mayo 18, 2022

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#Si Sostenido

El hombre de la caja 7 | Columna de Juan Jesús Priego

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caja 7

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El hombre de la caja 7 murió un 22 de abril. Era jueves y llovía. «Mi papá», me dijo la mayor de sus hijas, que había ido a buscarme a la parroquia al final de la Misa. 

No hacía falta decir más. Ya sabía yo de qué se trataba. Corrimos juntos. 

Dos días antes el anciano había rehusado confesarse. «Ustedes los curas… ¡Como si no supiera lo que son y lo que hacen!». Pero ahora era diferente. Ahora era necesario decidir. O no había nada después de esta vida y los curas éramos unos mentirosos, unos farsantes, o en el fondo, muy a su pesar, estos curas que según él conocía tan bien tenían razón, y entonces… 

Entonces pidió que me llamaran.

-Tráiganlo. Quiero que mientras yo doy el salto o traspaso la puerta, o no traspaso ninguna puerta y caigo al vacío, él me tome de la mano. Como quiera que sea, un salto habrá que dar. Díganle que quiero que me tome de la mano en ese momento. Váyanle a decir eso. Que venga a ayudarme a dar el brinco.

Cuando llegamos, él me esperaba con los ojos abiertos. Me vio abrir un pequeño libro de tapas color marrón, observó cómo me colocaba al cuello una pequeña estola morada y cómo hacía sobre mi cuerpo el signo de la cruz; cuando me vio preparado, extendió con dificultad su mano derecha: se disponía a ejecutar el acto más importante de cuantos había realizado en su vida y no quería hacerlo solo. 

Al día siguiente, el banco en el que trabajaba laboró normalmente, y sus compañeros lanzaron furtivas miradas a la caja número 7; es verdad que pusieron cara de tristeza durante unos segundos, pero finalmente se consolaron al ver el rostro joven y hasta atractivo del nuevo cajero. La caja 7 seguía con sus filas habituales, con su olor característico a aire encerrado, con sus transacciones de siempre. Que yo sepa, ningún banco ha cerrado nunca sólo porque uno de sus trabajadores haya sido borrado definitivamente de las nóminas mensuales. ¡El que haya visto una cosa semejante, que levante la mano y exija que me calle! Pero no, los bancos no cierran sólo por eso, ni los grandes almacenes, ni las oficinas de gobierno. En realidad, todo sigue igual; lo único que cambia es que nosotros ya no estamos… Sí, y cuando seamos nosotros a quienes nos toque el turno sucederá lo mismo, exactamente lo mismo: otro vendrá a ocupar nuestro puesto y la vida seguirá su curso.  

Y es que, en cuanto trabajadores, somos casi siempre desechables, intercambiables. Es posible que yo haya sido un oficinista ejemplar; que después de treinta años de servicio no haya dado a mis jefes y superiores un solo motivo de queja o de reproche; es posible, además, que me haya distinguido por mi honradez y probidad. Sí, todo esto es posible. Pero en cuanto me enferme y ya no pueda desempeñar mis funciones, otro vendrá a ocupar mi lugar y a sentarse a mi escritorio. No porque yo desaparezca desaparecerá también la oficina a la que he dado lo único que tenía para vivir: mi tiempo, mi precioso y escaso tiempo. 

¡Qué malos negociantes somos los hombres! Damos la vida, y lo único que recibimos a cambio de ella es una cantidad de dinero que nunca nos alcanza para casi nada. ¡Damos lo irrecuperable a cambio de unos cuantos billetes arrugados que tan pronto como llegan se van! 

Conviene recordar esta verdad. Conviene recordarla para no equivocarnos y darle al César lo que es de Dios. Me gustan los discursos que alaban la excelencia, la flexibilidad, la eficacia y el rendimiento, pero me dejan de gustar cuando no hablan de otra cosa. 

En la oficina no soy nunca necesario; soy imprescindible únicamente en el amor, en la amistad y en el seguimiento de mi íntima vocación: sólo ahí nadie más puede usurpar mi puesto. Sólo en estos ámbitos soy único e irrepetible. 

Si lo que hago en la oficina concuerda con la idea que tengo del amor, si fomenta la amistad, si me permite realizar mis anhelos más profundos, entonces la oficina es sacrosanta. Pero, si no es así, no vale la pena sacrificarle el amor, la amistad ni la vocación. 

