agosto 14, 2022

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La señora Rogowska | Columna de Juan Jesús Priego

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Hay en la literatura judía antigua una leyenda que dice así:

«Una vez un sabio talmudista se quedó dormido en una cueva durante setenta años. Cuando despertó, vio el mundo tan cambiado que no pudo hacer otra cosa que orar a Dios pidiéndole la muerte».

Según la tradición, el nombre del sabio talmudista era Choni Hamagol, aunque para nosotros da lo mismo que se llamara así o de alguna otra manera. Lo importante, en este caso, no es su nombre, sino lo que debió experimentar al abrir los ojos tras un sueño que duró mucho más de medio siglo.

Imaginemos aunque sólo sea por un instante lo que sentiría este hombre al recibir directamente sobre sus pupilas los rayos del sol. Los sonidos de su alrededor ya no eran los mismos de hacía setenta años, ni las calles, ni los rostros.

Al recorrer las calles de su pueblo, acaso pensaría haberse perdido en un mundo de extraños. Adivinamos las preguntas que este ser desorientado se habría hecho en su interior:

«-¿Dónde estoy?, ¿dónde está mi casa?, ¿y mi esposa?, ¿y mis hijos? ¡Qué diferente está todo!».

Sus oídos se aguzarían buscando una voz amada o, ya por lo menos, familiar. Pero en vano; no la encontraría. Las voces que él amaba se habrían extinguido ya desde hacía tiempo, o se habrían vuelto roncas, o tal vez asmáticas.

Lo que había a su alrededor eran otras voces, otros ámbitos (como diría el novelista estadounidense Truman Capote). ¿Dónde se habían metido sus seres queridos, dónde estaban ahora? Él los había dejado allí, pero ahora ya no estaban…

«Esta ciudad es la mía y, sin embargo, no lo es», se dijo a sí mismo Knulp antes de partir a tierras lejanas en Tres momentos de una vida, el bellísimo relato de Hermann Hesse (1877-1968). Pues bien, el sabio talmudista debió haber dicho esto mismo para sus adentros. ¿En qué ciudad estaba, en qué mundo? Al recorrerlo lentamente, se daría cuenta de que aunque el pueblo era sustancialmente el mismo que dejó, de alguna manera era ya otro. Una nación de desconocidos, un pueblo de extraños.

Al llegar a su casa se detendría, aunque sin llamar a la puerta. ¿Quién viviría en ella? Y, por lo demás, fuesen quienes fuesen los que ahora la habitaban, ¿se acordarían de él, recordarían su rostro? ¡Qué pregunta más tonta! ¿Cómo iban acordarse de él? Los que antes de que se durmiera tenían sólo diez años eran ahora unos octogenarios sin dientes y sin memoria. Sus amigos, todos, se habrían ido ya al otro mundo. ¿Qué le esperaba en este pueblo de desconocidos?, ¿qué en esta pequeña ciudad en la que su suerte no iba a ser, de ahora en adelante, muy diferente a la de los extranjeros?

Se sentiría solo, tremendamente solo. ¿Qué corazón latiría por él, qué voz se alzaría llamándolo por su nombre? ¡Mejor era morirse!

Según La Odisea, uno de los monumentos literarios más hermosos de la humanidad –un monumento que huele a mar y sabe a sal-, lo mismo pasó con Laertes, padre de Ulises, el héroe de las mil astucias. También él, un día, viéndose solo en el mundo, empezó a clamar a Zeus pidiéndole la muerte.

Cuando Ulises llega por fin y de incógnito a su anhelada y rocosa Itaca, el porquero Eumeo empieza a referirle detalladamente cuanto había sucedido desde su partida,

y es entonces cuando aquél se entera de que su padre aún está vivo.

«-También Laertes vive todavía –le explica Eumeo-, pero implorando a diario a Zeus que extinga la vida de su cuerpo. Le desespera vivir en esta tierra de la que está ausente su hijo y en donde murió su mujer, la compañera de su juventud».

¿Sabrán lo que piden los que suplican al cielo que los libre de la muerte?

