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Aventuras de una maestra o el arte de saber esperar | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Una vez, una joven maestra recién egresada de la Escuela Normal leyó en alguna parte que se preparaba una campaña de alfabetización en África y decidió enrolarse en ella como voluntaria. Sus padres, a quienes la idea no hizo ninguna gracia, trataron de disuadirla diciéndole que aquellas tierras eran peligrosísimas para una mujer tan poco apta para los climas extremosos y los trabajos pesados, pero ella no hizo caso y persistió en su propósito. «¿No es verdad que si uno ha recibido tiene que dar a su vez?», dijo a una de sus hermanas, que con la mirada le pedía que no se fuera. Al final, la madre tuvo que reconocer que su hija hablaba con razón, y hasta recordó que en sus años de soltera a ella también le hubiera gustado hacer algo semejante. Además, ¿no había tratado de inculcarle desde sus primeros años la elogiosa virtud de la generosidad?

Y la joven partió. Su destino fue una aldea que ni siquiera figuraba en los mapas nacionales. Con sacrificios de protomártir aprendió la lengua del lugar, y cuando se sintió provista de un vocabulario más o menos aceptable dio a conocer a los naturales del lugar todo lo que quería enseñarles y todos sus sueños. Los habitantes de la aldea estaban emocionados. ¡Por fin alguien se ocupaba de ellos! Tan alegres estaban que prometieron solemnemente enviarle sus hijos todos los días de ocho de la mañana a una y media de la tarde.

El primer día de clases, la maestra habló a sus alumnos de la importancia de la higiene personal para un sano desarrollo físico; ponderó todas y cada una de los atributos del agua y se hizo lenguas elogiando la virtud de los jabones. Y mientras hablaba y hablaba, los niños reían.

«¿Se estarán burlando de mí?», se preguntó presa de cierta incomodidad. Pero siguió adelante. Al día siguiente les habló de otros asuntos igual de importantes, y los niños a vuelta con la risa. La maestra estaba ya francamente molesta. «Pero, ¿de qué diablos se ríen? ¿Será de mi nariz? Pues la suya no es muy bonita que digamos». Y así durante el primer mes y el segundo: ella hablaba y los niños reían. «Y encima de todo, cínicos», se decía la pobre mujer, ya al borde de la histeria. Pasó el quinto mes y las cosas siguieron como al principio. «¡Esto es demasiado! ¡Me voy! He soportado los mosquitos prácticamente sin inmutarme, he aguantado malos olores, feos calores y terribles sabores como una estoica, pero esto ya es demasiado. No voy a permitir que ningún payaso tonto se pase la vida burlándose de mí. ¡Está decidido: me voy!».

Tomó sus cosas, las pocas cosas que había llevado consigo, y regresó a su casa sin decir a nadie ni media palabra. Si no cobraba un centavo, si todo lo había hecho por pura buena voluntad, ¿por qué la trataban de ese modo?

Dos años después, cuando supo que habían regresado las demás voluntarias, fue a reunirse con ellas sólo por el puro gusto de oír cómo se quejaban de su amarga experiencia. Pero éstas, para su sorpresa, no contaron más que maravillas.

-Supimos que te regresaste pronto, dijo una de ellas, pero nunca nos enteramos por qué. ¿Te enfermaste allá?

Entonces, con toda la rabia acumulada en todo ese tiempo, la maestra frustrada les habló de esas risas que le crispaban los nervios. Todas callaron.

-Ah, ¿fue por eso? ¿Por las risas? También a nosotros nos molestaban al principio, pero pronto comprendimos que aquellas gentes, como no tenían otra cosa que dar, nos daban un poco de su risa. Era riéndose con nosotros como querían pagarnos, ¿no es verdad? –preguntó otra a sus demás compañeras.

La mujer no daba crédito a lo que estaba oyendo. Y si eso era verdad, ¿no se había apresurado a hacer maletas? Sí, se había apresurado… ¡Qué lástima!