En el hogar del hombre de la caja 7 las cosas no seguirán iguales después del 22 de abril; en el banco, en cambio, sí. 

Si le dijéramos a la hija que llora: «Tranquilízate, consíguete otro padre», es muy probable que nos mire con rencor y hasta tengamos que esquivar una bofetada. Los seres no son nunca intercambiables; sí lo son, en cambio, los trabajadores.

«Con cada hombre llega al mundo algo nuevo, algo que nunca existió, algo primero y único –escribió el filósofo judío Martin Buber en El camino del hombre-. Cada uno en Israel tiene la obligación de considerar que él es único en su género y que, en el mundo, nunca existió un hombre idéntico a él. En efecto, si en el mundo ya hubiera existido un hombre idéntico a él, no tendría motivo para que estuviera en la tierra»… 

La misión más noble que puede realizar un hombre es saber dónde es insustituible y dónde no, para que el César no reciba nunca más de lo que se merece. 

«No tuvo amigos». «No amó a nadie». «No tuvo nunca tiempo para las cosas verdaderas. Todo fue para él correr, agitarse y llegar tarde». Si va a ser esto lo que piensen de mí los dos o tres compañeros que asistan a mis funerales, lo digo con sinceridad: habré vivido en vano.

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Sur Carolina: historias de migración desde SLP

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La Orquesta conversó Octavio Guerrero, ganador del premio Federico García Lorca, que este viernes presenta su libro en casa

Por: Soledad Alatorre

Hace unos días empezó la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en la cual hay actividades culturales, presentaciones de libros y otras actividades. Este 18 de marzo, será presentado el libro Sur Carolina, escrito por Octavio Guerrero Torres, quien conversó con La Orquesta acerca de su trayectoria en las letras.

Octavio dijo que su primer libro consta de ocho cuentos con un léxico que oscila entre español y el inglés, en el que aborda temáticas vinculadas con la migración y los oficios de quienes buscan una mejor vida en Estados Unidos.

Guerrero contó que empezó a escribir el libro un verano que estaba en Estados Unidos, a raíz de cosas que vivía y veía, “un domingo me desperté muy temprano y desde antes tenía la idea de escribir un cuento, ese día salió el primero, brotaron y cuando regresé a la Facultad de Humanidades después de las vacaciones escribí los demás con ayuda de maestros y compañeros. Luego me fui de intercambio a España con el esbozo del libro y una amiga me pasó la convocatoria del premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada, lo gané y así pude publicarlo”.

Octavio Guerrero también explicó cómo fue su acercamiento a la literatura: “en segundo semestre de preparatoria tuve a David Ortiz Celestino como profeso, nos encargó leer a Carlos Velázquez con el texto “La marrana negra de la literatura rosa”; además, mis dos compañeras Mariana y Sarahí siempre estaban leyendo y me prestaron un libro de Nicholas Sparks, así empecé en la literatura y mi primer relato lo escribí a los 17 años

”.

El autor estudió en la Facultad de Economía de la UASLP durante dos años, pero finalmente migró a la Facultad de Humanidades y encontró Lengua y Literatura Hispanoamericanas: “no tenía idea de que se trataba, solo quería seguir leyendo y que de eso se tratara mi educación”.

Sobre la presentación que tendrá este viernes en la Feria del Libro apuntó: “estoy agradecido con la oportunidad de presentar el libro, era algo con lo que soñaba, algún día poder sacarlo adelante y quería hablar de migración desde otro sitio y dejar mi marca”.

Finalmente, el escritor invitó a todas las personas interesadas en conocer su libro a asistir a la presentación y contactarlo por redes sociales para compartirles el texto de forma digital.

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El modelo suicida | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Pintura: Failed Self Portrait of a Suicide Painting de Zach Beiswenger
Pintura: Failed Self Portrait of a Suicide Painting de Zach Beiswenger
El dolor me sangraba el pensamiento,
y en los labios tenía,
como una rosa negra, mi lamento.
Gorostiza

La fotografía está barrida, pero se alcanza a ver el delgado brazo de Génesis, su cabello que vuela en una especie de abanico por el repentino giro de su cabeza, y el pequeño bolso de macramé que llevaba puesto esa noche. Su esbelta figura dispuesta a entrar en una puerta abierta. 

