mayo 27, 2026

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#4 Tiempos

El silencio de Fray Luis | Columna de Juan Jesús Priego

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Las máquinas nos han seducido de tal manera que ni tardos ni perezosos nos hemos puesto a imitarlas. Esto, como es lógico, ha resultado bastante provechoso para las empresas, aunque no sé si, finalmente, lo haya sido también para los individuos. ¡Las máquinas! ¿No es verdad que son éstas las que determinan ya el ritmo de la vida? Hoy se ha hecho necesario trabajar casi a su misma velocidad, con el resultado de que todos vivimos –hombres, mujeres y niños- con la lengua de fuera. ¿Y por qué no en vez de imitar a las máquinas tratamos de imitar a otros hombres y, sobre todo, a esos hombres representativos que la historia ha reconocido como auténticos maestros en el arte de vivir? Uno de ellos es el español Fray Luis de León. Veamos por qué es tan «representativo» como decimos y por qué tiene mucho que enseñarnos, aunque sólo sea en el breve espacio de esta página.

Fray Luis nació en Belmonte, provincia de Cuenca, en 1527; que haya quien diga que lo hizo más bien en el año 28 o 29 del mismo siglo, es cosa que a nosotros nos tiene sin cuidado. Ingresó muy joven en la Orden de los Agustinos, y en 1561 obtuvo la cátedra de teología escolástica en la prestigiosa Universidad de Salamanca. Francisco Pacheco, que conoció personalmente a Fray Luis, lo describe de esta manera en su Libro de verdaderos retratos: «En lo natural fue pequeño de cuerpo, en debida proporción; la cabeza grande, bien formada, poblada de cabello algo crespo; el cerquillo, cerrado; el rostro, más redondo que aguileño; trigueño en color; los ojos, verdes y vivos. En lo moral, es el hombre más callado que he conocido, si bien de singular agudeza en sus dichos, con extremo abstinente y templado en la comida, bebida y sueño; de mucho secreto, verdad y fidelidad; puntual en promesas y palabras…».

Que era un hombre que buscó siempre la sencillez, la soledad y el silencio y nunca el engañoso poder, es algo que puede colegirse de los siguientes versos salidos de su pluma:

 

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanza, de recelo.

 

 O también de estos otros:

 

Y mientras miserablemente

se están los otros abrasando

en sed insaciable

del no durable mando,

tendido yo a la sombra esté cantando.

El mismo año en que obtuvo la cátedra en la Universidad de Salamanca «en competencia de siete opositores», Fray Luis tradujo para el uso privado de una prima suya, Isabel Osorio, monja del convento del Espíritu Santo, el libro del Cantar de los Cantares, pues además del latín dominaba el hebreo a la perfección (Fray Luis descendía de judíos conversos). Y aquí es justamente donde empezaron sus requiebros, pues según un canon del Concilio de Trento, recientemente celebrado (1545-1563), quedaba prohibido -¡bajo pena de excomunión!- traducir cualquiera de los libros de la Biblia a lengua vulgar.

Él, claro está, conocía la existencia de semejante prohibición; lo que nunca se imaginó es que lo privado llegara a hacerse público –Facebook avant la lettre-,

es decir, que en el monasterio alguien copiara su traducción y la sacara después a recorrer los caminos de Dios (al parecer, quien la sustrajo fue un mozo del mismo monasterio).

Dos pecados, pues, había cometido Fray Luis, al menos según la mentalidad de la época: traducir lo que no se podía, y además hacerlo no a partir de la versión latina de la Biblia (la llamada Vulgata, hecha por San Jerónimo), sino basándose en el texto original hebreo.

Cuando, durante el proceso, el inquisidor Vicente Hernández le reprocha haber escandalizado al pueblo cristiano con su traducción del Cantar de los Cantares, responde Fray Luis en alta voz:

«-A este hombre el oír besos y abrazos, ojos claros y otras palabras destas de que está lleno el texto de aquel libro le escandalizó los sentidos. No se percataba cuando lo leía en latín, si alguna vez lo llegó a leer, y le hirió el oído por oíllo en romance».

