mayo 22, 2022

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Bodas | Columna de Juan Jesús Priego

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En algunos pueblos de la Huasteca –hablo de la potosina, en la que nací, gatée y crecí-, la fiesta de bodas era un acontecimiento que no pasaba nunca inadvertido. En cuanto había una a la vista, los mayores desempolvaban sus vestidos de gala, y los pequeños, durante todo aquel día, eran instados a no comer demasiado en sus casas para que pudieran desquitarse después en la de los novios, es decir, a la hora del banquete. Asistir a una cena de bodas era entonces sinónimo de comer y beber gratuitamente.

No obstante, desde hace algunos años, las cosas ya no son así. Por pequeña que siga siendo la ciudad, la gente ya no se conoce y por lo mismo se invita cada vez menos entre ella: esto por un lado; pero, por otro, según una moda que imagino de origen anglosajón, los recién casados prefieren gastar su dinero en un buen viaje de luna de miel –un crucero en el caribe, por ejemplo- a dedicarse a llenar panzas aventureras.

-¿Darle de comer a toda esa chusma? ¡Pero por quien me tomas! -oí que decía una muchacha a su papá, que se mostraba consternado ante el hecho de no poder ofrecer nada a sus vecinos el día en que se casaba su hija.
-¡Oh! –exclamaba el padre-. ¿Qué irán a decir los amigos de nosotros? ¡Que somos unos tacaños!
-Que digan misa.

Las jóvenes generaciones no entienden ya por qué haya que dar nada a nadie, y esto ha tenido como consecuencia que en la actualidad los banquetes de bodas sean fiestas muy poco expansivas; en muchas ocasiones, dichos festejos se limitan a ser reuniones en las que tres docenas de hombres y mujeres debidamente identificados gracias a un control casi policial bostezan a intervalos regulares mientras escuchan a lo lejos una música suavísima. (En realidad ya sólo falta, para dejarnos entrar a estas reuniones luctuosas, que nos obliguen a estampar nuestra huella digital y a mostrarle a un guardia armado nuestra credencial para votar con fotografía.)

Cuando Jesús dijo que el reino de los cielos era parecido a un banquete de bodas, pensaba, me imagino, más en las bodas como las conocí yo siendo niño que en las que hoy tienen lugar en casi todos nuestros salones de caché.

«El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo» (Mateo 22,2). ¡Cuántas veces aparece en los evangelios esta comparación! Según un estudioso de las parábolas del Señor, «la boda era entonces considerada por los judíos como una imagen del tiempo del gozo mesiánico» (Alfons Kemmer). Esto, dicho con otras palabras, quiere decir que, para los judíos de hace dos mil años, lo más parecido en la tierra a la alegría con que se alegrarán los redimidos en el cielo es el gozo con que se ríe, se baila y se canta en un festín de bodas.

En un festín de bodas, los invitados no tienen que ganarse el pan con el sudor de su frente, pues éste les es ofrecido de manera gratuita, y tampoco deben temer que el vino se les acabe, pues los esposos previsores lo darán en abundancia: de hecho, lo más penoso que podía pasar en un festín como éste era que el vino se acabara. (Recuérdese que el evangelio habla de un banquete, en Caná, donde sucedió esto precisamente, y que fue la ocasión de que Cristo realizara el primero de sus signos; con este gesto, nuestro Salvador demostró ser un celoso defensor de la sana alegría de los hombres).


