enero 26, 2022

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#Si Sostenido

Maestros sin título | Columna de Andrea Lárraga

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Mosaico de Plumas

 

Quienes asumen que los maestros son algo así como “fracasados” deberían concluir entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso. Porque todos los demás que intentamos formar a los ciudadanos e ilustrarlos, cuantos apelamos al desarrollo de la investigación científica, la creación artística o el debate racional de las cuestiones públicas dependemos necesariamente del trabajo previo de los maestros.

Fernando Savater, El valor de educar

 

Hace dos años que soy docente. Empecé a impartir clases en una prepa abierta donde la paga era todo menos buena. No tenía muchas opciones para laborar sin un título y una cédula. Así que no me quedó más que aceptar. Mis alumnos eran en su mayoría un par de años más grandes que yo. Yo podría presumir de conocimientos en el área de la literatura. Mucho libro adornaba mi habitación, pero mis experiencias de vida se limitaban a ir a la escuela. Una vida donde mis padres me brindaron todo a la menor petición. En cambio, ellos me enseñaron sobre lo complicado que puede ser el camino si el azar no está de tu lado. Jornadas largas de trabajo, salarios bajos y un ambiente laboral poco saludable eran su previo a clases. Aún así, llegaban con ganas de aprender. De conocer más allá de manuales industriales. Quizá ellos, nunca lo supieron, pero sus conocimientos existenciales me han servido más que la teoría sobre los tipos de narradores que un día les expliqué.

Me despedí de ellos y del sistema abierto para encaminar a jóvenes adolescentes que les importa todo menos el bachillerato. Aunque al principio fue una tarea abismal poner en orden a más de 20 pubertos, después de un par de meses entendí que no son solo un costal de hormonas. Me enseñaron que las próximas generaciones no están tan perdidas como las redes sociales satanizan. Es probable que sean mejores perreando hasta abajo y memorizando una canción de trap que comprendiendo la métrica española. Eso no lo dudo, pero tampoco dudo su preocupación por el futuro que les espera. Tienen miedo de los años venideros y los retos que enfrentarán por los cambios climáticos. Aunque entonen a todo pulmón las letras misóginas del reggaetón, más de uno ha defendido a sus amigas de un par de patanes que caminan entre los pasillos de la escuela. Las señoritas que juzgué como poco interesadas en una vida más allá de la aprobación de sus seguidores en Instagram, me han enseñado sobre la lucha por la igualdad de género. Me regalan una sonrisa cada vez que las veo sin maquillaje y con un outfit que no responde a los estereotipos de género. Lo mejor es que son conscientes de que no va con lo que se espera de las mujeres de su edad, pero responden empoderadas que les vale. Ellas pueden andar como se les de la gana porque es su cuerpo. Me enseñan que hay luchas que se pelean a diario en los salones de clase.

Pero de todos esos maestros sin título, existen todavía unos raros, más especiales y únicos; los mejores. Esos me pagan como si fuera diputada, aunque la paga no sea intercambiable por bienes. Hablo de una paga incuantificable: felicidad. Felicidad de tener el honor de ser su maestra. De creer que no me equivoqué al elegir ser docente y no una ingeniera por más que mi bolsillo diga lo contrario. De sentir que estás haciendo las cosas bien porque hay alguien que no solo te escucha, entiende y cumple. También investigan, aportan y te superan. No se quedan en las competencias a desarrollar que proponen la SEP. Van más allá. Encuentran sus lecturas y cambian la manera de ver el mundo. Y si, aunque puede sonar egocéntrico, ser un buen profesor, podrá hacer, aunque sea un poquito, un mundo mejor.

