junio 17, 2026

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#4 Tiempos

La atención | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Fue Edwin Goffman (1922-1982), el famoso sociólogo canadiense, quien acuñó la expresión «formas de desatención civil» para referirse a esos gestos que solemos ejecutar en las calles o en las plazas para no darnos por enterados de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Leer un libro en el autobús, por ejemplo, puede ser una manera de ganarle tiempo al tiempo, como se dice, convirtiendo el medio de transporte en una escuela rodante; pero puede ser también una «forma de desatención civil» si nos ponemos a leer sólo para no tener que vérnoslas con nuestros compañeros de viaje. Colocarse un par de audífonos en la cabeza puede ser una manera de hacer nuestra caminata cotidiana un poco menos aburrida, pero puede ser igualmente una «forma de desatención civil» si nos tapamos con ellos las orejas con el solo fin de ignorar a los que caminan a nuestro lado, o para no saludarlos haciendo como que no los vemos. «Cuando enciendo el walkman apago el mundo», me dijo una vez un amigo mío, y no creo que, hasta ahora, alguien lo haya dicho mejor. Sí, encender el walkman es no permitir que el mundo con sus sonidos, sus voces y su ruido nos alcance.

Pero prosigamos. Hoy, gracias a la tecnología, las formas de desatención civil son abundantes, y esperar nuestro turno en una ventanilla puede dar ocasión para ejercitarnos en muchas de ellas. Podemos, por ejemplo, hojear la revista de ofertas de un famoso centro comercial, o fingir que la punta de nuestros zapatos es un objeto digno de contemplación, o pulsar azarosamente las teclas de nuestro teléfono celular haciendo como que enviamos un mensaje, aunque en realidad no tengamos ni red inalámbrica ni amistades suficientes para ello… Como puede verse, la lista es infinita.

Ser desatentos, en el lenguaje cotidiano, significa ser descorteses. «¡Qué desatento eres, querido!», dice la mujer a su esposo cuando a éste se le olvida cederle el paso antes de entrar ambos a algún lugar. Sin embargo, un análisis más detenido de las palabras nos tendría que llevar a concluir que la desatención, por evidente que esto parezca, tiene mucho más que ver con la atención que con la cortesía, y que es como la falta de ella. El desatento es descortés sólo de rebote, por decirlo así, pues antes ha cometido otra falta: la de no haber reparado en los seres que se movían a su alrededor y, por lo tanto, de darles el trato que merecían. El desatento mira, pero no ve; oye, pero no escucha; camina, pero pasando de largo. 

Conocí una vez a un hombre así –bueno, en realidad he conocido a muchos, pero por ahora quiero referirme sólo a él-. Por el puesto que ocupaba era muy conocido en todas partes y no eran pocos lo que lo apreciaban, de manera que cuando lo veían en la calle casi siempre intentaban detenerlo. No obstante, este señor caminaba por la vida con la actitud de quien lleva siempre mucha prisa. No, no caminaba por la vida: corría. Y, así, cuando alguien lo interceptaba, él se ponía a la defensiva haciendo c asi automáticamente las siguientes cuatro cosas: Primera: esbozar una sonrisa para derretir el hielo y dar apariencia de cercanía

. Hasta aquí todo estaba bien, pero apenas transcurrían 10 o 20 segundos, nuestro amigo pasaba entonces a ejecutar el acto número dos, que consistía en hacer breves pero incisivas alusiones a su compromiso más inmediato, que tendría lugar a escasos cinco minutos en la parte opuesta de la ciudad
. Una vez hecho esto, era ya muy fácil ejecutar el acto número tres, consistente en lanzar una discreta mirada a su reloj de pulsera. Cuando llegaba a este punto, ¿qué podían hacer los interlocutores más que apartarse de su camino para no ser arrollados? Por último –paso número cuatro-, nuestro héroe echaba a correr. Y no es que fuera malo, no: es que era desatento. No reparaba en los demás, ni se hacía cargo de sus personas; no leía la composición o descomposición de sus rostros: él sencillamente los ignoraba.

