junio 20, 2021

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LA ALEGRIA | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

«¿Sabes, Hump? –confiesa el héroe de una de las novelas de Gilbert K. Chesterton, el gran polemista inglés-, los hombres modernos tienen una idea muy equivocada de la vida. Parece que esperan de la naturaleza lo que ésta nunca ha prometido darles y, mientras tanto, destruyen todo aquello que en realidad les da.
En las iglesias ateas de Ivywood todos hablan de paz perfecta, de confianza sin límites, de alegría absoluta y de corazones que laten por todos, pero no por ello tienen un aspecto más alegre que los demás… Yo no sé si Dios entienda por felicidad el gozo que todo lo comprende y todo lo supera, pero Dios quiere que cada hombre tenga su alegría, y yo tengo toda la intención de no dejármela robar».

Para ser sincero, yo también he escuchado muchos discursos como el de las iglesias ateas de Ivywood, y no precisamente en las iglesias ateas de Ivywood; también yo he oído cientos de sermones que hablan de paz perfecta, de confianza sin límites, de corazones que laten por todos, y acaso no sólo los haya oído, sino tal vez incluso pronunciado. Lo que no sé es si modificando el texto de Chesterton y escribiendo «parroquias cristianas» allí donde él sólo dijo «iglesias ateas» cambiarían mucho las cosas.

Los cristianos hablamos de resurrección, de vida perdurable, de providencia o cuidado de Dios, de amor sin límites, pero no por eso vivimos más contentos. Todo parece indicar que los creyentes nos tomamos bien poco en serio lo que nos dicen nuestro pastores en sus –a menudo largos y muy aburridos- sermones. Sí, hemos de confesarlo bajando la cabeza: en nuestras iglesias, las homilías son saetas que esquivamos lo mejor que podemos… Cuenta Julien Green en un librito suyo titulado Liberté que hubo en París no hace mucho tiempo una dama de la alta sociedad que cada vez que iba a Misa advertía con severidad a su sirvienta: «Si el señor cura predica sobre la fe o sobre el perdón de los pecados, me dejas dormir; pero si habla de María Magdalena, me despiertas». Ella, como quiera que sea, iba a la iglesia únicamente a cumplir, y, por supuesto, a dormirse.

«Voy a definirle lo contrario de un pueblo cristiano –dice el párroco de Torcy en esa gran novela de Georges Bernanos que es su Diario de un cura rural-: lo contrario de un pueblo cristiano es un pueblo triste, un pueblo de viejos. Acaso me objete usted que la definición tiene muy poco de teológica, pero basta para hacer reflexionar a los caballeros que bostezan los domingos en Misa. ¡Claro que bostezan! No querrá que en media hora semanal, la Iglesia pueda enseñarles la alegría. E incluso si se supieran de memoria el Catecismo de Trento, no estarían probablemente más alegres».

Y sí, la verdad es que la fe debería tener el poder de hacernos más alegres, más sonrientes, menos hoscos. Un cristiano no debería atreverse a salir a la calle si antes no ve reflejado en el espejo un rostro resucitado.

Cuando, hace ya muchos años, leí por primera vez La farisea de François Mauriac, cómo se me quedó grabado lo que dijo uno de los personajes al referirse a una antipática señora que andaba por allí cerca y que se las daba de muy católica: «Lo que voy a decir puede asustarte, pero pienso que es mejor ser una bestia inmunda que tener la clase de virtud de Brigitte Pian». ¡Dios mío, qué frase más dura! Y; sin embargo, es preciso reconocerlo: sí, hay en este mundo gente muy católica, lo que se dice muy católica, pero al mismo tiempo muy insoportable y muy antipática. ¿Por qué se avergüenzan de mostrar un rostro atractivo y jovial? ¿Qué se lo impide?

A estas personas habría que recordarles lo que escribió una vez Andrew M. Greeley en uno de sus libros: «Las personas que creen en la resurrección deben ser gente alegre, y los cristianos católicos que tienen una visión relativamente más benigna de su naturaleza que nuestros hermanos separados, tienen que ser una congregación de gente más alegre, más jovial y más bromista. Todo lo que tengan de graves, de ásperos, de severos lo tienen de fallo como católicos… La Iglesia necesita hombres que tengan visión. Necesita hombres jubilosos, alegres y de corazón fuerte que caigan en la cuenta de que, a pesar de lo desesperada que pueda ser la situación, nunca se la debe permitir que se ponga seria; y aunque puedan extinguirse las luces, siempre hay esperanza de que vuelvan a encenderse». La excesiva severidad no siempre es signo de seriedad; a menudo es más bien muestra de una soberana estupidez.

