enero 17, 2021

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#Si Sostenido

Piratas y tesoros | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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«Puede que así se equilibren las cosas: diamantes y piedras preciosas para la gente fea; y bigotes grandes, gordos y feos para todas las chicas bonitas».

 

La tarde era fresca. Paramos a comprar cerveza, luego caminamos hacia la playa. Avanzamos hacia la costa y ahí nos olvidamos de la cerveza para sumergirnos en las olas.

Alex Scally es tan limpio que tiene que quitarse los zapatos para tocar su guitarra. Y Victoria Legrand canta mientras llora. A esa mezcla de sollozos y limpieza le llamaron Beach House.

Espero poder andar tan tranquilo como la musicalidad de un sollozo limpio, como en una canción de Beach House. Llorando con estilo, como hace uno que otro cojo cuando la ausencia de una pierna recuerda con tristeza a la otra, pero se las arregla para andar tan tranquilo, con bastón o sin el, arrastrándose o dando brinquitos como uno de esos juguetes sorpresa que saltan sobre una sola extremidad cuando salen de su caja musical.

A los 15 años conseguí un trabajo de mierda, limpiando mesas en un café. Pero había una chica muy bonita que atendía la barra. Era delgada, rubia y de una piel alucinante, muy blanca, que, bastando dos o tres rayos de sol, entregaba a la vista un tintineo como el de los diamantes cuando muestran la autenticidad de su belleza a poco que les toque la luz. Una chica preciosa. A veces también dejaba la barra para hacer de mesera, y era muy amable con los clientes. Cuando se ponía de mesera los clientes siempre le dejaban una generosa propina, y ella, como no necesitaba o no le interesaba ganar más dinero, lo regalaba a todos los demás trabajadores, quienes nos lo repartíamos con alegría verdadera; no porque fuera un extra, sino porque era un regalo de ella, y todos queríamos sentirnos especiales.

De vez en cuando un chico con un bigote grande, gordo y feo, llegaba a recoger a la chica. No parecía un chico, sino un bigote con pies que se aparecía como saltos de susto en una película de terror, a las inesperadas y de cuando en cuando.

Para cerrar la barra, ella secaba los platos y las tazas recién lavadas, y terminaba, con el mejor ánimo del mundo, de limpiar toda esa porquería que se junta con vida propia durante el día.

El chico del bigote era horrible. Siempre con su asqueroso bigote y esa estúpida forma de aparecerse sin siquiera avisar. A veces las chicas más bonitas ignoran los detalles más importantes cuando tienen por novio a un chico más feo que el demonio.

Puede que así se equilibren las cosas: diamantes y piedras preciosas para la gente fea; y bigotes grandes, gordos y feos para todas las chicas bonitas.

«Todos los días bebo, todos los días lloro, todos los días pienso en ti», dijo el chico del bigote cuando ella lo dejó para irse a vivir a la costa.

Los poemas me ponen grave, pero siempre acudo a ellos cuando me aburro. A veces uno tiene mucho miedo y no hay nadie cerca que venga a decirte ‘cálmate’. Entonces caen a raudales el pánico y la locura, como las avalanchas y sus toneladas de nieve cuando le has gritado de frente a la montaña. Y terminas girando sobre tu propio cuerpo, tumbado sobre el piso, en la forma de un grotesco feto de edad adulta, mordiéndote las uñas.

También pasa que hay uno que otro imbécil que nunca se cree nada de lo que pasa en el mundo, y entonces uno se ve en la penosa necesidad de recordarle que la cosa va en serio, así te cuesten dos o tres buenos golpes en la cara.

Ojalá haya alguien cerca para darnos calma o golpearnos para siempre. 

De a poco se pierde, por otro lado, de vista lo más cercano. Se escapa el gozo o se escurren de las manos las pocas chicas lindas que voltearán a verte. Si uno piensa en todas esas mujeres preciosas que nunca se fijaran en ti, uno va y quiere morirse. Por eso resulta especialmente cruel cuando una de ellas te mira y luego ha dejado de tenerte en cuenta. Pero en esto no hay nada que puedas arreglar, la suerte en este tema ya fue echada hace millones de años.

Todos alguna vez fuimos el chico del bigote horrible, a qué negarlo.

Paramos a secarnos sobre la arena, las latas de cerveza estaban a medio enterrar pero enteras. Nos las bebimos todas, es decir, yo dos y una ella. La sombrilla se agitaba en el aire, y de apoco su sombra dejaba de ser efectiva. Algunos pocos rayos de luz alumbraron su piel de diamante y entonces jugamos a piratas y tesoros. Yo era el pirata, así que sobra decir quién ocupaba el lugar del tesoro.

