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Dos horas tarde. Crónica ganadora del Premio Estatal de Periodismo 2018

Por: Luis Moreno Flores

La siguiente narración fue construida a partir de las entrevistas realizadas a las personas que aparecen en ella. Los nombres han sido modificados para preservar la seguridad de los declarantes.

Martín pinta las paredes del negocio que hace unos días inauguró, está en la calle Fausto Nieto del municipio de Soledad de Graciano Sánchez en San Luis Potosí. Son las seis de la mañana del martes 29 de agosto del 2017. Solo su gatita Blandi le hace compañía. La poca edad lleva a que la felina se desplace curiosa e insegura entre las cajas de mercancía apiladas al centro del local para no ser manchadas con pintura. 

Un ruido en la calle interrumpe las labores de Martín y Blandi, quienes aguzan el oído para descifrar de qué se trata. No hay duda, son gritos. Martín abre la cortina de su tienda, ubicada en la parte delantera del terreno que ocupa su casa. La imagen en la acera de enfrente es brutal. Una mujer, forrada solo con un paño formado por su propia sangre, apenas logra caminar mientras lanza aullidos en busca de auxilio.

Ante el cuadro, Martín se paraliza. Luego cruza la calle y se precipita a la caseta de vigilancia del Centro Comunitario Las Huertas. Eugenio, policía municipal, está de guardia hasta las siete de la mañana. Mientras Eugenio corre para ayudar a la mujer, Martín lo hace de regreso al negocio, le pide a su esposa una sábana y regresa a donde el policía sostiene a la herida. La tapan con la tela que al instante se entinta. Martín vuelve por una segunda cobija. El oficial pide una ambulancia y refuerzos.

Recuestan a la mujer sobre la banqueta. Fue violada y tiene la espalda esculpida a golpes de cuchillo. Una herida le atraviesa el cuello de oreja a oreja y le impide sostener la cabeza, se ayuda con las manos para mantenerla en su sitio. Un corte sobre el glúteo izquierdo deja ver grasa y carne. De la espalda baja hasta la nuca, otros dos exponen los músculos. Tiene más a los costados de estas y en los antebrazos.

La pérdida de sangre podría matarla. Eugenio lo sabe y mientras espera a que lleguen los paramédicos insiste en mantenerla despierta. Le pregunta qué pasó. Cada vez menos consciente, ella repite que no quiere morir. Se llama Berenice, tiene 25 años y dos hijos. Esa mañana salió a trabajar, tomó el autobús en la avenida Ricardo Gallardo y al instante sintió el filo que la atravesaba. No alcanza a explicar quién o quiénes los hicieron.

A unos metros, en la calle Francisco I. Madero, que hace esquina con Fausto Nieto, está desperdigada su ropa sobre un mezquite. Ahí la abandonaron. 

Los vecinos de zona están acostumbrados a ver peleas, vendedores de drogas y detonaciones de armas. Nunca algo como esto.

Su agresor o agresores han escapado. Siguieron por la calle Fausto Nieto, giraron a la izquierda en Galeana, tomaron Negrete y bajaron al bulevar Río Santiago. Avanzaron hasta llegar al anillo periférico, dieron vuelva a la derecha. Un kilómetro y medio después tomaron el retorno de la avenida Ricardo Gallardo, volvieron sobre el periférico. Se internaron en un camino de terracería que conduce a la colonia Pueblo Libre. Son las 6:30 de la mañana.

Ana escucha el autobús. Despertó hace por lo menos veinte minutos, mientras su hermana despedía a su esposo. Hay pocas casas en el lugar y tienen como vecino a un canal de aguas negras. La suya es la penúltima vivienda del camino, a un costado vive una familia cuyo abuelo se dedica a la recolección de basura. Tienen un corral donde duermen algunas gallinas y un caballo negro, que era quien tiraba del carretón antes de ser sustituido por una motocicleta.

Quien conduce el camión encuentra que no hay a dónde seguir. La maquinaria de los trabajadores que construyen el colector pluvial, una obra complementaria del Río Santiago, bloquean el paso y han hecho un agujero de varios metros de profundidad. Decide abandonar el autobús. 

A cuatro kilómetros de la casa de Ana, la víctima sigue sobre el pavimento de la banqueta del Centro Comunitario. Los servicios de emergencia no han llegado, el sobrino de Martín no ha colgado el teléfono e insiste en el 911 sobre la gravedad de la situación. Hasta que a las siete de la mañana una ambulancia lleva a Berenice a un hospital.

Para las ocho, los primeros trabajadores llegan a donde se construye el colector. Les extraña ver el autobús. Jaime asoma la cabeza adentro en busca del chofer. Lo único que encuentra son charcos de sangre. Da aviso a los encargados del proyecto y estos a su vez a la policía. Unos minutos después, los reporteros del portal de noticias La Roja arriban, hacen preguntas, toman fotos y se van. Media hora más tarde llegan algunos policías municipales.

Hace más de dos horas que el culpable se fue.

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