«No contaba con las ausencias de los seres queridos cuando decía querer vivir cien años», confesó una vez Ernesto Sábato (1911-2011), el escritor argentino, a un periodista. ¡Y vaya que estuvo a unos cuantos días de cumplirlos! Pero, claro, era necesario también pensar en los seres queridos.

He aquí otra historia parecida, pero tomada ahora de un autor contemporáneo: Ryszard Kapuscinski (1932-2007).

En el cuarto volumen de su Lapidarium cuenta el famoso periodista que una vez se encontró en una calle de Polonia, su país natal, a una de sus vecinas, la nonagenaria señora Rogowska, y que ésta le dijo en tono lastimero:

«-Me gustaría irme más allá –y señalaba el cielo con la mano-, con mis conocidos. Estoy segura de que me están esperando. ¿Aquí abajo, en cambio? –e hizo un gesto amplio que abarcaba el mundo entero-. Aquí abajo no hay nada claro. No entiendo nada de nada».

Cuando todos los nuestros se han ido –y envejecer es haber asistido a muchas muertes-, ¿para qué obstinarse en seguir aquí? Morir, después de cierto tiempo, más que una maldición es un don de Dios.

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24-26), dijo una vez Jesús a sus discípulos. Sí, la muerte e terrorífica; pero, ¿no sería más terrorífico permanecer aferrados a este mundo mientras todos a nuestro los que están a nuestr lado cierran los ojos y se van? ¡Como Laertes, al final acabaríamos pidiendo a Dios que se compadezca de nosotros y nos lleve de una buena vez con Él a su casa!

Al menos para mí, no querría yo la «suerte» de sobrevivir mucho tiempo al último de mis seres queridos. Como Choni Hamagol, sería un extraño en el mundo; como Laertes, me sentiría profundamente desdichado; y, como la señora Rogowska, acabaría por no entender nada de nada.

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#4 Tiempos

Marcela | Columna de Juan Jesús Priego

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Supe de tu existencia por un libro de Anatole France (1884-1924). Sin duda, sabes de qué libro se trata, aunque en realidad no importa. Como los cometas, brillaste por un tiempo muy breve y luego te apagaste para siempre: ocho páginas bastaron al escritor francés para hacerte vivir y morir. Pero, dime, ¿puede una vida, con todos sus misterios y fatigas, caber en ocho  páginas? Sin embargo, de algo a nada… ¡Toma en cuenta, querida Marcela, que hay seres de los que nadie escribió, y que tuvieron que irse de este mundo sin que ningún amigo o enemigo se tomara la molestia de hablar de ellos! Pienso, por ejemplo, en un abuelo al que conocí hace mucho: estaba lleno de historias. Pero ahora esas historias se han perdido porque nadie se interesó en recogerlas.

Estás muerta desde hace cien años, o acaso más. No obstante, quise escribirte porque no he dejado de pensar en ti. Tu imagen revolotea en mi interior desde hace varios días. ¡Oh, no se trata de una declaración galante, ni mucho menos! Te lo diré con franqueza: lo que me espantó de ti –y suscitó mi compasión y mi horror- fue tu soledad, esa soledad negra y fría a la que tú misma, con la ayuda paciente de tu temperamento, te condenaste siempre.

Según France, tenías los ojos de oro –¿qué quiso decir con esto?-, los dientes blancos y pequeños, y la voz cristalina «como una fuente del bosque». Pero esto, a decir verdad, tampoco importa tanto.

Según la manera en que te pinta el novelista, debió de haber sido fácil enamorarse de ti. Sin embargo, nadie lo hizo: todos te evitaban un poco así como rehúyen los ratones esas jaulas celulares y grises que conocen tan bien. Pero no se alejaban de ti porque fueras bella, sino porque –para ellos- tu cariño era un lazo que entorpecía sus movimientos, una cadena que les quitaba libertad. Si no te molesta (por traerte recuerdos ingratos), transcribiré ahora un párrafo que seguramente te resultará familiar y en el que en pocos trazos ha quedo retratada tu figura; helo aquí:

