junio 8, 2026

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#4 Tiempos

Amores y mentiras | Columna de Jorge Saldaña

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Tercera Llamada

 

Disculpen los enamorados mal correspondidos, los dejados y dejadas así como en general a las y los adoloridos, pero, Culto público, no pude evitar en este bello 14 de febrero, recordar aquella bonita melodía de Lupita D´Alessio que dice:

Ven si eres hombre ven a verme y háblame
Cara a cara, frente a frente
Un cobarde y mentiroso como tú
Sin valor sin dignidad

Una canción que sin duda también estarán cantando muchos de los que el pasado primero de julio rompieron el silencio y se enamoraron de un proyecto que resultó estar basado en mentiras.

Qué estúpida que siempre te creí… dice la reconocida intérprete mexicana y creo que también muchos potosinos que a cuatro meses de gestión se sienten burlados por un gobierno capitalino que engaña sistemáticamente.

Para demostrar que no habla mi roto corazón y que no surgen mis palabras de alguna decepción del alma, le demostraré si me permite con pruebas cada uno de los engaños que casi a diario nos suelta el ayuntamiento encabezado por Xavier Nava.

Para empezar la lista está el sencillo asunto de su sueldo. En campaña prometió ser austero, sensible con las necesidades de la población y criticó fuertemente los gastos burocráticos, los aumentos a los impuestos y en general el ejercicio de los recursos del anterior gobierno, sin embargo ya en funciones cambió la cosa:

Para empezar nadie sabe cuánto nos cobra por gobernarnos nuestro alcalde. Al principio aseguró que ganaba 86 mil pesos y que no podría bajar ese sueldo pues porque “a eso se dedica” y pues su ritmo de vida había que sostenerlo. Ni un pequeño esfuerzo por ser coherente con su discurso electoral.

Más tarde, nos enteramos, a través de la página de la Comisión Estatal de Garantía de Acceso a la Información (Cegaip) que la cantidad que reportan como sueldo del presidente municipal es mucho mayor, casi 126 mil pesos, y lo más curioso, que a través de una solicitud de información al área de recursos humanos de su gobierno, informaron que su sueldo es de 97 mil 663 pesos. ¿A quién le creemos? La fuente original de las tres cifras es el municipio o el propio alcalde. ¿Cuál es la real?

Ayer mismo, Xavier Nava dijo que no sabe –así– su sueldo neto. Por separado, cuestionado en una rueda de prensa, el secretario también evadió la pregunta y no supo bien a bien, decir cuánto cobra por su trabajo.

Esconder la verdad, callar, también es mentir ¿qué no?

Eso sí, en temas de transparencia el secretario usó el lugar común para salir al paso de las preguntas sobre las 16 denuncias que pesan sobre el municipio por falta de transparencia.

“Eso es golpeteo político de un grupo”, dijo Sebastián Pérez García.

Pues será el sereno, pero tanto Victoria Labastida (no se diga), Mario García (que no cantaba mal las rancheras) y Ricardo Gallardo (que le dieron hasta con la cubeta) también tuvieron sus respectivos y no débiles enemigos, pero ni así y ni juntos, reunieron tantas denuncias por opacidad como las que ya tiene encima el gobierno de Xavier Nava.

Las pruebas ahí están, no hace falta siquiera ser un erudito para dar click al link donde se puede comprobar el origen y argumento de cada una de las denuncias. Esconden información, publican lo que no deben, exponen a los solicitantes, omiten… mienten con todos los dientes.

Vamos ahora con sus funcionarios, específicamente el titular de obras públicas, al que se le ha señalado de haber dejado inconclusas obras que no hace mucho le asignaron desde el gobierno del estado (si conviene ser titular de la CMIC) y que suman montos multimillonarios.

El funcionario aseguró que todo se trata de un proveedor resentido y que son mentiras las acusaciones, pero, ¿qué cree? Pues resulta que por muy resentido que pueda estar el constructor que lo acusa, los señalamientos son absolutamente válidos y comprobables con documentos, datos duros y contratos que están debidamente publicados.

La empresa de Marco Antonio Uribe, de nombre TNT construcciones S.A. de C.V. tiene efectivamente, de acuerdo a un documento entregado por el Instituto Estatal de Infraestructura Física Educativa, cuatro obras asignadas por un monto de casi 35 millones de pesos. Todas están en retraso, la que menos con 5 meses, la que más con un año y dos meses, y otra que lleva a la mitad y que tuvo que entregar el pasado 3 de febrero.

