diciembre 4, 2022

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#4 Tiempos

¿Por qué los libros? | Columna de Dalia García

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Divertimentos

 

El año pasado hice trámites para cursar una maestría en la que me enseñaran a gestionar y producir contenido editorial, principalmente libros de literatura. Me aceptaron, cambié al Potosí por la ciudad de la eterna primavera, comenzaron las clases… y todo iba muy hasta ahí. La cosa es que no sabía con exactitud en lo que me había metido —en términos económicos, quiero decir. Supongo que me dejé llevar por el entusiasmo de trabajar con los libros y por mi habilidad para creer en la sencillez de las cosas—: resulta que un editor literario independiente, en sus primeras décadas de oficio, sobrevive gracias al entusiasmo y satisfacción que le produce ver sus libros publicados y su catálogo en crecimiento.

Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets Editores, en Cómo se hace una editorial, traza el itinerario de un editor literario y contempla que a este le toma de veinte a veinticinco años lograr una estabilidad económica en su empresa: sin letras pendientes en bancos, con todos los créditos saldados y con cierta liquidez financiera para seguir operando. Lo dice ella, quien se lanzó a la aventura de editar literatura en la segunda mitad del siglo XX.

¿Qué quiere decir lo anterior? Que los libros de literatura dejan un margen mínimo de ganancia y que, casi siempre, el editor, en su etapa de resistencia, sacrifica su bolsillo para tener el producto en sus manos. El panorama no es el mismo, en cambio, para las editoriales de libros de educación básica, o de enseñanza de la lengua inglesa, o para las de libros infantiles y juveniles.

Ante este escenario puedo decir que, por fortuna, desde que ingresé al terreno de la literatura supe que mi corazón estaba limpio de ambiciones económicas —pasé la prueba de fuego al titularme de la licenciatura y al aferrarme, ahora, al mundo de los libros—; no hay cabida para una desilusión en este sentido, ya estaba advertida. Sin embargo, hay algo muy valioso que rescato del área que he empezado a conocer en los últimos meses: la oportunidad para preguntarme por qué estudio la anatomía de los libros y por qué vale la pena apostar por ellos. La respuesta al primer cuestionamiento es: por intuición y por casualidad (hay quienes no tenemos claro nuestro mejor camino hasta que comenzamos a trotarlo por intuición; al menos así es como he dado con las cosas que más satisfacción me han dejado).

Llegué a la licenciatura en literatura gracias a que mi madre se empeñó en llevarme con una psicóloga para que me ayudara a descubrir mi futuro como profesionista (yo creí que lo tenía claro, pero ya ven). Después, hacia el final del ciclo universitario, supe que quería trabajar con los libros pero no solo leyéndolos para analizar su contenido; así fue como empecé a buscar alternativas hasta encontrar el programa en producción editorial, a partir del cual he caído en cuenta de que la figura del editor es tan poco conocida, tan opaca, que no todos saben que existe; y si saben de él, desconocen su función y grado de responsabilidad en el contexto en que se mueve. El lector común no está acostumbrado a mirar los detalles de cada libro que compra: el tipo de encuadernación, el papel con que está hecho, la tipografía que lleva, la disposición de los gráficos, la imagen de la portada y los colores; mucho menos se pregunta por qué ese libro está en el mercado.

Respecto al porqué de apostarle a los libros… Ser editor no solo implica la disposición de un cúmulo de letras o imágenes en un soporte material, sino también —y esta es, para mí, la parte más fascinante— la movilización de discursos: el editor tiene el superpoder para decidir cuáles son las concepciones y propuestas de mundo que quiere difundir entre su público lector. El editor también materializa y vende ideas.

Un buen libro es la suma de buenas ideas más un proceso de producción detallado y coherente con el mundo que representa: lograrlo es la responsabilidad principal del editor. Así, diseño y contenido, estética y discurso, son dos elementos que resultan sumamente atractivos; es por eso que ya empecé mi cochinito para, primero, costear mi proyecto editorial de posgrado, y segundo, para sobrevivir los primeros veinte años en mi editorial.

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#4 Tiempos

Democracia mundialista | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

La copa mundial de futbol está cerrando la fase de grupos, y extrañamente, las sorpresas han comenzado.

Resultaría muy fácil culpar a las propias selecciones eliminadas de ser los que han provocado el cambio, yo me atrevo a decir que son justo lo contrario, las que han avanzado de fase las que están cambiando al futbol.

Sorpresas que equipos como Belgica, Alemania, México y Costa Rica, hayan quedado eliminados en la primera ronda, y resulta hasta increible que Japón o Marruecos sigan con vida.