San Pablo, poco antes de poner punto final a la carta que dirigió a los filipenses, les amonesta así: «Como cristianos, estén siempre alegres: se lo repito, estén alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que son. El Señor está cerca, no se angustien por nada» (4, 4). ¿Por qué esta insistencia del apóstol en cosas tan aparentemente secundarias como la alegría? ¿Por qué les dice una y otra vez que estén alegres? ¡Ah, bien sabía él lo propensos que somos los cristianos a dejarnos llevar por la tristeza y a andar por las calles de la vida mostrando un rostro de amargura!

¿Ha leído usted una famosa pieza teatral de Paul Claudel (1868-1955) titulada El padre humillado? Pues bien, en esta pieza hay una escena en la que el Papa envía este mensaje a Oriano de Homodannes: «Oriano, hijo mío, haz comprender a los hombres que no tienen otra cosa que hacer en el mundo que estar alegres. Hazles entender que la alegría que nosotros conocemos y estamos encargados de transmitir no es una palabra vaga o un insípido lugar común de sacristía, sino una noble, deslumbrante, íntima y profunda realidad, en cuya comparación lo demás no vale nada. Esta alegría es algo humilde, material, atrayente, como el pan que se apetece, como el vino que nos parece bueno, como el agua que nos hace morir cuando no nos la dan, como el fuego que quema, como la voz que resucita…».

¡Ah, sería necesario que el Papa nos enviase una carta en la que nos hablara largamente sobre la conveniencia de la alegría! No sé, tal vez sólo entonces nos la tomaríamos un poquito más en serio…

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Demasiadas mujeres | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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A veces traes a una, dos o tres personas en la cabeza y estás demasiado cansado que no cabe otra más. Y a veces traes a quince y no has llenado todavía y tienes demasiada energía para gastar en otras diez mil personas más, pero al final del día no encontraste a nadie.

Compré sobres de colores para enviar cartas tristes a mis amigos, puede que también a algunas muchachas, ¿por qué no enviar cartas tristes a las mujeres? Las mujeres entienden todo pero hay cosas que no les hacen gracia y entonces se hacen las estúpidas y terminan por reducirte a un pobre estúpido mediante el hiriente conducto de la lástima.

Los textos sagrados no mencionan que Jesucristo follaba como un loco. Se tiraba a todas las mujeres, no por ser divino sino por ser humano. Luego se paseaba por los pueblos, brincando en pelotas, agitando un abanico para secarse el sudor y demás fluidos.

No te descuides, prepara un buen montón de mentiras para que las cosas no se pongan peor de lo habitual. Corre y cuéntales diez o doce mentiras más. Joseph Campbell le encontró mil caras al héroe y todo el mundo lo respeta. Encuentra mil mentiras qué contar y nadie va a decirte nada.

Luego, cuando todo esto mejore, nos inventaremos un saludo marcial para saludar a nuestro Ejército. Leeremos la biblia como se debe, guiados por un pastor yonqui con sida, preparado, con la claridad suficiente que ninguno de nosotros tendremos.

Ella me dijo: “te amo en tu condición de estar loco”, pero cuando llegó el momento de conocer a su madre, la locura se había ido, y ella dejó de quererme para siempre.

Me encanta el olor a alcohol en el aliento de las chicas, es un perfume único que dice muchas cosas a la vez, todas buenas, pero demasiadas como para explicarlas con palabras. Por lo demás, los padres de la chica con aliento a alcohol no estarán muy de acuerdo conmigo, es por eso que no son invitados a las noches de fiesta junto con sus hijas.

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#Crónica | No fue tu culpa, no fue el alcohol … ¿abuso sexual o violación?

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No se trata de quien es víctima y quien victimario; porque si preguntas a las mujeres, ¿quiénes han sido sufrido violencia en alguna de sus formas?, te sorprendería el resultado

Por: Itzel Márquez

Texto ganador del segundo lugar en el Premio Estatal de Periodismo 2021 dentro de la categoría de Crónica.

Este año, La Orquesta ha sido honrada con 4 galardones del Premio Estatal de Periodismo, para celebrarlo, publicaremos de nueva cuenta esos trabajos que fueron reconocidos por nuestros y nuestras colegas del medio. Esperamos que los disfruten.

Parece estar de moda denunciarla, pero la violencia sexual siempre ha estado ahí, como un testigo silencioso, normalizado y tan interiorizado socialmente, pero el “me too”, tantas famosas alzando la voz y el constante “si tocan a una respondemos todas”, nos han dado el valor de no callarnos más. Porque si en una habitación llena de personas piden que levanten la mano las mujeres que han sufrido violencia en alguna de sus formas, te sorprenderá el resultado.

Esta historia viene del 23 de julio de 2017, comienza como muchas otras, no era un día en el que se esperara mayor sobresalto: Julieta trabajaba en una cafetería desde algunos meses atrás y como era costumbre, ese sábado había decidido ir de fiesta con sus compañeros. Al término de la jornada laboral, pasaron por ella a su casa, tenían todo listo: comida y algo de alcohol. Ese día la fiesta sería en una de las casas de Beto, lejos de la ciudad para poder acampar y hacer una fogata.