¿Ya vio la mentira?

Marco Antonio Uribe, a través del Ayuntamiento, mintió descaradamente sobre el asunto al negarlo y matizarlo. Qué estúpida que siempre le creí, diría Lupita.

No olvidemos tampoco el bochornoso caso de la delegada de Interapas en Soledad, Natalia Castillo Vera, que por más que quiera esconderse en frasecillas motivadoras del Facebook, quedó demostrado que está más mezclada en actos de corrupción que un huevo en la masa de un pastel.

Existen pruebas de que se quedó con 98 mil pesos y dos terrenos que recibió por parte de una asociación de vecinos a cambio de hacer una obra que nunca inició ni iniciará.

Dijo que el dinero se le perdió, y que los terrenos pues… de esos no dice nada.

Otra vez dice que todo es mentira, pero la realidad le calla la boca.

Mentiras que queman como fuego

Mentiras que se clavan en mi pecho…

No son todos los casos, pero por hoy ya se me acabó el espacio. Solo para despedirme, una duda que corroe mis entrañas ¿Cómo se le puede llamar a quien, con pleno conocimiento de que sus subalternos cometen actos de corrupción los sostiene en sus puestos?

¿Cómplice?

Hasta la próxima, Culto Público. Busquen el verdadero amor.

 

BEMOLES.

 

MI MAMÁ ME MIMA

A modo de justificación o explicación respecto del recorte del 50 por ciento a las estancias infantiles que implementó el gobierno federal, el superdelegado en San Luis, Gabino Morales, dijo que a él lo cuidó su mamá de chiquito y que resultó todo muy bien. No dudamos que sean las progenitoras las más capacitadas para cuidar a sus hijos, pero hay que decirle al delegado que ya no estamos en los 80 y que hay cientos de miles de madres que tienen que trabajar. ¿No se le habrá caído a la señora Mendoza el pequeño Gabino en alguna ocasión? Esas “puntadas” declarativas hacen sospechar que sí… #SeDioEnLaMollera

 

¿CUÉ ESTÁ PASANDO?

 

De los tres poderes, el Judicial del Estado es quizás el menos cuestionado. Por alguna extraña razón los magistrados, jueces y consejeros de la judicatura pasan la mayor parte del tiempo desapercibidos por los medios, no obstante, hay muchos escándalos en su interior. Para abrir boca, en los próximos días se espera una bomba mediática en contra del presidente del Supremo Tribunal, Juan Paulo Almazán Cué. Estaremos pendientes. #QuéAndanHaciendo

 

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#4 Tiempos

El efecto Tam-Tam | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

En Un mundo feliz, su novela más conocida, Aldous Huxley (1894-1963) hace decir lo siguiente a uno de los odiosos personajes que aparecen en ella: «Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad».

¿Quieres que una cosa sea creída y dada por verdadera? Bien, entonces repite sesenta y dos mil cuatrocientas veces la misma cosa. Si es verdad o no lo que dices, eso no importa: te la creerán en la misma medida en que la repitas. Y, por lo demás, ¿no es esto lo que hacen hoy los medios de comunicación para dar la impresión de que son muy veraces y muy objetivos? Si el canal A dice, por ejemplo, que el señor M es un abusador sexual, y el canal B lo repite, y el canal C se hace eco de la nota y el canal D la confirma, entonces no puede haber duda: el señor M es efectivamente un abusador de la peor calaña: todos lo dicen.

¿Y si los canales A, B, C y D fueran del mismo dueño y se hubiesen puesto de acuerdo para difamar al indefenso señor M? Entonces lo sentimos por el señor M. ¿Por qué cometió la imprudencia de enemistarse con un propietario tan poderoso?

Para la mentalidad posmoderna –es decir, la nuestra- la verdad no es algo que haya que buscarse o descubrirse, sino algo que puede construirse a base de repeticiones incesantes. Es curioso –observa Paul Virilio en uno de sus libros- cómo se dio cuenta la gente de que el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no era una escena de ciencia ficción tomada de alguna serie televisiva que se estuviese transmitiendo en aquel momento: «Sólo haciendo zapping y viendo las mismas imágenes en todos los canales, comprendieron finalmente que aquello era verdad».