He tomado esta historia de un libro de Wilbur Schramm (1907-1987), el famoso teórico de la comunicación. Él la utilizó para explicar la necesidad que hay de que en todo proceso comunicativo los interlocutores posean un campo de experiencia que les sea común. A mí me pareció que sería útil utilizarla (aunque adaptándola y confiriéndole una cierta forma narrativa) para hablar de la necesidad de la paciencia, virtud que podría ser definida como el arte de esperar sin alterarse demasiado.

¡Nos desesperamos con tanta facilidad! «Qué fiesta más aburrida», dice la joven al no encontrar en la fiesta a ningún muchacho que satisfaga sus expectativas, y se va a su casa a rumiar pensamientos descorazonadores acerca de su persona; lo que nunca sabrá es que cinco minutos más tarde llegaría aquel a quien que buscaba en secreto. «Qué vida más absurda», dice el desesperado, y se la quita, ignorante de que al día siguiente aparecería en su horizonte quien le iba a devolver el gusto de vivir…

Hacer maletas es siempre peligroso, pero hacerlas intempestivamente es más peligroso aún: podría ser demasiado pronto. Y lo que vale para una maestra rural, vale para toda persona que se mueve pateando latas por este contagioso planeta. Antes de decidir, es preciso ponderar.

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Perfil del secretario de Cultura | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Estimado y culto público de La Orquesta, Mauricio Gómez publicó en su periódico Grado 23 un detallado estado de la cultura y de las experiencias con las últimas administraciones estatales, que obligan a la reflexión sobre el perfil del próximo secretario de cultura y como imaginar y proponer no cuesta nada, aquí propongo mis humildes consideraciones.

  1. Comprensión cultural transversal

No solo cultura a secas, no solo cultura en un campo (música, artes visuales, arte popular o letras), se requiere de alguien que reconozca de los problemas básicos de la cultura en San Luis Potosí, que no son pocos y sí muy variados: como los espacios abandonados, las instituciones disfuncionales, el desdén por la cultura indígena, la pérdida de lenguas y de patrimonio cultural, la falta de objetivos artísticos-académicos, la renovación de concursos, convocatorias y programas, la instalación de un programa editorial, o sea: la definición de una política cultural. Hubo un tiempo donde hubo un secretario que era culto, muy culto, ávido de música, pero nada más de eso, lo demás importó lo mismo que un cilantro partido a la mitad. Se requiere pues de un especialista en todo. Transversal significa, en resumidas cuentas, que comprenda la complejidad de cada caso, que tenga la virtud de actuar en circo de tres pistas.

  1. Capacidad política frente a la administración del Estado

El secretario es un vocero del sector cultural frente al poder. Tuvimos alguna vez un secretario sensible y conocedor, como el que se describe atrás, pero atado de manos y pues no sirve de nada un secretario que no es escuchado por el gobernador. Se requiere de un mediador que tenga esa fuerza de hacerse escuchar en palacio de gobierno y que logre colocar en la agenda del estado los intereses del sector cultural.

Por el otro lado, la comunidad cultural es difícil: el aparador es insuficiente para tanto ego inflado. Así que la capacidad política no solo debe servir para codearse en la mesa de los secretarios del Estado sino para estabilizar las aguas tempestuosas de artistas, críticos, gestores y consumidores culturales, ávidos de chamba y aquí viene una pregunta ¿hasta dónde el Estado puede seguir siendo el mecenas del arte, la cultura y la academia?

  1. Vinculación nacional

También se requiere un tejedor de vínculos nacionales. Al estado de San Luis Potosí le conviene tutearse con las Escuelas de Arte de Oaxaca, Guanajuato, Querétaro, Michoacán. ¡Nos estamos quedando bien atrás! Hay que impulsar programas federales en el suelo potosino y vincular a los intereses del locales con editoriales, museos, galerías, gestores e instituciones como el INALI, el INAH, los centros independientes de arte y un muy nutrido etcétera. No se crea que es cosa fácil, simplemente el acervo Julián Carrillo implica más de un dolor de cabeza.

