junio 24, 2026

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¿A lo San Luis? | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Posiblemente la historia del futbol potosino viva siempre del recuerdo, de esa vez que tuvimos dos equipos en primera, de esa que descendimos al Atlas, de aquella donde remontamos épicamente para ser campeones frente a Tigrillos, del gol del milagro, de la final contra Pachuca, de la libertadores o de vencer a Maradona. El futbol potosino vive y se nutre de los recuerdos, poco hay de gloria, solo momentos.

Y ahí podemos ponernos nostálgicos sobre cuál ha sido el mejor San Luis: los viejos dirán que el Potosino de los 80’s o incluso el San Luis de los 70’s, pero para mí no hay duda, el San Luis de la segunda mitad de la década del 2000, ese de Raúl Arias.

Ese San Luis jugaba muy defensivo, sin ser espectacular, con un cuadro delanteros enormes y lo más importante: resultados.

Una época que nosotros, los aficionados al San Luis, recordamos con alegría, pero que el resto de los que aman al futbol, lo piensan como algo sin sabor: San Luis jugaba feo, aburrido, lento, muy efectivo sí, pero jugaba a marear al rival. Los equipos terminaban mal contra ese San Luis por su aburrido estilo.

El miércoles en Tijuana, San Luis jugó algo así, aburrido, lento, paciente, sin ser espectacular y a esperar que sus muy buenos delanteros resolvieran el partido, casí así fue. 0-2 terminó el juego en la frontera, un resultado que sorprendió a todo mundo ya que Tijuana no ha jugado mal este torneo.

El resultado me pone a pensar, ¿a esto quiere jugar Memo Vázquez? ¿A lo San Luis? No me desagrada esa idea, sin embargo habrá que esperar; mesura y observación, mañana con Chivas puedo darles mi opinión, pero advierto, si vamos a jugar a lo San Luis, nos espera poco a poco ir ganando resultados pero ir perdiendo reflectores… y de por sí.

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#4 Tiempos

Aún quedan 102 | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Comenzó la fiesta, la bola rodó en CDMX y Guadalajara, México y Corea pegaron primero y se llevaron los primeros puntos, se gritaron los primeros goles y la primera voltereta se dio en Jalisco. Así se cierra el primer día de actividades en tierra azteca. La pelota ahora va a Canadá y Estados Unidos.

En CDMX México ganó pero dejó dudas, un 2-0 que debió ser mucho más contundente, un equipo que no resolvió y un arquero sudafricano que salió inspirado fueron una constante en los 90, México con nerviosismo pudo romper la estadística de nunca haber triunfado en un partido inaugural después de 7 anteriores, lo hizo bien a secas y con una tarjeta roja que aunque cuestionable se sanciona y deja a la selección con una ausencia importante para el siguiente partido.

Más tarde en Guadalajara, el estadio de las Chivas fue testigo de un insípido primer tiempo que terminó 0-0

, partido nada digno de una justa tan importante, para la segunda parte los asiáticos comenzaron perdiendo, un tremendo saque de banda que fue catapultado emulando a un tiro de esquina consigue llevar un remate de cabeza impresionante, de ahí, Corea se levanta para terminar ganando 2-1 y sacar los tres puntos muy importantes para colocarse en segundo del grupo, solo por diferencia de goles detrás de México.

Buen arranque de la fiesta aunque el fútbol de nivel sigue y probablemente seguirá ausente en esta primera ronda, el estallido de la copa se verá a partir del fin de semana, cuando arranquen hasta 4 partidos diarios. Justo ahí la fiesta se habrá puesto completamente buena.

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Que arranque la fiesta | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Hay fechas que aparecen en el calendario. Y hay otras que parecen escritas desde hace décadas.

El 11 de junio de 2026 pertenece a la segunda categoría.

Porque cuando la pelota se lance en el Estadio Azteca, no comenzará solamente un Mundial. Comenzará una historia que México lleva años esperando volver a contar. Será la tercera vez que el país reciba una Copa del Mundo y la tercera vez que el Azteca ocupe un lugar central en la memoria del fútbol. Ningún otro estadio puede decir eso.
Durante meses hablamos de sedes, remodelaciones, boletos y logística.

Ahora ya no.

Ahora empieza el fútbol.

Y eso cambia todo.

México tendrá partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El Azteca volverá a ser protagonista con el partido inaugural y encuentros de eliminación directa; Guadalajara y Monterrey también recibirán juegos de fase de grupos y la sultana del norte, uno de ronda posterior.

Habrá aficionados de todos los continentes.
Habrá camisetas imposibles de encontrar juntas en otro lugar.
Y por unas semanas, el país volverá a sentirse el centro del mundo futbolístico.
Quizá por eso resulta tan difícil dimensionar lo que viene. Porque los Mundiales no se entienden antes de empezar.

Se sienten.

Se sienten cuando aparece la primera ceremonia. Cuando suena el primer himno. Cuando una selección desconocida le complica la vida a un favorito. Y, sobre todo, cuando descubrimos que los pronósticos casi nunca sobreviven intactos a julio.

Claro que hay candidatos.

Los de siempre.

La vigente campeona, la selección de Argentina, llega con el peso de defender una corona que pocas veces permite relajaciones.
Francia sigue teniendo una generación que parece diseñada para competir en cualquier escenario.
Brasil nunca deja de ser Brasil, incluso cuando las dudas aparecen.
España llega respaldada por una nueva generación que ha demostrado que el talento no entiende de ciclos.
Y luego están Alemania, Inglaterra y Portugal, selecciones que parecen estar siempre a una buena racha de distancia de la gloria.