Escribió Ignacio Ramonet en La tiranía de la comunicación: «¿Qué es verdadero y qué es falso? El sistema en el que evolucionamos funciona de la manera siguiente: si todos los medios de comunicación dicen que algo es verdad, entonces es verdad. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. Los conceptos de verdad y mentira varían de esta forma lógicamente. El receptor no tiene criterios de apreciación, ya que no puede orientarse más que confrontando unos medios con otros. Y si todos dicen lo mismo, está obligado a admitir que ésa es la verdad».

Así pues, ¿qué es la verdad y qué la mentira cuando todos los medios beben de la misma fuente (las agencias de información) y dicen las mismas cosas? ¡Señores, estamos perdidos, sobre todo si pensamos que no hemos podido estar presentes como testigos en el lugar de los hechos para verificar por nosotros mismos si lo que estos señores nos dicen es cierto o no lo es!

Pero no nos desviemos. Estábamos en que sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones hacen una verdad. Esto lo dijo el famoso novelista inglés en el ya muy lejano 1932, año en que salió de las prensas por primera vez Un mundo feliz. Pero ya antes que Aldous Huxley –y es lástima que nadie se acuerde de ello, ni se lo tenga en cuenta-, don Miguel de Unamuno había escrito algo muy parecido en un artículo periodístico que más tarde fue incluido en su libro Almas de jóvenes. He aquí lo que don Miguel escribió en aquella ocasión:

«-Es torpe discutir y sacar a nadie de sus ideas; los hombres no quieren dejarse convencer. Lo mejor es dejarlos.

»-No dejarlos –responde entonces un interlocutor imaginario, que no es otro que él mismo-, sino repetir una y dos, y cien, y mil y millones de veces la misma cosa, que a fuerza de oírlo repetir acabarán por creértelo cuando ya no les suene a cosa extraña. Un día y otro, siempre con la misma canción.

»-Pero si una vez no se lo pruebas, ¿te lo van a creer la milésima?

»-Claro que sí. La cuestión es que no les suene ya a cosa extraña y nueva, que sea corriente, que estén hartos de oírla. Lo que se oye a diario acaba por aceptarse, por absurdo que sea… Con el público y con el pueblo no importa dar pruebas de la afirmación que se sustenta cuanto estarlo afirmando de continuo y no hartarse de repetir un día y otro y otro y ciento, sin descanso ni parada, sí, sí, sí, sí, sí, o no, no, no, no, no, y gritar más que los demás, ladrar, ladrar fuerte». ¡Ay, don Miguel! Una vez más usted ha tenido razón mucho antes que los otros. Sí, así es como el público y la gente se acostumbran a esos disparates a los que luego llaman verdades; no es que estos rumores pasen la prueba de la lógica y el buen sentido, pero a base de haberlos oído a toda hora y en todas partes, ya no le queda duda: las cosas, en efecto, son así, pues ¿no es esto lo que dicen todos? Pero yo no pienso ahora en el pobre señor M. Pienso en Cristo. Se ha hablado tan mal de él en los últimos tiempos que a muchos les ha parecido que odiarlo debería ser cosa natural. Una señora a la que conozco me preguntaba hace poco:

-Padre, ¿debo quitarle a mi hijo la cruz que le colgamos al cuello el día de su primera comunión? Es que oí decir hace poco en la televisión que la cruz atrae energías negativas. Lo dijo un yogui o quien haya sido, y al parecer lo dijo en serio. ¿Y qué cree usted? Que al día siguiente, en otro canal, escuché exactamente lo mismo: que una cruz en el cuello deprime siempre a quien la lleva. ¿No ve usted que antes la cruz era un arma mortal? Así dijo el conductor del programa: que traerla al cuello es como cargar una pistola en miniatura o incluso una sillita eléctrica. ¡Y yo no quiero que mi hijo sea un deprimido!

Bien, ya lo dijo uno, ya lo repitió otro, ya lo dirá a su debido tiempo otro más, ya lo proclamarán todos a una y entonces la verdad estará hecha. ¿Para qué añadir nada si todos no pueden equivocarse?