Toda la tristeza del mundo, los trenes que recorren ciudades con cientos de pasajeros dentro, y más pasajeros que esperan en las estaciones que quedarán atrás para siempre. Los vivos y los muertos, el recuerdo que persiste con el tiempo.

Esa noche hablamos de suicidios, pero a ella le pareció la cosa más absurda. Cambió de tema por algo más amable, animaciones en 3D, me parece. Tuve que reprimir mi admiración por los suicidas, de quienes ya llevaba una buena lista escrita en las notas de mi celular. Aun así, y aunque no quise arruinarle la noche a Génesis, el suicidio me sigue pareciendo un tema bastante seductor. 

El 11 de febrero de 1931, a los 3o años de edad, Antonieta Rivas Mercado se suicidó en la Catedral de Notre Dame, en Paris, dándose un tiro con la pistola de su esposo, el pensador post revolucionario José Vasconcelos. La encontraron al extremo izquierdo de la catedral, su cuerpo yacía tirado al lado de una banca. Todo Paris se escandalizó. Luego hubo quien pidió una ceremonia especial para limpiar el templo de semejante “sacrilegio”. No importa en qué año decidas morirte, la profanación de elegir cavar tu propia tumba es la misma para todos los demás. 

Ekkaia, grupo de punk español del denominado subgénero del “crust”, surgido en los años 90, y quien anticipara los días tristes del futuro inmediato; violento en su ejecución, pero nostálgico en su escritura, dijo: “Llenamos falsamente el vacío de nuestra infelicidad”.

Puede que aquel grupo de españoles macarras tengan razón, y el suicidio de doña Antonieta esté plenamente justificado. Nadie que sea tan desdichado merece vivir si tiene una pistola a la mano. A veces las cosas son más simples de lo que parecen, aunque la gente te diga lo contrario, y a veces los deseos de algunas personas son más tristes que sus propias vidas. 

—Nada que perdonar, ya sabes lo mucho que me gusta verte. —Génesis destapó una lata de cerveza que antes había lavado meticulosamente y la sirvió en un tarro de cristal,

también extremadamente limpio, algo muy de ella, ya que no ha logrado quitarse el miedo a las bacterias invisibles, esas que no terminan de irse del todo ni para siempre. Si uno visita su casa, puede oler el Fabuloso lavanda casi todo el tiempo. 

Puede que sea incapaz de enfrentarme al mundo, pero eso no confirma una muerte prematura. A qué negar, en cambio, que en la soledad de mi cuarto fantaseo con darme un tiro en medio de la noche. Veo pistolas de plata colocadas como joyería que adorna  mis manos, y me parecen los objetos más preciosos que he visto nunca. Pero todo lo anterior se trata de una fantasía pueril, puesto que admiro, más no emulo, a esos sujetos que se quedaron solos con un arma entre las manos y con todas esas ideas de nunca jamás en la cabeza.

De ser posible, y antes de que la idea del suicidio madure al punto de la locura, me gustaría vivir en el desierto y tener una pistola. No hace falta disparar a nada, ni a un árbol ni a una botella. Solo yo y mi pistola en el desierto.

Por lo demás, y a falta de vivir solo en el desierto, a menudo me encierro en mi habitación durante días, me hace sentir seguro. Conecto de manera onírica con mis ídolos: Cassavetes, Hopper, Capote, Cohen, Houellebecq, o López Velarde. Parece que estoy dentro de un sueño. Frente a mí, una Epifanía impersonal e intransferible, el rescate de una manifestación primitiva como el lamento y el grito, la emoción y el deseo.

La borrosa fotografía de Génesis entrando en una puerta está clavada en el corcho de su estudio junto a varias facturas que habrá de pagar pronto.

Su mirada es de preocupación, la mía está perdida.

—¿Te encuentras bien?— Me dice.

—Sí.

—Te iba diciendo que el modelo 3D está increíble, si aprendo lo suficiente, en unos meses me ascienden, ¿puedes creerlo?

