octubre 15, 2026

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#4 Tiempos

Obsolescencia | Columna de Juan Jesús Priego

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Todavía hasta hace poco, una de las virtudes más cotizadas tanto en el campo de las relaciones humanas como en casi todos los demás campos era la virtud de la duración. Una amistad, como un par de zapatos, debía perdurar, y entre más durase, más buena era. La fidelidad, es decir, la resistencia al cambio, era entonces la regla con que se medía la calidad moral de las personas: fidelidad al compañero o a la compañera, al amigo o a la amiga, y hasta a los mismos objetos de que se hallaban rodeados: los cuadernos viejos, las muñecas sin brazos, las cajitas musicales rotas eran conservadas entonces por los individuos con un afecto no exento de nostalgia. Pero de pronto, y sin saber cómo, el número de los objetos se hizo tan grande que el apego a ellos se volvió imposible.

Como es bien sabido, la industria tiene que producir, y si no produce se hunde. Ahora bien, ¿qué haría una empresa fabricante de vehículos en una sociedad en la que los ciudadanos vivieran apegados a sus queridos y destartalados automóviles? Por eso, y para continuar manteniendo sus ventas aun entre personas ya poseedoras de uno o más autos, dichas empresas adoptaron la invariable costumbre de cambiar sus modelos cada año. Estos cambios obedecían a la necesidad no de ofrecer al público automóviles objetivamente más veloces o más seguros que los del año anterior (con frecuencia los modelos ni siquiera eran más bellos: eran sólo diferentes), sino a la de hacer creer al automovilista que había que ponerse al día, pues conducir autos viejos trae como consecuencia perder grados en la escala social; de esta manera, vehículos con apenas un año de antigüedad eran ya vistos como auténticos vejestorios de los que había que deshacerse lo antes posible.

Esta nueva manera de relacionarse con los objetos trajo como consecuencia algo que afectó no sólo a los bolsillos de los consumidores, sino también a sus hábitos del corazón, como veremos enseguida.

En 1959 la casa Mattel lanzó al mercado su famosísima muñeca Barbie, que acabó convirtiéndose en la delicia de millones y millones de niñas en todo el mundo. Ahora bien, para mantener sus ventas y crearse un mercado cautivo, la empresa juguetera decidió imitar a la industria automotriz cambiando el modelo de la muñeca cada año, de modo que las niñas que no querían verse anticuadas debían comprar anualmente su nueva Barbie. Pero hubo además otra cosa, y es que para no suscitar violentas reacciones por parte de unos padres poco dispuestos a gastarse su sueldo en juguetes y, sobre todo, para no exponer a sus pequeñas clientas a reproches paternos del tipo: «Oh, ¿más muñecas? ¡Pero es que ya tienes muchas, querida!», Mattel decidió hacer un modesto descuento a las niñas que entregaran su vieja muñeca a la hora de comprar la nueva. «Lo que no anunció Mattel (comenta Alvin Toffler en El shock del futuro) fue que, al trocar su vieja muñeca por un modelo tecnológicamente perfeccionado, la niña de hoy, ciudadana del mundo superindustrial de mañana, aprendería una lección fundamental sobre la nueva sociedad: que las relaciones del hombre con las cosas son cada vez más temporales», más efímeras.

Las niñas que entregaban su vieja muñeca a cambio de la nueva estaban aprendiendo que no hay que apegarse a nada demasiado, enseñanza ésta que más tarde podrían aplicar sin remordimiento no sólo en su relación con los objetos, sino también con las personas y los animales. Hoy, según Andrew Morton, el

periodo de atención que una familia dispensa a un perro es aproximadamente de tres meses, cuando en el pasado dicho periodo llegaba a durar hasta quince años. Tres meses son suficientes para que un grupo familiar se alegre por su nueva adquisición canina, se aburra del animal y lo eche a la calle, para ir después en busca de otro perro más a su gusto.

A mediados del siglo XIX, cuando la revolución industrial se hallaba en plena efervescencia, Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés, se lamentaba, diciendo: «¿Quién, en nuestros días, compra, como se hacía antaño, un paraguas para toda la vida, o un traje de seda, objeto excelente que puede sernos útil mientras vivamos, o un tapado para la eternidad?» (El amor y la religión). Y la respuesta, por supuesto, es nadie. Nadie quiere hoy que las cosas duren demasiado. «¿No sería demasiado aburrido?».

Sí, la industria ha acabado cambiando nuestros hábitos del corazón, y debido a esto no sólo las muñecas y los autos, sino incluso nosotros mismos nos hallamos en peligro, pues en un mundo de obsolescencia generalizada, ¿no corremos el riesgo de volvernos obsoletos también nosotros? Según ciertos sociólogos de reconocida probidad intelectual (Manuel Castells entre ellos), en la actualidad un hombre de 54 años de edad es ya, para las empresas globales, un ser económicamente muerto. ¿A qué edad empezaremos a morir también afectivamente?, ¿a qué edad nos dejarán de querer por ser demasiado viejos? «En una sociedad de consumidores –ha dicho Zygmunt Bauman (Vida líquida)- nadie puede eludir ser un objeto de consumo». La advertencia es terrible, y haríamos mal tomándonosla a la ligera. Pues cuando todo es desechable, todo eliminable, ¿por qué no íbamos a serlo también nosotros?

El futuro se ve, pues, a lo lejos, poblado de nubarrones. No nos queda sino intentar, como único camino, la fidelidad, el compromiso, eso que Hanna Arendt (1906-1975), la filósofa judía, definió una vez como «el remedio contra la incertidumbre caótica del futuro».

Gracias a la fidelidad podemos esperar que el otro cumplirá su palabra y no nos dejará solos; que nosotros cumpliremos la nuestra y tampoco lo abandonaremos; que, juntos, a pesar de todo, el futuro podría ser no tan abrumador como amenaza serlo.

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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