de las pestañas y los deseos, cosas que pasan frente a tus narices y otra persona se hace cargo de premiarte por ello. Alguien se las arregla para acariciarte la cara. Pierdes una pestaña, pides un deseo. Un día conoces a una chica preciosa y te dice que has perdido una pestaña. Luego te pide permiso para tomarla. Después viene el momento de pedir un deseo. Lo cierto también es que no todas las chicas conceden deseos, ni son todos los afortunados en perder oportunamente las pestañas frente a una chica.

Hay lluvias de miles de estrellas una vez cada cientos de años, hay una lámpara escondida en alguna parte con un genio dentro, y hay pestañas que pertenecen a chicas hermosas.

Uno de los ángeles resuelve crucigramas durante el vuelo. Adentro hay turbulencia, el aire se agita afuera. Brota el pánico, el miedo de irnos en picada, el miedo de estrellarnos contra el suelo, ese violento regreso al piso firme. La chica sigue en lo suyo, resuelve crucigramas, entonces la tripulación la observa y de a poco se tranquiliza. Pasan algunos minutos y el avión recupera el control del vuelo.

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