«Marcela y mi madre –escribe France en ese libro del que te hablo- se habían conocido en el colegio, pero mi madre, mayor, más prudente y ordenada, no pudo ser la compañera constante de Marcela, que ponía en sus afectos un ardor extraordinario y una especie de locura. Otra colegiala inspiró a Marcela sentimientos casi absurdos; era ésta la hija de un negociante, muchacha muy desarrollada, tranquila, burlona y de pocas luces. Marcela tenía siempre fijos en ella los ojos; se deshacía en lágrimas por una palabra, por un gesto de su amiga; la abrumaba con sus promesas; a todas horas mostrábase celosa, y durante el estudio le escribía cartas de veinte carillas; hasta que al fin la muchacha se hartó, dijo que la fatigaba todo aquello y que para lo sucesivo la dejase vivir en paz».

Un psicólogo, al leer esta breve descripción de tus comportamientos afectivos, seguro pronunciaría la palabra «inmadurez». Pero tú lo sabías: la amistad es «una especie de locura», y hay que poner en ella «un ardor extraordinario». Sabías que ser amiga era pensar en el otro, dedicarle tiempo, miradas y cartas.

La amistad es el matrimonio de los célibes; es decir, un compromiso lleno de responsabilidades y deberes. Y también sabías, pese a que todos a tu alrededor pensaran lo contrario, que ser amigos es mucho más que  simplemente sonreírse mutuamente de cuando en cuando y saludarse al pasar.

Cuán joven, mi pequeña Marcela, viviste en carne propia lo que uno de tus contemporáneos, el poeta Charles Baudelaire (1821-1867), escribió en su cuaderno de notas: «El amor se parece mucho a una operación quirúrgica. Aunque los dos amantes estén muy prendados el uno del otro, uno de los dos estará siempre más sereno, o más poseído que el otro. ¡Amor, juego horroroso en el cual es necesario que uno de los jugadores pierda el control de sí!».

Pon la palabra amigos allí donde el poeta escribió amantes y tendrás la verdad en todas sus dimensiones. En una relación siempre hay alguien que quiere más, o que demuestra su amor mejor que el otro. Y ese alguien fuiste siempre tú. Tú la que perdió invariablemente control de sí. Los otros no, ellos no dejaron nunca que el corazón les jugara una mala pasada: ellos, como niños mimados, simplemente se dejaban querer.

Conozco personas así. Como quieren llegar lejos en la vida, miden como con una regla de precisión cada una de sus palabras y no dicen sino lo que conviene decir en cada caso. Pertenecen, según el decir de Jules Michelet (1798-1874), a esa clase de hombres que «han encontrado la dignidad y la seguridad en no decir nada». Su boca jamás los traicionará, y su corazón tampoco. Saben lo que quieren. Pero tú estabas hecha de otra manera y por eso no pudiste llegar a ninguna parte: te traicionaban tus cartas, tus miradas y tus celos, y perdías siempre. Más tarde, según nos cuenta France, te enamoraste de un muchacho que pronto te dejó para irse en busca de otra. Tu último amor fue un marinero a quien acompañabas en sus largas travesías, conformándote con verlo a lo lejos maniobrando el timón. En uno de esos largos viajes contrajiste a bordo de la nave una rara enfermedad y nunca más volviste a pisar tierra: fuiste arrojada al mar dentro de un saco.

Y no se volvió a saber de ti, meteoro mío. Te perdiste para siempre en la noche de los tiempos. Me recuerdas a aquella mujer que ungió una vez los pies de Jesús rompiendo el frasco de un perfume carísimo. Pudo, es verdad, ponerle dos gotitas, como se hace hoy con ciertos tratamientos de aromaterapia; pero la verdad es que no quiso quedarse con nada. Me recuerdas, también, a aquella anciana que echó en las alcancías del Templo las únicas dos moneditas que tenía. ¡No tenía más, y si las tuviera, igualmente las habría echado! Quiera Dios que en la casa de tu Padre recibas el mismo premio que ellas. Porque no puede quedar sin recompensa quien, a pesar de todo, ha sido capaz de amar tan tontamente…

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#4 Tiempos

Monólogo del archivista | Columna de Juan Jesús Priego

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¿Podría decirme la hora, estimado señor? Créame que lamento mucho tener que molestarlo. ¿Las cuatro y quince? Lo sospechaba. Quiero decir que sospechaba ya que eran más de las cuatro. Lo supuse por el color del cielo. En invierno, pasadas las cuatro, el cielo suele adquirir este tono grisáceo que, para decirlo de una vez, siempre me ha resultado deprimente.

