febrero 27, 2021

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El telegrama del comerciante | Columna de Juan Jesús Priego

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telegrama del comerciante

LETRAS minúsculas

 

Un viejo comerciante, famoso por su tacañería, fue una vez a un mercado lejano a vender su producción anual de calabazas. Cuando hubo vendido hasta la última pieza, movido por un inusual sentimiento de ternura hacia su mujer, se dirigió a la oficina postal de la localidad para enviarle un telegrama. Parecerá mentira, pero la verdad es que la extrañaba. ¡Ah, su mujer! ¿Por qué no proporcionarle una pequeña alegría diciéndole cuánto la amaba? Escribió en un papel que tendió después de mal modo a un telegrafista vestido de azul: «He vendido bien las calabazas. Regreso mañana. Abrazos afectuosos».

Un poco para cerciorarse de que el mensaje estaba escrito según sus deseos, y otro poco para no escribir de más, lo releyó. No, la frase no acababa de gustarle: era demasiado larga, es decir, demasiado cara.

¡Oh! –se dijo a sí mismo-, ¿y para qué poner la palabra bien si mi mujer sabe que yo siempre vendo bien mis calabazas? Hasta ahora nadie me ha ganado en el difícil arte del regateo. ¡Para comerciantes, yo! Eliminemos, pues, esta palabra inútil.

El mensaje quedó así: «He vendido las calabazas. Regreso mañana. Abrazos afectuosos».

Volvió a leer el texto. Pero tampoco ahora acababa de gustarle: seguía siendo demasiado largo.

-Pero –volvió a decirse-, ¿no es verdad que mi mujer ya sabe a lo que he venido a este pueblo lejano, es decir, a vender mis calabazas? ¿Qué novedad podría ser esta para ella? Borremos inmediatamente eso de que he vendido las calabazas; nunca, que yo recuerde, he regresado a casa con ellas. ¡Al diablo con las palabras superfluas! Ahora el telegrama está más que perfecto: «Regreso mañana. Abrazos afectuosos».

El hombre volvió a ponerse pensativo. Algo había allí que no lo convencía.

-¿Y no es obvio que si ya vendí las calabazas regreso mañana? ¿Es que no sabe ya mi mujer cuándo regreso? ¡Por supuesto que lo sabe! ¿Cómo no va a saberlo? ¡Que me enseñen al loco que pagaría una noche de hotel por el puro gusto de malgastar sus pesos! Tachemos, pues, esto de que regreso mañana: se trata de una frase cara además de inútil. Viéndolo bien, con esta basta: «Abrazos afectuosos».

-Pero, ¿qué es eso de «abrazos afectuosos»? –siguió diciéndose a sí mismo el comerciante-. ¿Y de cuándo acá estos efluvios sentimentales? ¿Es acaso Navidad o Año Nuevo para andar en vena de abrazos y arrumacos? ¿Es acaso cumpleaños de mi mujer o algo por el estilo; es acaso el día de San Valentín, por ejemplo? ¡Qué cursilería! Yo no soy un hombre que se pase la vida dando abrazos, ella lo sabe y además así me quiere. Borremos también esta desagradable expresión».

Decidido lo cual, el viejo estrujó el papel en el que había escrito el mensaje y salió de la oficina más que satisfecho por haber vencido la malsana tentación de gastar su dinero en caprichos tan perniciosos para la estabilidad de los bolsillos. Y colorín colorado…

Vistas las cosas desde el lado puramente económico, el comerciante tenía razón: cada una de las frases del telegrama podía ser suprimida. Pero, al suprimirlas todas, suprimía también la alegría que pensaba, por sorpresa, darle a su mujer. ¿Para qué hacer, pues, una llamada telefónica, escribir una carta, enviar un e-mail si todo esto cuesta dinero y de cien palabras que digamos o escribamos ninguna será esencial? La respuesta es simple: para cultivar el cariño. Nada más. No es esta o aquella palabra la que vale, sino todas en conjunto, es decir, el detalle.

«Oh, ¿para qué hablarle? Ya sabe él cuánto lo aprecio». Con esta sola frase solemos excusarnos de todas nuestras omisiones, de toda nuestra pereza y de toda nuestra tacañería. Sí, es probable que lo sepa, pero a lo mejor lo duda: como nunca le hablamos ni le escribimos en las fechas más significativas de su calendario personal…

No es que los demás esperen de nosotros palabras esenciales; esperan solamente esas humildes palabras comunes que poseen, paradójicamente, este extraño poder: el de inclinar la balanza hacia el lado del afecto.

En un texto escrito, en una página impresa, no es esta o aquella palabra la que cuenta: es el conjunto de palabras, las frases, los párrafos enteros. Al Quijote se le puede quitar una palabra y no pasará nada. Se le pueden quitar dos y los críticos ni siquiera lo notarán (¡ni que fueran tan sabios!). Pero si se le quitan todas, acabamos con el Quijote. Es así.

Según Pedro Salinas (1891-1951), el poeta español, un telegrama –hoy diríamos, un e-mail– jamás valdrá lo que vale una carta; «la carta –explica en su Defensa de la correspondencia epistolar– ayuda a seguir sintiendo al corazón del que ya no puede ver. ¡Qué de innúmeros vínculos de humano afecto, qué de amor, de comuniones espirituales, de compañerismos del alma, no se salvan gracias a una carta!… Por lo tanto, ¡que viva la carta y muera el telegrama!». Todo esto es muy cierto, y yo aplaudo con entusiasmo sus palabras, pero es preciso reconocer que también los telegramas sirven de algo, por lo menos en algunas ocasiones en que no se puede más. El telegrama es parco, pero por lo menos dice algo…

¡Era claro que la esposa sabía que su marido había vendido bien las calabazas, que regresaba mañana, que eso de los abrazos afectuosos era sólo una frase retórica, pues aún no existen los abrazos a larga distancia! Claro que ella sabía todo esto. ¡Pero qué feliz se habría puesto al recibir, de pronto, aquel telegrama inesperado!

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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Xavier Nava, ¿en Morena?

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