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¿Enseñar con la razón o el corazón? | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

 

Estudié letras, no números, como podrán imaginarse. Doy clases a jóvenes impetuosos que prefieren ver vídeos que leer libros. Poco a poco los voy convenciendo de las bondades tecnológicas de aquellos que desprecian. El libro es portátil, no se le acaba nunca la batería, es digital, pues cambias las paginas con el dedo, y dentro está el infinito […] Intento todos los días cambiar, aunque sea, un poquitín al mundo y, sobre todo, resistiendo ferozmente para que el mundo no me cambie.

Benito Taibo, Persona Normal

Cada vez que me enfrento a jóvenes que reniegan de las lecturas y afirman, una y otra vez, que no les gusta leer porque es aburrido y no sirve para nada. Me cuestiono ¿por qué enseñamos literatura? ¿Por qué me desgasto física y emocionalmente buscando lecturas atractivas que pocos leerán? La respuesta no puede ser otra que no sea romántica porque si la racionalizo no hay motivos para seguir enseñando letras. Enseñamos literatura porque queremos sensibilizar a los jóvenes. Queremos ganarle la batalla al sistema, un sistema cada día más avasallador que nos orilla a trabajar largas jornadas para obtener un par de monedas que terminaremos cambiando por un objeto necesario para pertenecer a esta sociedad. Parafraseando a los nacidos en la Ciudad de México, “ la gente siempre está trabajando no hay tiempo para soñar.

Enseñamos porque educar transforma y nos transforma también a nosotros como docentes. Una transformación lenta e imperceptible para una sociedad de la inmediatez, pero enorme para aquellos que saben esperar.  Enseñamos no porque busquemos que los alumnos se conviertan en especialistas en el teatro del siglo de oro, mucho menos porque queremos que busquen todas las características del realismo cuando tengan en sus manos un libro de Antón Chejov sino porque queremos que sean empáticos con aquellos que nadie los escucha por ser sólo un triste cochero.  Enseñamos porque nos resistimos a aceptar que la industria nos ha convertido en un engrane más en la cadena de suministro. Enseñamos porque Tiempos Modernos nos enseñó todo lo que no queremos para nuestros alumnos. Enseñamos porque en cada grupo existen jóvenes que no se han rendido ante los atractivos monetarios que brinda la industria. Chicos que aún gritan, lloran, saltan, se enfurecen con palabras escritas hace más de 200 años. Enseñamos literatura por esos rebeldes que no les interesan las etiquetas y se atreven a hablar sobre Edgar Allan Poe en el receso.

Enseñamos literatura porque la esperanza de construir un mundo mejor habita en cada rincón de las bibliotecas. Enseñamos porque no sólo queremos más artistas en las calles, también deseamos ingenieros que logren transmitir ideas por la palabra escrita sin faltas de ortografía. Enseñamos literatura porque queremos humanos dirigiendo a humanos en las grandes empresas y no sólo números. Enseñamos literatura porque  se ha demostrado que “Un ingeniero que lee es más flexible y creativo y, además, es generoso y cuida mejor a su equipo” en palabras de Eva Navarro, especialista en robótica y matemáticas. Enseñamos porque queremos hacer del sistema un mejor lugar para la gran mayoría. La razón nos dice que enseñemos para obtener el certificado. Enseñemos literatura para escribir bien sin importar la bondad de quién escribe. La razón nos dice que el mundo está jodido, y que no hay nada que hacer para transformarlo. Pero a veces, la razón se equivoca, y sólo queda el corazón para intentarlo.

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