Pero no valieron sus razones y fue condenado a prisión, donde estuvo recluido del 27 de marzo de 1572 al 7 de diciembre de 1576. Al salir, la cátedra le fue restituida. Y tan pronto como pudo sentarse nuevamente en ella, empezó su lección diciendo: Dicebamus hesterna die: «Como decíamos ayer»…

Sus discípulos esperaban una explosión, una queja, una crítica a las autoridades que tan injustamente lo habían castigado enviándolo a la cárcel, pero él empezó su clase como si nada hubiera sucedido. Los estudiantes, que asistieron a ella en gran número, esperaban algo semejante a esto: «He perdido cuatro años de mi vida, señores. ¡Cuatro años que nadie me devolverá! ¡Maldita sea la vida, y malditos los inquisidores. ¡Que el diablo se los lleve!». Pero nada de esto dijo el maestro y siguió su curso como si tal cosa.

Es verdad que pudo pasarse el resto de sus días quejándose amargamente de Dios y de los hombres; de Dios por haber permitido tan grande afrenta, y de los hombres por haberla ejecutado. Pudo, además, haber dicho dos que tres cosillas de la gente que lo acusó. Pero de sus labios no salió más que un Dicebamus hesterna die que de seguro conmovió hondamente a sus alumnos. ¿Algún día seremos capaces de semejante discreción, de semejante silencio? El día en que lo seamos, habremos aprendido su lección. La mejor que dio a sus alumnos mientras vivió en nuestro achatado planeta…

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El Cronopio

Elke Köppen y la sociología visual | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

El estudio de las imágenes como medio de comunicación, aprendizaje y generación de nuevo conocimiento, es una de las áreas que están desarrollándose. Pocos estudios en comparación con otros temas, son los que se han realizado en este tema. Nuestro mundo, un mundo de imágenes, que ahora con el advenimiento de las redes sociales, se despliegan, en parte, como transformadoras de la realidad, producen además un detrimento en la capacidad lectora de los jóvenes.

Las imágenes en sí, también requieren de decodificar su significado y reconstruir la narrativa que encierran en su construcción, sea producida por una fotografía y elaborada por otros métodos, incluyendo la iconografía. De esta manera, requiere una alfabetización para su apreciación y su interpretación, lo que la convierte en un recurso pedagógico que es poco aprovechado.

La construcción de nuevo conocimiento en nuestra era nanotecnológica, y astronómica, requiere del manejo de imágenes que adquieren sentido para los especialistas, como medio de extensión de nuestros sentidos para el entendimiento de nuestro mundo. Una imagen dice más que mil palabras, dicen por ahí, pero no siempre estas palabras están al alcance del observador. 

Una de las investigadoras que ha incursionado en este tema, y en el uso de las imágenes en el área de biblioteconomía, es la Dra. Elke Köppen que desarrolla lo que llama, sociología visual, que tiene como objetivo alentar el uso de material visual en la investigación social y, en otras áreas del conocimiento.

La Dra. Elke Köppen es investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde participa activamente en el Programa de Investigación Estudios Visuales, enfocándose primordialmente en la fotografía. Su línea de investigación es sobre recursos y sistemas de información en bibliotecas, archivos y repositorios. Ha fincado una destacada carrera académica de más de treinta y nueve años en la UNAM, iniciando en el Instituto de Investigaciones Sociales de dicha institución, generando una buena cantidad de estudios que han sido publicados en revistas y diversas publicaciones internacionales, entre artículos, capítulos de libro y libros coordinados sobre información visual, archivos fotográficos, imágenes científicas graffiti y fotografía.

