#Si SostenidoEduardo L. Marceleño

Dulce estocada a los emisarios de la nada | Texto de Eduardo L. Marceleño García

“Hasta cuando escribas sobre ti,

 has de pensar en el otro.”

Vila-Matas

Todo el mundo odia a los toreros y dice que quiere mucho a los toros. Todo el mundo se ha olvidado del peso, y con peso me refiero a los kilos y a la carne y a la fuerza. La diferencia en la tauromaquia la hace la técnica y no la espada. Es el intelecto antes que los cuernos. Eso ya es una ventaja del hombre sobre el animal. Pero si en contraparte ponemos que un boxeador puede ganar y darle muerte a otro con una diferencia de dos libras, es decir, casi un kilo, ¿cuánta ventaja existe entre el animal de quinientos kilos y el torero de setenta?

Por lo demás, no concibo a un solo escritor que ande a las vivas y siempre contento, sin un gramo de dolor a cuestas. Puedes andar todo lo feliz que quieras aun cuando estés hundido en la mierda, o poner los dedos sobre tu frente como si fueran cuernos e irte derecho al engaño, pero a la hora de batirse a muerte no hay mentira que vaya corriendo a salvarte.

Hay que ponerse, tarde o temprano, en riesgo. Hacer el trabajo sucio. Domesticar a la bestia significa sacrificio.

Lo mismo pasa con los carniceros, y los carpinteros, y los plomeros; si no eres capaz de destapar un caño atestado de cagada, no sirves para plomero.

Cuando yo era pequeño, en las corridas de toros, crecía siempre  en mí el deseo de ver a un torero zarandeándose en los cuernos del toro, bien ensartado, regando su sangre sobre la arena, muriendo, entregando un festín de saña y morbo donde el público lloriqueaba y reía, enajenado, al mismo tiempo. Pero siempre era el toro quien moría, y la saña y el morbo hubo sido el mismo también siempre.

A poco que te distraigas la estocada se va baja, y habrás luego de acudir al descabello. O escurre la sangre o escurre la gloria, ambas de prisa y a la vez son imposibles. Las dos escurren cada una por su cuenta y lentamente. Se les siente el goce y la herida de igual forma, pero por separado.  

Volvamos a los farsantes. Había una vez una chica que solo se leía a sí misma, no escuchaba a nadie y solo escribía sobre sí misma, y era completamente feliz escribiendo sus cuentos de mierda, es decir, cuentos que no se tomaban en serio porque nunca se pusieron en riesgo.

La chica era, pues, tan imbécil que nadie podía decirle algo, porque, aunque sonara a insulto o desprestigio, ella solo podía escuchar la vocecita dentro de su cabeza aconsejándose para sí misma. Como moscas sobrevolando dentro de su conciencia, la vocecita le aconsejaba. No hubo cómo ayudarle, ni unas manos necesarias, herramientas intuitivas del pensamiento, que espantaran ese mosquero que corrompía su alma hecha ya un pedazo de mentirosa.

Puede que la chica no supiera nada de toros, ni le gustara ver a las reses morir, pero eso no la excluía de aceptar la regla de la tauromaquia al momento de escribir. Esa que persigue un solo objetivo, mismo que es de vida o muerte. Esa que bien hace Elena Villena en mencionar en la novela El dulce clima de Lesbos:

«Ponerse seriamente en peligro, es decir, a no deshacerse de cualquier modo de su adversario (el éxito dependerá de un buen dominio de la técnica), regla que impide que el combate sea una simple carnicería. Preparar al lector para recibir una estocada mortal, aunque sin fatigarle más de lo preciso durante el combate, y de un aspecto estético también contenido muy especialmente al término de la faena: cerrar el libro será para el lector como cerrar la losa que cubrirá su tumba.»

Todos los demás no son sino farsantes de grotescas y muy  siniestras intenciones al escribir. A esos, a los emisarios de la nada, hay que combatirlos a muerte.

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Pintura de William Trost Richards

 

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