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El Cronopio

El mejor actor de la Época de Oro del Cine en México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Filmada en 1936, Vámonos con Pancho Villa, es considerada una de las mejores películas de la época de oro del cine mexicano. El protagonista: el potosino Antonio R. Frausto que participó en alrededor de 96 películas para el cine mexicano, así como en programas de televisión. Considerado como el mejor actor de esa gran época del cine en México. Presente en casi todos los rodajes que ahora son un hito en el cine nacional, destacó son su trabajo actoral en filmes como “Santa”, primera película sonora mexicana, “México de mis Recuerdos”, “El Tigre de Yautepec”, “Sobre las Olas”, “Ahí Está el Detalle”, “Cuando los Hijos se Van”, “Los Tres García”, “Los Tres Huastecos”, “El Siete Machos” entre muchas más.

Su nombre se une a los pioneros potosinos que participaron en el cine mexicano, principalmente en los inicios del cine sonoro en 1932, como Adolfo Girón Landell, Lupe Vélez, Enriqueta Ramírez Verastegui “Ligia Dy Golconda”, Emma Roldan, de quienes hemos tratado ya en esta columna, así como Noé Murayama, Lupe Inclán, Carlos López Moctezuma, Arturo Martínez Chávez, entre otros grandes actores.

Antonio R. Frausto nació en San Luis Potosí el 20 de septiembre de 1897, poco se sabe de la vida de Antonio Frausto, que se liga a la actuación que practicó de manera autodidacta, pues mostró un don natural para ello, y comenzara su carrera actoral con el inicio del cine sonoro en México. Su vida queda como su reconocimiento popular en el cine mexicano, al ser hecho a un lado por las leyendas como Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, aunque en la industria cinematográfica es recordado como el mejor actor y uno de los más prolíficos al participar en la mayoría de las películas mexicanas que han trascendido en la historia del cine en México.

Su personaje por excelencia fue Porfirio Díaz al encarnarlo en varias películas, por lo que fue bautizado como el “eterno Porfirio” en el medio cinematográfico. Recordarlo, es apreciando su trabajo en esa infinidad de películas que ahora pueden disfrutarse remasterizadas.

Hizo su vida, cotidiana y actoral, al lado de su esposa la actriz y maquillista, Dolores Sepúlveda Camarillo, también potosina, conocida en el medio como Dolores Camarillo, Fraustita, otra pionera potosina en el cine mexicano, que nació en San Luis Potosí en 1910 y que estuviera por un tiempo en Estados Unidos, hija de actores potosinos.

Trabajaron juntos en algunas cintas, como El Tigre de Yautepec de 1933, entre otras, convirtiéndose en una de las apreciables parejas en el mundo del espectáculo fílmico.

La importante cantidad de cintas interpretadas por Antonio R. Fraustro, fue interrumpida tras su muerte en pleno auge del cine de oro mexicano, acaecida el 29 de enero de 1954 en la Ciudad de México, a los cincuenta y seis años de edad, la cual hubiera sido aún más impresionante.

Antonio R. Frausto, así como su esposa Dolores Camarillo, dieron brillo a la actuación de potosinos brillantes que en buen número contribuyeron al desarrollo del espectáculo en México y en especial al cine en el país, figurando entre los mejores actores de la época de Oro del Cine en México y en particular Antonio R. Frausto, considerado por la crítica como el mejor actor en el ranking de las mejores películas, actores y actrices del Cine de Oro en México.

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#4 Tiempos

La sociedad de la indiferencia | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

“Quizá dejé abierta una de las ventanillas”, dijo alarmado un amigo mío mientras se acercaba a su coche; yo iba con él. Uno nunca sabe por qué presiente estas cosas, pero la verdad es que las presiente. “Sí –repitió en voz baja-, quizá olvidé cerrar la ventanilla trasera”. El corazón le latía de prisa, con violencia, como un trote de caballos.

Pero no, el vidrio no estaba abierto: estaba roto. Lo supimos por el crujido de los vidrios que pisábamos. Además, nada de lo que había en el auto seguía allí: unos libros todavía sin abrir, un estéreo de la mejor marca, varios estuches con discos, cinco o seis camisas que acababa él de pasar a recoger a la lavandería y algunas cosas más. En los asientos sólo había vidrios y un desarmador estropeado que, por supuesto, no era suyo.

Justo enfrente de donde había estacionado el coche un hombre picaba fruta; corrimos hacia él.

-Me robaron –dijo mi amigo-. Acaban de robarme. ¿No vio usted quién fue?

El hombre meneó la cabeza y hundió los ojos en la fruta que picaba. Silencio absoluto, total.