Su formación inicial es en sociología, de la que obtuvo la licenciatura en la Universidad de Bielefeld, Alemania. Vino a México a continuar sus estudios de posgrado y trabajar en investigación social. Realizó su maestría y posteriormente el doctorado en Bibliotecología y Estudios de la Información en la UNAM.

Elke Köppen ha colaborado como investigadora con receso sabático con la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en la Facultad de Ciencias de la Información, en información visual y tecnologías disruptivas. Ha seleccionado a San Luis Potosí como uno de sus puntos de residencia lo que enriquece el ambiente cultural y académico de la ciudad.

La visión estética de las imágenes, principalmente a través de la fotografía, enlaza las áreas de las ciencias sociales y las exactas, resaltando el tema interdisciplinario que pregona el instituto para el que labora, desde su creación, el cual recientemente ha cumplido treinta años de fundado.

Algunos de los libros que le ha publicado la UNAM, son: los trazos de la ciencia, libro que es resultado del cruce de diversas investigaciones sobre procesos históricos de producción de conocimientos científicos y tecnológicos vehiculados por el uso de imágenes. Pero se trata de imágenes elaboradas para distintos destinatarios y con múltiples propósitos: información geográfica, educación moral, pasatiempos, diagnósticos médicos. Otro de ellos es: imágenes en la ciencia, ciencia en las imágenes, libro colectivo de la que fue coordinadora.

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El Cronopio

El formador de humanistas, Villaseñor Tejeda | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Hace setenta y un años iniciaban las actividades académicas de la extinta Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desaparecida ignominiosamente por motivos políticos en 1962. La UASLP caía en un largo periodo de oscurantismo del que costó salir, en la década de los ochenta, con el esfuerzo de la planta académica que comenzó su formación en la propia UASLP y que redondeara esa formación en universidades e instituciones de vanguardia a nivel mundial.

Sesenta años después se restablecían en la UASLP estudios humanísticos y sociales. Los primeros tiempos de aquella Facultad de Humanidades fueron brillantes y una pléyade de profesores figuraron en el claustro académico de la UASLP, muchos de los cuales han caído en el olvido y que hemos estado recordando en esta columna, tanto a profesores como profesoras que aparecen en el libro Damas de Potosí, perfiles publicados en La Orquesta.

En cuanto a la licenciatura de filosofía, activa en la actualidad en la UASLP, que cumple once años de ser reactivada, pues esta carrera era una de las carreras que existían en aquella Facultad de Humanidades, requiere conocer sus antecedentes y principalmente los profesores que le dieron vida en la década de los cincuenta y principios de los sesenta.

Uno de esos profesores fue José Villaseñor Tejeda, que impartió cátedra en la Facultad de Humanidades potosina de enero de 1958 a agosto de 1962, año y mes en que fue cerrada. A decir de Josefina de Ávila Cervantes, estudiante y profesora de la mencionada Facultad y de quien hemos tratado en esta columna, “el profesor Villaseñor fue el eje silencioso del cual partían y al cual volvían maestros y alumnos”.

En ese lustro de trabajo en la UASLP por formar maestros en filosofía y en letras escribiría su Introducción a la Filosofía, su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura y sus ensayos sobre Sócrates, Freud, Proust, Dostoievski, el humanismo y otros temas que fueron publicados en la Revista de la Facultad de Hum anidades, en Letras Potosinas y en Vitral, revista del Instituto de Cultura Superior, así como escritos inéditos consistentes en investigaciones filosóficas, ensayos sobre arte: pintura, cine, literatura.

José Villaseñor Tejeda murió joven, a los cuarenta años, el 23 de diciembre de 1968 en la Ciudad de México a donde fue a laborar al Instituto de Cultura Superior después del cierre de la Facultad de Humanidades. En ese Instituto reestructuró el curso filosofía de la religión que había iniciado en la UASLP. 

