febrero 13, 2026

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Columna de Nefrox

Abrazos de golazos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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El amor es una extraña emoción que prácticamente todos los seres humanos (y tal vez todos los seres vivos) pueden experimentar, difícil de explicar pero muy simple de representar. 

Tal vez la forma más básica de representar el amor y el respeto por alguien o algo es el tacto: ya sea con un beso, una caricia o un abrazo; siempre reconforta sentirlos de forma sincera y mejor aún si son de una persona amada. 

Dentro del futbol, un deporte de contacto, hay muchos roces entre los jugadores o jugadoras durante los 90 minutos: desde empujones, patadas o manotazos, hasta piquetes de ojo, golpes contundentes en la cara o arteras entradas por detrás. 

Sin embargo, dentro de toda esta violencia existen pequeños espacios para el amor, esos sinceros abrazos de emoción que se despiertan después de anotar un gol. No hay jugador o jugadora que no sienta una emoción (buena o mala) cuando logra meter la pelota a la portería en un partido oficial. 

Justo en esos momentos se dan los abrazos más sinceros del futbol dentro de los 90 minutos. Los jugadores festejan, corren, lloran, gritan, levantan la cara al cielo recordando a alguien o algo y muchas veces se abrazan, un abrazo de gol. 

Basta recordar algunos memorables, como aquel en el mundial de EUA 94, cuando la selección de Bulgaria eliminó en penales a la selección de México: el tiro definitivo lo cobró el bulgaro Letchkov venciendo con un derechazo pegado al poste a Jorge Campos; justo después el resto de sus compañeros corren detrás del número 9 de Bulgaria para abrazarlo, lo tiran y queda grabado para la posteridad el “abrazo” que Kiriakov le da a Balakov mientras están tirados en el pasto (invito al lector a revivir esa tanda de penales y la celebración búlgara para que me entiendan).

Otro momento emblemático de abrazo de gol se dio a finales de 2016 en el encuentro entre Galatasaray y Gaziantepspor. Días antes se llevaron a cabo actos terroristas que cobraron la vida a más de 40 personas, entre ellas 36 policías. El jugador Yasin Oztekin anota un gol en el encuentro y corre a abrazar a algunos policías que cuidaban la seguridad a nivel de cancha, convirtiéndose en un momento muy emotivo para toda la nación. 

El 16 de noviembre de 2009, el futbolista mexicano Antonio de Nigris falleció por un problema cardíaco siendo aún jugador en activo en el AE Larisa del futbol griego

. Cuatro días más tarde, el equipo de Rayados de Monterrey recibía en su estadio al América por los cuartos de final de la liguilla de ese campeonato; el partido se vivió con gran emotividad por la afición del equipo local que rendía homenaje a uno de sus ídolos más recientes y, en la cancha, el homenaje era aún mayor: el hermano menor de Antonio, Aldo, jugaba el partido en la memoria de su hermano. Al minuto 2 del segundo tiempo, en un partido muy trabado, Aldo se desmarcó por el costado derecho y clavó un izquierdazo cruzado para pone el 1-0 que sería definitivo. Aldo corrió rumbo a la tribuna del estadio mientras casi todos sus compañeros lo alcanzaban para abrazarlo: no abrazó a nadie, solo levantó los brazos, miró al cielo y voló un abrazo hasta donde quiera que estuviera su hermano. 

Por último recordemos un abrazo “peculiar”, cuando en el mundial de Alemania 2006, México enfrentó a Argentina por los octavos de final: al minuto 5 Rafael Márquez alcanza un balón que había centrado Pavel Pardo; al anotar, corre efusivamente a festejarlo y detrás de él llega corriendo Jared Borgetti pegando un brinco tan alto que termina subiéndose a los hombros de Márquez que mide 1.85; casi cae de esa altura pero, para su fortuna, Andrés Guardado llega a abrazar a Rafael y a darle equilibrio al malabarista de Borgetti. 

Los abrazos de gol pueden ser divertidos, con simbolismo o hasta chuscos, pero no cabe duda que emocionan (para bien y para mal) a los que amamos este deporte. No hay mejor momento que celebrar un gol con tu equipo, con tus amigos o tu familia, que vengan muchos buenos abrazos de gol.

