#Si SostenidoEduardo L. Marceleño

Buscar la calma | Un texto Eduardo Marceleño García

 

 

Ella   estaba  tan  guapa  como una  de  esas  estrellas  que  premian  a todo  aquel  que  ha  peleado  una  guerra.

Mi amigo Roberto se hace cortes en forma de crucifijos sobre su propia carne con una navaja de afeitar. Los Cristos le crecen en la forma de borbotones de sangre. Lo hace cada que los mosquitos le muerden por las noches. Alguien le dijo que tenía que cortarse la carne justo en la mordedura formando crucifijos para no sufrir la comezón. No sé qué tan bien le vaya con eso.

De niño, Roberto pedía perdón a dios después de masturbarse. Puede que ahí se encuentre el origen de su gusto por las cruces y el placer de las heridas justificadas.

Tal vez la comezón no sea un dolor real, sino el rumor de un dolor, lo cual lo vuelve insoportable en algunos casos. El sufrimiento es peor cuando el dolor no ha terminado de definirse. No hay nada más molesto que un rumor, que zumba y aletea como un mosco por las noches, quitándote el derecho al descanso, picoteándote en las piernas, en los brazos, o en todo el cuerpo.

Los viejos siempre vienen y te dicen que perteneces a una generación muy idiota. Y a uno no le queda más que decir lo único que puede, a cómo puede, y a la hora que puede.

Demasiado idiotas fueron nuestros abuelos, como tan idiotas hemos sido nosotros, para que nuestros hijos terminen también siendo unos idiotas. Aquello sería ya demasiada condena.

Después de encontrarle el calor por debajo de su falda, buceamos en el sonido de palabras que llegaron sin orden definido. De esas conversaciones en plena madrugada que no buscan nada sino hablar y hablar. Casi que uno balbucea entre el cansancio y el entretenimiento consumado, esa sensación extraña de ir flotando en una conversación que de a poco va volviéndose sueño. La calma se hace con un peso más definitivo, profundo.

Roberto también se cagó en los pantalones cuando era niño. Para tratar de ocultar su mierda, se arrastró por los pasillos pegado a las paredes hasta dar con un baño. Pero esto fue contraproducente porque lo único que consiguió fue dejar una estela de cagada a lo largo de los muros de la primaria. El rastro de su humillación se prolongó varios salones a la distancia de su accidente. Sobra decir que esto ocurrió en un colegio católico. Todos los males del pobre Roberto tienen una extraña conexión con dios.

Me alejo de los viejos tanto como puedo y escribo sobre ella y sus cosas sin llegar al lugar donde se encuentran. También pienso en la Serie Mundial y en la sed de venganza de un caballero romántico enamorado del amor que lo ha tratado mal la vida.

Intento darle forma, salir de las profundidades, dejar de bucear.

Puede que el deporte exista para que la venganza se diluya en entretenimiento.

Uno va tras el calor y el gozo y lo encuentra al final de una triste jornada de búsqueda de venganzas. Y el resultado es la cosa más hermosa del mundo.

Al final uno se queda dormido antes de enterarse de lo cansado que hubo andado durante el día.    

 

  

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