Pero si el próximo secretario considera que la solución consiste sólo en importar cultura, en copiar modelos, eventos o festivales y que las soluciones vienen de fuera, pues ya se perdieron otros seis años de gobierno y otra oportunidad de desenredar el embrollo.

  1. Lejanía de las mafias culturales

En la encarnizada lucha que muchas personas emprendieron contra las élites culturales, estas fueron sustituidas por mafias, es decir por grupos que se enquistan en algún coto cultural, artístico o académico. Se requiere que el próximo secretario no deba cuentas a los mafiosos o esté enemistado con algún sector, porque de ser así, la institución se convierte para unos en una industria de regalías (justicia y gracia), y para otros de torpeza administrativa (ley a secas), o peor de vendettas.

  1. Voltear abajo

Estando en el Tlalocan es muy difícil voltear a ver lo que ocurre en el inframundo cultural. Los sacos y las corbatas impiden enterarse de que, acá abajo, hay unas “corbatas de tierra” (así me dijo un amigo de Santa María Acapulco). Un buen secretario debe saber que la parte de abajo no solo es chusma proletaria que hay que civilizar, sino la mejor mitad del mundo (Galinier dixit), por lo menos donde esta la infraestructura humana (infraestrukchor en el sexenio de Peña) y la oportunidad de pasar a la historia de ser el primer semidios que alcance a ver tan abajo.

  1. Dosificador de soluciones

El primer problema por solucionar será la premiación del 20 de noviembre 2021 en el contexto de la austeridad y COVID19 de estos tiempos, esa será la medida de todo el sexenio. Para que la Secult no sea una dosificadora de programas federales, requiere de cierta autonomía y margen de maniobra. Aplicar el presupuesto con creatividad permitirá solucionar poco a poco la inmensa cantidad de pendientes culturales que tenemos acumulándose en el horizonte.

Hay más consideraciones claro, pero ya se acabó el espacio. Al fin que vendrán otros seis años para seguir comentando… ¿y usted qué piensa?

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#4 Tiempos

¿Usted es de clase media? | Columna de León García Lam

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VOLUTA IX.

Estimado y culto lector de La Orquesta: yo, más que una opinión, tengo una pregunta: ¿usted a qué clase social pertenece? (si tiene tiempo, responda este formulario) Seguramente usted es parte de ese exclusivo sector de la población que se llama así mismo “clase media”, pues el 78% de la población afirma pertenecer ahí. Queda claro que, la mayoría no somos tan ricos (o tan presumidos) para sentirnos clase alta, ni nos consideramos tan fregados pues siempre hay alguien más jodido que uno. Casi todos tenemos la suerte de estar en el justo medio, en el mero centro de la decencia existencial: ni muy muy, ni tan tan. Los opinólogos se arrancan los cabellos de desesperación, porque esa percepción no coincide con la evaluación de CONEVAL, la cual calcula 70 millones de pobres en México y creciendo.

Pero déjeme ponerle en contexto de dónde viene y a dónde va todo este debate sobre la clase media. Hace un año, Viri Ríos escribió para The New York Times un escandaloso artículo intitulado “No, no eres clase media” en donde refuta el mito de que todos somos clasemedieros, desde los que ganan $6 mil pesos al mes hasta los que ganan $120 mil pesos al día. Viri Ríos pone la vara en $16 mil pesos mensuales. Nadie recordaría la discusión del año pasado, si no es porque el presidente lleva semanas atacando a la clase media: aspiracionistas, egoístas, corruptos y privilegiados. Lo cual ha desencadenado ríos de tinta y harta discusión. Después de tanto, se determinó que, como casi todos somos clase media hay que dividirnos en clase media baja, clase media-media y clase media alta. El 90% de la población se ubicó como clase media-media.