 

Pintura: Monhegan Maine, Nicholas Roerich (1946).

 

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Paloma debe ser la candidata de Morena en SLP | Columna de Luis Moreno

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Historias para perros callejeros

 

“La instrucción del presidente López Obrador fue clara: ser la candidata y hacer una campaña digna”.

Por: Luis Moreno

Es un hecho, Paloma Rachel Aguilar Correa se inscribirá el lunes al proceso interno de Morena para definir quién será su candidata a gobernadora y es una de las favoritas a quedarse con la nominación, así lo confirmaron al menos tres fuentes diferentes.

Uno de los trascendidos apuntó a que el propio presidente López Obrador fue quien le solicitó a Paloma ser la candidata y la instrucción fue clara: hacer una campaña digna.

No una mentira ni tampoco un lance machista asegurar que hoy los perfiles más fuertes de Morena en San Luis son hombres: Leonel Serrato, Juan Ramiro Roble y Primo Dothé, pero la posibilidad de verlos en la boleta es lejana, por no decir imposible, pues implicaría la modificación de alguna de las ocho candidaturas para hombres en otros estados.

A finales del año anterior, cuando Mario Delgado, dirigente nacional morenista, hizo el anuncio de que en San Luis tendrían a una candidata, el proceso electoral se convulsionó, pues antes de eso muchos anticipábamos una victoria de Morena sin muchos contratiempos, pero considerando lo poco conocidas que son y los negativos que tienen las tres inscritas originalmente para la postulación: Francisca Reséndiz, Marcelina Oviedo y María del Consuelo Jonguitud, dio la impresión de que el partido quería perder y con su derrota abrirle paso a otro candidato para quedarse con el voto de las izquierdas.

Luego de eso surgieron voces que sentaban a Mónica Rangel, secretaria de Salud, en la postulación de Morena, una posibilidad que sigue latente, de hecho en el escritorio de Mario Delgado los expediente de Mónica y Paloma son los más adelantados, sin embargo, elegir a la funcionaria carrerista es un suicidio partidista para Morena, pues causaría una decepción irreparable no solo entre su militancia (que es muy poca), sino entre sus simpatizantes (que son muchos y muchas); ya que Mónica, además de no ser parte de Morena, tiene acusaciones serias por uso indebido de recursos públicos, lo que traería una retahíla, no para el partido, sino para el presidente López Obrador, que suficiente tiene con los cuestionamientos contra Félix Salgado Macedonio en Guerrero.

Hacer una campaña digna no es sinónimo de ganar, pues se puede ganar siendo indigno, pero es un triunfo a largo plazo, uno que urgentemente necesita Morena San Luis, pues liderazgos guiados por los complejos y mediocres como el de Sergio Serrano han condenado al partido oficial a un marasmo que lo hace parecer una izquierda de los años 70 y lo aleja de la visión progresista de las y los morenistas en la Ciudad de México que, sin problema, es capaz de convencer a las clases medias aspiracionales y juveniles, algo por ahora impensable en el estado.

Estoy convencido de que si es real que Andrés Manuel ha depositado esa encomienda en Paloma Rachel, ella cuenta con todos los elementos para cumplirla.

En primer lugar tiene el perfil político: es fundadora de Morena en el estado, tiene la inteligencia, la retórica y la oratoria. Fue brigadista de López Obrador, le ha sido leal durante toda su trayectoria y el presidente le responde igual. Y en un tema más trivial, pero que no se debe soslayar (las elecciones son en buena medida un tema de imagen), tiene el atractivo que ofrece la juventud.

Paloma puede ser la punta del inicio de una refundación de Morena en San Luis, en la que deben tener un lugar preponderante otros liderazgos importantes como Leonel Serrato. Su presencia en la boleta sería incontestable, no así la de muchas de las interesadas y de paso, en una de esas, con una elección dividida entre Ricardo Gallardo, Octavio Pedroza, Xavier Nava (si logra romper la coalición) y lo que logren juntar entre Juan Carlos Machinena, Arturo Segoviano, los representantes del PES y RSP, puede que la elección acabe por ponerse al alcance de todas, siempre y cuando se salven pleitos con viejos, se busquen aliados y se acuda a un discurso del siglo XXI.

