abril 18, 2021

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De indigenismo, juicios políticos y periodismo | Columna de León de García Lam

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Voluta IV.

Una cábala, dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es:

  1. f. Conjetura, suposición. U. m. en pl. Hicieron todo tipo de cábalas sobre el posible culpable.
  2. f. Cálculo supersticioso para adivinar algo. Pasó la tarde haciendo cábalas sobre lo que le depararía el futuro.
  3. f. coloq. Intriga, maquinación. Se valió de toda clase de cábalas para lograr su objetivo.

Además, en la red, el diccionario de Google añade la siguiente definición:

Suposición o cálculo formado a partir de datos incompletos o de indicios.

Al respecto, el texto titulado “Justicia de hule“, que apareció en el espacio de opinión La Cábala que redactó la periodista Adriana Ochoa en el Periódico Pulso este 30 de agosto de 2020, año de la pandemia y de Leona Vicario, se ajusta muy bien a la última definición. Como es una periodista de altos vuelos locales, quiero pensar que no se trata de un asunto relacionado con la tercera definición de la RAE, sino más bien de la pura falta de información, de conjeturas incompletas o de supositorios poco atinados, como los de un borracho tirando a los dardos.

Empieza dicha columna con un diagnóstico certero. Los juicios políticos que antes solo servían para canalizar la frustración ciudadana hoy día se usan para chantajear a los presidentes municipales a cambio del voto favorable. Los presidentes inhabilitados por juicio político son los que no pueden pagar el cañonazo. En tal caso, la efectividad del juicio político es nula, porque es votada por los diputados quienes venden el resultado a los enjuiciados. Así que los diputados se frotan las manos con cada caso que les llega y los alcaldes saben que, pagado el precio, no hay violación de la ley que les quite el sueño.

Todo esto es una lástima, porque de ser efectivo el juicio político, ningún presidente municipal se atreviera a cometer actos graves contra las leyes o contra la población y los intereses públicos, lo cual redundaría en beneficios para todos, incluidos los partidos políticos, los periodistas y todos aquellos que por una razón o por otra, sufren del abuso del poder.

La columna de la periodista Ochoa, de ese día 30 de agosto de 2020 se vuelve decepcionante como una bolsa llena de aire en vez de papas, pues no aporta datos significativos ni cuestiona el actuar de los presidentes municipales y diputados, sino que arremete contra las poblaciones indígenas que exigen un juicio político contra Xavier Nava…
 
Aquí vienen los comentarios poco preparados de la columna. Afirma: “La monda y lironda realidad es que el Municipio de San Luis Potosí no tiene pueblos originarios, tal y como es el concepto en esencia” (¡ora sí!) porque los que había “descendientes de tlaxcaltecas” pues ya no están. Lo que hay son “indígenas foráneos migrantes” que aluden al “victimismo” para ejercer con “consideraciones especiales el ambulantaje y ser beneficiarios de apoyo social”. Ha de pensar la periodista que los tlaxcaltecas eran originarios de San Luis Potosí y se fueron a vivir cerquita de los volcanes para fundar otra Tlaxcala por allá, o a lo mejor se imagina que cada lugar produce sus propios tlaxcaltecas, pero parece que no sabe, que los tlaxcaltecas vinieron ¿de dónde? ¡Pues de Tlaxcala! O sea que son (o que fueron porque la periodista los desapareció de un plumazo) también como ella dice “indígenas foráneos migrantes” y si dicho rigor lo extendemos a todos los grupos humanos que habitamos el orbe, llegamos a la fascinante conclusión de que ningún grupo es originario de donde dice ser, sino de otro lugar. En particular, los potosinos siempre venimos de un abuelo español de ojos azules. En fin, la otra conclusión es que en nuestro estado hay de hecho y por derecho tres comunidades indígenas: la triqui, la mazahua y la mixteca baja de San Luis Potosí, que provienen de tres grupos indígenas y lingüísticos diferentes. La otra cosa que al parecer la periodista también desconoce es que hay un Padrón Oficial de Comunidades Indígenas en el cual están registradas estas tres mencionadas aquí y reconocidas por todos los niveles de gobierno.

Es tal el desconocimiento acerca del tema que la periodista los considera indígenas foráneos migrantes. Indígenas sí son, pero foráneos y migrantes no. Migrante, esto lo debe saber una periodista, es una persona que ha cambiado de país; por tal motivo, la migración es un asunto de seguridad nacional. Ningún connacional es migrante en México, porque el territorio nacional es de todos, mujeres y hombres mexicanos y de acuerdo con el pacto federal, tenemos los mismos derechos en todos los rincones de nuestro territorio. Foráneos tampoco son, porque desde hace más de 20 años han radicado su comunidad aquí, sus hijas e hijos nacieron aquí y desarrollan sus usos y costumbres propios aquí, aún más: su situación está oficialmente reconocida.

Me gustaría invitar a la periodista Adriana Ochoa a que dialogara con los representantes de dichas comunidades en persona y que tuviera la oportunidad de quitarse los prejuicios que la aquejan. En particular, las comunidades Mixteca, Mazahua y Triqui han ganado amparos y siguen en pie de lucha contra la actual administración municipal, no por despensas, ni para ser ambulantes, sino para que sean reconocidos y ejercidos sus derechos ciudadanos, en particular estos:

-Derecho a la identidad.

-Derecho a una vivienda digna.

-Derecho al agua limpia (y a los servicios públicos).

-Derecho a reproducir sus usos y costumbres.

-Derecho a la educación bilingüe.

-Derecho a la consulta indígena.

… y sobre todo: Derecho a la no discriminación.

Todos estos derechos han sido violentados permanente y sistemáticamente por la actual administración municipal. El reclamo no sólo es vigente, sino que hoy día se torna urgente como una señal a la población de que aún se puede confiar en las instituciones. Es probable que, para muchos, el juicio político sea poca cosa, en el contexto de corrupción nivel chiquero en el que vivimos, pero es una carta con la que las comunidades indígenas se defienden y con la que un día de estos, inevitablemente, van a ganar.

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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