Para algunos, que usted se considere clase media es un síntoma de una enfermedad muy grave que se llama conformismo, porque si se diera cuenta de su verdadera condición de pobreza, eso lo llevaría a luchar por salir del hoyo; para otros, que existan tantas personas aspirando a ser clase media es síntoma del egoísmo y del materialismo consumista que carcome los valores de nuestra sociedad. Hay quien piensa, por el contrario, que la única salida que tendríamos los mexicanos es a aspirar a ensanchar la clase media, pues ese sería el mejor signo de una repartición justa de la riqueza y hay quien piensa lo contrario, que la clase media es un callejón sin salida, porque seguir pensando en clases es reproducir el mismo sistema injusto, por lo tanto, nuestra aspiración debe ser hacia una sociedad de derechos.

Ante eso, déjeme contarle un secreto, aquí entre nos. Hay temas que no tienen solución. El concepto clase media surgió de la opinión popular, para referirnos a nosotros mismos, los que estamos en medio, que volteamos arriba con envidia y agradecemos no estar más abajo. Que los economistas (que son bien cuadrados) quieran encontrarle una definición exacta definitiva y cerrada a lo dicho en una discusión de cantina (que es donde seguramente apareció por primera vez el concepto), es muy su problema, ahí seguirán como el burro que persigue a la zanahoria, intentando poner un límite a la clase.

El gran error que cometen los economistas y comentólogos es partir del supositorio de que clase es igual a ingreso. Efectivamente, uno de nuestros principales anhelos son mayores ingresos, pero esos no cambiarán nuestra clase social. Uno podrá salir del barrio, pero el barrio nunca sale de nosotros, para que mejor me entienda. Un aumento en el ingreso solo incrementa el consumo en el mismo conjunto de significados que tiene nuestra clase, como cuando una familia recién acaudalada amuebla su nuevo departamento con una jirafa gigante de peluche o como cuando vemos pasar el coche deportivo edición limitada rebotando con frenesí al ritmo de los Ángeles Azules. Mudarse de colonia, vestir con ropa de marca, ostentar vehículos refleja solo la ventaja económica que tienen algunos en su propia clase. Dicho de otra manera, en todas las clases hay personas ricas y pobres.

Todo esto, me recuerda aquellas profecías apocalípticas: llegará el día que la clase alta no tenga clase, la clase media se quede sin medios y la clase trabajadora esté desempleada.

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#Si Sostenido

Demasiadas mujeres | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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A veces traes a una, dos o tres personas en la cabeza y estás demasiado cansado que no cabe otra más. Y a veces traes a quince y no has llenado todavía y tienes demasiada energía para gastar en otras diez mil personas más, pero al final del día no encontraste a nadie.

Compré sobres de colores para enviar cartas tristes a mis amigos, puede que también a algunas muchachas, ¿por qué no enviar cartas tristes a las mujeres? Las mujeres entienden todo pero hay cosas que no les hacen gracia y entonces se hacen las estúpidas y terminan por reducirte a un pobre estúpido mediante el hiriente conducto de la lástima.

Los textos sagrados no mencionan que Jesucristo follaba como un loco. Se tiraba a todas las mujeres, no por ser divino sino por ser humano. Luego se paseaba por los pueblos, brincando en pelotas, agitando un abanico para secarse el sudor y demás fluidos.

No te descuides, prepara un buen montón de mentiras para que las cosas no se pongan peor de lo habitual. Corre y cuéntales diez o doce mentiras más. Joseph Campbell le encontró mil caras al héroe y todo el mundo lo respeta. Encuentra mil mentiras qué contar y nadie va a decirte nada.

Luego, cuando todo esto mejore, nos inventaremos un saludo marcial para saludar a nuestro Ejército. Leeremos la biblia como se debe, guiados por un pastor yonqui con sida, preparado, con la claridad suficiente que ninguno de nosotros tendremos.

Ella me dijo: “te amo en tu condición de estar loco”, pero cuando llegó el momento de conocer a su madre, la locura se había ido, y ella dejó de quererme para siempre.

Me encanta el olor a alcohol en el aliento de las chicas, es un perfume único que dice muchas cosas a la vez, todas buenas, pero demasiadas como para explicarlas con palabras. Por lo demás, los padres de la chica con aliento a alcohol no estarán muy de acuerdo conmigo, es por eso que no son invitados a las noches de fiesta junto con sus hijas.

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Opinión