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#4 Tiempos

Diarios de bicicleta 1 | Columna de León García Lam

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VOLUTA

¿Dónde quedaron aquellos días cuando discutíamos si era buena idea o no hacer una ciclovía en Himno Nacional? Recuerdo que un opositor al entonces presidente municipal Xavier Nava Palacios la consideraba una pésima acción de gobierno y esa persona, un día me cuestionó: ¿quién la va a usar? Le respondí: Yo la usaría. En ese tiempo, aun no tenía bicicleta, pero ya estaba en ese delicioso proceso previo a la compra: visitando biclicleterías (¿así se le dice a un expendio de bicicletas?), preguntando a expertos, aprendiendo de los frenos, las suspensiones, los tipos de bicicletas, las cámaras, los pivotes, de la gran importancia del número de rodada en relación con el largo de las piernas del ciclista y enamorándome de una bici verde olivo de montaña.

[Quiero aprovechar este espacio para agradecer a los especialistas en bicicletas que me asesoraron: José Luis Cortés, Ángela y su pistage y la súper paracaidista]

Entonces, yo sí he considerado, desde ese entonces, que la ciclovía era una buena idea. Ocurre muchas veces, que lo malo no es la idea en sí, sino el cómo: separar el espacio de circulación ciclista con tubos de plástico naranja  fosforescente es mala idea y también ubicarla junto a la banqueta, no se diga gastar 15 mdp (según información de Canal 13 TV) para terminar instalando unos topes chafas que ya presentan signos graves de deterioro a menos de 3 años de colocados y no se diga eso que llamaron alguna vez “pintura”, entre otros detalles que no quiero profundizar, pero la idea en sí de la ciclovía es buena, la verdad que sí, a pesar de todos los problemas que conlleva: los baches, las alcantarillas, el poco respeto que tienen los conductores automotrices por los ciclistas y otros asuntos civiles que quiero comentar en esta relatoría de lo que ocurre a nivel del asiento ciclista y el pedal.

Lo a continuación, léase imaginando que aparecen letras, una a una, con ruido de máquina de escribir:

Día #83, 15 de febrero de 2022

Trayecto: Oriente a poniente (de Av. Juarez, donde da vuelta el camión, hacia el Parque de Morales, para quienes no se orientan)

Hora: 11.00 am

Contexto: Sí vengo de malas, porque hice una antesala inútil en la Secretaría General, en la Unidad Administrativa Municipal…

Crucé el primer semáforo y pedaleé tranquilo, en una velocidad media. Generalmente, no me siento en la bicicleta, sino que pedaleo de pie (me gusta la velocidad), pero esta vez venía pensando en los escritorios de la Unidad Administrativa… ¡siguen siendo los mismos de hace veintitantos años! y de pronto, un desponchador o vulcanizador me cierra el paso con un enorme gato hidráulico y nos observamos mutuamente y con su mirada me dice que el metro y medio de ciclovía es demasiado para una bici, que él tiene derecho a trabajar, que no le machuque las mangueras y me quedo pensando que no hay forma de solucionar el problema…

sigo adelante y, en eso, dos hombres van muy campantes caminando en la ciclovía frente al INE, no se dan cuenta de que apenas alcancé a quemar llanta antes de impactar con ellos y todavía pude acompañarlos unos pasos hasta que, por fin, escucharon mi tercer o cuarto: “con permiso por favor…”, eso sí: cuando se dieron cuenta se movieron muy apenados.

¿Por qué a algunas personas les da por caminar por la ciclovía? Misterio inmenso. A lo mejor les gusta el diseño del letrero que dice “Exclusivo Bicicletas”.

Una cuadra más adelante, le tengo que gritar “¡cuidado!” a la dependienta de una tienda de ropa que está por echar una cubeta de agua recién trapeada a la ciclovía, y afortunadamente grité a tiempo. Más adelante, me encuentro a un taxi que decidió recoger a su pasaje en la ciclovía ¿por qué no? Lo rodeo, aunque con ganas de tomarle una foto a su taxi y otra a él, gritándome ¿qué, qué?

No canto victoria de llegar sano y salvo a mi destino, estimado y querido publico cultísimo de La Orquesta, porque justo al pasar por conocida carnicería un charco de agua con sangre y cochambre me salpicó las nalgas. Después, leo en las noticias de su periódico La Orquesta que el munícipe propone consultarnos erradicar el legado de Xavier Nava Palacios, o lo que es lo mismo, deshacer la única cosa buena que se hizo en la administración pasada.

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Opinión