-Señor –insistió mi amigo-, es que usted debió haber visto algo; no pudo dejar de ver; tal vez hasta haya oído el ruido de los cristales al romperse…

-No, yo no oí nada –dijo el hombre. Se notaba a las claras que no quería seguir hablando. Bien, en este momento lo dejamos en paz. Adiós para siempre, indiferente señor.

Nos acercamos entonces a una mujer que por la lentitud con que escogía verduras y regateaba el precio debía tener  bastante tiempo parada allí.

-Y usted, señora, ¿no vio nada? –dije yo.

-¿Nada de qué?

-No, no se preocupe, estoy loco –dije. Me quedaba bien claro que la mujer no estaba dispuesta a hablar, aunque supiera bastante bien lo que le estaba preguntando.

Al otro lado del puesto de frutas estaba una joven que vendía gelatinas y flanes.

-¿Usted sabe quién fue, señorita? –pregunté señalando en dirección al auto de mi amigo.

-No –dijo-. Yo no he visto nada.

Nada, nada, nada. Todos estaban ciegos y sordos. Antes de darnos por vencidos, corrimos a buscar al tendero de la esquina con la esperanza de que por lo menos él tuviera algo que decir.

-No –dijo-. No vi. Además, no pensará usted que yo me paso la vida viendo lo que no me importa.

Me le quedé mirando; quería leer la verdad en sus ojos, pero él los cerró, haciéndome creer que lo cegaba el sol. ¡Qué impotencia! De pronto nos sentimos solos, o por lo menos así me sentí yo. Solo en medio de una multitud de hombres y mujeres que preferían callar. Pero yo estaba seguro de una cosa: que el vendedor de fruta vio, que la señorita de las gelatinas vio también, que el tendero de la esquina… Pues bien, me dije, ahora soy yo, ahora somos nosotros, pero mañana serán ellos, y entonces sabrán lo que se siente… Ponemos en marcha el motor del auto y desaparecemos dejando una estela de vidrios rotos.

Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria la escena de una novela de Jay McInerney (“Bright Lights, Big City

”)
en la que un hombre –el protagonista de la historia- sube una mañana al metro de Nueva York y ve que se le acerca un tipo que anda como perdido, que seguramente está drogado y se cree en la luna; de pronto el tipo le palmea el hombre y le dice:

“-Mi cumpleaños es el trece de enero. Cumpliré veintinueve.

“-Magnífico” –responde el protagonista, retomando la lectura de su diario.

“Cuando te palmea el hombro por segunda vez –se dice a sí mismo el narrador- lo miras. Y cuando vuelves a levantar la mirada, el tipo está en la mitad del vagón… Acto seguido, se sienta sobre la falda de una anciana. Ella trata de librarse de él, pero la tiene atrapada.

“-Perdóneme, caballero, pero creo que está sentado arriba de mí -dice la viejecita-. ¿Señor? Perdón, señor…

“Casi todo en el vagón contemplan la escena y simulan no hacerlo. El tipo se cruza de brazos y acomoda sus asentaderas en la falda de la viejecita.

“-Señor, por favor, quiere levantarse de…

No puedes creerlo. Hay por lo menos media docena de hombres saludables en torno a la mujer. Tú mismo estuviste a punto de levantarte pero creíste que reaccionaría alguno más cercano. La mujer está sollozando. Tienes la secreta esperanza de que el tipo se levante y deje tranquila a la viejita.

“-Por favor, señor.

“Te levantas, por fin. En ese preciso instante, el tipo hace lo mismo. Luego se sacude las arrugas del saco con la mano y se aleja por el pasillo del vagón. Te sientes estúpido, de pie. La viejecita se está enjugando las lágrimas con un pañuelo de papel. Te gustaría preguntarle si está bien, pero a esta altura de los acontecimientos no serviría de mucho. Y te sientas”.

A veces -¡oh incurables románticos que somos!- creemos que la soledad es quién sabe qué cosa profunda y misteriosa, cuando en realidad a veces es sólo esto: que tu desgracia no le importe a nadie; que te puedan matar en medio de la multitud y que nadie se mueva para impedirlo; que mientras te mueres, todos estarán viendo lo que sucede, pero cada uno en su mutismo y prosiguiendo su camino para no enredarse en dificultades que no son suyas.

Tal vez vivamos en la civilización de la indiferencia, es decir, de la soledad. Tal vez, en el fondo, estemos más solos de lo que pensamos…

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