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Recomendación: por favor, ten un perro | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

El fin de semana llegó a salas de cine la película The Art of Racing in the Rain (Simón Curtis, 2018), titulada en español Mi amigo Enzo, en una excepción, la traducción del titulo resulta más adecuado que el original. No soy crítica de cine, ni siquiera una cinéfila que ha visto todas las películas incluidas en la lista de IMBD, pero tengo un perro, un golden retriever, como el protagonista de la película. Sí, fue por ello que decidí elegir ver este filme y no el esperado penúltimo largometraje de Tarantino. Si bien es cierto que las películas protagonizadas por perritos abundan (Marley y yo, Siempre a tu lado, Isla de Perros, La razón de estar contigo) y que todas comparten el objetivo de hacernos llorar a moco tendido, pero Mi amigo Enzo me hizo reflexionar sobre mi vida desde la llegada de mi perro.

La elección de mi mascota llegó por culpa de otro filme de perros, Buddy Súper Estrella (Air Bud, 1997), el protagonista era un Golden Retriever que jugaba básquetbol como el mismito Michael Jordan. Desde el día que vi esa película en canal cinco supe que quería un golden en mi vida,  porque según mostraba el filme son una raza muy inteligente y son como peluches toda la vida. Así que, después de un par de canes de todos los tipos, tamaños y colores apareció Rulfo. No por arte de magia, sino por una cantidad de miles de pesos. Antes de adquirirlo me cuestioné si valía cada peso existiendo en la calle cientos de perros sin hogar. 20 meses después puedo afirmar que ha válido cada centavo y cada libro mordido. Al igual que Enzo, Rulfo fue elegido entre su camada. Todos igual de peludos y adorables, pero este tenía algo que me hizo seleccionarlo como mi compañero de vida por los próximos años, una cara de ingenuidad que no se le quitaría ni con la madurez. Esa cara de menso es la misma que me recibe cuando los días son malos o buenos. No tiene interés sobre mi estrés, ni mi carga de trabajo. Ni mucho menos por las malas decisiones que dirigen mi camino. Tampoco se encuentra interesado en saber los fondos de mi cuenta bancaria ni si los pagos de las tarjetas se han realizado en tiempo y forma. Su única meta en la vida es hacerme sentir que se encuentra ahí para darme amor. Un trabajo que ha cumplido de manera sobresaliente. Sería el empleado del mes si esto de amar fuera un trabajo.

Algunas personas me han dicho que mi perro es un perro y no un humano, ni tampoco es mi hijo. Una afirmación tan tonta como quienes la dicen. Es claro que no es un humano: los humanos somos crueles y egoístas. Mi perro es bondadoso y me ha enseñado en un más de una ocasión que la vida no se trata de cuánto puedes comer o tener, sino de lo que necesitas. Por más caro o sabroso que resulte un alimento, él puede esperar a mi orden pues no me quiere defraudar, sin importar que sus intereses se vean afectados. Las personas, en cambio, pondrían sus beneficios en primer lugar. Tampoco es mi hijo porque nunca cuestiona lo que le brindo, ni exige más de lo que puede dar. No hace berrinches a media calle, ni tampoco me cambia por su pareja. Él está ahí porque quiere y no porque un lazo sanguíneo le ha dicho que tiene que estar.

Pero si algo me ha enseñado Rulfo es que nadie está preparado para la muerte de un ser amado. Hace meses escribía que la muerte tiene permiso de llevarse a nuestros abuelos, a nuestros padres o a nuestros amigos porque es un proceso natural. Por más natural que sea, todos los días tengo miedo del día de su muerte. Tengo miedo de un día no ver su nariz negra desde la ventana. Tengo miedo de no encontrar pelos en mi ropa cuando estoy en el trabajo. Tengo miedo de no tener a quien abrazar cuando la soledad me invade. Tengo miedo de no ver su sonrisa al pasear en coche. Pero sobre todo, tengo miedo de perder a mi mejor amigo.

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