En sus Soliloquios y conversaciones, don Miguel de Unamuno (1864-1936) confesó haber descubierto un método para reconocer a los ociosos. ¿Quiere usted saber en qué consiste? Escuche usted: «En mi pueblo, en Bilbao, hay un cierto culto a la actividad, al trabajo, y, sin embargo, hay muchos vagos –como es natural que los haya en un pueblo tan trabajador-; pero esos vagos, para hacer creer que trabajan, van siempre muy de prisa por la calle. Cuando veáis uno que tan trabajado; pero esos vagos, para hacer creer que trabajan, van siempre muy de prisa por la calle a todo vapor, atropellando a aquellos con quienes cruza, podéis asegurar que es un vago. Quiere hacer creer que está muy atareado».    

Estos que viven corriendo, ¡cómo son descorteses y fríos! Tú los quieres detener para preguntarles cómo están y ellos simplemente se baten en retirada; y si les hablas por teléfono, se ve a las claras que ya antes de contestar quieren colgarte. Pero, ¿qué pasa con tales energúmenos? Que, llegados a cierto punto, uno se cansa de ellos y opta por hacerse a un lado. ¡En cambio, cómo admiramos a las personas que caminan por la vida con parsimonia y elegancia! Son atentos, educados y casi diría que hasta contemplativos. Todo objeto que se mueve a cierta distancia de ellos es digno de su atención y de su saludo.

La atención, la verdadera atención, es una virtud: «es una gracia que hay que pedir», asegura el cardenal Carlo María Martini en uno de sus libros. «Supone distensión, desapego, prontitud, agilidad de espíritu, libertad interior, capacidad de entusiasmarnos por cualquier cosa bella, ausencia de prisa». La atención es la virtud de los grandes hombres, el fundamento de la cortesía, aquello que hace posible los encuentros.

En la era de la desatención y de la prisa hay que pedir a Dios la gracia de la atención.

De la atención, sí, para que los demás no pasen por nuestra vida como pasan las ráfagas de aire; para poder darles lo mejor de nosotros mismos y enriquecerlos con los tesoros de amabilidad y de ternura que llevamos dentro y que -como avaros incorregibles- casi nunca gastamos.

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#4 Tiempos

Hagamos Fan Fest, eso lo paga el pueblo | Columna de Haniel Valdés

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Acento Ajeno

 

La clase política potosina parece estar de acuerdo en una sola cosa: es hora de pelearse. Sin embargo para coordinarse y ahorrar dinero público, para cumplir promesas de campaña o terminar las obras conjuntas, para dialogar como adultos o políticos maduros, serios, profesionales, en lugar de andar tirando piedras con cuanta pregunta lanzan mis colegas del gremio, para eso: “no señor, no tenemos tiempo”.

El Mundial de 2026 está dejando una imagen que resume buena parte de la relación entre el gobernador Ricardo Gallardo y el alcalde Enrique Galindo: dos Fan Fest en la misma ciudad, financiados con recursos públicos distintos, promovidos por gobiernos distintos y dirigidos exactamente al mismo público, los potosinos.

Por un lado, el Gobierno del Estado adquirió un paquete de derechos de transmisión para llevar los partidos a San Luis Potosí, Soledad, Ciudad Valles y Rioverde. Por otro, el Ayuntamiento capitalino firmó sus propios acuerdos para organizar transmisiones en Plaza del Carmen.

La pregunta es inevitable: ¿era realmente necesario dos fan fest en la capital del estado?

Porque más allá de los argumentos políticos o administrativos que cada autoridad pueda presentar, el resultado práctico fue que dos gobiernos sostenidos por los mismos contribuyentes terminaron desarrollando estructuras paralelas para ofrecer exactamente el mismo servicio: que los ciudadanos vieran partidos del Mundial en espacios públicos.

Pantallas, logística, promoción, personal operativo, actividades complementarias y derechos de transmisión. Todo por duplicado.

Hasta ahora, ninguna autoridad ha transparentado completamente cuánto costaron los derechos de transmisión en cada caso. Se especula que mientras el Ayuntamiento capitalino gastó unos 11 millones, el “tetrapack” estatal superó los 60 millones.

Estas cifras pueden o no ser ciertas, pero lo que sí se conoce es que tanto el Ayuntamiento como el Gobierno del Estado comprometieron millones de pesos en contratos relacionados con sus Fan Fest destinando recursos para un mismo esquema de transmisiones mundialistas, solo que en dos plazas distintas.