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Dios es mi hijo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

El 21 de junio de 1940, durante la segunda gran guerra, Jean Paul Sartre (1905-1980), soldado de la resistencia francesa, fue hecho prisionero y llevado a Tréveris, Alemania, donde estuvo recluido durante casi un año. Para ese entonces había publicado ya algunas de sus obras más importantes (La imaginación, El muro, La náusea), y comenzaba a convertirse en el intelectual-símbolo de una época que no estaba dispuesta a vivir más que en absoluta libertad y sin fe.

En Las palabras, su autobiografía, Sartre no vacila en dirigirse a Dios como no lo haría con el peor de sus enemigos. Uno se frota los ojos para cerciorarse de que no está viendo visiones en la página impresa, de que esas frases fueron dichas verdaderamente. Pero no se trata de ninguna visión, por desgracia, ni de ningún error de tipografía.

Sin embargo, según cuenta el dominico Bernard Bro en uno de sus libros (La foi n’est pas ce que vous pensez), durante aquel breve cautiverio, un sacerdote amigo suyo, miembro de su misma congregación, pidió a Sartre la noche de Navidad (era la Navidad de 1940, la única que pasó en el campo aquel) que escribiera algo para recordar el nacimiento del Salvador. Si casi todos los prisioneros eran cristianos y tenían entre ellos a alguien que escribía, y que lo hacía bastante bien, ¿por qué no pedirle una composición?, ¿por qué desaprovechar la oportunidad? He aquí cómo cuenta este episodio el padre Bro:

«Fue (Sartre) uno de los mejores filósofos franceses de los últimos tiempos. Estando en cautiverio, un sacerdote amigo que estaba prisionero con él, le pidió ayuda para que la primera Navidad pasada en el campo no fuera tan siniestra. El filósofo proclamó a menudo que había abandonado la fe. Lo dijo una y mil veces. Y, sin embargo, inesperadamente, compuso una obra de teatro para esta Navidad de cautiverio. En ella evoca a la Virgen, al Niño Jesús y la Sagrada Familia».

He aquí, por ejemplo, lo que Sartre dijo de José en aquella obra que, según sé, acaba de publicar la editorial española Voz de Papel con el título Bariona, el hijo del trueno: «¿Y José? A José no lo pintaría. Simplemente mostraría una sombra y dos ojos brillantes en el fondo del pesebre. Porque no sé qué decir de José, y José no sabe qué decir de sí mismo. Él adora y es feliz adorando. Y se siente un poco desterrado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre al darse cuenta que la mujer que ama se parece a Dios, toma partido por Dios. Porque Dios vino a la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre en este incendio de claridad. Imagino que José se pasará la vida tratando de aceptar todo esto».

En otro pasaje de la misma pieza, el filósofo hace a hablar a María y pone en su boca estas palabras:

Dios… Dios es mi hijo.

Esta carne divina es mi carne.

Está hecho de mí, tiene mis ojos.

La forma de su boca tiene la forma de la mía.

Se parece a mí.

Es Dios y sin embargo se parece a mí.

Ninguna mujer ha podido tener a Dios para ella sola,

un Dios- niño  al que se puede cubrir de besos,

un Dios que sonríe y que respira,

un Dios al que se puede tocar y que sonríe.

A pesar de haber escrito esto más por complacer a los demás que para convencerse a sí mismo, Sartre tenía razón. María, en secreto, debió haber  dicho o pensado algo semejante. Ese niño que tenía allí, tan cerca, era Dios, Dios que se dejaba acariciar como se acaricia un niño.

Celebrar la Navidad es celebrar que Dios tiene una boca como la nuestra, unos ojos como los nuestros, un corazón de carne como el nuestro: que se parece a mí y a ti, que se nos parece. Y que sonríe.

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Adiós a las cartas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

Precisamente porque están a punto de desaparecer quiero dedicar a las cartas un pequeño elogio de gratitud por todo lo que nos dieron durante más de un milenio.

¿Quién no se alegró alguna vez al ver en su buzón o debajo de su puerta un sobre dirigido sólo a él? No me refiero a las cartas comerciales, esos anzuelos para atrapar distraídos (que un ama de casa guardó pacientemente día tras día durante un año para hacer con ellas un paquete de 25 kilos), sino a la carta que lleva en el centro un nombre escrito a mano. ¡Qué de pensamientos a veces alegres, a veces nostálgicos asaltan a aquel que contempla arrobado el nombre del remitente! Ora esboza una sonrisa de complicidad, ora se queda pensativo como recordando algo, ora lanza imperceptibles suspiros.