Villaseñor comenzó sus estudios de filosofía en el Seminario Conciliar de México y para 1947 pasó a la Universidad Nacional Autónoma de México donde terminó sus estudios de maestría en filosofía. Al terminar, ingresó como profesor a la Universidad de Guanajuato donde laboró por un poco tiempo al renunciar en protesta por el despido de un grupo de compañeros de trabajo tratados injustamente por las autoridades escolares.

Su compañera de aventura académica en la UASLP, la mencionada Josefina de Ávila lo retrata en un comentario de recuerdo: “La contrapartida de su historia -la que ofrece tan poco a aquellos que esperan todo de los hechos-, fue (usando términos suyos), su intrahistoria. Para quienes no traducen su propia existencia como un activismo urgente y aceptan, por el contrario, que la aventura del espíritu no puede ser corrida con la esperanza de una respuesta concreta y tranquilizadora sino con la pura actitud contemplativa, encontrarán en su obra una invitación a detenerse ante el misterio develable que envuelve y penetra esto que llamamos el Universo”.

El recuerdo de quienes contribuyeron al desarrollo de nuestras instituciones y, participaron en la formación de la juventud potosina y profesionales que contribuyen al desarrollo social es imprescindible en una institución que se jacta de ser representativa de la educación superior en el país; pero más importante es darles vida manteniendo su obra en difusión.

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Acento Ajeno

Educar en el siglo veintiuno es un acto de fe, no solo de vocación | Columna de Haniel Valdés Velázquez

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

¿Te has fijado que en las escuelas hay muchas maestras y maestros veinteañeros o apenas llegados a sus treintas? Hay mucha gente joven llevando en sus hombros el futuro de este país.

Muchos recién egresados de las universidades están eligiendo el magisterio como forma de vida, muchos viven hoy de formar nuevas generaciones, de enseñar lo que pocos años antes aprendieron. Y creo que no lo ven solo como un trabajo, lo ven ya, quizás inconscientemente, como su misión de vida.

Las redes sociales se han llenado de nuevos maestros que comparten sus experiencias, sus historias frente a un aula, y están construyendo una forma distinta de educar, una de cercanía, de compañerismo, de ser uno más de sus alumnos, porque sí, educan, enseñan, pero también aprenden y crecen en el proceso.

Las escuelas son hoy, más que nunca, una bonita convergencia de generaciones, maestros experimentados, con años frente al pizarrón, alumnos muy jóvenes y que apenas comienzan ese largo camino que es el crecer, y noveles maestros, más cerca en edad de sus alumnos que de sus compañeros de profesión, que inician su vida laboral en la más noble de las tareas, educar.

A veces sin apoyo institucional, con un Mario Delgado como secretario de Educación Pública al que le falta la educación y el sentido común, con directivos a distintos niveles, que se preocupan más por las ganancias o los días libres que por el objetivo principal de los centros educativos, los maestros siguen firmes en su convicción de que sin su trabajo no existirían los demás, no habría mañana.

Educar, en pleno siglo veintiuno, en este mundo en el que vivimos, no solo es un acto de valentía, es un acto de fe, de esperanza, de profundo amor. ¿Cómo no creer en ustedes, que hoy entregan tanto?

No felicito a los maestros hoy, eso ya lo han hecho todos, mejor les pido disculpas, por las veces que fui del grupito de atrás que había que separar, por las tareas sin hacer, hasta por los padres incomprensivos que no supieron ver que su hijos no eran los angelitos que ellos pensaban. 

Mejor les agradezco, sé que su labor no la hacen esperando la felicitación del único día del año que parece nos acordáramos de ustedes, les agradezco por seguir, por levantarse en las mañanas y salir dispuestos a cambiar vidas, a formar personas de bien, por no pensar en las carencias y solo ver oportunidades de crecimiento en cada alma que llega a sus clases.

A ustedes maestros, gracias, que no se les acaben nunca la experiencia, la creatividad, el amor y sobre todo, que no se les acabe nunca las ganas de construir futuro.

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