Cerca de la medianoche, todos llegaron al lugar, escuchaban música, asaron malvaviscos y bebían un poco de cerveza. Al cabo de un rato, el anfitrión comentó que había un cementerio y una cancha de básquetbol cerca del lugar y propuso ir a caminar hacia esos lugares, a lo cual todos accedieron, un tanto porque el alcohol comenzaba hacer estragos en el organismo de los presentes y otro más para buscar aventura.

Todo marchaba bien, caminaron hacia ambos lugares sin más contratiempo; no obstante, al regresar de la cancha de básquetbol, Julieta comenzó a sentirse mareada, tropezó y Pablo la ayudó a continuar de regreso. Al llegar a la casa, comenzaron los shots de ese amargo licor, el tequila; uno, dos, tres, cinco… Julieta perdió la cuenta al grado de perder la conciencia, Pablo le insistió que se recostara un momento en la habitación para que se sintiera mejor, ella accedió, él la acompañó, cerró la puerta y la fiesta continuó.

Momentos borrosos y pocos recuerdos fueron lo que siguió en la mente de Julieta, cerró los ojos un momento y al instante siguiente tenía el busto descubierto y el pantalón desabrochado, de un lado de la cama estaba Beto y del otro Manuel, su hermano, una silla atrancaba la puerta para que nadie pudiera entrar. Ella quedó en shock sin saber qué había pasado, cerró los ojos otro instante y después vio entrar a Pablo, quien le dio un puñetazo a Beto en la cara, él solo dijo: “es mi vieja, ella me dijo que quería”.

Julieta sin saber qué hacer y al escuchar los gritos de todos, se vistió, luego se levantó de la cama y salió de la habitación, le pidió a Ana que buscara su celular, fueron por él al camino, subieron las cosas al automóvil mientras intentaban separar a Beto y a Pablo, él estaba furioso por lo que Beto (había o no hecho).

Condujeron a casa de Ana, todos decían que Julieta no podía volver así con sus papás. Fueron a casa de Ana, nadie sabía qué decirle a Julieta, Ana solo murmuró: “duerme, te sentirás mejor en un rato”; así fue y tras dos horas, Julieta despertó, dijo que quería ir a su casa, nadie se opuso. Comenzó a caminar, una calle tras otra, sabía a dónde dirigirse, pero en su mente no era ella.

Al llegar, sus padres le preguntaron cómo le había ido, ella solo dijo “bien”, sin más atención, se bañó y continuó con lo planeado para ese día.

Al pasar el tiempo, tal como cuando comienza a amanecer en el horizonte después de una larga oscuridad, los recuerdos volvían a Julieta: detalles de lo ocurrido ese sábado 23 de julio, pero tenía que seguir trabajando en la cafetería en donde Beto era su compañero, un día como si nada hubiera ocurrido, él se acercó y le dijo: “oye, estuve pensando en lo que pasó el sábado y solo quiero decirte perdón”, ella ni siquiera lo volteó a ver.

Cansada de tener que convivir con Beto, Julieta le contó a la encargada de la cafetería. Julieta nunca la había visto tan enojada, con la dueña no ocurrió lo mismo, ella solo dijo que no podía hacer mucho, porque “había ocurrido fuera del horario laboral”; Julieta solo pidió que no tuviera que volver a trabajar con él.

Una semana después decidió que era momento de hablarlo con sus padres, esa noche al salir del trabajo y llegar a casa, ella estaba tan nerviosa, lo único que pensaba era lo mucho que la iban a regañar, sus papás le dijeron: “tuviste que haber tomado menos, para poder defenderte”, se sentía llena de rabia. Su padre le sugirió que acudieran a dependencias locales para denunciar y que tomara terapia psicológica, después de muchas lágrimas y algunos abrazos, ella aceptó.

Al día siguiente su padre la acompañó, pero en el Ministerio Público, Julieta recibió comentarios como “te van a preguntar todo muy puntual y si no te acuerdas, mejor ni te desgastes”, o “si no recuerdas lo que pasó y no hay testigos, no podrás hacer nada”, ahí vio que legalmente no podría hacer nada, así que solo accedió a tomar terapia psicológica. Ese día, al llegar al trabajo, ella le contó a Ana todo lo que le habían dicho al querer tomar acciones legales, su amiga trató de consolarla: “tranquila, ya hicimos memoria todos y no pasó nada, también lo platicamos con Beto”; Julieta sintió de nuevo una rabia inmensa y solo se quedó callada.