En una boda está prohibido estar tristes, y la hilaridad y el buen humor que reina entre los comensales es una imagen de la hilaridad y el buen humor que reinarán para siempre en el Reino celestial.
Sin embargo, y esto es algo de suma importancia, la boda es un acontecimiento en el que no es posible estar solos: es el lugar de la conversación, de la compañía y de la vida compartida. Durante mucho tiempo creí que la boda era imagen del reino de Dios sólo por su gratuidad (todo es dado abundantemente, y gratis además); pero hoy, leyendo esta parábola con mayor detenimiento, caigo en la cuenta de que, entendida únicamente así, queda bastante empobrecida. ¿No quiso decir Jesús, al comparar el cielo con un banquete de bodas, que allí encontraremos a aquellos que hemos amado para alegrarnos juntos y decirles lo que aquí, en el país del olvido, dadas las circunstancias o nuestra timidez, no pudimos decirles?
Para llegar a esta convicción fue sumamente decisiva la lectura de un libro del teólogo alemán Eugen Walter, en el que dice: «Un banquete, y sobre todo un banquete de fiesta se celebra únicamente cuando se reúnen muchas personas: personas que tienen lazos internos de unión, no sólo con el anfitrión, sino también entre sí. Tampoco la eternidad puede consistir únicamente en que estemos con Dios, sino además en que estemos unos con otros» (Esencia y poder del amor).
Para Plotino, el filósofo griego, los bienaventurados (él los llamaba los moradores del Elíseo) serán «todo ojos», es decir, seres que se verán unos a otros en su más pura verdad. Pero –uno se pregunta-, ¿y las palabras?, ¿dónde quedan en su cielo las palabras? En un festín de bodas, después de todo, también se habla, se canta y se baila. Si Plotino tuviera razón, el paraíso no sería muy diferente a ese infierno que tan bien describió Jean Paul Satre en A puerta cerrada, ese antro siempre iluminado donde, por haberles sido cortados los párpados, los hombres no hacían otra cosa que vigilarse unos a otros. Pero no: el cielo no será un panóptico, sino un banquete.
Escribió François Mauriac (1885-1970): «Erramos al creer que la muerte nos arrebata a los que amamos. Todo lo contrario: ella nos los guarda». Guardados para el banquete final. Porque el cielo es lugar al que confluirán todos los demás: aquellos a quienes habíamos perdido de vista y echábamos de menos. «El Reino es semejante a un banquete de bodas» en el que no se estará solo ya nunca más; en el que la soledad, por fin, quedará definitivamente abolida. Porque no es bueno que el hombre esté solo (Génesis 2,18). Y si no es bueno que el hombre esté solo en la tierra, mucho menos lo es que esté solo en el cielo.

 

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#4 Tiempos

Meditación sobre el infierno | Columna de Juan Jesús Priego

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¿Existe el infierno? Así lo cree el cristianismo. Pero, ¿cómo conciliar este lugar de tortura, esta eternidad de sufrimiento, con la existencia de un Dios apacible, bueno y misericordioso? ¿Pudo Dios haber creado un lugar de dolor infinito para castigo de sus hijos descarriados? La idea se nos antoja repugnante. Dios e infierno parecen ser términos que se oponen, que se rechazan entre sí.

Los teólogos más abiertos (por llamarlos de algún modo) dicen que el infierno es un mito de otro tiempo que nada tiene que ver con nuestra actual concepción de Dios; los menos abiertos, pero acaso más fieles a las enseñanzas de la tradición, se lanzan a hacer negociaciones con el dogma, diciendo:

-Bueno, es verdad que el infierno existe, pero acaso esté vacío. La Iglesia, que al canonizar reconoce la salvación de unos, nada se atreve a afirmar acerca de la condenación de otros: ni de Judas, el traidor, se ha atrevido a hacer la Santa Madre una condenación categórica. ¿Está Judas en el infierno? No lo sabemos…

Y, sí, tienen razón al decir esto último: nadie conoce la anchura y la profundidad del amor de Dios, pero, ¿habría que deducir por eso que el infierno está vacío?

A Dios gracias, ya pasaron los tiempos en que los predicadores se regodeaban describiendo las penas de los condenados, cual si les diera mucho gusto que estuvieran allí y sufrieran tanto; ya no insisten en hacernos oler la pestilencia de las aguas sulfurosas ni en obligarnos a escuchar, aunque sólo sea imaginariamente, el torrente brutal de sus blasfemias. Predicadores como el que aparece en el Ulises de James Joyce están ya, por fortuna, en franca decadencia, pero eso no quita que alguna vez, aunque sea en las grandes solemnidades de la vida,  se deban abordar estos asuntos.  Pero, ¿cómo?, ¿con qué palabras?

