octubre 15, 2026

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#4 Tiempos

El silencio de Fray Luis | Columna de Juan Jesús Priego

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Las máquinas nos han seducido de tal manera que ni tardos ni perezosos nos hemos puesto a imitarlas. Esto, como es lógico, ha resultado bastante provechoso para las empresas, aunque no sé si, finalmente, lo haya sido también para los individuos. ¡Las máquinas! ¿No es verdad que son éstas las que determinan ya el ritmo de la vida? Hoy se ha hecho necesario trabajar casi a su misma velocidad, con el resultado de que todos vivimos –hombres, mujeres y niños- con la lengua de fuera. ¿Y por qué no en vez de imitar a las máquinas tratamos de imitar a otros hombres y, sobre todo, a esos hombres representativos que la historia ha reconocido como auténticos maestros en el arte de vivir? Uno de ellos es el español Fray Luis de León. Veamos por qué es tan «representativo» como decimos y por qué tiene mucho que enseñarnos, aunque sólo sea en el breve espacio de esta página.

Fray Luis nació en Belmonte, provincia de Cuenca, en 1527; que haya quien diga que lo hizo más bien en el año 28 o 29 del mismo siglo, es cosa que a nosotros nos tiene sin cuidado. Ingresó muy joven en la Orden de los Agustinos, y en 1561 obtuvo la cátedra de teología escolástica en la prestigiosa Universidad de Salamanca. Francisco Pacheco, que conoció personalmente a Fray Luis, lo describe de esta manera en su Libro de verdaderos retratos: «En lo natural fue pequeño de cuerpo, en debida proporción; la cabeza grande, bien formada, poblada de cabello algo crespo; el cerquillo, cerrado; el rostro, más redondo que aguileño; trigueño en color; los ojos, verdes y vivos. En lo moral, es el hombre más callado que he conocido, si bien de singular agudeza en sus dichos, con extremo abstinente y templado en la comida, bebida y sueño; de mucho secreto, verdad y fidelidad; puntual en promesas y palabras…».

Que era un hombre que buscó siempre la sencillez, la soledad y el silencio y nunca el engañoso poder, es algo que puede colegirse de los siguientes versos salidos de su pluma:

 

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanza, de recelo.

 

 O también de estos otros:

 

Y mientras miserablemente

se están los otros abrasando

en sed insaciable

del no durable mando,

tendido yo a la sombra esté cantando.

El mismo año en que obtuvo la cátedra en la Universidad de Salamanca «en competencia de siete opositores», Fray Luis tradujo para el uso privado de una prima suya, Isabel Osorio, monja del convento del Espíritu Santo, el libro del Cantar de los Cantares, pues además del latín dominaba el hebreo a la perfección (Fray Luis descendía de judíos conversos). Y aquí es justamente donde empezaron sus requiebros, pues según un canon del Concilio de Trento, recientemente celebrado (1545-1563), quedaba prohibido -¡bajo pena de excomunión!- traducir cualquiera de los libros de la Biblia a lengua vulgar.

Él, claro está, conocía la existencia de semejante prohibición; lo que nunca se imaginó es que lo privado llegara a hacerse público –Facebook avant la lettre-,

es decir, que en el monasterio alguien copiara su traducción y la sacara después a recorrer los caminos de Dios (al parecer, quien la sustrajo fue un mozo del mismo monasterio).

Dos pecados, pues, había cometido Fray Luis, al menos según la mentalidad de la época: traducir lo que no se podía, y además hacerlo no a partir de la versión latina de la Biblia (la llamada Vulgata, hecha por San Jerónimo), sino basándose en el texto original hebreo.

Cuando, durante el proceso, el inquisidor Vicente Hernández le reprocha haber escandalizado al pueblo cristiano con su traducción del Cantar de los Cantares, responde Fray Luis en alta voz:

«-A este hombre el oír besos y abrazos, ojos claros y otras palabras destas de que está lleno el texto de aquel libro le escandalizó los sentidos. No se percataba cuando lo leía en latín, si alguna vez lo llegó a leer, y le hirió el oído por oíllo en romance».

Pero no valieron sus razones y fue condenado a prisión, donde estuvo recluido del 27 de marzo de 1572 al 7 de diciembre de 1576. Al salir, la cátedra le fue restituida. Y tan pronto como pudo sentarse nuevamente en ella, empezó su lección diciendo: Dicebamus hesterna die: «Como decíamos ayer»…

Sus discípulos esperaban una explosión, una queja, una crítica a las autoridades que tan injustamente lo habían castigado enviándolo a la cárcel, pero él empezó su clase como si nada hubiera sucedido. Los estudiantes, que asistieron a ella en gran número, esperaban algo semejante a esto: «He perdido cuatro años de mi vida, señores. ¡Cuatro años que nadie me devolverá! ¡Maldita sea la vida, y malditos los inquisidores. ¡Que el diablo se los lleve!». Pero nada de esto dijo el maestro y siguió su curso como si tal cosa.

Es verdad que pudo pasarse el resto de sus días quejándose amargamente de Dios y de los hombres; de Dios por haber permitido tan grande afrenta, y de los hombres por haberla ejecutado. Pudo, además, haber dicho dos que tres cosillas de la gente que lo acusó. Pero de sus labios no salió más que un Dicebamus hesterna die que de seguro conmovió hondamente a sus alumnos. ¿Algún día seremos capaces de semejante discreción, de semejante silencio? El día en que lo seamos, habremos aprendido su lección. La mejor que dio a sus alumnos mientras vivió en nuestro achatado planeta…

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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