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¿Arte sano? | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

El campo de las artesanías tiene más contradicciones que un recinto lleno de diputados. Ahí están las artesanías mexicanas tan coloridas, tan bonitas, tan sorprendentes… ¡tan curiositas!, pero ¡ay, no son obras de arte! Sí, son bonitas, nadie lo niega, pero a diferencia de las obras de arte, es que las artesanías las fabricó un artesano para venderlas, y aunque no las fabricó en serie, no son objetos únicos: cualquier gringo de medio pelo ha comprado un ídolo de barro que parece prehispánico, cuántas chicas tienen atiborrados sus alhajeros de aretes huicholes y muchas familias presumen una escultura tolteca en la sala de su casa o, por lo menos, han regalado una muñeca otomí.

Dicen los expertos, que las obras de arte se hacen por el arte mismo (aunque se vendan) y son piezas únicas (aunque existan copias). Las artesanías generalmente van acompañadas de una función: sirven para hacer chocolate como los molinillos, para protegerse del frío como los rebozos y sarapes, para jugar como los trompos y baleros, para regalarse como esos perros de feria que tienen un hoyo debajo o para consumirse como la pirotecnia hoy tan odiada en algunos sectores de petfriends.

Es un problema, porque lo que algunos funcionarios públicos achacan a las artesanías es que, estarán muy bonitas las máscaras que fabrican en la Huasteca, pero no sirven para nada. Casi nadie que compre un petate lo usará para dormir y las ollas de alfarería indígena no se usarán para cocinar nada. Así que el trabajo de algunos funcionarios públicos es encontrar una utilidad a las artesanías: las figuras de barro pueden ser portalápices, los petates alhajeros, los bordados tortilleros, las máscaras pueden volverse souvenirs si se hacen más pequeñas y se les pega un imán detrás y hay a quién se le ha ocurrido hacer aretes con piedras de cantera rosa esculpidas por artesanos de Escalerillas. Lo que sea con tal de “atraer al mercado”.

También es un problema porque otros funcionarios han insistido en revalorar las artesanías como parte de la identidad y del patrimonio cultural. No se trata sólo de un quechquémetl, sino es toda una visión del mundo, un mapa del universo que una anciana sabia tejió y bordó con sus manos pensando en sus ancestros y que agradece que una turista se lo haya comprado sin regatear mucho, para poder pagar la recarga de su celular y poder recibir la llamada de su hijo migrante.

Las instituciones, autoridades, funcionarios públicos y académicos lograron la especialidad de la casa: un revoltillo de contradicciones. Hoy no se sabe, si las artesanías deben ser dirigidas por una política cultural (a cargo de la Secretaría de Cultura), de asistencia social (DIF), de desarrollo social (Sedesol) o de Desarrollo Económico (Sedeco) o de Turismo. Tampoco se sabe si se debe seguir impulsando su desarrollo financiero para que los artesanos puedan competir contra la oferta china convirtiéndolos en fábricas, si los artesanos deben adquirir capacitación administrativa para convertirse en empresarios, si deben adaptarse a lo que el mercado les pide, o si deben educar al mercado.

Hay quién se pregunta ¿hasta dónde deben seguir produciendo la misma artesanía que cada vez resulta más caro producir y vender?

En Michoacán, los artesanos reboceros, recibieron apoyos múltiples de su gobierno del estado y de los capitales migrantes (y otros innombrables) para el establecimiento de pequeñas fábricas textiles a lo largo de toda la meseta. Los trajes purépechas ahora se bordan en computadora y han diversificado toda clase de prendas: guayaberas, quechquémetls, rebozos, blusas y rollos. Los fabrican casi en serie y los venden a todos precios, dependiendo de la calidad de los materiales y el tipo de prenda. Hay para todos los bolsillos. Las chicas purépechas, uaris, el día de una fiesta en Cocucho, para presumir usan un rebozo de Santa María del Río…

Todo esto se lo comento, estimado y culto público de La Orquesta, porque todo indica que el problema de las artesanías en San Luis Potosí le seguirá dando dolores de cabeza a varios funcionarios de gobierno.

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Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

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Filosofía para qué | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

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Opinión