En efecto, las palabras Dios e infierno parecen contradecirse entre sí. Y, sin embargo, no por decir eso se resuelve el problema. ¿Qué ganamos con sólo enunciar la contradicción? Pero, pensemos: si el infierno no existe, entonces muchos crímenes horrendos quedarán sin castigar. Y si no hay castigo después de esta vida, ¿quién vengará a los mártires de la tierra? Este era el punto que más preocupaba a Max Horkheimer (1895-1973), un gran filósofo de nuestro tiempo, quien, aunque ateo, llegó a afirmar: «Hoy ya no podemos admitir que los seres vivientes que pululan en el universo tengan un alma inmortal y que, por lo mismo, después de su muerte, vayan a ser premiados y castigados por sus insignificantes acciones. Y sin embargo, pese a estas consideraciones, existe el profundo lamento de que no exista esa justicia de que hablan y siguen hablando la religión y la teología; en último análisis, esto es un motivo de tristeza. Todo hombre que lo sea verdaderamente no puede no sentir dolor al pensar que todos los horrores acaecidos en la tierra y que siguen acaeciendo aún hoy no hallen una compensación en eso que la religión llama eternidad».

Horkheimer no creía en la inmortalidad del alma; le parecía absurdo que ese animalito insignificante que es el hombre fuera a ser llamado a rendir cuentas tras su pequeña muerte. Y, sin embargo, que no fuera juzgado ni después ni nunca le parecía algo todavía mucho más absurdo. ¿Y las víctimas? ¿Y los asesinos? ¿Quién castigaría entonces a Hitler y a los demás? ¿Quién a los asesinos de todas las épocas y latitudes? ¿Los absolvería, pues, el olvido?

Para la teología católica, la existencia del infierno significa que Dios no es indiferente a lo bueno y a lo malo, que no le dan lo mismo las malas acciones que las buenas, pues si así fuera, ¿qué clase de Dios sería?

Cuando un delincuente se atreve a agredirnos (robándonos nuestro auto, por ejemplo, o secuestrándonos, o qué sé yo) nosotros esperamos, con toda razón, que la policía se ponga en movimiento y dé su merecido al malhechor; esperamos, para decirlo ya, que una instancia superior nos haga justicia. Pero si esta instancia se limita a cruzarse de brazos (porque está en complicidad con los bandidos, o por simple y pura incompetencia), ¿de qué respeto podría gozar entre los ciudadanos? Poco a poco la sociedad, minada por la impunidad, se vendría abajo.

Ahora bien, ¿qué diríamos de un Dios que, como muchas de nuestras policías latinoamericanas, tampoco hiciera nada? ¿No le faltaría algo a este Dios? Si al final de los tiempos abrazara a San Francisco de Asís con el mismo amor que al secuestrador más peligroso y que al narcotraficante más temido, ¿no diríamos que algo anda mal en la administración celestial de la justicia?

¿Y no es verdad, también, que cuando hemos sido ultrajados u ofendidos, con mucha frecuencia renunciamos a la venganza, diciendo: «Se lo dejo a Dios: que él dé a cada uno según sus obras»? Pero si Dios no venga ni castiga nada porque es sumamente misericordioso, ¿qué puedo entonces hacer yo?, ¿procurarme la justicia con mi propia mano?

El dilema no es nada sencillo: si, por un lado, digo que el infierno existe, me arriesgo a poner en entredicho la infinita misericordia de Dios; pero si digo que un espejismo, caigo en el peligro opuesto, es decir, convierto a Dios –como dirían los españoles- en un pasota moral.

Durante mucho tiempo –en mis años de estudiante de teología-, yo también llegué a pensar que acaso el infierno estaría vacío; disfrutaba hablando y oyendo hablar de la misericordia divina. Pero los años pasan y la vida le hace conocer a uno de cerca los meandros del corazón humano, sus abismos profundísimos. Y hoy, cuando he visto sufrir a muchos hombres y mujeres violencias y maldades indecibles e inimaginables, ya no estoy para nada seguro de que la misericordia y el amor se rechacen mutuamente, ni que la ternura excluya la justicia.