Parece que el mundial es un panorama de sorpresas, sin embargo, creo que lo que sucede es que el mundial es una ventana a la democracia futbolera. Los equipos ya no pueden ganar con la camiseta, ahora hay que salir respondón para marcar el paso, jugar al tú por tú con cualquier selección, sin importar la historia o palmarés del equipo rival.

La democracia ha alcanzado al futbol y ahora cuando todos los sistemas de juego y las metodologías de prácticas se han globalizado, casi cualquiera puede jugar como cualquiera.

Esto le hace mucho bien al futbol, la idea de selecciones hegemónicas que dominen siempre al deporte, puede ir quedando en el pasado, parece que ahora las cosas pueden cambiar, por lo menos en las primeras fases del mundial.

Sin embargo, esto no durará mucho, algunas selecciones se podrán colar hasta los cuartos o incluso hasta la semifinal, pero no creo que les alcance para más, sigo siendo un fiel creyente que es muy poco probable (más no imposible) que tengamos a un nuevo campeón, creo que alguno de los 8 campeones anteriores, levantará la copa.

En fin, se viene la recta final de la competencia, donde seguramente las sorpresas serán escazas, y la continuidad tradicional prevalecerá, queda esperar y disfrutar de la aventura de las “sorpresas” de la copa, que este cambio, le da un gran respiro a lo que hemos visto en la cancha y obviamente también en la tribuna.

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#4 Tiempos

Goliardos | Columna de Julián de la Canal

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Turbas de clérigos y estudiantes ebrios recorrieron las principales ciudades europeas en los siglos XII y XIII, coincidiendo con el surgimiento de las universidades. Se les llamó goliardos. La palabra carece de origen preciso. Hedonistas y lascivos, cantaron la vida disipada que practicaban. La errancia fue su modo de vida, bizarra existencia que hizo de los caminos albergue preferente. Roger Bartra los relaciona con el salvaje en su acepción de milites silvani: “había una especie de clerecía marginal, los goliardos, que llevaban una vida disipada y errante, que celebraba con su música y sus versos jocosos la vida erótica, el juego y la bebida”. Destacaron por sus poesías mordaces. Anónimas habitualmente, esas composiciones refieren un modus vivendi escandaloso y desquiciado. Sus sátiras se dirigían a autoridades civiles y eclesiásticas que les valieron diferentes condenas conciliares. Jacques Le Goff los califica “extraño grupo de intelectuales”. Dado su anonimato, pervivieron en leyendas y tradiciones antes que estrictamente en la verdad de los testimonios. Con todo dejaron un conjunto de poesías tituladas Carmina Burana o Cánticos de Beuern, reunidas en el manuscrito de Benediktbeuern, sobre los que Carl Orff compuso la cantata homónima entre 1935 y 1936. Los goliardos fueron llamados bufones y vagabundos. Su nomadismo privilegió los centros urbanos hasta constituirse en una intelligentsia disidente. Su objeto era escandalizar al statu quo a lo que se añadía la imposibilidad de ubicarlos en una sociedad rigurosamente estamental. Recibieron en algunos casos el nombre de joculator o juglar, término referido a alguien que representaba una amenaza para la sociedad. Coinciden con otros dos movimientos: el gibelino, crítico del papado inmiscuido en las cosas temporales, y el moralizador que sancionaba el interés mundano de altos cargos eclesiásticos. Entre las poesías goliardas, sobresale “In taberna quando sumus” (“Cuando estamos en la taberna”), elogio del alcohol brindado a la sociedad:

Bibit hera, bibit herus
bibit miles, bibit clerus
bibit ille, bibit illa
Bibit servus cum ancilla
Bibit velox, bibit piger
Bibit albus, bibit niger
Bibit constans, bibit vagus
Bibit rudis, bibit magus
Bebe la señora, bebe el señor,

bebe el soldado, bebe el cura,

bebe el hombre, bebe la mujer,

bebe el siervo con la criada,

bebe el rápido, bebe el lento,

bebe el blanco, bebe el negro,

bebe el perseverante, bebe el vago,

bebe el ignorante, bebe el sabio

 

El espíritu goliardo irrumpió inopinadamente en François Villon (1431-1463), poeta de vida marginal, involucrado en robos y crímenes, considerado antecedente de la poesía maldita formulada por Paul Verlaine en Les poètes maudits (1884). Autor de diferentes obras, el siglo antepasado rehabilitó con fervor su “Ballade des pendus” (“Balada de los ahorcados”):

La pluye nous a débuez et lavez,

Et le soleil desséchez et noirciz:

Pies, corbeaulx nous ont les yeulx cavez

Et arraché la barbe et les sourciz.
Jamais nul temps nous ne sommes assis;
Puis ca, puis là, comme le vent varie,
A son plaisir sans cesser nous charie,
Plus becquetez d’oiseaulx que dez à

            [couldre.

Ne soyez donc de nostre confrarie;
Mais priez Dieu que tous nous vueille            [absouldre!