Se fue de viaje una semana, la psicóloga le dijo que tenía que estar lejos para no pensar, para no ver a Beto y para meditar lo que decidiría, casi al regreso vio su horario de trabajo de la siguiente semana con tal sorpresa que, tendría que compartir horario con Beto tres días, ahí decidió que no quería seguir en ese lugar. A su regreso, renunció, la dueña solo dijo que no quería que se fuera, pero que no podía hacer nada; tiempo después, Julieta se enteró que habían ascendido a Beto y ahora era gerente del lugar.

Tal vez las ideas en la mente de Julieta nunca estén del todo claras, tal vez aunque hayan pasado cuatro años siempre será una herida abierta y tal vez Julieta no es real, tal vez su nombre es Itzel Márquez, una víctima más de violencia sexual que no encontró apoyo en la ley, pero que ha seguido con su vida y no, no se trata de quién es víctima y quién victimario, se trata de concientizar, se trata de que NUNCA MÁS UNA MUJER TENGA QUE SUFRIR VIOLENCIA SEXUAL.

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Crucigrama | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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Las instrucciones en el altavoz sonaron inútiles. ¿De qué sirve tener el cinturón de seguridad bien puesto a diez mil metros de altura? Moriríamos igual. Los protocolos guardan el orden, pero el orden no guarda certezas.

Fueron llamados pájaros de acero. Ahora ofrecen un falso wifi que nunca conecta, sólo promete que el avión sea de primera, y a su vez sugiere un vuelo seguro que nadie puede notar a las primeras.

Los protocolos, por inútiles que parezcan, guardan el orden de las cosas, unas tienen su sitio y las otras tienen su otro buen sitio. Tienen, ambas, prohibido salirse de sus lugares. Respetan el tiempo. Se siguen instrucciones, se obedecen las órdenes. Por lo demás, son los cielos los que se encargan de los nubarrones, turbulencias y caídas.

Nunca he conocido a ninguna asistente de vuelo, es decir, conocer a fondo, a pelo, hasta el hueso. Tampoco he conocido a nadie que conozca a una, ni de lejos a alguien que diga que ha conversado más de diez segundos con ellas.

Casi todas las azafatas son hermosas y viven en el cielo. Son como ángeles, por eso quienes habitamos en piso firme no las conocemos nunca.

La primera vez que una de estas criaturas me miró a los ojos, me sentí especial, como si ella quisiera que fuéramos algo más que pasajero y ángel. El hechizo debe ser el mismo para todos. Aquella era una asistente de una buena aerolínea, nada barata.

También he viajado en aerolíneas malas y sus azafatas son menos amables, y en vez de entregar sonrisas muestran sus culos, culos gordos, feos, desmedidos. Si eres pequeño puede que la señora del culo enorme te asuste, si eres mayor puede que te la ponga dura. Y si el vuelo tiene más de dos horas no habrá de otra que machacártela en los cielos, dentro de un baño donde la mierda no termina de irse del todo. El cielo no es justo con las aerolíneas baratas. Palabra de dios, ley de los cielos.

Confías en los ángeles cuando te dicen que un absurdo cinturón pegado al asiento te asegura la vida durante el viaje. Al bajar del avión te das cuenta que nada de eso era real y que los ángeles han desaparecido en cuanto la compuerta se cierra.

Me pone mal saber que las cosas se mueven mientras duermo. Ojalá al irse uno a dormir todo lo demás se fuera también a dormir con uno. Le haría un espacio en mi cama a todas las cosas con tal de que me permitieran dormir en paz.

Leonard Cohen le canta una canción a Lorca en secreto. Antes de despedirse del mundo, Pavese dijo: “El consuelo de una visión consiste en creer en ella, no en que sea real”. Por lo demás, el tiempo es una forma de experiencia limitada. Es como entrar y salir del cine, como subir y bajar de un avión, elevarse y descender del cielo. Todo cambia dentro, nada cambia afuera.

El viejo juego de las pestañas y los deseos, cosas que pasan frente a tus narices y otra persona se hace cargo de premiarte por ello. Alguien se las arregla para acariciarte la cara. Pierdes una pestaña, pides un deseo. Un día conoces a una chica preciosa y te dice que has perdido una pestaña. Luego te pide permiso para tomarla. Después viene el momento de pedir un deseo. Lo cierto también es que no todas las chicas conceden deseos, ni son todos los afortunados en perder oportunamente las pestañas frente a una chica.

Hay lluvias de miles de estrellas una vez cada cientos de años, hay una lámpara escondida en alguna parte con un genio dentro, y hay pestañas que pertenecen a chicas hermosas.

Uno de los ángeles resuelve crucigramas durante el vuelo. Adentro hay turbulencia, el aire se agita afuera. Brota el pánico, el miedo de irnos en picada, el miedo de estrellarnos contra el suelo, ese violento regreso al piso firme. La chica sigue en lo suyo, resuelve crucigramas, entonces la tripulación la observa y de a poco se tranquiliza. Pasan algunos minutos y el avión recupera el control del vuelo.

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