agosto 18, 2026

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#4 Tiempos

Paradas Continuas (2009) o “cuando alguien creyó que mezclar American Pie y Matando Cabos sería buena idea| Columna de Guille Carregha

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Criticaciones

 

En 2008 me acuerdo haber visto el cartel de Paradas Continuas en el interior del cine, anunciando que estaba próxima su fecha de estreno. En menos de tres segundos supe que esa película iba a ser un tremendo bodrio con el que jamás perdería mi tiempo. Esos colores psicodélicos con patrón de “diseño predeterminado de PowerPoint para que no se aburran los chavos cuando lean mis temas de cívica y ética”, las poses todas forzadas de sus protagonistas para dar la idea de que son chavos cool y que debes amarlos. Pero, sobre todo, ese horrible título de doble sentido.

Claramente iba a ser una cosa producida con el mínimo esfuerzo posible para capitalizar el hecho de que, en secundaria, no hay chiste más divertido que un “wey, ¿sabías que existe el sexo? ¿sabías que la gente coge?” – el salón entero procede a reírse como si cada uno tuviera un megáfono pegado a la garganta. “Paradas Continuas”. ¿Entiendes? ¡Por que a cada rato se les para! ¡EN UN COCHE!

Quince años después, pude comprobar que, en efecto, es un bodrio. Extrañamente, la predicción que no se cumplió fue la de que se trataba de un producto hecho con el mínimo esfuerzo posible. Es evidente que todas las personas trabajando en Paradas Continuas estaban dando lo mejor de sí para que saliera la mejor película posible. Una película cutre, a fin de cuentas, pero la mejor película cutre que pudieron haber creado.

Ahora, en aquel lejano 2008, y viendo que uno de los elementos más prominentes del póster era una combi, sumada al espantoso título sacado del culo en dos segundos, me imaginé que iba a ser la típica road movie gringa de mitad de los 2000, en donde dos o tres amigos se suben a un auto, manejan a través del país, y tienen loquísimas aventuras sexuales en cada *parada* que hacen – pero en español. Hilaridad asegurada – en español. Y, pues no. Ojalá se hubiera tratado de eso. Así me hubiera sentido menos sucio de haber visto las casi dos horas que *dura* esta cosa. La realidad es que es una cosa mucho más problemática.

La trama es sencilla. El nieto de Tin Tán y su amigo, un güero genérico que actúa como mamón inmamable con una papa atorada en su garganta diciendo las opiniones más horribles expresadas en pantalla porque esa era la época en la que Kristoff era una figura pública a la que la gente quería, deciden rentarles a sus compañeros de la prepa una combi para que tengan un lugar seguro en donde tener sexo. That’s it. That’s the premise. La mayor parte de la película es ver las alocadas peripecias de conseguir que varios menores de edad se animen a confiar en ellos y renten su combi. Su combi, donde cabe mencionar, los graban teniendo sexo a través de una cámara oculta. Ah, pero no hay que preocuparse, no es como que estén haciendo pornografía ilegal o estén cometiendo acoso sexual o algo así. No, no. Lo que pasa es que los graban para poder tener algo con qué chantajearlos si es que alguien le cuenta a los adultos sobre su negocio. Malo si, no sé, lo usaran para venderlo o masturbarse. Pero como nomás es para, hipotéticamente, chantajearlos subiendo el video a YouTube para que todo mundo lo vea y humillar a la persona en cuestión, entonces es gracioso.

Ah, y también les ofrecen el servicio de contratarles prostitutas a los chavos. Porque, pues, ¿qué más gracioso que el estupro cuando hay dinero involucrado?

Todo esto grabado con la paleta de colores y estilo de fotografía de Matando Cabos, porque, pues, ¿qué es eso de ser original y tener una identidad visual propia, cuando ya existe una película de comedia mexicana que la rompió y es más fácil copiar? Digo, porque agarrar una premisa claramente inspirada por las comedias sexuales de los 2000 de Estados Unidos, tipo American Pie, pero en español, no era lo suficientemente arriesgado. Había que estar aún más cerca de la delgada línea del plagio para sentir la adrenalina de saberse cineastas mediocres. Es más, hasta los dos personajes principales son una copia al carbón de los de Matando Cabos.

¡JODER! ¡Este es un intento de un remake de Matando Cabos, pero sin comedia, ni personalidad, ni identidad, ni calidad! ¿Seguros que esto no lo produjo TV Azteca?
¿Qué más se puede pedir en este coctel de chafidad? ¡Por supuesto! ¡Agregar un plot twist serio casi al final en donde se involucran persecuciones de coche, armas de fuego y el riesgo a morir lleno de plomo a mitad de Reforma! ¡Así es! ¡Exactamente como lo hizo Matando Cabos, pero en pinche, y sin sentido lógico! Pasamos de 90 minutos de “ay qué divertido es el sexo” y “mi compa se enamoró de la prostituta” y tonterías de ese nivel a “pasé dos meses en coma por escaparme de las autoridades en una balacera motorizada”.

No puedo creer que no me haya desmayado de la risa después de presenciar tan jocosas premisas. Hasta acá escucho las risas de todos quienes deben estar viendo esta obra magistral del cine moderno en este instante.

Y, no contentos con haber creado un bodrio tan intrínsicamente falto de personalidad, se tomaron la molestia de contar con uno de los peores trabajos de edición que he visto en años. Es tan malo que, en por lo menos tres ocasiones, se sentía como si hubieran cortado escenas enteras de 4 o 5 minutos para brincarse a lo que sigue, porque, pues, igual se entiende. No es como si aparecieran personajes de la nada, actuando como parte del grupo principal, desaparecieran por 30 minutos de la trama, y luego regresaran como si nada a ser parte importante de la historia. ¿Qué clase de cineasta que se precie a sí mismo haría algo así?

El wey que hizo la porquería de La Otra Familia, por ejemplo. Bueno, al menos no rompió la regla de los 180 grados… tantas veces.

En resumidas cuentas: ¿hay alguna razón para ver Paradas Continuas en 2024?

No. No existen. Ninguna. No hay.

No caigan en mi mismo error, por favor.

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#4 Tiempos

El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.

Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.

Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.

En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.

Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.

La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.

En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.

Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y

en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.

En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.

Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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El Cronopio

El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

J.R. Martínez/Dr. Flash

En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.

Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.

Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.

En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.

Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela

, la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.

En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).

Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.

En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.

Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.

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