La lluvia nos ha colocado y lavado;

el sol nos desecó y ennegreció el tronco.

Nos arrancaron la barba y las cejas

urracas y cuervos, y nos cavaron los ojos.

Nunca jamás, ni un instante, pudimos            [sentarnos:

aquí y allá nos mecimos, según los antojos

del viento, que nos arrastra sin cesar,

en tanto los pájaros nos picotean más que            [al sorgo.

De nuestra cofradía no sea, por favor, [nadie:

¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos!

 

No fue casual la exhumación de Villon y de la poesía goliarda en el XIX, siglo de la bohemia mistificada por Henri Murger en Scènes de la vie Boheme (1851). La bohemia no es únicamente desorden de vida o nostalgia de ese desorden, esa devoción oxidada por determinada música apelmazada en la memoria de una extinta juventud acompañada con una copa mediada de Merlot; o ese fervor adolescente hacia la noche alumbrada a media luz por lámparas afiligranadas art nouveau; o las reuniones en torno a un calefactor a leña de hierro fundido cuyo rojo crepitar evoca lo que nunca pudo ser de ninguna manera. La bohemia no es ademán anacrónico y extraviado, sino actitud de fondo. Reducida a gestualidad, deviene solo sórdida parodia. En algunos, es ante todo rebeldía y disidencia intelectual frente al orden establecido cuando ese orden es habitual gatopardismo. El desorden como orden de repuesto.

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#4 Tiempos

Recomendaciones del cine de la Álex de Iglesia | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO

 

El día de la Bestia (1995) Álex de la Iglesia demuestra con esta película ser uno de los mejores directores españoles de la actualidad, su cine se basa en el poder de la imaginación, la desbordante mezcla de fantasía y realidad, un cine teñido por un hálito de surrealismo magistral. En esta película en concreto, nos encontramos con un cura que consigue averiguar la fecha del nacimiento del Anticristo, pero no el emplazamiento, lo que da lugar a una hilarante carrera contrarreloj en la que contará con la ayuda de un metalero satánico y un farsante de la televisión dedicado al esoterismo y ocultismo. Un argumento genial, llevado de forma única por de la Iglesia y el genial elenco, destacando Álex Angulo y el actor revelación en ese momento Santiago Segura. Si a eso le sumamos una banda sonora extraordinario, nos sale una película redonda. Y es que esto es lo que necesita el cine en la actualidad, imaginación.

 

La Comunidad (2000)  La película es probablemente no sólo la mejor de Álex de la Iglesia, sino también una obra maestra del thriller hecho en España. La tensión es asfixiante, sobre todo en toda la secuencia final o en la sorprendente escena en que los vecinos entran en casa del personaje de una espectacular Carmen Maura pretendiendo que ella no se entere. De la Iglesia consigue, como siempre, esa mezcla de humor y turbiedad o en otras palabras, un humor negro de altura, para pintar este divertido y macabro fresco de la codicia humana y de lo que se es capaz de hacer por ella. Si a todo esto sumamos a dos villanos absolutamente inolvidables y estremecedores como a los que dan vida Emilio Gutiérrez Caba y Terele Pávez, el resultado es una de las películas más recomendables, salvajes y brillantes del cine español.

 

Muertos de Risa (1999)  Comedia disparatada, deliberadamente excesiva, entre lo irónico y lo patético. Es la historia de Nino y Bruno (Santiago Segura y Gran Wyoming) que se conocieron en la Andalucía profunda, en un club de mala muerte, un cazatalentos (Álex Angulo) los subió a un escenario y descubrieron cómo las bofetadas que le propinaba Bruno a Nino, ejercían una extraña atracción en el público. Pero tras el telón del éxito se esconde una rivalidad, una corriente de odio recíproco que irá carcomiendo esas personalidades narcisistas hasta la paranoia más delirante. Una relación de odio enfermizo basada en el resentimiento y la malsana competencia que acaba en una dantesca espiral de vendettas personales. Y lo más curioso del asunto es que cuanto más se odian, más ríe la gente. Una feroz crítica a la naturaleza cruel de hombre.

 

Crimen Ferpecto (2004) Brutal y muy divertida mezcla de comedia, drama y thriller criminal, con un final absolutamente apoteósico y muy sarcástico en la plaza de Callao de Madrid. Una buena comedia negra desarrollada en el inicialmente idílico, finalmente terrorífico escenario de unos grandes almacenes, lo cual le da pie al cineasta a desarrollar una parodia tan exagerada y sórdida, acerca de la fiebre consumista y del arribismo a cualquier precio como moderna profesión, pero también muy especialmente al culto a la imagen y al físico como requisito imprescindible de todo triunfador que se precie. Imprescindible.

 

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Opinión