El problema no es que existan eventos para acercar el Mundial a la gente. Eso puede justificarse perfectamente. El problema es la ausencia de coordinación institucional.

¿Alguien analizó cuánto habría costado un solo gran Fan Fest respaldado por ambas administraciones?

¿Alguien calculó cuánto dinero público se habría ahorrado compartiendo infraestructura, producción y permisos?

¿Alguien explicó por qué era mejor tener dos proyectos compitiendo entre sí en lugar de uno complementario?

La impresión que queda es incómoda: la rivalidad política terminó pesando más que la eficiencia administrativa.

Mientras los discursos oficiales hablan de unidad, promoción turística y convivencia familiar, las decisiones muestran otra cosa. Muestran dos gobiernos empeñados en demostrar quién podía organizar el mejor evento, aunque eso implique gastar más recursos públicos de los necesarios.

Yo veo dos niños pequeños, organizando su cumpleaños y peleados por ver quien hace la fiesta más linda. ¿El problema? Como los niños son de la misma familia, el dinero sale de la misma bolsa y los invitados son exactamente los mismos “amiguitos”.

El Mundial dura unas semanas. Las consecuencias de gastar sin coordinación permanecen mucho más tiempo.

Porque el dinero utilizado para financiar proyectos paralelos no pertenece ni al gobernador ni al alcalde. Pertenece a los ciudadanos.

Y los ciudadanos tienen derecho a preguntarse si realmente era indispensable pagar dos veces por lo mismo.

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El Cronopio

El incansable escrutador del cielo, Enrique Chavira Navarrete | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

El 5 de junio de 1925 nace en la Ciudad de México Enrique Chavira Navarrete, el incasable escrutador del cielo; personaje que representa el renacer de la astronomía mexicana moderna. Heredero de los pioneros mexicanos de la astronomía que formaron los establecimientos para el estudio de la disciplina, entre ellos los potosinos Valentín Gama y Rodolfo Jurado y, muy especialmente de Joaquín Gallo quien le enseñó a observar y dar seguimiento a cuerpos celestes en el Observatorio de Tacubaya donde ingresó Chavira a trabajar, para luego pasar, al entonces naciente, Observatorio Nacional de Tonantzintla en Puebla, siendo de los astrónomos que iniciaron actividades en aquel lugar en 1943.

Su labor sería pionera al llevar a la astronomía observacional y a explicar que sucede en los fenómenos celestes que fue un paso significativo de la astronomía para usos prácticos que se realizaba en México a la astronomía moderna en el país, con el uso de nuevos instrumentos con los que contaría el Observatorio de Tonantzintla, como la cámara Schmidt, convirtiéndose en uno de los grandes observadores del cielo. El Observatorio de Tonantzintla se convertiría en uno d ellos principales centros de astronomía a nivel mundial, donde se descubrieron una buena cantidad de objetos celestes, participando en ello Enrique Chavira.  

En los setenta, cuando yo estudiaba física en San Luis, visitamos el INAOE que había asumido ese nombre a principios de los setenta al extenderse el observatorio de Tonantzintla a las áreas de electrónica y óptica que se agregaban a la de astrofísica, el Instituto Nacional de Astrofísica Óptica y Electrónica, conocimos a Enrique Chavira quien nos mostraba parte de la instrumentación telescópica que contaba esa institución, posteriormente al ir a continuar mis estudios a Puebla, fui compañero de la maestría en física de su hija Elsa Chavira, de quien ya hemos comentado en esta sección, y visité varias veces su casa además de encontrarlo seguido en el INAOE; entre las visitas a su casa, una de ellas de varios días pues estaba convaleciente y la familia de Elsa me albergó, descubrí que Enrique Chavira era un estudioso de las arqueología, y que había recopilado una buena colección de objetos prehispánicos propios de la región cholulteca donde estaba alojado el INAOE

, mismos que estudiaba con ahínco. 

Enrique Chavira es uno de los pilares de la astronomía observacional en México, que lo llevo a ser integrado como investigador en 1952 del Observatorio Astrofísico Nacional de Tonantzintla (OANTon), destacando en la identificación y clasificación de galaxias y estrellas azules gracias a su preparación en análisis espectral.