¿Espera desde hace mucho el autobús? ¿Quince minutos, dice usted? Esto quiere decir que, si tenemos suerte, el siguiente pasará pronto. ¡Eso espero! ¿Y no se ha puesto a pensar nunca en cómo se nos va la vida: tan callando, como dice el poeta? «¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Dime: ¿has visto las pisadas de los días?». Así escribió don Francisco de Quevedo y Villegas en el libro de sus Sueños. ¡Ah, señor, esto es poesía en estado puro! Pero no; seamos sinceros: no examinamos casi nunca el valor del tiempo, y si juntáramos nuestros minutos perdidos, es decir, todos los instantes que se nos han robado en espera como éstas a lo largo de la vida, es casi seguro, estimado señor, que nos llevaríamos un susto.

No, de ninguna manera es usted indiscreto al preguntarme acerca de mi profesión. Soy archivista. Esto quiere decir que un día hago una cosa y otro día otra. Por ejemplo, una mañana recorto artículos de periódico, los agrupo según cierta unidad temática y por último los guardo en unas cajas amarillas que más tarde –cada medio año, según mis cálculos- un conserje recoge para llevarlas a quemar. La mañana siguiente, en cambio…

¿Que por qué recorto entonces todos esos artículos? En realidad, no lo sé. Supongo que para eso me pagan, después de todo. ¡Sin embargo, imagine usted lo que pasaría si conserváramos para siempre todos esos papeles que tan pronto como uno los recorta empiezan a ponerse amarillos! Esto llevo haciéndolo desde hace veinticinco años, estimado señor. ¿Le parecen demasiados? A mí también.

Si no le parece inoportuno o fuera de lugar, permítame leerle un párrafo del libro que durante esta semana a andado conmigo adondequiera que voy. Se trata de una fina observación psicológica que, por decir así, ha acabado por quitarme la venda de los ojos. Pero antes debo ponerlo en contexto, como suele decirse. Bien, el contexto es éste: un hombre acaba de llegar a una cárcel siberiana y, al recoger sus primeras impresiones acerca de los trabajos que son forzados a realizar los prisioneros de aquel lugar, hace la siguiente digresión; escúchela usted. «En cuanto a los trabajos, me parecen menos penosos por su dureza que por el hecho de ser impuestos… Nuestros campesinos trabajan mucho más; algunos, sobre todo en verano, trabajan durante la noche; pero se fatigaban por su propia cuenta, en su interés, y por eso se cansaban infinitamente menos que el forzado, el cual realiza un trabajo impuesto y absolutamente inútil para él.

»Un día se me ocurrió la idea de que si quisiera aniquilar a un hombre, destrozarlo moralmente y castigarlo de manera implacable, bastaría dar a su trabajo un carácter de absoluta inutilidad, haciendo que resultara absurdo. Si, por ejemplo, se le obligara a trasladar agua de un tonel a otro, y de este otra vez al primero, o a triturar arena, o llevar montones de tierra de un sitio a otro para volver a transportarlo después al lugar en el que estaba al principio, estoy persuadido de que al cabo de unos días se ahorcaría o cometería infinidad de atrocidades con el fin de merecer la muerte y escapar a tal bajeza, a semejante vergüenza y tormento».

Estaba seguro, estimado señor, que le interesaría. Es una página esplendida, ¿no le parece? Mire usted cómo y de qué manera he subrayado párrafos y más párrafos a lo largo del libro. A que no adivina usted quién lo escribió. Nada menos que Fedor Dostoievsky. Se trata de un pasaje de La casa de los muertos. ¡Qué gran escritor fue este hombre! Todos los problemas filosóficos verdaderamente serios fueron ya planteados en sus novelas. Si quiere usted aprender filosofía, estimado señor, no lea usted a Bertrand Russell; lea a Dostoievsky.

