octubre 13, 2026

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#4 Tiempos

DESPACHO DE BEBIDAS | Columna de Juan Jesús Priego

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Solía decir Gilbert K. Chesterton (1874-1936) que no había en la literatura universal palabras más bellas que éstas: despacho de bebidas. Pero como cada vez que lo decía se burlaban de él, el polemista inglés tuvo necesariamente que explicarse. En una taberna, dijo, el rico habla con el pobre, el viejo con el joven, el ingeniero con el médico, y todos discuten acerca del bien común, o de lo que cada uno cree, piensa o considera que debiera ser el bien común. Al conversar entre ellos se contradicen, se explayan y se alteran, pero cada uno concibe planes, traza proyectos y murmura sugerencias. La taberna es el lugar donde los hombres se tratan como iguales. Y porque la igualdad es una bella cosa, también lo es la palabra que la simboliza. Ahora bien, ¿puede haber algo más democrático que una taberna? «Por eso –concluye Chesterton- la decadencia de las tabernas no es sino la manifestación de la decadencia general de las democracias».

En tiempos de nuestro escritor, una taberna no era un lugar al que se iba solamente a beber, es decir, a embriagarse, sino adonde se iba, ante todo, a discutir: era un espacio público, como el ágora de los griegos o el mercado de los medievales. En estos espacios «abiertos» (léase democráticos), el ciudadano se enteraba de todo y contribuía a crear eso que llamamos hoy opinión pública. ¿No dijo Jürgen Habermas, muchos años después de Chesterton, que la opinión pública había nacido, de hecho, en los cafés? ¿Y qué diferencia hay, al menos en Europa, entre un despacho de bebidas y un café? «El café –dice George Steiner, pensando en los cafés europeos de principios de siglo y no en los norteamericanos de hoy, donde te llevan la cuenta mucho antes de que le hayas dado a tu bebida el primer sorbo- es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur [es decir, para el vagabundo y el vago] y para el poeta o el metafísico con su cuaderno. Está abierto a todos».

En síntesis, que lo que Chesterton quiso decir fue que, puesto que la gente ya no solía reunirse a charlar amigablemente con sus conciudadanos, la democracia se hallaba en un estado de salud realmente grave. Y el tiempo demostró que tenía mucha más razón de los que se reían al escucharlo, pues una de las características de nuestra época es la desaparición de los espacios democráticos (de las tabernas, diría genéricamente Chesterton), ya que la gente se encuentra poco entre sí y discute aún menos acerca de los problemas que les son comunes. La plaza es un lugar que atraviesa de prisa, y el café una sala semioscura en la que prefiere hablar en voz baja, si no es que estarse en silencio consultando los mensajes de su teléfono u hojeando con desgana revistas ilustradas. En otras palabras, si hoy la democracia está en peligro es porque antes lo ha estado la conversación. Los cafés y las tabernas han cedido su lugar de honor a los antros, lugares éstos donde se hace de todo, menos conversar; y las consecuencias de esto, claro está, han sido desastrosas…

Pero sigamos nuestro asunto. De entre las múltiples causas de esta muerte de la socialidad de que se quejaba Chesterton habría que destacar por lo menos dos. Una de ellas es la arquitectura. Los espacios posmodernos han sido construidos para caminarlos de prisa y sin detenerse.

Los modernos centros comerciales -según observó agudamente Zygmunt Bauman- son moles arquitectónicas en las que está prohibido mirarse, amistarse, conversar o simplemente saludarse. «Los inmensos centros de compra –dice citando al sociólogo noruego Nils Christie- brindan algunas oportunidades para los encuentros, pero son demasiados grandes como para encontrarse con las viejas amistades; demasiado ajetreados y atestados, nunca permiten las pláticas prolongadas».

Este hecho –que no haya lugares que congreguen a la gente para la ociosa conversación- ha resultado sumamente funesto no sólo para el carácter de los individuos (que se les ha corroído, como constata con amargura Richard Sennett en uno de sus libros), sino también para la democracia, porque ésta, para funcionar como debe, necesita gente informada y participativa: gente, en una palabra, que se preocupe de algo más que de la caída inexorable de su pelo o de la prolifración de barros y espinillas en el óvalo opaco de su rostro.

El segundo factor lo constituyen los medios de comunicación. Según constató desde hace mucho tiempo Edgar Morin, los mass media privilegian historias en las que los héroes son hombres y mujeres sin compromisos políticos o religiosos y a los que parece no preocuparles nada, salvo su propia –y bien egoísta- felicidad. Escribió así en El espíritu del tiempo, acaso su libro más olvidado: «Los deberes públicos, el Estado, la Patria, la Religión, el Partido aparecen raramente en el cine occidental, o bien lo hacen como fatalidades exteriores o como problemas que pueden ser solucionados por el amor; la película es el encuentro de un hombre y una mujer solos». En efecto, así es. En tales historias –y las vemos en todos los canales y casi en todos los cines- el entorno no existe, la sociedad ha sido escamoteada para no dejar en el encuadre más que a un par de enamorados a los que no les importaría mucho que el universo, a dos pasos de ellos, volara en pedazos.

Rifiriéndose al concepto de ciudadanía, escribió el intelectual francés Éric Cobast: «Es ésta una atención, un interés por los asuntos públicos. En efecto, cuando hablamos de crisis de la ciudadanía, a menudo nos limitamos a hablar de un déficit de participación electoral, mientras que sin duda habría también que preguntarse por el grado de politización de los ciudadanos, es decir, por su nivel de familiaridad con los debates públicos». Chesterton, en fin, tenía razón: si no nos importan los otros, tampoco podrá importarnos nada lo que le pase al mundo y mucho menos a la democracia. Puesto que el hombre ya no se junta a charlar amigablemente con sus semejantes, algo muy grave está a punto de suceder –o quizá esté sucediendo ya-. Se quiera o no, la sociofobia privada acaba siempre convirtiéndose en catástrofe pública.

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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