Pero los Mundiales nunca pertenecen únicamente a los favoritos

. Si algo ha enseñado la historia es que siempre aparece alguien inesperado.

Croacia lo hizo.
Marruecos lo hizo.
Corea del Sur lo hizo.

Y este torneo también tendrá su sorpresa.
Porque siempre la tiene. Quizá una selección africana que encuentre confianza demasiado pronto. Quizá un equipo europeo que llegue sin reflectores. Quizá una nación americana que descubra que el miedo cambia de bando cuando avanzan las rondas.

Y en medio de todo eso está México.

El anfitrión.

El equipo que carga con la ilusión de una generación entera que sueña con ver algo distinto. Con romper una barrera que parece eterna. Con aprovechar la ventaja de jugar en casa. Porque un Mundial en México nunca es solamente un torneo. Es una conversación nacional. Una pausa colectiva.
Un momento donde millones de personas hablan el mismo idioma durante noventa minutos.

Dentro de algunos años recordaremos quién levantó la copa. Pero también recordaremos otras cosas. La primera vez que vimos el Azteca vestido de Mundial por tercera ocasión.
La fiesta en Guadalajara.
Las noches de Monterrey.
Las historias que todavía no conocemos.

Porque así funcionan los Mundiales. Empiezan con favoritos. Empiezan con estadísticas. Empiezan con pronósticos. Y terminan convirtiéndose en algo mucho más grande.

Algo que durante unas semanas nos hace creer que el futbol puede detener el tiempo.

Y, para fortuna de México, ese momento está a punto de comenzar, aquí.

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La respuesta siempre ha estado en casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Durante años, el fútbol mexicano se acostumbró a mirar hacia afuera cada vez que necesitaba un entrenador. Como si la solución siempre hablara otro idioma o español con diferente acento. Como si la experiencia solo valiera cuando venía de Europa o Sudamérica. Como si aquí no pudiera construirse algo propio.

Y entonces aparece esta final.

Cruz Azul contra Pumas.

Joel Huiqui contra Efraín Juárez.

Dos técnicos mexicanos. Dos procesos jóvenes.
Dos historias que, hasta hace poco, parecían destinadas a esperar más tiempo.

Porque el fútbol mexicano suele ser impaciente con los entrenadores nacionales. Les exige resultados inmediatos, pero les niega margen. Los quiere preparados, pero rara vez les permite equivocarse. Y aun así, aquí están. A noventa minutos (o un poco más) de tocar el campeonato.

Lo de Joel Huiqui tiene algo profundamente simbólico. Un hombre que entendió durante años lo que significa cargar la presión de Cruz Azul desde adentro, ahora intentando devolverle identidad desde el banquillo. Sin reflectores exagerados, sin vender revoluciones tácticas, pero construyendo un equipo serio, compacto y emocionalmente estable. Que en Cruz Azul, después de tantos años de caos emocional, ya parece muchísimo.

Porque este equipo no juega desesperado.
No corre por ansiedad. No se rompe cuando recibe un golpe.

Y eso también se entrena.

Del otro lado aparece Efraín Juárez, quizá el caso más interesante de los dos.
Porque mientras muchos técnicos mexicanos siguen esperando una oportunidad local, él decidió salir. Aprender lejos. Equivocarse lejos. Crecer lejos.

Y eso pesa.

Su paso por el extranjero le dio algo que pocas veces se ve en entrenadores jóvenes mexicanos, una idea clara de juego y la personalidad suficiente para sostenerla. Pumas no es un equipo perfecto, pero sí es un equipo reconocible. Presiona, intenta ser agresivo, ocupa espacios con intención.

Tiene identidad.

Y en una liga donde muchos equipos cambian de rostro cada tres jornadas, eso ya es una ventaja enorme.

Por eso esta final importa más de lo que parece.

Porque sí, hay un campeonato en juego. Sí, hay historia, afición y presión. Pero también hay un mensaje. Uno que el fútbol mexicano llevaba tiempo necesitando escuchar.

Que los entrenadores mexicanos no tienen que esperar eternamente para estar listos. Que la juventud no es incapacidad. Que las ideas nuevas no necesariamente vienen de afuera.

Y quizá lo más importante: que un técnico mexicano también puede construir equipos modernos, competitivos y emocionalmente fuertes.

Cruz Azul puede romper otra barrera emocional levantando el título con Huiqui. Sería una especie de reconciliación con su propia historia, un hombre de casa devolviendo estabilidad donde tantas veces hubo caos.

Pumas, en cambio, puede confirmar algo distinto con Efraín Juárez, que el técnico mexicano también puede evolucionar, viajar, aprender y regresar más preparado que nunca.

Las dos historias tienen valor.

Las dos se sienten necesarias.

Y quizá por eso esta final tiene algo diferente. Porque más allá de quién levante el trofeo, el fútbol mexicano ya ganó una pequeña batalla que llevaba años perdiendo silenciosamente.

La de volver a confiar en los suyos.

En jóvenes entrenadores mexicanos que dejaron de pedir permiso para competir. Y que ahora, desde los dos banquillos más importantes del país esta semana, están demostrando algo que parecía olvidado, que el futuro también puede hablar con acento mexicano y que la respuesta, siempre estuvo en casa.

 

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