¿Y no le parece que estas observaciones suyas acerca de los trabajos forzados no son sólo atinadas sino incluso aterradoras? En efecto, si quiere usted matar a un hombre, póngalo todo el día a hacer cosas intrascendentes. Si quiere usted hacerle estallar los nervios, póngalo a ejecutar tareas que no le interesan en modo alguno y a las que nos les encuentra ninguna utilidad. Es el caso de muchos oficinistas de nuestra ciudad. En resumen, es mi caso. Porque sé a dónde irán a parar mis recortes de periódico, así como los innumerables papeles que un día sí y otro no me veo en el deber de catalogar.

Créame, estimado señor: si hoy vivimos en la era de la depresión, como se la llama, no es más que por eso. Quiero decir, no porque vivamos de prisa –aunque también esto tenga que ver no poco con este malestar que de pronto se ha apoderado de nuestra civilización-, sino porque no encontramos sentido a nuestro diario ajetreo: porque nos vemos en el deber de ocuparnos durante demasiado tiempo de cosas a las que no les vemos la utilidad desde ninguna perspectiva. Véanos usted, estimado señor, véanos usted. Estamos destrozados de los nervios, estamos rotos. ¡Ah, si tuviéramos tiempo para realizar aquello que nos conmueve, y sólo para eso! Por lo demás, observe usted las plantas: ¿crecen por ventura flores en el desierto o tunas en las selvas profundas? Cada fruto requiere el ambiente que le es más propicio, y lo que decimos de los frutos es preciso decirlo igualmente de las almas. ¡Pero qué me dice usted! ¡No sabía que usted también perteneciera al gremio de los míos, a la raza de los infelices! En ese caso, olvide lo que he dicho. Haga usted como si no hubiera escuchado nada, entierre mis palabras en ese cementerio que debe ser su cansado corazón.

¡Vaya! Veo que finalmente aparece nuestro autobús. Ya era tiempo, ¿no le parece? Deme el brazo, estimado señor. La grada es alta. No se vaya a caer. Pues sin nosotros, ¿qué sería de la organización, después de todo?

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#4 Tiempos

La nodriza y la reina (Tergiversación de un cuento de José María Eça de Queiroz) | Columna de Juan Jesús Priego

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Había una vez un rey joven y valiente, señor de un reino abundante en ciudades y campos de labranza, que partió a pelear a tierras lejanas, dejando tras de sí una reina que lo lloraba amargamente y un hijo que, desde su cuna, lo lloraba amargamente también.

La noche lo vio marcharse, llevado por sus sueños de conquista y de fama. Pero no lo vio regresar. Cuatro semanas después, uno de sus hombres de confianza apareció trayendo la noticia de una batalla perdida y de la muerte del rey, atravesado por siete lanzas a orillas de un gran río.

La reina lo lloró durante noches enteras. ¡Cómo lloraba la pobre mujer! Pero su llanto, claro está, no le hizo olvidarse de las cosas prácticas de la vida, como, por ejemplo, que el rey tenía un hermano, que este hermano era codicioso y que lucharía con uñas y dientes para arrebatarle el reino.

Y así fue, en efecto. Tan pronto como el hermano supo de la muerte del rey, formó un ejército numeroso en las montañas, donde se escondía, y se dirigió a la ciudad real para sitiarla y ponerla a sus pies.

Cuando la reina supo que su cuñado venía con un numeroso ejército a quitarle el trono para ocuparlo él, mandó asegurar las puertas de la ciudad con fuertes cadenas y sólidos candados. Pero los mejores hombres habían partido con el rey y habían muerto en la batalla al lado de su señor. Y ahora, dime, ¿qué podría hacer la reina con un ejército de mujeres y niños, de ancianos y enfermos, de lisiados y tuertos? Tanta era su desesperación al oír a lo lejos los cascos de los caballos enemigos que lo único que se sentía con fuerzas de hacer era ir a la cuna del niño y bañarle las mejillas con sus lágrimas.