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El clásico de la gente | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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El clásico entre San Luis y Querétaro es uno de esos partidos que no se explican únicamente desde lo futbolístico. No nace de finales, títulos ni de una historia prolongada de choques decisivos. Su verdadera raíz está en otro lado: en la tribuna, en el viaje, en el orgullo regional y en una rivalidad que las aficiones se han encargado de alimentar con el paso de los años.

En la cancha, el enfrentamiento suele ser más sobrio de lo que la previa anticipa. Ni los jugadores ni los cuerpos técnicos cargan con una animadversión profunda; los planteles cambian, los proyectos se renuevan y las prioridades pasan por sumar puntos más que por saldar cuentas históricas. Pero fuera del rectángulo verde, el partido se vive con otra intensidad. Ahí es donde el clásico cobra sentido.

San Luis llega a este duelo con la obligación de hacerse respetar en casa. El Alfonso Lastras se transforma cuando aparece Querétaro en el calendario, no tanto por lo que representa el rival en términos deportivos, sino por lo que despierta en la afición local. Ganar este partido es una forma de reafirmar identidad, de sostener una narrativa que va más allá de la tabla y que conecta directamente con la grada.

Querétaro, en cambio, asume el papel de visitante incómodo. No necesita dominar el juego para competirlo; le basta con resistir el ambiente y aprovechar cualquier momento de desconcentración. En este tipo de clásicos, el equipo que mejor entiende el contexto suele sacar ventaja, porque sabe que el partido puede romperse por tensión, no por talento.

La rivalidad, entonces, se manifiesta más en los cánticos que en las barridas, más en el color de las tribunas que en los esquemas tácticos. Los futbolistas juegan un partido importante

, sí, pero no uno que defina su historia personal. Para la afición, en cambio, este encuentro sí pesa distinto: es conversación de semana completa, es memoria compartida, es rivalidad de las redes y comparación inevitable.

Eso no significa que el partido carezca de intensidad. Al contrario. Precisamente porque se carga desde fuera, el margen de error se reduce. Nadie quiere ser el responsable de un tropiezo en un partido que la gente siente propio. Cada balón dividido se juega con un poco más de cuidado, cada decisión arbitral se magnifica y cada gol tiene un eco que trasciende los noventa minutos.

El clásico San Luis–Querétaro no necesita exagerar su importancia deportiva para existir. Su valor está en el entorno, en la cercanía geográfica, en la rivalidad que se construyó sin manual y sin guion. Es un partido donde los jugadores cumplen su función y los entrenadores hacen su trabajo, pero donde las aficiones son las verdaderas protagonistas.

Al final, como ocurre con muchos clásicos regionales, el resultado importa, pero no lo es todo. Lo que queda es la sensación de haber defendido colores, de haber impuesto presencia y de haber ganado (o perdido) un duelo que se juega tanto en la memoria como en el marcador. Y en la Liga MX, esos partidos, aunque no siempre definan campeonatos, sí terminan definiendo identidades.

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Noventa minutos para confirmar | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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El duelo entre San Luis y Necaxa llega en un punto delicado, la tabla empieza a apretar y cada partido deja de ser trámite para convertirse en sentencia. No es un choque cargado de reflectores ni de discursos, pero sí uno de esos encuentros que terminan definiendo el ánimo y el rumbo de un equipo.

San Luis enfrenta este compromiso con la obligación silenciosa de hacerse sentir. De visita ha sido más, los cuatro puntos de este torneo, los ha obtenido en patio ajeno, un espacio donde el equipo entiende mejor sus límites y virtudes. San Luis no vive de la posesión prolongada ni del brillo individual; vive del orden, de la disciplina táctica y de saber esperar su momento. Ante Necaxa, esa paciencia será clave, porque cualquier exceso de confianza puede volverse en contra.

Necaxa, por su parte, llega con una identidad clara: intensidad, presión y transiciones rápidas. Es un equipo incómodo, que rara vez regala espacios y que suele crecer cuando el rival se desespera. No necesita dominar el partido para competirlo; le basta con mantenerse cerca del marcador y aprovechar errores ajenos. En ese contexto, el reto para San Luis será no caer en el juego que propone el rival.

Este partido se jugará más en la cabeza que en los pies. San Luis tendrá que manejar la ansiedad de buscar el resultado sin romper su estructura. Necaxa, en cambio, intentará alargar el partido, hacerlo pesado, llevarlo a una zona donde cualquier descuido sea definitivo. No es un duelo para distracciones ni para excesos de riesgo.

