#Si SostenidoColumna de Daniel Tristán

El semáforo en amarillo, el planeta en rojo | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales

No pocas veces se ha puesto sobre la mesa la manera maquiavélica en que la industria farmacéutica opera. Básicamente el objetivo es mantenernos enganchados, obligarnos a consumir a toda costa tal o cual medicamento para mantener funcionando una de las industrias más grandes del planeta. Pareciera un chiste pero no es más que la realidad. Uno llega al médico con un dolor de cabeza, el cual le arreglan con pastillas, mismas que al mitigar la jaqueca le dañan el hígado, y al tratar este segundo mal resulta que ya se le dió en la torre al páncreas y total que el efecto dominó nunca se acaba. La industria farmacéutica se ha regido básicamente con la premisa de “tapar un hoyo para destapar otro”, o como la sabiduría popular reza: “Salir de Guatemala para entrar a Guatepeor”.

En terrenos más cotidianos sucede lo mismo con los mecánicos automotrices a quienes se les pide reparar la bomba de gasolina del auto pero durante la maniobra resulta que ya le encontraron diez fallas más al vehículo. En pocas palabras un simple dolor de muelas termina convirtiéndose en un cáncer y cuando uno pensaba solucionar un problema de pronto se ve con un puñado de contratiempos más. el cuento de nunca acabar.

La nueva normalidad acarreada por la pandemia de covid-19 nos ha convertido a nosotros en un verdugo similar. La cuarentena obligó a la mayoría de la población a encerrarse en casa por meses. Durante ese periodo muchos fueron los que hicieron alarde sobre el supuesto respiro que se le estaba dando al planeta. Las redes sociales se inundaron de imágenes y publicaciones de la gente que celebraba cómo la naturaleza comenzaba a dar señales de recuperación. Algunos animales eran vistos retomando el lugar que les pertenece en las grandes ciudades y los índices de contaminación se redujeron dramáticamente enfrascando al país entero en un paraíso ecológico antes imposible de siquiera imaginar.

Poco nos duró el gusto, a pesar del optimismo (¿o ingenuidad?) de aquellos que pregonaban que quien saliera de la cuarentena sin aprender que era momento de retomar el rumbo del bien ecologista no había entendido nada. Se esfumó en un abrir y cerrar de ojos esa efímera solidaridad con la naturaleza. Con la mayoría del país en semáforo amarillo los mexicanos hemos salido a las calles nuevamente contaminando aún más de lo que ya lo hacíamos en la vieja normalidad.

Se olvidó rápido la consciencia de reducir el uso del auto, se olvidó lo bonito que era ver el cielo limpio y los animales retomando su sitio. La nueva normalidad ha convertido las ciudades en un mar de plástico haciendo obsoleta la reciente prohibición de dar bolsas a los clientes de las tiendas de conveniencia. Hoy en los restaurantes se usa una bolsa para poner los cubiertos en la mesa al comensal, se usa una bolsa para proteger cada bolillo que se pone en las bandejas de las panaderías y, una vez más, nos hemos convertido en nuestro propio némesis. Al igual que las farmacéuticas o el mecánico gandalla estamos “protegiéndonos” de un virus enfermando nuestro entorno. Estamos destapando un hoyo para tapar otro. Somos tan egoístas que preferimos evitar a toda costa contagiarnos aunque vaya de por medio la salud del planeta, y estaremos libres del virus pero en un entorno alarmantemente enfermo. Que conste que tuvimos la oportunidad de aprender la lección y simplemente la dejamos pasar.

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