#Si SostenidoEduardo L. Marceleño

Piratas y tesoros | Un texto de Eduardo L. Marceleño

«Puede que así se equilibren las cosas: diamantes y piedras preciosas para la gente fea; y bigotes grandes, gordos y feos para todas las chicas bonitas».

 

La tarde era fresca. Paramos a comprar cerveza, luego caminamos hacia la playa. Avanzamos hacia la costa y ahí nos olvidamos de la cerveza para sumergirnos en las olas.

Alex Scally es tan limpio que tiene que quitarse los zapatos para tocar su guitarra. Y Victoria Legrand canta mientras llora. A esa mezcla de sollozos y limpieza le llamaron Beach House.

Espero poder andar tan tranquilo como la musicalidad de un sollozo limpio, como en una canción de Beach House. Llorando con estilo, como hace uno que otro cojo cuando la ausencia de una pierna recuerda con tristeza a la otra, pero se las arregla para andar tan tranquilo, con bastón o sin el, arrastrándose o dando brinquitos como uno de esos juguetes sorpresa que saltan sobre una sola extremidad cuando salen de su caja musical.

A los 15 años conseguí un trabajo de mierda, limpiando mesas en un café. Pero había una chica muy bonita que atendía la barra. Era delgada, rubia y de una piel alucinante, muy blanca, que, bastando dos o tres rayos de sol, entregaba a la vista un tintineo como el de los diamantes cuando muestran la autenticidad de su belleza a poco que les toque la luz. Una chica preciosa. A veces también dejaba la barra para hacer de mesera, y era muy amable con los clientes. Cuando se ponía de mesera los clientes siempre le dejaban una generosa propina, y ella, como no necesitaba o no le interesaba ganar más dinero, lo regalaba a todos los demás trabajadores, quienes nos lo repartíamos con alegría verdadera; no porque fuera un extra, sino porque era un regalo de ella, y todos queríamos sentirnos especiales.

De vez en cuando un chico con un bigote grande, gordo y feo, llegaba a recoger a la chica. No parecía un chico, sino un bigote con pies que se aparecía como saltos de susto en una película de terror, a las inesperadas y de cuando en cuando.

Para cerrar la barra, ella secaba los platos y las tazas recién lavadas, y terminaba, con el mejor ánimo del mundo, de limpiar toda esa porquería que se junta con vida propia durante el día.

El chico del bigote era horrible. Siempre con su asqueroso bigote y esa estúpida forma de aparecerse sin siquiera avisar. A veces las chicas más bonitas ignoran los detalles más importantes cuando tienen por novio a un chico más feo que el demonio.

Puede que así se equilibren las cosas: diamantes y piedras preciosas para la gente fea; y bigotes grandes, gordos y feos para todas las chicas bonitas.

«Todos los días bebo, todos los días lloro, todos los días pienso en ti», dijo el chico del bigote cuando ella lo dejó para irse a vivir a la costa.

Los poemas me ponen grave, pero siempre acudo a ellos cuando me aburro. A veces uno tiene mucho miedo y no hay nadie cerca que venga a decirte ‘cálmate’. Entonces caen a raudales el pánico y la locura, como las avalanchas y sus toneladas de nieve cuando le has gritado de frente a la montaña. Y terminas girando sobre tu propio cuerpo, tumbado sobre el piso, en la forma de un grotesco feto de edad adulta, mordiéndote las uñas.

También pasa que hay uno que otro imbécil que nunca se cree nada de lo que pasa en el mundo, y entonces uno se ve en la penosa necesidad de recordarle que la cosa va en serio, así te cuesten dos o tres buenos golpes en la cara.

Ojalá haya alguien cerca para darnos calma o golpearnos para siempre. 

De a poco se pierde, por otro lado, de vista lo más cercano. Se escapa el gozo o se escurren de las manos las pocas chicas lindas que voltearán a verte. Si uno piensa en todas esas mujeres preciosas que nunca se fijaran en ti, uno va y quiere morirse. Por eso resulta especialmente cruel cuando una de ellas te mira y luego ha dejado de tenerte en cuenta. Pero en esto no hay nada que puedas arreglar, la suerte en este tema ya fue echada hace millones de años.

Todos alguna vez fuimos el chico del bigote horrible, a qué negarlo.

Paramos a secarnos sobre la arena, las latas de cerveza estaban a medio enterrar pero enteras. Nos las bebimos todas, es decir, yo dos y una ella. La sombrilla se agitaba en el aire, y de apoco su sombra dejaba de ser efectiva. Algunos pocos rayos de luz alumbraron su piel de diamante y entonces jugamos a piratas y tesoros. Yo era el pirata, así que sobra decir quién ocupaba el lugar del tesoro.

 

Pintura: Monhegan Maine, Nicholas Roerich (1946).

 

También lee: El juego de Godard | Texto de Eduardo L. Marceleño

 

Nota Anterior

De un plumazo, SLP dejó de ser la 3ra ciudad con más feminicidios y pasó al sitio 16

Siguiente Nota

¿Te gusta Wes Anderson? Esta es tu oportunidad de ver sus películas en pantalla grande