Para que esa carta llegara a sus manos hubo de ponerse en movimiento todo un ejército de hombres y mujeres del cual el cartero que se la entrega es sólo uno, si bien el más representativo. ¿Cuánto tiempo costaría al que la escribió llenar aquella hoja que él leerá en unos cuantos minutos? Acaso dos, tres, cuatro horas; acaso una noche entera. Y cuando ha acabado la lectura, ¡con qué cuidado vuelve a doblarla para que el papel no pierda los pliegues originales! Por último va al lugar en el que guarda sus cosas más secretas y la deposita allí para que duerma la eternidad. Porque toda carta, a menos que haya sido indeseada, suscita, si no lo misma reverencia que una obra de arte, sí por lo menos el respeto que se debe a toda cosa nacida de la destreza de una mano.

Pero esto es agua pasada. La carta perdió la batalla contra los whatsapp, esos mensajes aforísticos que solemos enviar a través de nuestros teléfonos celulares, y los e-mail, esas cartas electrónicas que no gastan timbres y que superan infinitamente la velocidad de los carteros.

«Su capacidad se halla en el límite permitido; si no elimina parte de sus mensajes, nosotros lo haremos por usted y al azar», dice invariablemente el mensaje que aparece en la pantalla de la computadora cuando nuestro buzón electrónico está a punto de saturarse. Entonces nos damos a la tarea de eliminarlos. ¡Cómo nos ha domesticado la tecnología! En otro tiempo, un batallón entero habría sido incapaz de obligarme a quemar mi correspondencia; hoy basta con que el servidor del que dependo me envíe una de estas amenazas para que yo empiece a quitar el lastre que me permitirá seguir manteniendo a flote mi barca en los mares electrónicos.

La carta se puede tocar, apretar entre las manos y llevar al corazón, sobre todo si aquel o aquella que la escribieron se han ido de este mundo para siempre; y, al releerla, uno vuelve a escuchar aquella voz que tanto amó y que sigue diciéndonos las mismas palabras que nos decía cuando estaba viva.

Todavía hace unos años se nos enseñaba que las cartas personales no deben nunca escribirse a máquina, pues tal cosa constituiría una grave falta de respeto. Nuestra letra, bien o mal hecha, con faltas de ortografía o sin ellas, es una especie de don que hacemos al destinatario, ya que una parte de nosotros mismos se revela en ella. Nuestra letra habla de nuestro pasado escolar, de los procesos de nuestro aprendizaje e incluso de nuestros estados anímicos. Además, escribir una carta significa concentración, silencio, profundidad; la escribimos «con ese paso lento favorable a la conversación» de que habla Julien Green en su Leviatán. Nos tomamos todo el tiempo del mundo para redactarla y cuidar cada palabra, cosas éstas que definitivamente no pueden hacerse estando en línea, porque Internet cuesta y además cansa con esos rayos de luz que apuñalan las pupilas. «La carta tiende  ser un espacio de conciliación –escribió Rafael Pérez Gay en un libro reciente: La otra aventura-. Dice Amélie Nothomb que la diplomacia empezó por la correspondencia, y ello es tan claro como que el vocablo griego ‘diploma’ significa ‘papel doblado’. Una carta es una ofrenda, un gesto de entrega. En las cartas se suele actuar con la mesura que permite la palabra escrita. Son las cartas tal vez el mejor espacio para el diálogo porque no dan posibilidad a las interrupciones».

¡Cómo nos explayábamos entonces al escribir una carta! Cosas que debido a su gravedad no nos hubiéramos atrevido a decir cara a cara, escribiéndolas en el papel fluían como el torrente de una cascada. La carta incitaba a la sinceridad, a la transparencia. «Desgraciadamente –escribe Anselm Grün, el famoso monje benedictino alemán-, hoy casi hemos perdido la costumbre de escribirnos. Sin embargo, la amistad necesita de la mediación de la carta con la que hacemos partícipe al amigo de lo que ocurre en nuestra vida. En cierta ocasión dijo Konstantin Raudive: “Quienes nunca se han escrito una carta no se conocen realmente”… Las cartas ayudan a que la amistad se mantenga, aun cuando los amigos nunca más vuelvan a verse en esta vida».

Cuando escribíamos una carta tendíamos a ser más profundos, más nosotros mismos. Pero bueno, de nada vale lamentarse. Se trata de un mundo que ha quedado atrás, muy atrás. «Hoy, como menciona Héctor de Mauleón, ya prácticamente nadie paga ni gasta su tiempo en el envío y escritura de cartas. La virtud de la escritura precisa, limitada y clara de las cartas se desvanece en lo inmediato de la comunicación digital» (Rafael Pérez Gay).

Así es. Así es. Por desgracia.

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#ElNotón

https://youtu.be/sEo7rrJpP8k

Opinión