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#4 Tiempos

Soledad o prisa | Columna de Juan Jesús Priego

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En 1863, Jules Verne (1828-1905), el famoso escritor de novelas de aventuras, se dio a la tarea de imaginar las cosas que sucederían en París un siglo más tarde, es decir, en 1960. El resultado de aquellas cavilaciones anticipatorias fue París en el siglo XX, novela que fue rechazada por un editor de la época y que el propio Verne, decepcionado, echó primero a un cajón y luego al olvido. ¡Ah, también este genio conoció el rechazo de los editores, la negativa descortés, el odio al propio manuscrito!

Durante más de un siglo la novela anduvo perdida hasta que en 1994 alguien –creo que un sobrino nieto o algo por el estilo- la encontró en una herrumbrosa caja fuerte y la hizo llegar a la Casa Hachette, editorial que la publicó ese mismo año y además con mucho gusto.

¿Qué sucedería en 1960, según Jules Verne? Luz eléctrica, autos velocísimos, gente apresurada: de todo esto hablaba ya nuestro autor en París en el siglo XX. Ah, claro, y también de los jóvenes managers parisinos, a quienes describe del siguiente modo: “Son hombres sin juventud, sin corazón y sin amigos”.

¿Cómo hizo Verne para acertar una vez más? En efecto, así son los managers en la actualidad, y no únicamente los parisinos. Y ya ni siquiera sólo los managers, pues todos, de alguna manera, nos hemos convertido en hombres sin juventud, sin corazón y sin amigos.

Verne no se hacía ilusiones en torno al progreso. Sabía que la locomotora, el telégrafo y la luz eléctrica, al modificar el ritmo de la vida, acabarían modificando también la manera en la que los hombres se relacionan entre ellos. Con la locomotora, el telégrafo y la luz nació la rapidez, y, con ella, la soledad social, el aislamiento, la atomización y la falta de amigos.

¿Cómo se puede ser amigo de un individuo eternamente apresurado, de un sujeto que cuando apenas se detiene porque no le queda más remedio está ya mirando ansioso hacia todas direcciones? Pues bien, con la revolución industrial nació precisamente este tipo de hombre: un ser estresado y hostil que vive con la mirada siempre fija en dos relojes: el gigantesco de la fábrica y el pequeño que lleva consigo entre las ropas atado a una cadena.

Por lo demás, todos conocemos gente cuya mirada está siempre en otra parte… ¿Qué ven en la lejanía?, ¿a dónde esperan llegar de un momento a otro? Su pensamiento francamente divaga mientras sus compañeros les hablan y les hablan. ¡Claro que los conocemos, y hasta es posible que nosotros mismos pertenezcamos a esa raza detestable! Pues bien, que nos quede claro: en semejantes condiciones nunca podremos ser amigos de nadie, pues el principal enemigo de la amistad es el exceso de movimiento: eso que conocemos comúnmente con  el nombre genérico de prisa.

Esto los griegos lo sabían muy bien: sin unos momentos de ocio, de tiempo libre compartido, en realidad no hay nada que hacer. ¡Ah, Platón llamaba ya a los amigos ladrones de tiempo! Pero no lo decía con el tono de un banquero o de un capataz,

sino con el de quien expresa una verdad perfectamente comprobable por la pura observación.

Sí, en la Europa del siglo XIX todos empezaron a conocer el ajetreo; de ahí que a Verne no le fuera nada difícil prever el tremendo peligro que se avecinaba.

«-Ven a jugar conmigo –dijo un día al zorro el Principito.

«-No puedo jugar contigo –dijo el zorro-. Aún no estoy domesticado.

«-Ah, perdón –dijo el Principito-. ¿Qué quiere decir domesticar?

«-Es algo demasiado olvidado –dijo el zorro-. Quiere decir crear lazos.