Entre sus descubrimientos observacionales se encuentran, el de una supernova en la región de Sagitario, el registro del quasar Ton256, que en el nombre lleva las siglas del observatorio de Tonantzintla, el objeto extragaláctico más lejano observado por la Cámara Schmidt de Tonantzintla y del Cometa Haro-Chavira en 1954 en la región del Toro. No es de extrañar que aparezca en el par de novelas de Elena Poniatowska que le dedicó la escritora al Observatorio de Tonantzintla donde trabajaba su esposo Guillermo Haro, compañero de Enrique Chavira.

A lo largo de más de cincuenta años contribuyó a la colección de más de 15 mil placas astrofotográficas del INAOE, sucesor del OANTON. La colección de placas astrofotográficas de la Cámara Schmidt de Tonantzintla que fue reconocida oficialmente en 2015 en el programa Memoria del Mundo de la UNESCO, cuestión que ya no pudo ser testigo Enrique Chavira Navarrete, pues su muerte ocurrió el 23 de noviembre del año 2000 en la Ciudad de Puebla donde radicó en todo ese tiempo. 

Sus grandes descubrimientos y la intensa labor en pro de la astronomía mexicana le valieron diversas distinciones, diplomas, cédulas reales, medallas al mérito académico y el nombramiento de Investigador Emérito en el INAOE.

Enrique Chavira, el gran astrónomo observacional, pasa a la historia como uno de los pilares de la astronomía mexicana moderna. 

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#4 Tiempos

Gallardo manejó, Claudia le leyó el mapa | Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

 

 

Culto Público, hijos de la forma y el fondo:

Les traigo la primicia. Hace unas horas estuvo aquí en la capital la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

Así. Sin aviso previo. Sin discurso. Rompiendo por completo — y si no me equivoco, por primera vez en su mandato — la forma de acudir a sus giras de fin de semana.

Los eventos a los que vino son, por donde se vea, guiños tiernos: premiar a un equipo de fut femenil en la Politécnica e inaugurar una cancha de futbol en Santa María del Río. Nada que ver con el estilo de sus giras. Y eso dice mucho.

La presidenta comenzó a visitar gobernadores. Y que el primero haya sido el potosino habla de la importancia que le da la mandataria a este estado de cara a la próxima contienda.

No dio discurso — seguramente algunas palabras a las premiadas y a los usuarios de la cancha —, pero su sola presencia dijo mucho más que cualquier micrófono encendido.

En los traslados estuvieron solo ella y el gobernador. Ni siquiera hubo chofer: manejó Gallardo. Y yo les apuesto, sin haberlo visto, que no hablaron del clima ni del partido México contra Corea.

Temas que sí tocaron, a mí juicio: la llamada Ley Serrano, la narrativa nacional construida sin contexto sobre la persecución a “voces críticas” — por fin la presidenta supo la calaña de personas a las que organismos internacionales defendieron con tanto ardor — y la realidad de fondo de ese asunto. Si hubo regaños, que bueno. Si se puso cada cosa en su lugar y en justa dimensión pues qué mejor.

En lo político les dejo dato para que ustedes le den mejor interpretación:

Nadie de Morena ni de Bienestar fue enterado. En Santa María del Río ni despertaron a la presidenta municipal — que es de Morena — y se enteró de la visita de Sheinbaum cuando apenas se andaba haciendo un huevito para el desayuno. Memo Morales y Rita tampoco estuvieron enterados, hasta donde se sabe.

Esos no son descuidos. Eso es mensaje.

Preguntas que dejo en el aire, porque yo no sé nada y ustedes sabrán leer mejor:

¿Comenzó la presidenta a hacer acuerdos rumbo al 27?

Si es así, se le aplaude que los haga en persona. Los mensajes encriptados y los “te mando decir con gestos” caen gordos.

¿Vino a conceder la “Excepción Ruth” estatutaria para amarrar la alianza Verde-Morena de cara a la gubernatura?

¿Vino a decirle al gobernador — no a preguntarle, ojo— cómo se va a llamar el candidato?

¿O ya quedaron en jugar a las venciditas uno contra el otro y buena suerte?

Yo por mi parte no sé nada. Yo apenas estaba echando baño para ir a misa de una en Tequis.

Buen domingo a todos y todas.

Yo soy Jorge Saldaña.

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Opinión

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