Una esclava fiel trataba de consolarla diciéndole que no debía temer nada, que ya vería cómo las cosas se arreglarían, etcétera: en fin, lo que suele decirnos la gente cuando no le sale decirnos otra cosa. Por supuesto que la esclava no creía ni ella misma en lo que decía, pero aparte de propinar los consejos que ya escuchamos, hizo también algo más: con un solo enérgico movimiento tomó a su hijo, que era de la misma edad que el príncipe heredero, y lo puso en la cuna real, mientras quitaba a éste y lo colocaba en la cuna de su hijo. Me preguntarás por qué hizo esto la esclava, ¿no es verdad? Es claro: para que, si el hermano del rey entraba a los aposentos reales e intentaba matar al príncipe heredero, a quien mataría sería a un esclavo.

Todo sucedió como la nodriza había sospechado. Bruscamente, un hombre enorme, de cara encendida, con la capa negra sobre la cota de malla, surgió de la puerta de la estancia. Miró, corrió a la cuna de marfil donde los brocados resplandecían, arrebató al niño como si cogiese una bolsa de oro y, ahogando sus gritos con su capa, salió furiosamente.

La reina, que desde el fondo del salón había seguido todos y cada uno de los movimientos de aquel gigante vestido de negro  –que no era otro que su perverso cuñado-, no pudo sofocar un grito de terror y casi se desmaya al ver cómo, a grandes zancadas, se llevaban lejos a su hijo, seguramente para matarlo.

Cuando el raptor desapareció en la negrura de la noche, la esclava se acercó a su ama, y le pasó cariñosamente el dorso de su mano por sus mejillas encendidas, y le alisó los cabellos una y otra vez, y por último le dijo: «No te preocupes, señora mía. El príncipe heredero está a salvo. Cuando sospeché lo que harían con él, puse en su lugar a mi hijo. De modo que ve a la cuna de mimbres, propia de los esclavos, y besa al hijo de tus entrañas».

Pero la reina seguía llorando. Nada lograba consolarla; y cuanto más hablaba la esclava, más violentamente lloraba su señora. ¿Y sabes por qué? Porque como la reina ya había sospechado que matarían a su hijo (ya te he dicho que las mujeres tienen grandes intuiciones, ¿o no te lo he dicho?), queriendo protegerlo, sin que la nodriza se diera cuenta, lo había cambiado de cuna. «Que maten a éste», dijo. De modo que el niño que se había llevado el raptor era realmente el príncipe heredero. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

-No, no. Así no es el cuento –me dijo mi sobrina arrebujándose en las sábanas-. Anoche me lo leyó mi papá en un libro y no terminaba así. En el cuento que me leyó mi papá no se llevaban al príncipe heredero.

-Ya lo sé que no. Pero, vanidad aparte, así el cuento es mucho más interesante. La reina, si no hubiera sido tan… tan…

-Tan gandallacompletó mi sobrina.

-Sí, si no hubiera sido la reina tan gandalla, como dices, hubiera visto a su hijo sano y salvo. ¿Por qué no confió en la bondad de la esclava? ¡Pobre reina! Jamás se imaginó que su sirvienta hubiera podido ser capaz de un gesto semejante. Y esta desconfianza, como puedes ver, la pagó muy cara. En este mundo confiar en la generosidad de los demás es algo sumamente necesario; es, incluso, algo esencial.

-Sí –dijo mi sobrina-. Hubo allí un serio problema de comunicación. Si se hubieran puesto de acuerdo en lo que las dos mujeres pensaban hacer…

-No precisamente de comunicación. ¡Cómo se ve que perteneces a la era de Internet! Más que de comunicación, lo que hubo fue una falla de confianza, que pronto se revirtió contra la culpable. Porque has de saber que estas fallas siempre se revierten.

-Sí –dijo mi sobrina -y ya no dijo más porque se quedó dormida.

Y yo salí de su cuarto en punta de pies, con pisadas de gato, más que satisfecho por haberle enmendado la plana nada menos que a un escritor de la talla de José María Eça de Queiroz.

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