«-¿Crear lazos?

«-Por supuesto –dijo el zorro-. Tú no eres para mí, todavía, más que un muchachito totalmente parecido a otros cien mil muchachitos. No te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás único en el mundo para mí. Seré único en el mundo para ti… Si quieres, domestícame.

«-Quisiera –contestó el Principito-. Pero no tengo tiempo. Tengo muchos amigos que descubrir y muchas cosas que conocer.

«-No se conocen más que las cosas que se han domesticado –dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas en los negocios. Pero como no existen en absoluto los negocios donde se vendan amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!

«-¿Qué hay que hacer? –preguntó el Principito.

«-Hay que ser muy paciente –contestó el zorro-. Primero te sentarás un poco lejos de mí, en la hierba. Yo te miraré por el rabillo del ojo y tú no dirás nada. El lenguaje es una fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca»…

Nunca tendremos amigos hasta que vivamos con esa lentitud de la que hablaba el zorro en ese pasaje extraordinario de El Principito ¡La lentitud de sentarnos! De sentarnos hoy aquí y volver al día siguiente para sentarnos un poco más cerca, hasta que nos hayamos domesticado mutuamente. Pero, ¿quién es hoy capaz de hacer una pausa, arrellanarse en la hierba y respirar a pleno pulmón? Sí, la amistad –como todo lo que vale, como el arte mismo de vivir- es una larga, muy larga paciencia.

Los antiguos hablaban de libertad o muerte. Conocieron Estados totalitarios y el dilema era ese. Hoy, cuando los Estados parecen ser inofensivos, pero no las economías, el dilema sigue allí, pero ahora es este otro: o soledad o prisa. Y es preciso elegir.

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#4 Tiempos

Los dos relojes del edificio azul | Columna de Juan Jesús Priego

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Una vez –según cuenta una historia judía- un campesino llegó a un pueblecito de la Europa oriental: venía de muy lejos, en carreta, a arreglar asuntos de diversa importancia.

Tan pronto como se apeó del carro, echó un vistazo a su alrededor y descubrió que el pueblo era en verdad como se lo había imaginado: polvoriento y hasta cierto punto triste. Sin embargo, una cosa llamó su atención, y era que en un costado de la plaza se hallaba un edificio azul en el que alguien había empotrado dos grandes relojes.

-«¡Es inaudito! –exclamó el recién llegado-. ¿Por qué dos relojes? ¿Es que con uno no es más que suficiente? ¡Y para colmo en el mismo edificio! Lo que pasa es que los habitantes de esta ciudad son unos presuntuosos que buscan apabullar al extranjero con la exhibición de su riqueza.

Y, satisfecho con aquella explicación, echó a andar hacia la plaza del pueblo. No se había alejado ni veinte metros cuando un primo suyo, que había venido a encontrarlo, se le echó al cuello y lo llenó de palabras afectuosas, mas el campesino, que no dejaba de pensar en el misterio de los relojes, en vez de sumergirse en los efluvios sentimentales que la ocasión exigía, preguntó:

-Primo, la verdad es que no entiendo la razón de haber colocado dos relojes allí arriba…

Y justo en el momento en que decía allí arriba descubrió que mientras un  reloj marcaba las 11, el otro, quitadísimo de la pena, marcaba las 3.

-¡Y, además, dando cada uno su propia hora!

-Es verdad –reconoció el primo-. Pero, piensa: si los dos relojes marcaran la misma hora, ¿para qué diablos íbamos a tener necesidad de dos relojes? Y como tenemos necesidad de los dos –de uno por su exactitud y de otro, descompuesto desde hace años, por su belleza- los hemos dejado allí para que cada uno haga lo que pueda.

¡Sabia resolución! Que se queden allí los dos relojes. Que al primero se dirijan los hombres para llegar temprano al taller, y al segundo para que se solacen contemplándolo. ¿Quién ha dicho que lo bello deba además ser útil? No importa que los relojes den cada uno su propia hora; es más, que no den por ningún motivo la misma hora, pues de lo contrario uno de ellos saldrá sobrando y habrá que quitarlo cuanto antes del edificio azul.