Hay además una lectura más profunda: este encuentro puede marcar una línea. Para San Luis, ganar significaría confirmar que el proyecto tiene argumentos para sostenerse en la pelea y no quedar atrapado en la irregularidad. Perder, en cambio, devolvería viejas dudas sobre su capacidad para cerrar partidos clave. Para Necaxa, sumar sería reforzar la idea de que su propuesta sigue siendo competitiva, sobre todo en casa.

No será un partido que se decida por grandes secuencias de juego. Todo apunta a que el marcador se moverá por detalles mínimos: una pelota parada, una mala salida, una jugada aislada. En la Liga MX, esos momentos suelen pesar más que cualquier dominio estadístico.

San Luis y Necaxa se encuentran en un cruce que no promete espectáculo, pero sí consecuencias. Y en un torneo tan corto y tan exigente, esos partidos son los que terminan definiendo temporadas completas. Aquí no se trata de brillar, sino de resistir, entender el momento y no fallar cuando la oportunidad aparece.

Partido de pronóstico reservado, parejo y con ambas escuadras muy necesitadas de esos sagrados tres puntos. Que gane el fútbol y que por lo menos Joao Pedro vuelva a marcar, que ese es un espectáculo independiente en este presente del fútbol potosino.

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#4 Tiempos

Una prueba de carácter | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Por: Redacción

El partido de este fin de semana entre Atlético de San Luis y Chivas no es uno más en el calendario. Llega en un momento donde ambos equipos necesitan algo más que puntos: necesitan convicción. En una liga que castiga la duda y premia la determinación, este duelo se presenta como un examen incómodo, de esos que no se aprueban solo con intención.

San Luis llega con la sensación de haber entendido, por fin, cómo competir mejor en su propia narrativa. No es un equipo espectacular, pero sí uno que ha aprendido a sostenerse, a incomodar y a no regalar partidos. En casa, el exAlfonso Lastras y ahora llamado Libertad Financiera, suele convertirse en un escenario exigente para cualquiera, y este encuentro no será la excepción. San Luis sabe que estos partidos son los que construyen temporadas: vencer a un histórico no solo suma en la tabla, también fortalece el discurso interno y ojo aquí, que en su casa, las Chivas solo han podido vencerlo una vez.

Del otro lado aparece superlider Guadalajara, siempre cargando con el peso de su nombre. El Deportivo llega a este compromiso envuelto en la presión habitual que lo acompaña: la obligación de ganar incluso cuando el funcionamiento no termina de convencer. Chivas ha mostrado destellos, pero también lagunas que lo hacen vulnerable, especialmente cuando se enfrenta a equipos ordenados, intensos y sin complejos, justo el perfil que suele adoptar San Luis.

El choque promete ser más táctico que vistoso. San Luis buscará cerrar espacios, obligar a Chivas a jugar incómodo y capitalizar cualquier error. Guadalajara, en cambio, intentará imponer ritmo, pero deberá hacerlo con paciencia, porque la desesperación suele ser su peor enemiga

. Aquí, el partido puede definirse en detalles mínimos: una pelota parada, una distracción defensiva o una decisión tardía.

Hay, además, un componente emocional que no se puede ignorar. Para San Luis, ganarle a Chivas representa confirmar que su proyecto es capaz de competir contra cualquiera. Para Chivas, perder sería otro golpe a una confianza que se recompone con dificultad. En ese cruce de necesidades, el margen de error se reduce al mínimo.

Este tipo de partidos rara vez se recuerdan por su belleza. Se recuerdan por lo que provocan después. Una victoria puede impulsar a San Luis hacia una recta más tranquila; una derrota puede volver a colocar a Chivas bajo el reflector de la crítica. El empate, en cambio, dejaría a ambos con la incómoda sensación de haber dejado algo en el camino.

El fin de semana pondrá frente a frente a dos equipos con realidades distintas, pero con una urgencia compartida: demostrar que pueden sostener una idea cuando el calendario empieza. En la Liga MX no siempre gana el que juega mejor; suele ganar el que entiende mejor el momento.

San Luis y Chivas están justo ahí, frente a un partido que no promete fuegos artificiales, pero sí consecuencias. Y en este torneo, eso suele ser mucho más importante.

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