Lo mismo sucede con los hombres. Si todos fueran iguales –si todos dieran la misma hora-, ¿qué necesidad habría de que existieran? Con uno sería más que suficiente. No habría necesidad de dos, y mucho menos de siete mil millones. Para que se justifique la existencia de tantos seres en el universo es absolutamente necesario que cada uno sea sí mismo, original y único, es decir, que no intente ser como los demás ni luchar por parecerse a ellos, pues de lo contrario su vida no tendría razón de ser.

Esto explicó muy bien Martin Buber (1878-1965), el filósofo judío, en una de sus conferencias en la Universidad de Jerusalén: «Cada uno debe desarrollar y darle cuerpo a su propia unidad e irrepetibilidad y no rehacer una vez más lo que otro, aunque sea la persona más grande, ya ha realizado. Cuando ya estaba viejo y ciego Rabí Bunam dijo un día: “No quisiera cambiar mi puesto con el del padre Abraham. ¿Qué sacaría Dios con que el patriarca Abraham se volviera como el ciego Bunam y el ciego Bunam como Abraham?”. La misma idea la expresó con una claridad aún mayor Rabí Sussja quien, en punto de muerte, exclamó: “En el otro mundo no me preguntarán: “¿Por qué no has sido Moisés?”, sino que me preguntarán, en cambio: “¿Por qué no has sido Sussja?”».

Existe el deber de ser uno mismo, es decir, de cumplir con el propio destino, con la personalísima vocación. El que, por querer dar gusto a los demás, renuncia a ejecutar aquello que está llamado a ser, comete un acto de lesa majestad contra el Señor. «Si rechazase su tarea específica –asegura Michel de Certeau (1925-1986), el famoso jesuita- con el pretexto de que está en conflicto, o por lo menos en competencia, con los intereses de otros (por superiores que sean), traicionaría hermanos e hijos y abandonaría su función, necesaria a todos». En otras palabras: el que no hace lo que está llamado a hacer, no sólo peca, sino que echa por tierra el plan que Dios había trazado para él.

Knulp, en un bellísimo relato de Hermann Hesse (1877-1962), ha sido toda su vida un vagabundo. Y, mientras agoniza, ve que Dios camina hacia él. Knulp piensa que el Señor va a reñirlo a causa de su vida errante, de sus dones desperdiciados, pero Dios no sólo no lo regaña, sino que le sonríe y le dice:

«-Knulp, piensa en aquellos tiempos de tu dorada juventud. ¿No bailaste acaso gozoso como un niño y no sentiste, asimismo, la belleza de la vida que corría por tus articulaciones? ¿No supiste acaso cantar y tocar la armónica de modo tal que todas las muchachas no apartaban los ojos de ti? ¿Te parece que todo eso no valía nada?… ¿No ves, cabeza de niño atolondrado, que todo estuvo bien y que tuvo un sentido? ¿No comprendes que era menester que fueras un ave de paso y un vagabundo para que sembraras por doquier un poco de pueril locura y de risas infantiles? ¿Para que las gentes de todas partes te amaran un poco, se burlaran de ti y te estuvieran también un poco agradecidas? Dices: “¿Por qué no pude ser un hombre como los demás?”. Pero, ¿a qué lamentarte? ¿Es que en verdad no comprendes que todo lo ocurrido fue bueno y justo y que nada podía haber sido de modo distinto de como fue?… Mira –siguió diciéndole el Señor-, precisamente te necesitaba tal como fuiste, y no de otra manera. En mi nombre erraste por los caminos para infundir en las gentes sedentarias y establecidas en un lugar, un poco de nostalgia por la libertad que tú representabas».

En su aparente inutilidad, Dios amaba a Knulp. ¡Por lo tanto, que los dos relojes se queden allí! Uno podrá parecer que no funciona, pero aún así, como Knulp, está cumpliendo su función.

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